Capítulo 16 – Luces en el Cielo

Como parte de la exploración del mundo paralelo al nuestro que el diario que encontré me reveló, suelo seguir los foros y blogs nacionales de paranormal y ufología, no vaya uno de ellos revelar algo que merezca mi atención. Fue una de esas lecturas que dio inicio esta investigación.

En los foros de ufología, había una gran emoción acerca de unas extrañas luces que estaban apareciendo sobre el Monte del Pilar, en las afueras de la Póvoa de Lanhoso. Es claro que, sólo eso, no llegaría para despertar mi curiosidad, pues rumores de luces no identificadas en el cielo eran frecuentes. Lo que realmente hacia este caso especial eran las historias de hombres que cortaban la carretera de acceso a la cima del monte durante estas ocasiones. Pensé luego en la Organización, y, si la Organización estaba presente, era porque algo realmente pasaba.

Dejando de lado la búsqueda por las Brujas de la Noche durante algún tiempo, un sábado por la noche, momento en el que los avistamientos solían ocurrir, me dirigí a la Póvoa de Lanhoso. Esa noche, mi mujer estaba en la casa de su madre, que estaba nuevamente enferma, y mi hija se había ido a pasar el fin de semana con una amiga, por lo que no tuve que inventar una excusa.

Dejé el coche junto a la iglesia construida en la base del Monte del Pilar, al lado de la carretera que llevaba hasta la cima, para investigar el presunto bloqueo. De hecho, apenas pasé la primera curva me encontré con dos coches atravesados en el camino, bloqueando el paso. Detrás de ellos, cinco hombres vigilaban la carretera.

Al contrario de lo que yo había asumido, estos no parecían ser miembros de la Organización. Estaban armados con bates de béisbol y, en vez de trajes o uniformes militares, llevaban ropa casual.

Me acerqué a ellos para intentar entender lo que pasaba. Aún estaba a unos dos metros de los coches, cuando uno de los hombres gritó:

– No puede pasar!

– ¿Por qué? – pregunté, dando dos pasos adelante.

– No necesitas saberlo. Regrésese.

– ¿Con qué autoridad me niega el paso en una carretera pública? – le pregunté, intentando obligarlos a revelar quiénes eran.

– ¿Nos vas a dar problemas? – respondió otro hombre, golpeando el bate de béisbol en una mano.

Sus compañeros, levantaron sus armas.

– Vete antes de que salgas herido.

Así lo hice, pero no iba a dejar tan fácilmente aquella investigación. Conocía bien aquel monte, que ya había visitado varias veces, y sabía que existía un viejo camino medieval que también llevaba a la cima.

Tan pronto como desaparecí del ángulo de visión de los hombres, por detrás de la curva, subí a través de la vegetación hasta el antiguo camino. Como esperaba, este no parecía vigilado.

La subida no era fácil. Las piedras de la calzada, expuestas a los elementos y sin mantenimiento durante siglos, eran irregulares, y la hierba crecía entre ellas. En algunos puntos, la calzada hasta desaparecía por completo. Sin embargo, el último tramo era aún peor.

El Monte del Pilar estaba coronado por una enorme roca, uno de las más grandes de Europa, sobre el que se alzaba el Castillo de Lanhoso y un pequeño santuario. La nueva carretera daba acceso a ella por la ladera oeste, menos empinada. El viejo camino medieval, sin embargo, conducía a la entrada este. Creo que alguna vez una escalera la conectaba con la carretera medieval, sin embargo, ahora, sólo algunos apoyos para las manos y los pies excavados en la roca desnuda ayudaban en la subida.

A pesar de que la exploración urbana me había ayudado a ganar algo de experiencia en escalada, fue con bastante dificultad que llegué a la entrada este. Esta daba acceso a una pequeña terraza cubierta de árboles y con mesas de piedra situada unos metros debajo de la zona principal del santuario. Afortunadamente, no se encontraba nadie allí, por lo que pude parar un poco para recobrar energías después de la subida.

En cuanto me sentí capaz subí, poco a poco, las escaleras que daban hacia el nivel superior y me asomé. Sobre la roca, a medio camino entre la pequeña iglesia y el castillo, estaba un grupo de cerca de veinte personas. Estas se encontraban reunidas alrededor de lo que parecía ser un sacerdote sosteniendo una gran cruz de madera con las dos manos. El hombre recitaba, a plenos pulmones, un canto en latín, ahogando todos los otros sonidos de la noche.

Durante veinte minutos me quedé allí, escuchando y observando, pero nada notable sucedió. Empezaba a pensar que se trataba, simplemente, de una secta cualquiera, sin ninguna relación con las luces en el cielo. Sólo el bloqueo en la carretera y la relación establecida entre éste y las luces en los foros de ufología me mantuvieron allí.

Un cuarto de hora después, me alegré de no haberme ido. El grupo comenzó a emocionarse y a apuntar hacia el cielo. Seguí sus miradas, y vi varios puntos de luz, arriba, muy por encima del monte.

El sacerdote intensificó su canto, y las luces empezaron a acercarse. Poco después, parecían pequeños soles brillando sobre el santuario. Su intensidad era tal que, al principio, casi no podía mirar directamente hacia ellas. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a perder fuerza, hasta que, finalmente, logré ver lo que eran.

Se trataba, tal vez, de las criaturas más extrañas que había visto nunca. Algunas parecían tener forma humana, sin embargo, tenían seis alas blancas similares a las de las palomas, con las dos de arriba cubriendo sus caras, las de abajo cubriendo sus pies y piernas, y sólo usando las del medio para volar. Otras eran vagamente humanoides, sin embargo, tenían cuatro cabezas, una de hombre, una de águila, una de buey, y una de león, y cuatro alas cubiertas de ojos. No obstante lo extraños que eran estos seres, el tercer tipo de criatura aún lo era más. Estaban formados por varias ruedas concéntricas con los aros cubiertos de ojos. Cómo lograban volar, no sé decir.

Cuando era adolescente, tenía un gran interés en la mitología y, aunque angelología cristiana no era una de mis favoritas, me di cuenta de que aquellos seres eran ángeles, en particular, de la primera esfera, los más cercanos a Dios.

Despacio, los seres dieron vueltas sobre los hombres, mientras estos gritaban súplicas.

Pasados unos minutos, los ángeles empezaron a alejarse. Poco a poco, sus luces se fueron haciendo más débiles y distantes, hasta que desaparecieron por completo.

Con sonrisas en los labios, las personas comenzaron a dispersarse y a volver a sus coches. Lo que habían logrado con aquél ritual, no sé decir, pero pude saber que no eran solamente demonios lo que aquél tipo de sectas invocaban.

Me quedé donde estaba, y esperé a que dejaran el santuario. Después, esperé un poco más para que desbloquearan la carretera y sólo entonces empecé a bajar del monte, esta vez por la ruta principal.

Como siempre, muchas preguntas me pasaron por la cabeza en el camino de regreso a casa. ¿Cuál era el objetivo del ritual? ¿Por qué vendrían ángeles de las más altas órdenes a la Tierra? Si los ángeles eran reales, ¿será que Dios también lo era?

Por suerte, mi mente aún estaba enfocada en encontrar las Brujas de la Noche y descubrir sus objetivos, de lo contrario, si hubiera tenido tiempo de pensar en las implicaciones de esa noche, mi mundo podía haber colapsado.

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Capítulo 15 – El Brujo

Después de varias investigaciones sin encontrar ninguna pista en cuanto al escondite y las intenciones de las Brujas de la Noche, decidí releer todas las entradas sobre brujas en el diario que me había presentado este mundo paralelo al nuestro. Al final decidí investigar una que ya hacia mucho me suscitaba curiosidad.

Ésta hablaba de un brujo curandero y adivino que atendía a sus clientes en un anexo cerca de su casa, en la parroquia de Perre, en Viana do Castelo. Era una historia que yo conocía desde niño. Durante algunos años, incluso pasé todos los días por su “gabinete” de camino a la escuela. En la altura, ni yo ni mi familia teníamos mucha fe en sus capacidades, pero, después de todo lo que había visto recientemente y de leer esa entrada, pensé que debía reconsiderarlo.

Un fin de semana, le dije a mi mujer que iba a Viana do Castelo visitar a mis abuelos. En realidad sí pasé por su casa, pero me quedé allí poco tiempo, y luego me dirigí a Perre.

Cuando llegué a la casa del brujo, tuve una fuerte sensación de déjà vu. El anexo, del otro lado de la carretera de su casa, estaba igual, así como el campo a su lado.

Aparqué detrás de los otros coches y me dirigí al anexo. Allí había personas reunidas en grupos de familiares o amigos, esperando su turno. Éstos parecían tener orígenes variados, ya que trajes de marca se mezclaban con overoles y ropa de campo. La fama del brujo había llegado a toda clase de gente.

Me uní a ellos y esperé. Poco a poco, los grupos fueron entrando y saliendo. Todos, sin excepción, emergieron del anexo mucho más felices cuando habían entrado.

Por fin, llegó mi turno. De fuera, el edificio parecía un almacén de utensilios agrícolas, sin embargo, así que pasé la puerta, sentí que había viajado en el tiempo al estudio de un místico del renacimiento.

Una de las paredes estaba tapada por una estantería llena de libros, todos ellos con un aspecto bastante antiguo. En la pared opuesta, varios estantes contenían frascos con pociones de una gran diversidad de colores. Las restantes, por su lado, se encontraban casi totalmente cubiertas por tapices con símbolos místicos y extrañas representaciones del cuerpo humano. Alfombras esotéricas, un telescopio de latón y un planetario mecánico completaban la decoración.

De atrás de un escritorio con un montón de libros y extraños instrumentos cuyo nombre desconocía, se sentaba el brujo. Combinando con lo resto de la sala, llevaba ropas largas y una diadema metálica.

– Acércate – dijo él.

Así lo hice. Por su indicación, me senté en la silla enfrente al escritorio.

– Digame, entonces, qué o trae por aquí.

Confieso que me había olvidado de crear una historia para probar el brujo. Felizmente, logo pensé en una historia que podía usar.

– He venido aquí para poner a prueba sus capacidades de adivino, para mi blog sobre lo paranormal. – No era propiamente mentira.

– Si pagar, como todo el mundo, puede probar lo que quiera. ¿Por dónde quiere empezar?

Empezamos por lo básico. Sin demora, él fue capaz de decirme el nombre y la edad de mi hija y de mi mujer. Después, hizo un pequeño resumen de mi vida profesional. Por fin, elaboró una previsión en cuanto al recorrido académico de mi hija, que yo sólo podría confirmar años después.

– Ahora me gustaría ver sus dotes de curandero. – Con una pequeña navaja que tenía conmigo, me hice un pequeño corte en el brazo.

– Ese arañazo no es gran desafío – dijo él, saliendo de detrás del escritorio y acercándose.

Pidiendo autorización, puso una mano sobre mi herida. Después, cerró los ojos y permaneció en silencio durante unos segundos. Cuando me soltó, la herida había desaparecido sin dejar rastro.

Era obvio que aquel hombre era el que decía ser: un brujo. Tal vez supiera algo acerca de las Brujas de la Noche o, quién sabe, tal vez fuese uno de ellos.

– Espero que diga buenas cosas de mí en su… blog.

Él miró hacia mí con una expresión asustada durante un instante. Después, la furia reemplazó al miedo en su rostro y gritó:

– ¡Vete de aquí! ¡Ahora!

Su tono no dejaba espacio a discusión y así lo hice, preguntándome qué habría sucedido. ¿Será que sus poderes le habían permitido ver la naturaleza del blog que yo escribía en la altura? (Los más curiosos pueden encontrarlo en terceirarealidade.wordpress.com (solamente en portugués))

Por supuesto que dejé el anexo, pero no abandoné la investigación. Estaba determinado a averiguar si él me podría dar alguna pista sobre las Brujas de la Noche.

Oculté el coche en una calle cercana y esperé el ocaso. Después, me escondí en las sombras y esperé a que el brujo dejara su consultorio y volviera a casa. Con la cantidad de clientes que tenía en ese día, esto solo ocurrió alrededor de las once de la noche.

En cuanto él entró a su casa, yo corrí hacia el anexo. Usando unas herramientas que llevé conmigo y algo que había aprendido con el grupo de exploración urbana de la ciudad de Braga, abrí la cerradura. Apenas entré, cerré la puerta detrás de mí, encendí las luces y empecé a buscar indicios de una relación entre aquel brujo y las Brujas de la Noche.

Busqué en las librerías, en los cajones del escritorio y detrás de los tapices. Hasta intenté encontrar compartimentos secretos. Sin embargo, pronto me dé cuenta de que no había nada allí. Los libros eran meramente decorativos, sin ninguna relación con lo que el brujo hacía allí. Y no había nada oculto.

Decidido a llegar al fondo de la cuestión, me dirigí a la parte trasera de la casa del brujo y, comprobando que no hubiese nadie cerca, salté el muro hacia el patio trasero.

A primera vista, la única luz provenía de una ventana en la planta superior. Me propuse a buscar una forma de subir y ver hacia al interior. Sin embargo, mientras buscaba, me di cuenta de una tenue luminosidad anaranjada que brillaba detrás de una de las ventanas del sótano.

Me acerqué a ellas con cuidado y miré hacia el interior. Me encontré con una sala casi vacía, a excepción de un círculo lleno de símbolos místicos similares a los encontrados en los libros de ocultismo y un trípode de madera sobre el cual descansaba un libro claramente antiguo. Detrás de éste, el brujo, ahora envergando ropa común en vez de las ropas con que atendía a los clientes, parecía recitar lo que leía, aunque desde el exterior no lo podía escuchar. El sótano debía estar insonorizado.

Estuve observando al hombre hojear y leer el libro por unos quince minutos.

De repente, humo surgió en el centro del círculo dibujado en el piso. Poco a poco fue aumentando, tomando forma y ganando consistencia, hasta que una extraña criatura surgió ante mis ojos. Tenía una forma humanoide, con largos cabellos negros, aunque cuernos se aliñaban en el medio de su cabeza, y tenía orejas largas y puntiagudas, por no hablar de su piel roja viva. En una mano llevaba un cuervo y iba montado en un cocodrilo.

Él y el brujo hablaron durante algunos minutos, pero, una vez más, no logré escuchar nada. Finalmente, la criatura comenzó a dibujar en el aire varios símbolos místicos, en la dirección del hombre. Cuando terminó, volvió a disolverse en una nube de humo negro, que desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Aquél ritual debía ser mediante el cual el brujo obtenía sus poderes, o al menos parte de ellos.

El brujo cerró el libro y se preparó para salir del sótano. Sin embargo, yo quería hablar con él, por lo que decidí llamar su atención y mostrar que conocía su secreto golpeando la ventana.

Él me miró con una mezcla de sorpresa y terror, pero pronto su expresión se tornó una de resignación al darse cuenta de que no había nada que pudiera hacer. A través de gestos, indiqué que quería hablar con él, y él me pidió que esperara.

Menos de cinco minutos después, la puerta de la casa se abrió y el brujo caminó hacia mí.

– Muy bien, sabes mi secreto – dijo él. – ¿Qué vas a hacer acerca de eso?

– ¿Usted es una Bruja de la Noche? ¿O sabe algo sobre ellas?

El hombre me miró realmente confuso.

– ¿No ves que soy un hombre? – protestó, por fin.

Decidí, entonces, contarle todo lo que había descubierto sobre las Brujas de la Noche.

– Yo no sé nada acerca de eso. Yo sólo aprendí a invocar a determinados demonios para darme los poderes que necesito, nada más. No hago mal a nadie. Sólo hago bien. Y ni siquiera sé nada de esas hadas y criaturas extrañas de las que hablas.

El miedo en su mirada mostraba que estaba diciendo la verdad. Además, a pesar de su relación con demonios, parecía realmente estar a ayudar a las personas, a pesar de que estaba ganando dinero con eso.

Le dije que lo dejaría en paz, pero que me mantendría atento a cualquier cosa fuera de lo normal. Él me agradeció y me dejó salir del patio por la puerta.

Una vez más, volví a casa sin descubrir nada sobre las Brujas de la Noche. Mi único consuelo era haber descubierto que la fama de aquel brujo de que yo oía hablar desde niño era justificada.

Capítulo 14 – La Demonóloga

La inspiración para esta investigación surgió de forma bastante inesperada. En una noche de Halloween, mi hija me convenció a mí y a su madre a ir a un evento anual en el Palacio de los Duques, en Guimarães. Allí, una compañía había transformado el palacio en una casa embrujada, llena de monstruos, fantasmas y sustos. Fue el final del espectáculo, sin embargo, lo que más captó mi atención. Se trataba de la puesta en escena de un exorcismo supuestamente hecho a una duquesa que vivía allí.

Cuando llegué a casa, investigué un poco y comprobé que, no sólo aquello se había basado en hechos históricos, sino que también se rumoraba que extraños sucesos continuaron ocurriendo en el palacio, incluso después del exorcismo.

Mis encuentros anteriores con brujas habían revelado una clara relación entre ellas y demonios, así que no pude dejar de investigar, con la esperanza de encontrar por fin a las Brujas de la Noche.

En una noche de semana, en noviembre, le dije a mi mujer que iba a trabajar hasta tarde y me dirigí a Guimarães y al Palacio de los Duques. Evidentemente, el palacio estaba cerrado y no había nadie cerca. Aparqué y empecé a buscar una manera de entrar.

Como era de esperar, además de los guardias en su interior, el lugar se encontraba protegido por un sistema de alarma. Uno de mis compañeros del grupo de exploración de la ciudad de Braga, quien se llamaba a si mismo “el más grande de los exploradores urbanos”, ya que gustaba de visitar no sólo edificios abandonados, pero también algunos en uso y hasta habitados, me había enseñado algunas maneras de evitar las alarmas. Sólo esperaba que mi parco conocimiento fuera suficiente para lograrlo.

Sin embargo, acabé por no tener que usarlo. A la vuelta de la esquina a la parte trasera del palacio, protegidas de las miradas por árboles y vegetación, descubrí que alguien se me había adelantado.

Una mujer, que no debía tener más de treinta años, había desactivado la alarma y se estiraba, ahora, hasta una pequeña ventana casi dos metros por encima del suelo. Al darme cuenta de su dificultad, me acerqué y le dije, con una sonrisa:

– ¿Necesitas ayuda?

Ella me miró con una mezcla de sorpresa y miedo. Era relativamente baja, con poco más de un metro y cincuenta, y magra. Llevaba gafas de metal negras, y tenía el pelo en una cola de caballo.

Durante unos momentos, sus ojos miraron en todas las direcciones. Por fin, al darse cuenta de que yo no era un policía ni un guardia, decidió no huir y preguntó:

– ¿Quién es usted?

– Eso le pregunto yo. ¿Quién es usted? ¿Porque está intentando entrar en un monumento nacional? Deme una razón para no llamar ya a la policía.

– Yo le podría dar una razón, pero después más nunca va a poder dormir tranquilo. Hay más aquí de lo que las personas normales pueden imaginar.

– ¿Cómo demonios?

Ella se quedó mirándome, sorprendida, durante unos instantes. Eso me dijo que ella sabía de lo que yo estaba hablando y que, probablemente, se encontraba allí por la misma razón que yo.

Al cabo de unos instantes, ella preguntó:

– Dígame lo que sabe.

Le dije todo sobre el diario, mis exploraciones anteriores, las Brujas de la Noche y lo que me había llevado allí.

– Un día, me gustaría ver ese diario – respondió ella, cuando terminé. – He oído hablar de estas criaturas a la que llama “Brujas de la Noche”, pero suelo centrarme en demonios, y ellas no los usan, como las otras brujas. Por lo que dice, tal vez me debería empezar a interesar en ellas también. Es mi responsabilidad.

– ¿Su responsabilidad? ¿Por qué?

– Formo parte de una tradición milenaria que protege a las personas de los demonios y sus agentes. Mi maestro y yo éramos los responsables por el norte de Portugal. – Ella miró tristemente hacia el suelo. – Pero él murió y ahora estoy sola.

– ¿No tiene ayuda de la Organización? – le pregunté, porque me pareció que tenían objetivos en común.

– Esa Organización de la que habla, solamente apareció en el siglo pasado. Además, están más interesados en ocultar la verdad que en ayudar a las personas. No tienen nada que ver con nosotros. – Tras una breve pausa, continuó. – Si estamos aquí por la misma razón, tal vez me pudiera ayudar. Ya abrí la ventana y confirmé que he desarmado la alarma correctamente. Ahora tengo que empezar a llevar el equipo hacia adentro, y sola es más complicado.

Acepté de inmediato, y ella me llevó a la frente del monumento y en dirección a la calle cercana. A medio camino, después de unas breves presentaciones, me acordé de preguntar:

– ¿Cómo supiste de este demonio? ¿También viniste acá en Halloween?

– No. Ni siquiera sabía del evento hasta que me habló de él. Tengo un pequeño clúster que utiliza técnicas de minería de datos para encontrar patrones en las noticias y en otras bases de datos a la que tengo acceso que puedan indicar la presencia de demonios. Descubrí que muchos de los que visitaron este palacio estuvieron, después, involucrados en delitos. Es un claro signo de influencia demoníaca.

Seguimos caminando, hasta que ella se detuvo detrás de una Ford Transit blanca del final de los años 90. Ya había visto mejores días, ya que, en varios puntos, la pintura había dado lugar a la herrumbre. La cerradura de la puerta trasera ya no existía y había sido sustituida por un candado.

La demonóloga corrió una de las puertas laterales, revelando un espacio de carga lleno con una extraña mezcla de lo antiguo y de lo moderno. Varios estantes de madera que bordeaban las paredes, que contenían libros claramente ancestrales, artículos religiosos de las más variadas religiones y objetos electrónicos con los componentes expuestos, claramente construidos o mezclados de forma improvisada. En el suelo, estaban colocados algunos objetos más grandes, como una alfombra con un mándala, un enorme menorá y lo que parecía ser uno o varios ordenadores conectados a una batería.

La demonóloga me dio dos altos y delgados parlantes, mientras que ella tomó un monitor y una pequeña tableta que, si mis escasos conocimientos de electrónica no me engañan, había sido construido a partir de un raspberry pi.

Así que volvimos a la parte trasera del palacio, la ayudé a subir por la ventana y entrar. Después, le pasé el resto del equipo y, por fin, entré en el palacio.

Como ya esperaba dado el tamaño y la altura de la ventana, estábamos en el interior de una pequeña habitación. De momento, se encontraba vacía, pero, en el pasado, debió haber sido utilizada como una alacena, pues no había espacio para nada más.

Con cautela, Susana, la demonóloga, puso el oído en la puerta, asegurándose de que no había guardias del otro lado. Una vez satisfecha, la abrió.

La gran sala que encontramos detrás me era familiar. Fue allí que, durante el espectáculo de Halloween, se encontraba la condesa poseída en su cama, y donde un sacerdote había hecho el exorcismo.

Una vez le conté esto, la demonóloga comenzó a inspeccionar cada centímetro de la división, usando la tableta y un instrumento que sacó de una de las bolsas que llevaba a la cintura. Fue un proceso largo, durante el cual me mantuve nerviosamente vigilante para no ser descubiertos. Al terminar, ella agito la cabeza y decidimos continuar.

Gracias a mi última visita, yo sabía que la única otra puerta daba a un patio central, donde seríamos fácilmente vistos por los guardias, por lo que decidimos subir al piso superior.

A través de unas escaleras estrechas con dos tramos, llegamos a un pasillo con algunas puertas del lado derecho y una habitación al fondo. Tras la primera puerta había una habitación llena de armaduras montadas, mientras que los siguientes albergaban exposiciones de otros artículos mediavalescos, como libros, muebles y figuras. La demonóloga inspeccionó cada uno de ellos, pero, una vez más, no encontró nada.

Lo mismo no ocurrió, sin embargo, en la habitación al fondo del pasillo. Apenas entramos, los LED del instrumento electrónico de mi compañera se encendieron.

– Así está mejor – dijo ella.

Nos encontrábamos en un cuarto vacío, con una chimenea empotrada en una de las paredes. Sería, posiblemente, la verdadera habitación de la condesa.

La demonóloga siguió el rastro del demonio hasta una segunda puerta.

Siempre siguiendo las indicaciones del instrumento improvisado, cruzamos habitaciones, corredores, pasillos y hasta un enorme comedor. Por fin, cuando llegamos a la capilla del palacio, Susana dijo, señalando con la barbilla hacia los LED encendidos en la máquina en su mano y un gráfico en la pantalla de su tableta:

– Está aquí. Vamos a instalar los parlantes.

– ¿Los guardias no van a escucharlas cuando las conectemos? – pregunté.

– Seguro que sí, pero no tenemos elección. Tenemos que expulsar a este demonio de aquí.

Posicionamos los parlantes entre los bancos de la capilla, orientados hacia el altar. Debido a una adaptación de la demonóloga, estas eran alimentadas por baterías, por lo que con un pulsar en su tableta una cacofonía de voces y lenguas empezó a sonar.

– Es una mezcla de varias oraciones cristianas, musulmanas, judías e hindúes usadas para expulsar demonios – explicó la demonóloga.

Durante largos momentos allí nos quedamos, esperando que el demonio fuera expulsado antes de que uno de los guardias nos escuchara.

A pesar de mi nerviosismo, no podía dejar de admirar la capilla. El espectáculo de Halloween no la había incluido, por lo que nunca la había visitado. Vigas de madera barnizadas sostenían el techo, y enormes vidrieras cubrían casi la totalidad de la pared detrás del pequeño altar. Sin embargo, lo que más me impresionó fueron los dos estrados laterales, ya que su aspecto marcadamente medieval me hacía viajar en el tiempo.

De repente, estas comenzaron a temblar, así como el altar y los bancos a mi alrededor. Segundos después, del suelo, surgió una criatura casi de mi tamaño, con la piel roja, dos cuernos y una nariz y mentón afilados.

Casi al mismo tiempo, la puerta detrás de nosotros se abrió, dando entrada a un guardia de seguridad con una linterna en la mano. La visión de la criatura, sin embargo, o la combinación de ésta con la cacofonía emitida por los parlantes fueron demasiado para él, y el hombre se desmayó encima de la última fila de bancos.

A diferencia de mí, Susana no prestó ninguna atención al guardia y avanzó en dirección al demonio con la pantalla de la tableta hacia él. De un vistazo, vi varias imágenes pasando en ella: símbolos religiosos variados, fragmentos de textos sagrados, imágenes de santos y dioses. La criatura paró y comenzó a gritar.

Poco a poco, la demonóloga se movió, tratando de poner la tableta entre el demonio y la puerta, al mismo tiempo que sacaba algo de la mochila que llevaba a la espalda. Sin embargo, antes de que lo consiguiera, la criatura emitió un temible rugido y se lanzó sobre los bancos casi hasta la puerta. Instintivamente, intenté impedirle el paso, pero él me tiró al suelo como si yo fuera nada y salió.

– Él es más fuerte de lo que estaba esperando – dijo la demonóloga, ayudándome a levantar. – Vamos.

Corrimos hacia fuera de la capilla y bajamos las escaleras hasta el claustro del palacio y, de allí, seguimos al demonio hasta el exterior. En el camino, pasamos a varios guardias, pero estos, atónitos con la visión del demonio o por nuestra presencia allí, ni siquiera reaccionaron.

Perseguimos la criatura por la colina en cuya cima se alzaba el Castillo de Guimarães. Sin embargo, a medio camino, junto a una pequeña capilla allí construida, Susana me agarró por un brazo.

– Espera. Este demonio es muy fuerte. Normalmente, no pueden escapar de esa manera. Voy a buscar unas cosas para hacer una emboscada y acorralarlo en esta capilla. Lleva mi tableta, va detrás de él y trata de empujarlo hacia aquí.

Antes de que pudiera responder, ella colocó la tableta en mis manos y me volvió las espaldas. En la pantalla, aún pasaban todo tipo de imágenes religiosas.

Respirando profundamente, empecé a correr por el camino de tierra que llevaba a la cima de la colina y a las ruinas del castillo, donde el demonio había entrado.

Al ser la fortaleza más famosa de Portugal, yo ya la había visitado más de una vez, por lo que la conocía bien y podía concentrarme en encontrar a la criatura. La torre del homenaje, la cual había sido restaurada, era el único edificio que aún se encontraba en pie, pero estaba cerrada, por lo que no había muchos sitios en los que el demonio se podía ocultar. A menos, por supuesto, que tuviera algún truco que yo desconociera.

Tratando de sostener mi linterna de bolsillo y la tableta delante de mí al mismo tiempo, empecé a buscar en todos los rincones, desde detrás de los escombros hasta lo que restaba de las chimeneas.

Después de unos momentos, vi una sombra pasar a mi lado. Cuando apunté a luz hacia allí, sin embargo, no encontré nada. Podía haber sido sólo un gato, pero, por alguna razón, presentí que era algo más, por lo que lo perseguí.

Finalmente, cuando llegué a una esquina sin salida, vi al demonio y extendí la tableta en su dirección. Como yo bloqueaba la única ruta de escape, un estrecho pasaje entre la muralla y la torre del homenaje, la criatura, intentó, desesperada, usar las garras para trepar por la muralla. Sin embargo, al ver que no lo lograba, cargó contra mí, gritando con una mezcla de dolor y odio. Una vez más, fui incapaz de detenerlo, y él pasó por mí, tirándome al suelo. Afortunadamente, me recuperé rápido y lo perseguí.

Corriendo lo más rápido que pude, traté de mantenerme cerca de él y, con la tableta, conducirlo a donde Susana lo esperaba. A pesar de que él se desvió una o dos veces del camino más directo, logré llevarlo hasta la pequeña capilla.

Junto a la puerta de esta, se encontraba la demonóloga, que sostenía otra tableta y, entretanto, había construido un paso delimitado con altavoces emitiendo la mezcla de cantos y oraciones y una pantalla enorme que conducía hacia el interior.

Al darme cuenta de su intención, traté de conducir el demonio hacia la trampa. Este intentó escapar, pero, con la ayuda de la demonóloga y de su segunda tableta, conseguí llevarlo para el pasaje y para el interior de la capilla.

Tan pronto la criatura pasó la puerta, Susana la selló con el enorme monitor donde pasaban imágenes similares a las de la tableta. Después, activó las columnas que había en el interior del edificio sagrado. El demonio empezó a gritar. En primer lugar, se tiró contra las paredes, como si quisiera derribarlas, después, se cargó en dirección a la puerta.

Detrás de la pantalla, la demonóloga sacó de la mochila un curioso objeto que parecía ser una pistola de agua, como las usadas por los niños, pero pintada con tinta plateada y cubierta con símbolos sagrados. Así que el ser se quedó a alcance, ella disparó el arma. Varios chorros de líquidos volaron en la dirección del demonio.

Cuando estos le acertaron, el demonio comenzó a gritar aún más violentamente. Susana, sin embargo, continuó disparando. Me di cuenta, entonces, que la criatura comenzaba a derretirse, como si hubiera sido bañada por un ácido. Poco a poco, desapareció, hasta que todo lo que quedaba de ella era un charco rojizo en el suelo, la mayor parte del cual se infiltro en las grietas entre las losas funerarias que cubrían el suelo de la capilla.

– ¿Qué tienes en esa arma? – pregunté a Susana, sorprendido y curioso.

– Agua bendita, aceite ungido, agua de ríos sagrados, agua del pozo de Zamzam, cosas de ese tipo – explicó ella. – Ahora es mejor salirnos de aquí antes de que los guardias del palacio recuperen y vengan detrás de nosotros.

Así lo hicimos. La ayudé a llevar el material a la furgoneta y volví a mi coche, pero no antes de que ella me diera su contacto. Aquella investigación podía no haberme dado nueva información sobre las Brujas de la Noche, pero me había traído un nuevo aliado en mi misión de encontrarlas y detenerlas.

Capítulo 13 – Las Brujas del Mar

Después de todo lo que había descubierto gracias a mi visita a la Taberna de los Encantados, deseaba más que nunca encontrar las Brujas de la Noche. Así que, justo el fin de semana siguiente, decidí revisar otra de las entradas del diario que parecía estar relacionada con brujas.

En la tarde del sábado, en cuanto mi mujer y mi hija fueron a una librería a la presentación de un libro, me dirigí a Barcelos.

La entrada del diario describía varias desapariciones en una localidad de los alrededores de aquella ciudad y de un ojo marino en el Río Neiva, junto a una roca conocida como el “Penedo de la Moira”. Supuestamente, en ciertas noches, mujeres salidas de debajo de las aguas arrastraban a cualquier hombre que encontrasen hacia el ojo marino, y nunca más era visto. Después de todo lo que había presenciado, no tenía dificultades en creer en moiras, sin embargo, como estas no eran contempladas en ninguna otra parte del diario, asumí que se trataban de brujas.

Llegué al lugar al principio de la tarde. Había varias lagunas pequeñas, donde la gente solía nadar durante el Verano, sin embargo, siendo un frío día de Invierno, no se encontraba nadie allí. Busqué inmediatamente por aquella que tenía el supuesto ojo marino. Investigue todos los roquedos de la zona, buscando el “Penedo de la Moira”, que mostraría la laguna correcta. Me llevó algún tiempo, pero acabé por encontrar uno en cuya parte superior había una cueva llena de agua, la supuesta “Huella de la Moira”. Este se encontraba parcialmente dentro de una de las lagunas, lo que indicaba claramente que aquella era la que yo buscaba.

Años antes, durante unas vacaciones en Grecia, había tomado un curso de buceo para poder visitar unas ruinas submarinas. Hasta había comprado el equipo completo, esperando usarlo después para investigar otros locales similares (lo que, por desgracia, nunca sucedió). Ese día lo llevé conmigo y, junto al coche, me lo puse.

Cuidadosamente, entré en la laguna y, cuando el agua me llegó a la cintura, me tiré. El agua era cristalina, por lo que, incluso en las partes más profundas, podía ver el fondo claramente. Este estaba formado por guijarros y algo de arena. Por desgracia, después de una larga búsqueda, no encontré ninguna señal del ojo marino. Toda la laguna parecía tener un fondo bien definido. Sin embargo, una pequeña depresión en el punto más profundo me llamó la atención. No me parecía bien, pues no había una corriente fuerte el suficiente para causarla, y, a casi cuatro metros debajo de la superficie, era dudoso que pudiera haber sido creada por los bañistas.

Me acerqué. Aparté algunos guijarros y, agitando la mano sobre ella, limpié la arena. Cuando se posó, reveló una de las cosas más extrañas que había visto. Debajo de la depresión, sólo había oscuridad, una oscuridad que ni la luz de mi linterna de buceo lograba penetrar. Sólo podía ser el ojo marino.

Lentamente, penetré esa oscuridad con mi mano. Para mi sorpresa, la dejé de ver, pero podía moverla allí abajo. Pasado unos momentos, me di cuenta de que se trataba de un túnel.

De repente, empecé a sentir el agua a mi alrededor moverse, al principio lentamente, pero acelerando rápidamente. Me di cuenta, entonces, de que se trataba de un torbellino centrado en el punto oscuro que acababa de descubrir. Instintivamente, traté de luchar contra él, sin embargo, al ver que este era más fuerte que yo, me deje llevar. Después de todo, estaba allí para averiguar lo que había del otro lado.

Confieso que no fue una de mis decisiones más inteligentes. Poco después de entrar en el túnel, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en un lugar oscuro, pero fuera del agua. Me dolía todo el cuerpo, y no necesitaba ver para saber que tenía varias heridas. Afortunadamente, no parecía tener nada roto.

Barrí el suelo con las manos en busca de mi linterna de buceo, sin embargo, cuando la encontré, me di cuenta de que esta estaba completamente destruida. Por suerte, la pequeña que anda siempre conmigo y que había guardado en el bolsillo de mis pantalones cortos, debajo del traje de buceo, todavía funcionaba.

Así que la encendí, confirmé mis sospechas. Mi traje estaba rasgado en algunos puntos, y yo sangraba de varios cortes. Después, dirigí la luz hacia la oscuridad a mi alrededor. Lo primero que descubrí fue un pequeño charco circular a mi lado, sin duda la salida del ojo marino. Después, vi las paredes. Hechas de enormes bloques de granito, se levantaban detrás y enfrente de mí, hasta desaparecer en la oscuridad. Eran tan altas, que mi pequeña linterna no podía iluminar el techo.

Sin más nada que pudiera hacer, me puse de pie y comencé a explorar el lugar. Había avanzado sólo unos pocos pasos, cuando encontré lo que más temía, pero ya esperaba: un esqueleto humano. Sin duda pertenecía a alguien como yo, que había llegado allí a través del ojo marino, pero no había podido salir.

Respiré profundo para intentar calmarme y me obligué a seguir adelante. Más y más esqueletos aparecieron, algunos envueltos en ropa y usando joyas tan antiguas que debían estar allí desde la edad media o la época castrense. Intenté animarme con la idea de que tal vez pudiera encontrar algo que mis antecesores no pudieron. Después de todo, entre los montones de huesos y andrajos no había una sola linterna.

Aquí y allí, me encontré con estatuas y bajos relieves grabados en las paredes representando el que sólo podía describir como demonios. Tenían cuernos y hocicos afilados, dientes puntiagudos, aletas y algunos hasta alas. Sus representaciones variaban mucho en tamaño, pero si esta era su escala real o solamente libertad artística, no tenía manera de saber.

Por fin, vi una tenue luz a lo lejos. Me acerqué con cuidado pues no sabía qué esperar, pero unos metros más adelante, me di cuenta de que se trataba del fin de la larga estructura donde me encontraba.

Por momentos, me sentí aliviado, pensando que había encontrado la salida. Sin embargo, pronto descubrí que no era así. La estructura se encontraba de hecho abierta en esa dirección, pero en vez de una salida allí se erigía el propio océano.

Me acerqué y descubrí que una barrera invisible, sin duda de origen mágico, impedía las aguas del Atlántico de entrar. Y a mí de salir. No que hiciera diferencia. Mismo que yo consiguiera superar la barrera, difícilmente llegaría a la superficie vivo. Desde allí podía verla, y se encontraba unos cien metros más arriba. Además, la probabilidad de ser encontrado en el océano cuando nadie me estaba buscando era mínima.

Desesperado, golpeé la barrera invisible con los puños y, después, me dejé deslizar hasta el suelo. Durante largos minutos, así quedé, resignado a morir. Después, me acordé de mi familia y decidí ir ver lo que había en el otro extremo del edificio. No tenía muchas esperanzas, pero podía haber allí una salida.

Estaba a punto de levantarme, cuando oí un golpe en la barrera invisible. Levanté la mirada y vi a una mujer joven, de unos veinte años. Esta no llevaba equipo de buceo, sólo unos pantalones vaqueros y una blusa que no parecían afectar a su flotabilidad.

Retrocedí dos pasos, sin saber qué esperar. Luego, la mujer cruzó la barrera mágica y descendió hacia el interior del edificio. Para mi sorpresa, sus ropas parecían completamente secas.

– No tenga miedo – dijo ella. – He venido a sacarlo de aquí.

– ¿Quién es usted? ¿Es una de las Brujas de la Noche?

Su rostro se retorció en sufrimiento al escuchar aquel nombre.

– No – ella respondió por fin.

– ¿Pero las conoce? ¿Sabe dónde las puedo encontrar?

– No sé dónde encontrarlas, pero las conozco, sí. Por desgracia.

La tristeza en su voz me dejó con curiosidad, pero no tuve coraje de preguntarle nada. Ella, sin embargo, se dio cuenta y continuó:

– Mi ma
dre y las otras Brujas del Mar murieron por causa de ellas. Ellas vinieron a hablar con nosotras para les ayudar a destruir una comunidad de criaturas marinas, a lo largo de Castelo do Neiva, nos prometiendo objetos mágicos y otras recompensas. Pero, una vez que hicimos lo que nos pidieron, nos atacaron. Yo sólo sobreviví porque mi madre insistió en que me quedara atrás. Las otras están todas muertas.

Con mi curiosidad satisfecha, mis pensamientos se volvieron nuevamente hacia el lugar donde me encontraba, hacia como iba a salir de allí y, principalmente, hacia las osamentas que había encontrado. Aquella mujer podía no ser una Bruja de la Noche, pero todo indicaba que sus intenciones no eran benévolas.

– ¿Qué sitio es este? – pregunté.

– Un viejo templo construido por mis antepasadas, no se sabe bien cuando. Durante siglos, se ha usado un ojo marino e ilusiones para traer sacrificios humanos hasta aquí. Se creía que estos ayudaban a llamar la atención del Diablo y sus demonios y facilitaba el lanzamiento de hechizos y maldiciones. Mi abuela acabo con eso. Las desapariciones comenzaron a atraer demasiada atención. Ahora, dígame, ¿cuál es su interés en las Brujas de la Noche?

Le dije todo sobre mi búsqueda y los “accidentes” que le dieron origen.

– Si las quiere parar, puede contar con mi ayuda. Venga, voy a sacarlo de aquí.

Me acerqué a ella. Ella me agarró y me tiró, a través de la barrera invisible, hacia el océano. Después de un momento de pánico, me di cuenta de que podía respirar bajo el agua.

A través de un método de propulsión más allá de mi entendimiento, probablemente de origen mágico, rápidamente llegamos a una playa. Así que levanté la mirada, vi las torres de Ofir. Estábamos en Esposende.

– Continúe buscando las Brujas de la Noche. Si necesita ayuda, llámeme por teléfono. – La bruja me dijo su número de teléfono móvil, que repetí en mi mente hasta memorizarlo.

Después, ella se volvió hacia el mar y luego desapareció bajo las olas.

Había encontrado otra bruja enemiga de las Brujas de la Noche. Sin embargo, en aquel momento, tenía cosas más urgentes en que pensar. Estaba solo a más de quince kilómetros de mi coche. ¿Cómo iba a explicar la situación a mi mujer sin revelar el peligroso y aterrador mundo paralelo al nuestro que yo había descubierto? ¿Y mis heridas?

En todo esto pensaba mientras dejaba atrás la playa y me acercaba a la ciudad.

Capítulo 12 – La Taberna de los Encantados

Mis primeros intentos de encontrar las Brujas de la Noche habían sido infructuosos. Aún habían otras anotaciones en el diario que todavía podía explorar, pero, durante una hora de almuerzo, recordé otro lugar donde podría encontrar más información.

La primera vez que me encontré con Henrique Cerqueira, él me comentó acerca de otro lugar donde se reunían las extrañas criaturas que habitaban debajo de nuestros pies en Braga. Su ubicación fue probablemente la única cosa buena que obtuve de haber conocido a ese hombre.

Así, unos días más tarde después del trabajo, me dirigí a la tienda china, una de las más grandes de la ciudad, bajo la cual se encontraba el local. Aparqué el coche en el estacionamiento subterráneo y, de inmediato, empecé a buscar la rejilla de drenaje que me llevaría a los túneles de abajo.

La encontré escondida detrás de una columna, como Henrique me había indicado. De hecho, no había forma de equivocarse. Era la única a través de la cual un hombre adulto podía pasar, por lo menos si no fuera muy gordo.

Yo había ido preparado con una pata de cabra y, con ella, retiré la pesada reja de hierro con relativa facilidad. Después, bajé hacia el interior del túnel de drenaje.

Arrastrándome, empecé a bajar por el estrecho e inclinado paso. Al principio, estaba cubierto con cemento, pero este rápidamente dio lugar a tierra y barro. Afortunadamente, me puse ropa informal antes de salir del trabajo.

El túnel mantenía la misma dirección en toda su extensión y no tenía ninguna bifurcación, por lo que, con la ayuda de mi linterna, no fue difícil llegar al otro extremo.

Cuando salí del pasadizo, me encontré en un nuevo túnel, mucho más grande que el anterior. Debía tener unos dos metros y medio de altura y otros tantos de ancho, por lo que podía caminar fácilmente a través de él. A diferencia de los pasillos alrededor del Bar de las Hadas, el suelo, el techo y las paredes eran de tierra, barro y piedra, con vigas de madera aquí y allá para reforzar los puntos más críticos.

Apunté mi linterna hacia las dos direcciones que el túnel seguía, pero no pude ver ninguno de los extremos. Siguiendo las indicaciones de Henrique Cerqueira, avancé hacia el este.

Durante casi diez minutos, no vi más que paredes y oscuridad, hasta que, por fin, avisté la puerta que buscaba. Esta era tosca, hecha de troncos de árboles unidos con clavos y cuerdas que la sujetaban a una viga haciendo el papel de bisagras.

Cuidadosamente, la empujé lo suficiente como para pasar. Lo que encontré del otro lado no podía ser más diferente del Bar de las Hadas.

Al igual que el túnel detrás de mí, éste se trataba de un espacio abierto en el subsuelo con refuerzos aquí y allí. El mobiliario era tan tosco como la puerta, y lo mismo se podía decir de la clientela. Criaturas deformes, sucias y con expresiones poco inteligentes bebían de jarras de barro no muy limpias. La mayor parte era más grande y musculosa que yo, aunque unas criaturas de piel verde apenas me llegaban a la cintura. Nunca había visto a ninguna de aquellas razas en el Bar de las Hadas. Henrique había llamado a aquel lugar Taberna de los Encantados, pero ahora era obvio que se trataba de un apodo jocoso, pues no había allí ningún encanto.

Al contrario de lo que había sucedido en mis visitas al Bar de las Hadas, mi entrada no ha pasó desapercibida. Todos los ojos se posaron en mí. ¿Es que no estaban acostumbrados a humanos, o a extraños en general?

Tratando de mostrar confianza, avancé hasta el balcón

– ¿Qué quieres? – preguntó el tabernero, una enorme criatura de piel marrón con la cara deformada.

– ¿Qué tiene?

Él señaló hacia estantes desvencijados en la pared detrás de él, donde se encontraban varias botellas sucias con contenidos de color extraño. Elegí el que me pareció menos desagradable, y la criatura me lo sirvió en un jarro.

Después beber el asqueroso brebaje con un encogimiento de hombros pasé al asunto que me había llevado allí:

– ¿Alguien aquí ha oído hablar de las Brujas de la Noche?¿O sabe algo acerca de los trasgos que están provocando accidentes de coche?

Nunca he aprendido a ser sutil.

Apenas terminé la frase, una de las pequeñas criaturas verdes dejó la taberna por otra puerta distinta a aquella por donde yo tenía entrado.

– Tío – dijo un cliente sentado en una mesa detrás de mí – si fuera tú, me iría de aquí.

Me volví hacia él. Todos los ojos seguían posados en mí, pero ahora había odio en ellos.

– ¿No me escuchaste? – insistió la criatura, levantándose.

Era enorme, con más de dos metros de altura y el doble de mi ancho, y tenía cuatro musculosos brazos. Me levantó como si yo fuera nada y me tiró de vuelta al túnel por donde yo había entrado.

– ¡Sal de aquí! – gritó él.

No tuve coraje de hacer nada más. Empecé a alejarme. Poco después, oí la otra puerta de la taberna abrirse. Miré sobre mi hombro y vi a la criatura verde volviendo acompañada por otras mucho más grandes y musculosas. Empecé a correr en caso de que intentaran perseguirme.

Sólo me calmé cuando volví al estacionamiento. Dudaba de que me fueran a seguir hasta la superficie. Aún así, entré en mi coche rápidamente y arranqué en dirección a mi casa.

Ya tenía avanzado un par de cientos de metros, y dejado mi temor atrás, cuando una figura enorme apareció frente a mí en el medio de la carretera. Se trataba de la criatura que me había expulsado de la taberna. Tenía una mano extendida delante de él, pidiendo me que me detuviera.

Confieso que mi primer instinto fue atropellarlo, pero no fui capaz de hacerlo. Frené y me detuve a medio metro de él. Él se acercó y golpeó el vidrio del lado del conductor. Con cautela, lo abrí.

– Tío – dijo la criatura – disculpa aquello en la taberna, pero si no te hubiera sacado de allí no ibas a durar mucho.

Mi sorpresa fue tal que quedé con la boca abierta.

– Para el coche ahí y vamos a hablar. Creo que te puedo ayudar con tus preguntas.

Curioso, pero con cuidado, así lo hice. Fuimos al jardín de un edificio cercano y nos sentamos en un banco donde él podía quedarse escondido en la mitad oscura y yo en la iluminada, donde me sentía más seguro.

– Pues muy bien, ¿por dónde empiezo?

Después de unos instantes de silencio, continuó:

– Es así, los trasgos no están matando tu gentea propósito. A las Brujas de la Noche, que son quien los están dominando, no les importan los humanos para nada. Los accidentes son sólo una manera de destruir sus objetivos sin levantar grandes sospechas.

Después de mis conversaciones con Alice, yo ya había llegado a esa conclusión.

– ¿Quiénes son estas Brujas de la Noche?¿Que quieren?

– Tío, eso ya yo no lo sé. Y mira que yo y el resto de la gente en la taberna trabajamos para ellas. Sólo las vi una vez, pero con las capuchas, y creo que son cinco. Ellas están atacando hadas y a otros de esas razas, al mismo tiempo que reclutan un ejército. Yo soy parte de él. Como lo van a usar y por qué, no tengo ni idea.

Me sentí alarmado al oír que las Brujas de la Noche estaban a reuniendo un ejército. ¿Como pretenderían usarlo?

– ¿Sabes donde las puedo encontrar? – le pregunté, sin gran esperanza en la respuesta.

– Tío, no lo sé. Solo las vi una vez y fue en la Plaza.

No le pregunté donde se encontraba esa Plaza, ya que era obvio que formaba parte de los túneles cerca de la Taberna de los Encantados.

– Ahora me tengo que ir – dijo él, levantándose. – Ya te dije todo lo que sé.

– ¡Espere! – le pedí. – ¿Porque me está ayudando?

– Tío, no creo que sea justo que los tuyos sufran sin razón. Creo que, al menos, merecías una explicación.

Dicho esto, la criatura entró en la oscuridad del atardecer invernal y, poco después, desapareció detrás de un edificio.

Volví al coche y regresé a casa. Durante el recorrido, la conversación no me salió de la cabeza. Las Brujas de la Noche estaban tratando de debilitar a sus enemigos y preparándose para una guerra. Me pregunté si las desapariciones de los súbditos del Rey de los Islotes y de la ciudad de los muertos en Gerês, no tendrían alguna relación. Sin embargo, lo que más me aterró fue no conseguir descubrir su objetivo final. Sería algo grande, eso era claro, pero era un misterio incluso para sus soldados.

Las posibilidades no me dejaron dormir ni esa ni las noches siguientes. Pero lo que descubriría al final superaba todo lo que había imaginado.

Capítulo 11 – Brujas Urbanas

Cuando busqué en el diario por entradas sobre brujas, una en particular me llamó la atención. Cuando pensamos en brujas, por lo menos en Portugal, nos vienen a la cabeza imágenes de mujeres alrededor de una hoguera en un campo abandonado o en un bosque distante, o curanderos y adivinos populares que atienden los clientes en sus casas. Esta entrada, sin embargo, hablaba de un grupo de brujas del Porto que se reunían en un salón de té en el corazón de esta, la cual es la segunda mayor ciudad del país.

No es, pues, extraño que, después de la entrada más obvia, la de Montalegre, yo haya decidido investigar esta.

Un día que estaba solo en aquella ciudad por motivos de trabajo, aproveché un intervalo de tiempo grande entre mis reuniones de la mañana y de la tarde para visitar el mencionado salón de té.

Con la ayuda del GPS de mi teléfono, encontré su ubicación. Surgió, entonces, un problema. La entrada en el diario tenía varios años, y el salón de té ya no existía. En su lugar, había ahora un pequeño centro comercial.

Aparqué en un parque cercano y entré. Tal vez pudiera encontrar alguna pista que me indicara cuál era el nuevo punto de encuentro de las brujas.

Apenas pasé la puerta, me di cuenta de que aquel no era un centro comercial común. En lugar de tiendas de ropa, bisutería, tecnología y artículos deportivos, como en la mayoría de establecimientos del género, en este había tiendas de esoterismo, maquillaje natural, comida ecológica y artículos culturales.

Recorrí los pasillos y subí las escaleras hasta el segundo piso. Fue entonces que encontré lo que buscaba: un salón de té con el mismo nombre de aquel donde las brujas se reunían. Deben haber reabierto en el centro comercial después de este haber sustituido el salón original.

Entré y me senté en una mesa. La decoración era muy moderna: sillas blancas ovaladas, sofás de piel, mesas de un solo pie. Hasta los pedidos eran hechos a través de Tablet PCs embebidas en columnas o a través de cualquier Smartphone gracias a los códigos QR impresos en las cajas de madera de las servilletas.

Pedí un té y un sándwich de queso fundido, que consumí relajadamente, mientras observaba a los clientes que entraban y salían. Sus edades parecían variar entre los veinte y los cincuenta y, a juzgar por la ropa, eran todas personas de alguna riqueza. En su mayoría eran mujeres, aunque no por mucho.

Durante la media hora que estuve allí sentado, me di cuenta de algo que, si no supiera lo que estaba buscando, no hubiera visto. Solas o en pares, siete mujeres en los treinta, todas ellas de tacones altos, bien vestidas y maquilladas y con el cabello meticulosamente cuidado, entraron, y sin dudar, se dirigieron inmediatamente hacia el piso de arriba.

Afortunadamente, la señal para el WC apuntaba hacia allí, por lo que tenía la excusa perfecta para subir y confirmar mis sospechas.

Subí las escaleras de hierro y madera. En la parte superior, me encontré con una sala en todo similar a la de abajo. De las siete mujeres, sin embargo, no había ni señal.

Cuidadosamente, tratando de no llamar demasiado a la atención, pues no sabía si estaba siendo filmado, intenté descubrir a dónde podían haber ido. En el pasillo que llevaba a las casas de baño, me encontré con una tercera puerta con la común señal diciendo “Acceso Restringido”. Era el único lugar donde las posibles brujas se podían haber ocultado.

En silencio, puse el oído en la puerta, pero no oí nada. Lentamente, abrí la puerta un poco y me asomé hacia el interior. Así que un poco de luz disipó la oscuridad, vi unas escaleras que llevaban hasta otra puerta, más arriba. Cerré la primera detrás de mí y encendí mi linterna. Teniendo cuidado para no hacer ruido, empecé a subir.

Algunos escalones después, oí un cántico. Cuanto más subía, más este se intensificaba. Así que puse el oído en la segunda puerta, me di cuenta de que venía de detrás de ella. Era allí que las brujas se reunían, no había duda.

El cántico duró unos quince minutos más. Después de unos momentos de silencio, una voz lejana y aguda preguntó:

– ¿Qué quieren de mí?

Debía tratarse de algún espíritu o criatura invocada por el ritual.

– Tú ves más que cualquiera de nosotras. Te llamamos para responder a nuestras preguntas – dijo una voz femenina, sin duda perteneciente a una de las brujas.

Una a una, las mujeres pusieron sus preguntas. Confieso que me sentí desilusionado. Con todos los misterios sobre la historia y el universo que podían tratar de deslindar, sus preguntas fueron de lo más básico posible. ¿Con quién es que fulana iba a engañar a su marido? ¿Dónde el otro fue a buscar el dinero para comprar un Mercedes nuevo? ¿Cómo fulano había logrado conquistar su actual mujer cuando era tan feo?

¡Chismes! Personas como aquellas no podían ser las Brujas de la Noche. Me estaba preparando para irme, cuando oí la voz aguda y distante decir:

– ¿Quieren saber quién está detrás de la puerta?

Di media vuelta para huir, pero solo había bajado tres escalones cuando la puerta se abrió detrás de mí y algo me empujó. Caí por las escaleras y me estrellé contra la puerta inferior.

Aturdido y dolorido, varias manos me cogieron y arrastraron hacia arriba.

Después de unos minutos de recuperación, los mareos y la niebla delante de mis ojos se disiparon. Estaba, ahora, en un pequeño cuarto sin ventanas, iluminado por más de una docena de velas. Había allí una extraña mezcla entre lo antiguo y lo moderno. Tablet PCs, en la pantalla de los cuales se podían ver páginas con textos escritos en caracteres extraños, reposaban sobre una alfombra gasta y llena de marcas de quemado. En su centro, ardía un pequeño brasero, cuyas llamas se movían con el soplo del aire acondicionado. Sillas modernas, iguales a las usadas en el salón de té, se mezclaban con muebles que parecían salidos de anticuarios y contenían una infinidad de instrumentos ancestrales.

Sentadas en la alfombra, las siete mujeres me rodeaban. Todas ellas ahora llevaban al cuello amuletos enormes con un aire antiguo y gastado, contrastando marcadamente con sus vestidos modernos y tacones altos.

– ¿Quién eres tú? – me preguntó una de las brujas. – ¿Y porque nos estabas escuchando?

– Estoy buscando las Brujas de la Noche. ¿Las conocen?

– Y ¿quiénes son esas? – preguntó la bruja. – ¿Algunas provincianas que andan por ahí de noche montadas en escobas?

Sus compañeras se rieron.

– No nos mezclamos con esa gente – añadió una tercera bruja. – Sólo si necesario.

– Ahora, tenemos que decidir qué hacer contigo.

– Lo dejamos ir – dijo la primera bruja que habló.

– ¿Y si lo cuenta a alguien? – preguntó la mujer que planteara la cuestión.

– Mira su ropa – le respondió su compañera. – ¿Crees que alguien va a poner la palabra de un nadie como él por encima de la nuestra? Daría más problemas deshacernos de él.

– Tienes razón – dijo otra bruja. – Vete de aquí. ¡Pero no vuelvas!

Así lo hice. Aquellas no eran claramente las Brujas de la Noche, por lo que no tenían ningún interés para mí.

Fui al baño de un café cerca del centro comercial para limpiar mi traje y mis heridas de la caída y me dirigí a mi reunión de la tarde. Al contrario de lo que había ocurrido en mis exploraciones anteriores, esta no suscitó ningún pensamiento o pregunta. Aquellas brujas eran inútiles para descifrar el misterio que yo perseguía.

Capítulo 10 – Las Brujas de Montalegre

Como era de esperarse, una de las primeras referencias sobre brujas en el diario que había encontrado estaba asociada a la localidad portuguesa más conocida por éstas: Montalegre. De hecho, todos los viernes trece, el pueblo organiza un evento llamado “Noche de las Brujas” para celebrar esa misma tradición.

En una tarde lluviosa de sábado, en que ni mi mujer ni mi hija quisieron salir de casa, fui hasta allá. No había autopistas que llevasen hasta Montalegre, por lo que tuve que usar estradas locales. Durante gran parte del camino, la estrada era amplia y bien cuidada, pero algunas decenas de kilómetros antes de llegar a la villa, se tornó estrecha y llena de curvas. La recorrí despacio y con mucha atención, subiendo y bajando colinas cubiertas de pinos y eucaliptos.

Finalmente, después de una última subida, me encontré con Montalegre. Construida sobre una colina que se erguía sobre una extensa meseta vacía y débilmente arbolada, era una visión impresionante, especialmente en un día gris como aquel. En su punto más alto, entre una mezcla de edificios antiguos y nuevos, se erguía el castillo medieval, su masiva torre de homenaje pareciendo capaz de resistir al propio Apocalipsis.

Según el diario, las brujas de la región sólo se encontraban después de anochecer. Estábamos casi en invierno, por lo que no tenía que esperar mucho, y decidí hacerlo en un café local.

Aproveché la oportunidad para buscar más información sobre el lugar donde el diario decía que las brujas se reunían y direcciones más precisas. El empleado me explicó cómo llegar allí y cómo sería el camino sin hacer preguntas o plantear cualquier dificultad. Sin embargo, un cliente sentado en una mesa cercana, un hombre ya de cierta edad con un sombrero y un bastón colocados en la silla a su lado oyó la conversación y dijo:

– ¡No vaya allí! Es el lugar donde las brujas se reúnen de noche. Si saben que alguien estuvo en su lugar de encuentro, le lanzan un hechizo. Si están de buen humor, sólo le dan una cagalera, si no, le dan una enfermedad que lo debilita y lo mata. Así fue como murió un vecino mío. Le dio curiosidad y…

La advertencia de aquel señor no me disuadió de ir en busca de las brujas. Por el contrario, sólo me confirmó que estaba en el camino cierto.

Pagué y volví a mi coche. Me dirigí, entonces, hacia el este de la villa, entrando en la carretera que atravesaba aquel lado de la meseta. Allí, en aquel día gris, no era difícil ver por qué la región había ganado su reputación de sobrenatural. Una ciénaga flanqueaba la carretera. Aquí y allá, crecía un árbol y, de vez en cuando se veía una laguna, pero contenía sobre todo piedras y maleza, entre las cuales se erguían pequeñas elevaciones. Según el diario, el punto de encuentro de las brujas se escondía detrás de una de éstas.

Aparqué junto al inicio de un sendero que, según el empleado de la cafetería, me llevaría hasta allí, y empecé a seguirlo. Casi de inmediato, estuve feliz de haber llevado mis mejores botas de montaña. El camino era irregular, lleno de piedras y barro. Con cualquier otro calzado habría quedado con los pies empapados y doloridos.

Me tomó poco más de una hora llegar a la pequeña elevación que buscaba. Detrás de ella, encontré un pequeño arbolado, con media docena de árboles y algunos matorrales. En el espacio vagamente circular entre ellas, encontré las cenizas de una reciente hoguera. No había duda de que estaba en el sitio correcto.

El sol ya se encontraba detrás del horizonte, por lo que no debía faltar mucho para que las brujas llegasen para el encuentro de esa noche. Me escondí detrás de un matorral espeso, situado en el lado del claro opuesto al del sendero, y esperé.

Pasó otra hora hasta que empecé a oír alguien llegando. La noche ya había caído en pleno, y el cielo estaba nublado, por lo que allí, lejos de cualquier iluminación pública, poco más lograba ver que negro. Oí la persona entrar en el claro venida del sendero, y, poco después, el sonido de troncos de madera a ser arrojados al suelo. De repente, una pequeña llama se encendió y, instantes después, una hoguera ardía vivamente. Junto a ésta, ahora podía ver a una mujer ya de cierta edad. Estaba toda vestida de negro, incluyendo un pañuelo que le cubría la cabeza.

Durante unos minutos, se quedó allí de pie, esperando. A continuación, una segunda mujer, más joven, pero envergando ropa similar, surgió venida del sendero. Apenas tuvieron tiempo de intercambiar saludos cuando una tercera y una cuarta se unieron a ellas. Los dos últimos elementos del grupo tardaron un poco más, pero cuando llegaron, las seis formaron un círculo alrededor de la hoguera. Entonces, se quitaron la ropa, y pude verlas bien por primera vez.

La más joven tendría poco más de veinte años, mientras que la más vieja hace mucho habría pasado de los ochenta. Al contrario de lo que cuentan algunas leyendas, no vi ninguna marca fuera de lo normal en sus cuerpos.

Desnudas, empezaron a danzar alrededor de la hoguera, cantando algo en una lengua que no reconocí.

Su danza duró una media hora, sus cuerpos retorciéndose de forma caótica, pero, al mismo tiempo, bella y casi hipnotizante. Hasta las brujas más viejas mostraban una agilidad y flexibilidad extraordinarias, hasta sobrenaturales.

Cuando terminaron, se postraron, orientadas hacia la hoguera. De repente, de entre las llamas, saltó una pequeña criatura de piel roja viva. Tenía orejas puntiagudas, entre las cuales crecían dos pequeños cuernos, y un hocico agudo, lleno de dientes como agujas. Pequeñas alas, claramente incapaces de soportar su cuerpo en un vuelo constante, le salían de la espalda.

A ella le siguieron, en una rápida sucesión, otras cinco. Inmediatamente, todas ellas se unieron a las brujas y retomaron la danza. No podía imaginarme cuál era el propósito de ese ritual.

Había una evidente similitud entre aquellos seres y los evocados por el culto que yo encontrara en el convento de San Francisco, en Viana do Castelo. Sin embargo, en aquel momento no me di cuenta de eso. Estaba demasiado preocupado en averiguar si aquellas eran o no las Brujas de la Noche. Si me hubiese dado cuenta, tal vez algunas muertes que ocurrieron más tarde podrían haber sido evitadas.

De repente, una de las criaturas salió del círculo de danza y empezó a olfatear el aire. Pasados unos segundos, se volvió hacia sus compañeros y dijo:

– No estamos solos.

Un escalofrío subió mi espina dorsal. Claramente estaba hablando de mí.

Las brujas y los restantes diablillos interrumpieron su danza y canto. Yo me preparé para escapar, pero era demasiado tarde.

– ¡Sal de ahí! – dijo el primer diablillo con una voz estridente, en la dirección del matorral detrás del cual me había escondido. – Y ni pienses en huir. Mis hermanos y yo vemos bien en la oscuridad y somos más rápidos de lo que parecemos. Sin duda te alcanzaremos. Y no te va a gustar lo que vamos a hacer después.

La criatura emitió una risa cruel.

Con una mezcla de miedo y curiosidad, salí de detrás del matorral, y me acerqué a la hoguera.

– Es peligroso andar por aquí después del anochecer – dijo una de las brujas, una de las más jóvenes, con una sonrisa socarrona. – Y más aún mirar nuestros rituales.

– ¿Ustedes son las Brujas de la Noche? – le pregunté, yendo directo al grano.

Después de todo, qué más podía decir.

Al escuchar el nombre, los diablillos roznaron y las brujas escupieron a la hoguera.

– No nos confundas con esas zorras – dijo una de las brujas más viejas.

– Nosotras somos devotas del Cornudo, el Diablo, Belcebú. Es el que nos da nuestros poderes – explicó una bruja de la mediana edad. – Las Brujas de la Noche salieron de repente de la nada y nadie sabe de dónde viene su poder o a quién sirven. Pero no son como nosotras.

– ¡Zorras! – gritó la bruja más vieja. – Aparecen de la nada y se creen mejor que nosotras. No van a los Grandes Conventículos, no respetan a nuestro maestro, ni siquiera nos reconocen como hermanas.

– ¿Cuál es tu interés en ellas? – preguntó uno de los diablillos.

A pesar de ya estar acostumbrado a hablar con criaturas extrañas, dudé durante un segundo. Había algo inquietante en aquellos seres. Sin embargo, al final les conté la historia de las muertes, de los trasgos y del bulto negro en la casa abandonada.

Durante algunos momentos, nadie dijo nada. Creo que no sabían bien cómo reaccionar.

Por fin, el diablillo que me interrogó dijo:

– Vete de aquí. Y sólo te dejamos ir porque quieres interferir en los planes de las Brujas de la Noche. Pero no vuelvas.

Sin decir nada más, así lo hice. Ya en el sendero de vuelta al coche, oí a las brujas y los diablillos a retomar su canto.

Durante gran parte del camino, al contrario de lo que era habitual, no pude pensar en lo que acababa de descubrir. Las carreteras estrechas y llenas de curvas requerían toda mi atención en el oscuro. Sin embargo, cuando llegué a carreteras mejores, mi mente comenzó a divagar.

Aquellas no eran las Brujas de la Noche, eso estaba claro, pero el desprecio que mostraron por ellas, y el hecho de que las consideraban como una otra ceita fue un descubrimiento importante. Por desgracia, eso no respondía al misterio de quién eran las Brujas de la Noche, lo que pretendían y dónde encontrarlas. Sólo lo adensaba.

Cuando llegué a Braga ya era casi hora de la cena. Llamé a mi mujer y a mi hija a preguntar si querían comidas de Burger King. Quería compensarlas por mi ausencia.