Capítulo 26 – La Tercera Bruja

A pesar de los intentos de las Brujas de la Noche de alejarnos de sus asuntos, la Organización y yo seguimos explorando los portales que partían del campamento abandonado en el Gerês.

Después de algunas expediciones infructuosas, encontramos otro lugar de interés.

En cuanto cruzamos el portal, nos encontramos en un camino pavimentado. Inmediatamente me di cuenta de dónde estábamos: en el mirador en la cima del Monte de Madalena, con su inconfundible panorama sobre el río Lima y el pueblo de Ponte de Lima. De niño, había ido allí muchas veces con mis padres a comer al restaurante.

Éste, sin embargo, para mi disgusto, había sido abandonado y destrozado. Todas sus ventanas estaban rotas, y sus puertas derribadas. Bajo la arcada en su cara norte se amontonaban sillas y mesas de plástico cubiertas de hojas y barro. Grafiti cubría la mayoría de sus paredes, tanto exteriores como interiores.

Decidimos empezar a explorar el restaurante por lo que parecía el lugar más probable para una de las Brujas de la Noche esconderse.

Entramos por la planta baja a través de una de las enormes ventanas rotas que formaban una de las paredes del antiguo bar del restaurante. Los espejos detrás del mostrador estaban rotos, y restos de botellas estaban echados por el suelo, junto con sillas y mesitas rotas.

No había nada de interés para nosotros allí, así que atravesamos la puerta detrás del mostrador, que rápidamente descubrimos que llevaba a lo que parecía haber sido la cocina. Llegamos justo a tiempo de ver desaparecer una pequeña sombra en el hueco del ascensor de comida. De que se trataba exactamente, no logramos ver, y cuando los soldados de Almeida miraron por el hueco del ascensor, no vieron nada, pero una cosa estaba clara: era una de las criaturas de las Brujas de la Noche.

Había platos rotos, ollas y sartenes esparcidos por el suelo. Después de una rápida búsqueda para ver si encontrábamos algo que nos interesara, subimos por las escaleras de servicio. En el piso de arriba, encontramos un pequeño cuarto, incluso más pequeño que la cocina, donde los camareros debían haber preparado los platos antes de llevarlos al comedor.

Cuando llegamos, aún vimos la puerta cerrarse, así que fuimos inmediatamente en persecución. Pero apenas salimos de la habitación, nos congelamos. Frente a nosotros, esparcidos por el comedor, entre sillas y mesas rotas, había más de un centenar de criaturas, cada una comiendo carne cruda de animales autóctonos a aquellas colinas: liebres, ardillas, pájaros, zorros e incluso murciélagos.

Entre los seres, había trasgos y goblins, así como dos similares a los que nos persiguieron en el Convento de Santa Clara. Sin embargo, la mayoría eran pequeñas criaturas humanoides, de menos de un metro de altura, con el cuerpo cubierto de pelo negro. Tenían un hocico que mezclaba las características de un perro con las de un gato, lo que llevó la Organización a bautizarlos (sin gran imaginación, hay que admitirlo) de guerros.

Así que las criaturas se dieron cuenta de nuestra presencia, dejaron sus grotescas comidas y se volvieron hacia nosotros. Almeida me arrastró hacia atrás, y sus hombres, no corriendo riesgos, abrieron fuego inmediatamente.

Las automáticas de los soldados derribaron a varios seres, pero éstos cargaron contra nosotros y eran demasiados para que las balas los detuvieran a todos.

Regresamos al cuarto de servicio, esperando que la puerta creara un punto estrecho que permitiera a los soldados enfrentar menos criaturas a la vez. Al principio, el plan funcionó, con goblins, trasgos y guerros siendo abatidos apenas entraban en la habitación. Sin embargo, cuando una de las criaturas más grandes (que yo bauticé como ogrones, en honor de unos monstruos de la serie televisiva Doctor Who) entró, la situación cambió. A pesar del torrente de balas que le acertaba, la criatura siguió avanzando hacia nosotros, casi sin desacelerar. No cayó hasta que llegó a menos de un metro de nosotros y uno de los soldados de Almeida soltó una ráfaga contra sus ojos.

Aunque el ogron fue derrotado, el tiempo que se tardó en derribarlo fue suficiente para que muchas otras criaturas entraran en la habitación. Estas eran demasiadas y estaban demasiado cerca para que pudiéramos derribarlas a todas antes de que llegaran a nosotros. Por lo tanto, Almeida  ordenó una retirada hacia la otra puerta, y con los soldados disparando constantemente para, al menos, ganar algo de tiempo;, así lo hicimos.

Apenas habíamos dado algunos pasos cuando esta segunda puerta se abrió, dando paso a más criaturas, encabezadas por otro ogron.

Con la ruta de escape más obvia cortada, Almeida ordenó a sus hombres que formaran un semicírculo alrededor de la ventana más cercana. Uno de ellos usó la culata de su arma para romper lo que quedaba del cristal y del armazón. Luego le pidió a un camarada que sostuviera uno de los extremos de su rifle y lo usó para bajarse hasta un punto del que fuera seguro saltar al suelo.

Mientras algunos de los soldados disparaban para retrasar a las criaturas que se acercaban, otros dos lograron salir y bajar. Sin embargo, era obvio que no íbamos a poder salir todos por allí antes de que los esbirros de las Brujas de la Noche nos alcanzaran.

– ¡Sal de aquí! -me dijo Almeida. – ¡Rápido!

Sin dudarlo, salí por la ventana y, agarrándome de la barandilla para poder bajar lo máximo posible, me dejé caer. Los soldados que descendieron antes de mí me cogieron. En seguida, ellos corrieron hacia el otro lado del edificio para atacar por la retaguardia a las criaturas que amenazaban sus compañeros.

Yo estaba desarmado, así que me dirigí al frente del restaurante, donde tenía una ruta directa de escape hacia el portal, y esperé.

Durante varios minutos, oí disparos y gritos venidos del interior. Luego, volvió el silencio. La lucha había terminado. Y yo sólo podía esperar a ver quién había ganado.

Pasado algún tiempo, vi algo moverse en las sombras más allá de la puerta de la cocina. Cuando este bulto emergió, suspiré de alivio. Era uno de los soldados de la Organización. Varios de sus compañeros aparecieron justo detrás, junto con Almeida.

– Ya limpiamos el interior – dijo éste cuando se acercó. – Pero parece que no hay ninguna Bruja de la Noche aquí.

– Aún hay un lugar donde no buscamos.

Llevé a Almeida y a sus hombres a la pequeña capilla construida justo debajo del restaurante. Del mirador no era muy visible, porque los árboles cubrían su parte trasera. Yo sólo sabía de su existencia porque ya había estado presente en dos matrimonios realizados en ella, cuando el restaurante estaba en su apogeo.

El camino más directo, que implicaba bajar unas escaleras y cruzar un sendero, estaba impasable debido al crecimiento de la vegetación, así que tuvimos que usar el acceso principal. Volvimos casi al lugar donde el portal nos dejara y entramos en un camino pavimentado que pasaba directamente por debajo del mirador y nos llevó a la pequeña capilla.

A diferencia del restaurante, ésta no estaba destrozada. De hecho, bastaría una pintura para dejarla como nueva.

Subimos por la escalera hasta su pequeño adro e intentamos mirar hacia el interior a través de las dos pequeñas ventanas delanteras, pero sólo vimos oscuridad. Algo del otro lado bloqueaba la visión.

– Derriben la puerta – ordenó Almeida.

Pateando, los hombres de Almeida no tardaron en abrir la puerta. Como el exterior, el interior parecía intacto. Bancos de madera aún se alineaban a ambos lados de un estrecho pasillo que llevaba al altar. Detrás de éste, una cruz con una imagen de cristo colgaba de la pared. El único elemento extraño era una mesa de madera colocada a la derecha del altar, a la que se sentaba la figura encapuchada de una Bruja de la Noche.

– Veo que no habéis aprendido a escuchar lo que os dijimos – dijo la criatura con una voz profunda y seca. – Tal vez yo pueda enseñaros.

Almeida aún intentó responder, pero la Bruja de la Noche empezó a lanzar un hechizo y lo ignoró.

– ¡Atrás! ¡Salgan de aquí! – gritó Almeida.

Algunos de sus hombres se habían adelantado y ya se encontraban medio camino hacia la puerta. Aún así, nadie logró escapar. El hechizo de aquella Bruja de la Noche tardó mucho menos en lanzarse que el de su camarada que encontramos en los túneles bajo Valença.

Una ráfaga de viento sopló del altar y cerró la puerta. Los primeros soldados de la Organización que la alcanzaron intentaron abrirla, pero no pudieron. Iban a empezar a intentar destruirla con sus armas, cuando una segunda ráfaga, mucho más poderosa que la primera, llegó hasta nosotros y nos tiró contra la pared como si fuéramos harapos. Los bancos y parte de las decoraciones nos acertaron en seguida. De no haber sido por nuestro equipo de protección, habríamos muerto o, al menos, quedado gravemente heridos.

El viento siguió soplando y aplastándonos contra la pared. Era tan fuerte que nos impedía de caer. Yo cada vez tenía más dificultad para respirar. Finalmente, cuando sentí que estaba a punto de perder el conocimiento, el viento se detuvo y caímos al suelo, entre todas las piezas de muebles que habían sido lanzadas contra nosotros.

Como era de esperar, la Bruja de la Noche ya había desaparecido. Almeida pidió refuerzos y revisó cada centímetro de la capilla, del restaurante y del monte circundante. Una vez más, todas las señales de que la Bruja de la Noche y sus criaturas habían estado allí habían desaparecido. Y aún no teníamos pistas sobre sus objetivos.

Capítulo 25 – La Segunda Bruja

Como esperaba, el intento de la Bruja de la Noche que encontramos en el Convento de Santa Clara de disuadir a la Organización de interferir en sus asuntos, no tuvo ningún efecto. Al día siguiente, Almeida me llamó para investigar otro portal.

En el otro lado de los portales que atravesamos en los días siguientes, no encontramos nada relevante. ¿Por qué las Brujas de la Noche habían creado aquellas travesías? No teníamos forma de saberlo. Tal vez estaban relacionados con ataques abortados o sólo eran para observación y reconocimiento.

Sólo uno se mostró remotamente interesante, ya que llevaba hasta un punto cerca de la orilla del río Lima, en las afueras de Viana do Castelo. Seguramente fuera de allí que habían lanzado el ataque al reino del Rey de los Islotes; pero, en aquél momento, no nos ayudaba mucho.

Finalmente, uno de los portales nos llevó a un lugar de oscuridad absoluta. Encendimos las linternas y luego nos dimos cuenta que nos encontrábamos en un túnel. Las paredes, el techo y el suelo estaban formados por bloques y losas de granito.

Estábamos demasiado profundo para que funcionaran los GPS y, sin una abertura por la que mirar, no teníamos forma de saber en qué parte del país (o quizás del mundo) nos encontrábamos.

El túnel se extendía en dos direcciones, por lo que Almeida eligió una al azar y comenzamos nuestra exploración. Sabiendo de nuestro encuentro con goblins y criaturas aún peores, y de la muerte de sus compañeros en Vila do Conde, los soldados de la Organización ataron sus linternas a sus armas y avanzaron con éstas en ristre.

Habíamos caminado poco más de cien de metros cuando nos encontramos con los primeros habitantes de aquél túnel. No se trataban de trasgos, goblins o cualquier otra criatura que hubiésemos encontrado antes. Después de aquella misión, los llamamos trogloditas, porque eran vagamente parecidos a humanos, pero tenían cabezas chatas sin ojos y piel extremadamente pálida.

Aparentemente, detectaron nuestra presencia antes de que los viéramos, porque avanzaban con armas de madera y sílex en nuestra dirección. Así que se acercaron, nos arrojaron lanzas y piedras afiladas, sin embargo, estas armas primitivas nada podían hacer contra los cascos y el otro equipo de protección que empezamos a usar después de la expedición a Vila do Conde. No obstante, las armas automáticas de los soldados de la Organización, no tenían ningún problema en matar a los trogloditas. Un par de ráfagas los derribó a todos.

Pasamos por encima de sus cuerpos y continuamos nuestra exploración.

El túnel cambió de dirección poco después. También empezó a descender, aunque con una inclinación muy sutil.

Avanzamos durante más de quince minutos, siempre en línea recta, antes de ver el final del túnel. Éste parecía desembocar en una caverna natural, pero no fue hasta que llegamos allí que nos dimos cuenta de la verdadera dimensión de ésta.

El techo se elevaba unos veinte metros sobre nuestras cabezas, muy por encima de lo del túnel, y las paredes se encontraban centenas de metros hacia los lados y adelante de nosotros. Había estalactitas y estalagmitas en varios lugares, y entre ellas serpenteaban caminos de tierra comprimida por cientos de pies. Aunque, al principio, no vimos ninguno, era obvio que los trogloditas frecuentaban aquél lugar en gran número.

Los soldados de la Organización formaron un perímetro alrededor de mí y de Almeida, y, con cuidado, empezamos a explorar la caverna.

No tardamos en encontrar a los primeros trogloditas. Un grupo de seis se reunía detrás de una estalagmita, hablando. Su lengua parecía extraña y primitiva a nuestros oídos, pero por la forma como hablaban, parecían tener una conversación trivial.

De repente, se callaron. Al principio, no entendimos por qué, pero cuando empezaron a alejarse de nosotros, nos dimos cuenta que nos habían detectado. Como no tenían ojos, era difícil saber cuándo se habían dado cuenta de nuestra presencia.

Los soldados de la Organización y yo miramos hacia Almeida esperando que nos dijera cómo reaccionar. Sin embargo, la decisión no fue suya.

Piedras afiladas comenzaron a caer sobre los soldados en la retaguardia. Éstos respondieron con disparos de sus automáticas, mientras sus compañeros derribaron a los trogloditas que habíamos visto primero. Sólo entonces, con nuestros oponentes más inmediatos derrotados, nos dimos cuenta realmente de la situación en la que nos encontrábamos.

A nuestro alrededor, se reunía una masa de trogloditas que se extendía hasta donde llegaba la luz de nuestras linternas. Y todos nos atacaron.

Los soldados de la Organización empezaron a disparar, pero ni sus armas automáticas podían detener a todos los atacantes. Finalmente, las criaturas llegaron a los soldados y nos atacaron cuerpo a cuerpo. A pesar de la sustancial defensa del equipo protector de los hombres de Almeida, la enorme cantidad de ataques de los trogloditas hacía casi imposible que algunos no encontraran una junta o enmienda más vulnerable.

Estábamos a punto de ser aplastados, cuando un grito detuvo a las criaturas. Tan pronto se alejaron, empezamos a mirar alrededor en busca de nuestro salvador. En la pared de la caverna, a unos diez metros del suelo, encontramos una cueva más pequeña. Destacada por la luz que emergía del interior, vimos la forma encapuchada de una Bruja de la Noche.

Ella hizo un gesto para que nos acercáramos. La multitud de trogloditas nos abrió un paso, y nosotros, de forma lenta y mirando constantemente alrededor, lo atravesamos hasta llegar a la pared.

– Suban – dijo La Bruja de la noche. – Quiero hablar con vosotros.

Entonces, ella desapareció hacia dentro de la cueva.

Uno por uno, subimos usando los varios apoyos excavados en la pared. Como era de esperar, los soldados fueron delante y detrás de Almeida y yo.

Cuando llegamos a la cima, la criatura nos esperaba sentada detrás de un escritorio cubierto de libros e instrumentos que no reconocí. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, y había baúles cerrados en varios puntos. Las similitudes con nuestro anterior encuentro con una Bruja de la Noche eran obvias. De hecho, no podíamos estar seguros de que esa no fuera la misma criatura.

Como antes, los soldados rodearon y apuntaron sus armas a la Bruja de la Noche. Sólo entonces Almeida y yo nos acercamos. La criatura, que no se había movido o mostrado la más mínima reacción desde nuestra llegada a la cueva, esperó hasta que nos encontráramos junto al escritorio y luego dijo:

– Ya les dijeron que no tenemos ningún interés en vuestra estúpida raza. ¿Por qué siguen interfiriendo en nuestros asuntos?

– Ya les dijeron que vuestras acciones arriesgan revelar al público un mundo que no está preparado para conocer – respondió Almeida.

– No nos interesa que todos los hombres sepan de nuestra existencia, pero no podemos comprometer nuestros objetivos por eso. Son demasiado importantes.

– Entonces seguiremos interfiriendo en vuestros asuntos y lucharemos si necesario – dijo Almeida.

– No necesitamos más enemigos, pero no crean que no vamos a responder. Hable con sus superiores, dígales lo que discutimos e intentemos evitar contratiempos y derramamiento de sangre innecesarios.

– No creo que hablar con mis superiores vaya a hacer alguna diferencia.

La Bruja de la Noche permaneció en silencio durante unos minutos. Finalmente, dijo:

– En ese caso, no vale la pena posponer vuestro fin.

La criatura comenzó a mover sus manos para lanzar un hechizo. Los hombres de Almeida, entendiendo lo que ella estaba haciendo, no dudaron y abrieron fuego. Las balas, sin embargo, no parecieron tener ningún efecto en la Bruja de la Noche más que retrasar sus gestos.

Después de lo que había visto en las batallas contra las Brujas de la Noche, su invulnerabilidad a las balas no me sorprendió. Almeida, si quedó sorprendido, no lo demostró, y rápidamente gritó:

– ¡Corran!

Cuando llegamos a la salida de la cueva, dije:

– Salten sobre los trogloditas.

Así lo hicimos. Afortunadamente, las criaturas ciegas no tuvieron tiempo de preparar sus armas, y sus cuerpos, junto con nuestras armaduras, fueron suficientes para aliviar nuestra sustancial caída.

Doloridos, nos levantamos y nos dirigimos al túnel por el que habíamos entrado.

Al principio, los trogloditas no intentaron detenernos ni perseguirnos, pero la Bruja de la Noche pronto apareció en la entrada de su cueva y gritó algo en un idioma que yo no entendía.

Tuvimos que abrir camino a la fuerza a través de los últimos trogloditas de la multitud, y el resto nos persiguió, incluso hacia el interior del túnel.

Con los soldados de la Organización disparando constantemente hacia atrás, contra la horda que nos perseguía, corrimos hacia el portal que nos había transportado allí. Afortunadamente, éste no tenía ninguna bifurcación, así que no había riesgo de perdernos durante la confusión de la fuga.

Finalmente, llegamos a los cuerpos de los primeros trogloditas que habíamos encontrado, indicando que estábamos a punto de llegar al portal. La horda aún nos perseguía, a pesar de las docenas de criaturas que los soldados habían matado durante nuestra huida.

A medida que nos acercábamos al lugar de nuestra llegada, nos quedábamos más y más aliviados. Sin embargo, ese alivio se transformó gradualmente en desesperación mientras recorríamos el túnel sin que un portal nos llevara de nuevo al campamento. Finalmente, llegamos a una esquina, mostrando que habíamos recorrido todo el túnel. De alguna manera, la Bruja de la Noche había cerrado el portal, encerrándonos allí.

– ¡Sigan corriendo! – gritó Almeida, con un toque de miedo en la voz.

– Nos estamos quedando sin municiones – dijo uno de los soldados, insertando su último cargador en el arma.

Seguimos avanzando con la esperanza de encontrar una salida, pero después de la esquina, sólo había otro túnel oscuro; luego uno y otro más…

Los soldados empezaron a racionar las balas, disparando balas solitarias en lugar de ráfagas, permitiendo que los trogloditas se acercaran cada vez más. Y no había señales de que su persecución se debilitara.

La situación estaba desesperada cuando vi lo que parecía ser un pequeño rayo de luz saliendo de la pared. Apunté la linterna hacia allí, revelando lo que parecía ser un arco sellado con piedras de granito y viejo cemento, muy diferente de los bloques de piedra que formaban el túnel. La luz parecía salir de un pequeño orificio entre ellas.

– Puede que sea una salida – dijo Almeida al darse cuenta de lo que yo había descubierto. – Derriben la pared bajo el arco – ordenó enseguida a sus hombres.

Sus soldados ejecutaron rápidamente su orden. Los que tenían menos municiones usaron la culata de sus rifles para derribar la pared, mientras los otros disparaban contra los trogloditas para mantenerlos a distancia.

– ¡Rápido! – gritó Almeida.

La primera piedra finalmente cayó hacia exterior, seguida rápidamente por las demás. Una vez que se abrió un agujero lo suficientemente grande para pasar, emergemos, uno por uno, en un parque público. Los transeúntes se detuvieron a ver qué pasaba. Seguro que nadie esperaba ver gente saliendo de un arco sellado Dios sabe cuándo.

– ¡Salgan de aquí! ¡Corran! – gritó Almeida a los civiles, mientras sus soldados se alineaban frente a la abertura y se preparaban para recibir a los trogloditas.

La advertencia no funcionó. De hecho, los gritos de Almeida sólo atrajeron más curiosos. Afortunadamente, segundos pasaron y se convirtieron en minutos sin que hubiera señales de nuestros perseguidores.

Al cabo de quince minutos, Almeida ordenó a sus hombres que comprobaran lo que les había pasado a los trogloditas. Con cuidado, uno de los soldados metió su linterna y arma, seguidas por su cabeza, en el agujero que habíamos usado para escapar del túnel. Después de mirar en todas direcciones, se giró hacia nosotros y dijo:

– No veo a nadie.

– ¿Le temieron la luz del Sol? – comentó Almeida.

– Parecían ciegos, pero tal vez el Sol les afecte de otra manera – respondí yo.

Después de determinar dónde nos encontrábamos con la ayuda del GPS, Almeida pidió refuerzos por teléfono. Yo no necesité instrumentos electrónicos para saber dónde estábamos. El muro, los cañones, las calles estrechas y antiguas, el puente de acero sobre el río, todos esos elementos no dejaban duda: estábamos en Valença, más precisamente en la parte vieja de la ciudad.

Una hora después, llegó un helicóptero, seguido a la brevedad por varios camiones llenos de soldados. Bajo las órdenes de Almeida, ellos aislaron la entrada al túnel y comenzaron a explorarlo cazando a la Bruja de la Noche y sus trogloditas.

El helicóptero me llevó a Braga, así que no me quedé a ver qué pasó después, pero Almeida más tarde me dijo que sus hombres no encontraron ni a la Bruja de la Noche ni a ningún troglodita. Incluso los cuerpos de las criaturas que habíamos matado habían desaparecido. Sin embargo, los hombres de la Organización encontraron un complejo de túneles que parecía entenderse por todo el norte de Portugal y Galicia y quizás más allá. Según Almeida, explorarlo llevaría años.

Una vez más, las Brujas de la Noche dijeron y mostraron que no querían involucrarnos en sus asuntos. Después de echarnos de sus túneles, la Bruja de la Noche desapareció junto con las criaturas bajo su mando y cualquier señal de su presencia allí. Todo para ocultarnos sus objetivos.

Por supuesto, ese esfuerzo sólo aumentó mi curiosidad y la determinación de la Organización en descubrir lo que estaba pasando. Aunque aún no teníamos grandes pistas, esperaba que todo se revelaría pronto. Si hubiera sabido lo que sé hoy, habría aprovechado la oportunidad para dejarlo.

Capítulo 24 – La Primera Bruja

Al día siguiente, Almeida cumplió su promesa de mantenerse en contacto. Cuando salí del trabajo para almorzar, él estaba de nuevo esperándome junto a mi auto.

– Te necesitamos otra vez.

Me condujo a un coche que nos esperaba. En cuanto entramos, empezó a explicar lo que había pasado:

– Encontramos más portales en el campamento de las Brujas de la Noche. Muchos más. Y quiero que nos acompañes cuando los exploremos.

El coche nos llevó a las afueras de Braga, donde nos esperaba un helicóptero que nos transportó al campamento que habíamos descubierto la noche anterior situado entre los bosques del Gerês.

Este fue el primero de muchos viajes similares que hice en las semanas subsecuentes. Usando su influencia, la Organización encontró una forma de darme una baja temporal del trabajo para poder explorar los nuevos portales con sus agentes.

Muchos de ellos llevaban a lugares inconsecuentes donde no encontramos nada, así que aquí voy a describir sólo las expediciones más importantes.

La primera de ellas ocurrió cinco días después de nuestro descubrimiento del campamento. Como tantas veces antes, Almeida y yo entramos en un portal acompañados por una docena de hombres armados con rifles automáticos. Una fracción de segundo después, nos encontrábamos en un pasillo. Yeso caía del techo y de las paredes. Detrás de nosotros, se abría una vieja puerta destrozada y, al frente, una ventana rota protegida desde el exterior por una rejilla metálica. Varias puertas se alineaban de ambos lados, todas en mal estado.

De inmediato el lugar me pareció familiar, y me acerqué a la ventana para mirar hacia afuera. En el acto confirmé mis sospechas: estábamos en Vila do Conde, más exactamente en el abandonado y vandalizado Convento de Santa Clara. Años antes lo había visitado con el grupo de exploración urbana de Braga.

Mientras Almeida y yo esperábamos, los otros hombres de la Organización revisaron lo que había detrás de cada puerta de aquél pasillo. No encontraron nada, por lo que ampliaron la búsqueda a los pasillos que salían de éste, pero el resultado fue el mismo: ni rastro de las Brujas de la Noche o de las criaturas bajo su mando.

Eso cambió cuando subimos al segundo piso. Al salir de la escalera, nos topamos con un grupo de cinco goblins más adelante en el pasillo. Los hombres de Almeida les apuntaron sus armas, pero las criaturas huyeron desapareciendo por la esquina justo detrás de ellos.

Con los soldados en el frente, los perseguimos. Cuando doblamos la esquina, sin embargo, ya no los vimos. En su lugar, nos encontramos a una criatura humanoide con más de dos metros de altura, piel blanca cubierta sólo por un taparrabo y totalmente calva. A diferencia de sus compañeros, no huyó al vernos. De hecho, se lanzó hacia nosotros.

Los hombres de Almeida empezaron a disparar. La criatura, sin embargo, ni siquiera desaceleró. En el último momento, yo, Almeida y algunos de los soldados nos desviamos, saltando a la sección del pasillo antes de la esquina, pero los otros no tuvieron tanta suerte. La masa y el impulso de la criatura los empujaron a través de una pared.

El ser se levantó de entre los escombros rápidamente, como si nada, y se fue contra nosotros. Los soldados de la Organización dispararon y se retiraron conmigo y Almeida, pero todos éramos conscientes de que no podíamos escapar.

Milagrosamente, o al menos eso me pareció, el suelo podrido cedió bajo el peso de la criatura, y ella cayó al piso inferior. Corrimos al hoyo para ver si había quedado fuera de combate, pero ya no la vimos. Seguramente se había levantado. Al menos nos libraríamos de ella por un tiempo.

De inmediato acudimos en ayuda de los soldados que habían sufrido la embestida. Dos estaban muertos y los otros tenían múltiples fracturas. Almeida hizo una llamada para que alguien los recogiera, pero no interrumpió la expedición.

Una vez más, los hombres armados revisaron todas las habitaciones de ese piso, mientras Almeida y yo esperamos. Oímos algunos disparos, pero antes que pudiésemos llegar a su origen, aparecieron dos soldados que nos dijeron que eran sólo unos goblins. No se encontró ninguna otra criatura en ese piso.

Sin embargo, los soldados encontraron una pequeña puerta parcialmente escondida detrás de una estantería rota. Detrás de ella, había unas estrechas escaleras que subían hasta la oscuridad.

Almeida sonrió. Ignorando la escalera que llevaba hasta el piso siguiente, decidió subir por la escalera oculta. Una vez más, los hombres armados siguieron adelante.

Subimos durante varios minutos. Pronto se hizo evidente que aquellas escaleras evitaban los dos pisos superiores del convento y llevaban directamente al ático.

Finalmente llegamos a una puerta estrecha. Luz emergía de la grieta debajo de ella, indicando que alguien o algo se encontraba detrás.

Sin perder tiempo, los hombres de Almeida la derribaron, y luego entramos en el extenso ático, que no tenía ninguna división. Bajo las tejas y las vigas de madera, se extendían innumerables cajas, arcas y muebles antiguos. Entre éstas, sólo encontramos una criatura. Una de las figuras encapuchadas se sentaba detrás de un escritorio cubierto de libros, frascos de tinta, papel y plumas.

Los soldados la rodearon, apuntando sus armas hacia ella, pero Almeida y yo nos quedamos inmovilizados. Era la primera vez que encontrábamos una de las Brujas de la Noche. Llevaba tanto tiempo buscándolas que incluso dudé de mis ojos.

– Acérquese – dijo la criatura tranquilamente con una vez profunda y seca hacia Almeida, identificando correctamente el líder de nuestro grupo. – Necesito hablar con usted.

Con cuidado Almeida se acercó a ella, dejando su escritorio entre los dos. Yo lo seguí.

– ¿Por qué interfieren en nuestros asuntos? – dijo la criatura. – No tienen nada que ver con los de vuestra raza.

– ¿Y las muertes en Braga en los accidentes causados por vuestros trasgos?! – grité.

– Daños colaterales.

Iba a responder, pero Almeida levantó una mano indicándome que no dijera nada.

– Hago parte de una Organización que tiene como misión ocultar vuestro mundo de los humanos comunes – le explicó a la Bruja de la Noche. – Algunas de vuestras acciones son muy visibles y nos han causado problemas. Me pregunto si…

– Eso no nos interesa. Hacemos lo que tenemos que hacer para alcanzar nuestro objetivo.

– Nosotros también – respondió Almeida.

Siguió un largo e incómodo momento de silencio.

– Piense en lo que le dije – dijo la Bruja de la Noche, por fin. – Si siguen interfiriendo en nuestros asuntos, habrá consecuencias.

Antes que Almeida pudiera responder, la Bruja de la Noche hizo un gesto discreto con la mano y en el instante siguiente, estábamos de nuevo en el pasillo donde habíamos empezado nuestra exploración, junto a la puerta hacia el exterior y al portal mágico.

Almeida ordenó inmediatamente a sus hombres que volvieran a revisar todo el convento, especialmente el ático, pero ya no encontraron a la Bruja de la Noche ni a ninguna de sus criaturas. El lugar estaba, una vez más, totalmente abandonado.

Sin nada más que hacer allí, atravesamos el portal de vuelta al campamento. Desde allí, un helicóptero me llevó a Braga.

De camino a casa, mis sentimientos estaban divididos entre satisfacción y miedo. ¡Por fin habíamos encontrado a una de las Brujas de la Noche! Sin embargo, sus motivos y objetivos seguían siendo un misterio. De hecho, todo el secreto que la Bruja de la Noche mantuvo sobre el tema y su clara determinación en lograr lo que querían me asustaron aún más, aunque nos dio todas las garantías de que no tenía ninguna relación con los humanos.

A pesar de todo, fue un logro importante, y estaba convencido de que los misterios de las Brujas de la Noche eventualmente se revelarían. Después de todo, dudaba que las palabras de la Bruja de la Noche fueran suficientes para hacer que Almeida y la Organización se detuviesen. Desafortunadamente, tenía razón.

Capítulo 23 – La Organización y las Brujas de la Noche

En los días después del Gran Conventículo no logré dormir mucho pensando qué más podía hacer en cuanto a las Brujas de la Noche. No sabía dónde atacarían a continuación, porque todos los enemigos de ellas que conocía ya habían sido derrotados. Buscaba constantemente en los periódicos señales de sus actividades, pero nunca encontré nada. Alguien debía estar limpiando muy bien los lugares de sus ataques.

Entonces recordé: ¡la Organización! Seguramente son ellos los que están ocultando las actividades de las Brujas de la Noche. Y si lo están, seguramente también estarán frustrados por la naturaleza bastante visible de éstas.

No tenía contacto directo con la Organización, pero sabía que monitoreaban mi blog de entonces (terceirarealidade.wordpress.com), pues ocasionalmente me enviaban artículos que querían que publicara o enmiendas a otros escritos de mi autoría a través de mensajes sin remitente. Enseguida, escribí un artículo sobre las Brujas de la Noche, esperando que la frustración de la Organización con ellas los llevara a contactarme directamente.

En el día siguiente, mi plan dio sus frutos. Al final del día, cuando salí del trabajo, Almeida me estaba esperando junto a mi auto.

– Así que también está investigando a las Brujas de la Noche – dijo apenas me acerqué, yendo al grano.

Iba a empezar a decirle lo que sabía, pero él me interrumpió:

– Aquí no.

Luego me llevó a un auto negro con ventanas ahumadas aparcado cerca.

– Ahora podemos hablar.

Durante más de una hora, le conté todo lo que había descubierto sobre las Brujas de la Noche. Entretanto, tuve que llamar a mi esposa para decirle que llegaría tarde a casa.

Almeida se interesó en todo lo que yo dije, haciendo una u otra pregunta para aclarar algunos puntos.

– Me pregunto qué habrá en el fondo de ese lago en Tibães – dijo cuando terminé. – Los soldados de las Brujas de la Noche deben haber ido a algún lado.

No sabía qué responder, así que me encogí de hombros.

– Espero que no esté ocupado esta noche. Vamos a drenar el lago.

El tono de Almeida mostraba que era más una orden que una invitación, así que mientras él requisaba el equipo y la mano de obra para drenar el lago, llamé a mi esposa para decirle que iba a llegar aún más tarde de lo que pensaba. No se puso muy contenta porque yo ya estaba llegando tarde a casa muy a menudo, sin embargo, lo aceptó.

Tan pronto como Almeida terminó sus llamadas, ordenó al conductor del coche que nos llevara al Monasterio de Tibães.

Como era de esperar, llegamos mucho antes del equipo de drenaje, y Almeida aprovechó ese tiempo para escuchar de nuevo lo que yo sabía sobre las Brujas de la Noche, en caso de que se le hubiera pasado algo la primera vez. No salimos del coche hasta que llegaron los demás hombres de la Organización.

A diferencia de mi anterior visita, no tuvimos que saltar ningún muro para entrar en los campos del monasterio. La Organización había contactado con alguien para abrirnos la puerta.

Almeida y yo rápidamente recorrimos los caminos bajo los viñedos y llegamos al lago. No estaba muy diferente de cuando lo vi la última vez. Sólo faltaban las figuras encapuchadas de las Brujas de la Noche junto a la piedra de donde salía el agua que lo llenaba.

Mientras sus compañeros preparaban el equipo para drenar el lago, algunos de los hombres de la Organización revisaron el bosque buscando señales de las criaturas convocadas por las Brujas de la Noche. A pesar de haber transcurrido algún tiempo, aún se veían rastros de huellas y ramas rotas, confirmando mi historia.

Poco a poco, el lecho del lago quedó expuesto. Al principio, no parecía haber ningún lugar al que el ejército de las Brujas de la Noche pudiera haber ido, pero pronto vimos un túnel abierto bajo la orilla este. Sin embargo, no pudimos investigarlo de inmediato, ya que la bomba aún tardó una hora en drenar suficiente agua para abrir camino hasta él.

Después de ponernos unas botas altas, yo, Almeida y algunos hombres más entramos en el barro del lago. El avance fue difícil, ya que con cada paso quedábamos atascados hasta la mitad de las espinillas, pero al final llegamos a la boca del túnel.

Apuntamos las linternas hacia el interior. El suelo, el techo y las paredes eran de tierra. Más adelante, junto al borde del área iluminada por las linternas, el túnel curvaba, por lo que entramos curiosos con lo que se encontraría más allá. Los hombres de la organización armados con rifles automáticos siguieron en el frente, con Almeida y yo justo detrás.

Desde una conexión a los túneles bajo la ciudad de Braga, a una caverna que el ejército de las Brujas de la Noche usaría como cuartel, muchas posibilidades me pasaron por la cabeza en cuanto a lo que se encontraría después de aquella curva. Sin embargo, encontramos lo único que yo no esperaba: nada. Tres docenas de metros después de la curva, el túnel simplemente terminaba.

Frustración apareció de inmediato en la cara de Almeida. Incrédulo, seguí hasta el final del túnel. Tal vez habría señales de un derrumbe y de que éste ocultaba el resto del pasaje. Pero antes de yo llegar a la pared de tierra, ésta desapareció.

Aturdido, apunté la linterna hacia atrás y me di cuenta que Almeida y sus hombres también ya no estaban allí. Sólo cuando una brisa fría me llevó a apuntar la linterna y a mirar más lejos, me di cuenta de lo que había pasado. Nada ni nadie había desaparecido. Yo era el que ya no estaba en el túnel, sino en un enorme claro rodeado de árboles lejanos. Aquí y allá, podía ver la enorme y oscura forma de montañas cubriendo las estrellas.

Momentos después, Almeida surgió detrás de mí. Al principio parecía tan confundido como yo, pero pronto se dio cuenta de lo que había pasado.

– Teletransportación – dijo, sorprendido. Las Brujas de la Noche son aún más poderosas de lo que pensaba.

De inmediato investigamos el lugar. Encontramos restos de fogatas y refugios improvisados. Ese era el campamento del ejército de las Brujas de la Noche, o al menos lo había sido.

– ¿Cómo regresamos? – pregunté.

– Intentemos volver por el mismo camino. Pero primero déjame marcar las coordenadas de este lugar en mi teléfono.

Cuando él terminó, intentamos volver al mismo lugar donde aparecimos en aquel claro. Como Almeida predijo, en un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos de nuevo en el túnel.

Ya no teníamos nada que hacer allí, y la investigación detallada del campamento de las Brujas de la Noche tendría que esperar por la luz del día para realizarse correctamente, por lo que Almeida me llevó de vuelta a la ciudad y a mi auto.

Cuando abrí la puerta para salir, me dijo:

– Quedaremos en contacto contigo. Tu experiencia y conocimiento sobre las Brujas de la Noche aún podrán sernos útiles.

En cuanto subí a mi auto, el de la Organización se fue. Por primera vez en algún tiempo, volví satisfecho a casa después de una investigación. Aún no conocía las intenciones de las Brujas de la Noche, así como tampoco su paradero ni el de sus soldados, pero habíamos encontrado un campamento suyo y eso sin duda llevaría a nuevos descubrimientos. Sólo esperaba que Almeida estuviera siendo sincero cuando dijo que se mantendría en contacto.

Capítulo 22 – El Gran Conventículo

En los días después de la derrota de los fantasmas del Gerês por las Brujas de la Noche, todo el mundo me decía que me encontraban distraído y cansado. Yo estaba de acuerdo con ellos. Desde esa noche, casi no lograba dormir, y estaba constantemente pensando en lo que podía hacer respecto a las Brujas de la Noche. Contacté a todas las personas que me pasaron por la mente con la esperanza que alguien pudiera decirme qué hacer ahora, pero no tuve suerte.

La Bruja del Mar – que había conocido en Esposende – me llamó por fin, unos días después, para hablarme de un Gran Conventículo que iba a ocurrir en la noche del Sábado siguiente, y que había sido convocado para discutir las Brujas de la Noche. Inmediatamente decidí que estaría allí porque lo que sabía y había visto podría ser útil.

Así que le dije a mi esposa que iba con el grupo de exploración urbana a visitar una fábrica en ruinas en Guimarães. No era totalmente mentira, porque el Gran Conventículo iba a ser, de hecho, en Guimarães, pero en lo alto del Monte de la Penha, cerca del santuario católico allí construido.

Cuando llegó el momento, me subí al auto y me dirigí hacia Guimarães. Por la autopista, tardé 20 minutos en llegar a la ciudad. Subir a la cima de la colina, sin embargo, tomó un poco más de tiempo.

Finalmente llegué a la zona del santuario. Era invierno, así que a esa hora de la noche, las tiendas, los cafés e incluso el hotel estaban cerrados. Estacioné en el aparcamiento principal, que estaba completamente vacío, y salí del auto para buscar el lugar del conventículo.

Entonces recordé por qué me encantaba aquél lugar desde mi primera visita. Era como un parque de diversiones para adultos.

Una muralla falsa separaba el aparcamiento de la ladera. A la derecha de ella, un pequeño descenso llevaba a unas tabernas típicas construidas más abajo, mientras a la izquierda se erigía un montón de rocas sobre el que había sido construida una pequeña capilla. Sin embargo, la verdadera atracción estaba debajo de ella. Pasadizos creados por la superposición de las rocas llevaban a cuevas y nichos subterráneos que habían sido aprovechados para construir capillas y tabernas. Era un lugar que parecía salido de una historia de fantasía.

El conventículo, sin embargo, no iba a ocurrir en esa dirección, sino en la opuesta. Crucé la carretera, pasé por el relativamente reciente santuario y entré en la red de senderos que se dirigían al sur. Parte de ellos pasaba por túneles y pequeñas cuevas entre y bajo rocas, hasta que finalmente emergieron en un espacioso claro.

En el centro de éste ardía una enorme hoguera, en torno a la cual se reunían varios grupos de personas, en su mayoría mujeres. Entre ellas, pude reconocer a algunas como las brujas que había encontrado en Montalegre y en Porto; además, para mi sorpresa, las que habían atacado la Citania de Briteiros e incluso el brujo y curandero de mi tierra natal. Las líderes del Gran Conventículo, las brujas que conocí primero como fuegos fatuos, estaban – como era de esperar – en el centro, junto a la hoguera.

Busqué a la Bruja del Mar, mi aliada que me había llamado allí, y la encontré sola, junto al borde del claro.

Cuando me acerqué, ella dijo:

– ¡Viniste!

– Claro. Los enemigos de las Brujas de la Noche están cayendo como moscas. Tenía que venir a averiguar si alguien puede combatirlas.

– Las Brujas de Briteiros parecen tener alguna idea – dijo ella, apuntando hacia las líderes del conventículo. – Sólo tenemos que esperar hasta que estemos todas aquí.

Sin nada más que decir,, esperamos, en silencio. Pero éste no duró mucho. Una mano venida de atrás me agarró el hombro.

– ¿Tú también estás aquí? – dijo una voz.

Me di la vuelta y encontré a Susana, la demonóloga del norte de Portugal. La joven sostenía una de sus tabletas caseras.

Le presenté a la Bruja del Mar y le expliqué por qué estaba allí.

– Y tú, ¿qué haces aquí? – le pregunté.

– Me gusta mantenerme informada sobre brujas. Ellas suelen invocar demonios. Además, este Gran Conventículo es sobre las Brujas de la Noche y por lo que he oído, necesito empezar a vigilarlas. Algunos sospechan que son demonios disfrazados.

Aunque la hipótesis no me convenció, la verdad es que en ese momento era tan válida como cualquier otra. La naturaleza de las Brujas de la Noche seguía siendo un misterio.

No tuvimos tiempo de decir nada más, ya que las Brujas de Briteiros pidieron la atención de todos.

Así que todos nos juntamos a su alrededor, una de las Brujas de Briteiros dijo:

– Gracias por venir. Me gusta saber que las Brujas de la Noche no nos preocupan sólo a nosotras.

Otra de las Brujas de Briteiros, el hombre, continuó:

– No sé si todas lo saben, pero las Brujas de la Noche han atacado a varias comunidades de criaturas mágicas. No sabemos quién será el siguiente. Podrá ser cualquiera de nosotras.

– Tenemos que juntarnos y hacer algo acerca de las Brujas de la Noche – dijo la Bruja de Briteiros que aún no había hablado. – Son una amenaza para todas.

A pesar de que había un montón de brujas allí con razones para no gustar e incluso odiar a las Brujas de la Noche, tuve la sensación de que aquel gran conventículo había sido convocado porque las Brujas de Briteiros se sentían amenazadas.

– ¿Qué sugieres que hagamos? – preguntó una bruja que yo no conocía.

– Primero, tenemos que reunir nuestras habilidades de adivinación para encontrarlas – dijo la primera Bruja de Briteiros.

Sabía dónde podían empezar a buscar, pero dudé en decírselo. Me costaba confiar en aquellas brujas. Tal vez porque crecí en un país católico, tenía miedo de aquellos que lidiaban con magia y demonios. Por otro lado, las Brujas de la Noche y sus monstruos ya habían matado personas. Tenían un ejército a su servicio. Además me habían hecho parcialmente responsable de algunas de las muertes que causaron al usar los trasgos que yo había liberado del viñedo de los Cerqueira para hacer su trabajo sucio. Teniendo todo en cuenta, no podía dejar de pensar que las brujas de aquel conventículo eran un mal menor.

Avancé hacia la hoguera y me preparé para anunciar lo que sabía.

De repente, el suelo empezó a temblar. Poco después, oí árboles rompiéndose y el trueno de enormes pasos. Las brujas empezaron a mirar alrededor, pero yo no. Ya había pasado por aquello antes, en Tibães. Sabía lo que se acercaba.

De los árboles alrededor del claro emergió una gran variedad de criaturas: gigantes, ogros, trasgos, duendes, entre otras cuyo nombre no conocía. En el momento siguiente, figuras encapuchadas y con largas vestiduras negras aparecieron en el cielo, por encima de nuestras cabezas. Las Brujas de la Noche habían llegado.

Completamente rodeadas, las brujas del gran conventículo se prepararon para luchar. Las Brujas de Briteiros tomaron su forma de fuegos fatuos y tomaron vuelo, mientras que las restantes iniciaron sus diferentes métodos de lanzar hechizos.

Yo, la demonóloga y la Bruja del Mar estábamos muy cerca de la línea de los árboles, así que los monstruos estaban casi encima de nosotros. Nos dimos la vuelta para enfrentarlos. Susana se quedó mirándolos, como si estuviera preguntándose si tendría algún arma efectiva contra esas criaturas; mientras tanto, la Bruja del Mar imitó a sus compañeras y empezó a lanzar un hechizo. Por mi parte, tomé un ramo caído y me preparé para defenderme. Esta vez iba a enfrentar a los soldados de las Brujas de la Noche.

Un ogro y varios trasgos se dirigieron hacia nosotros. Esperé hasta que el primero quedara al alcance de mi arma improvisada y le di un golpe. Éste, sin embargo, agarró la otra punta de la rama y me la arrancó de la mano. Aterrorizado, me preparé para ser aplastado por el enorme mazo que llevaba la criatura. Ésta, sin embargo, me tiró al suelo con una mano y siguió adelante. Luego le hizo lo mismo a la demonóloga.

Los duendes, que venían justo detrás, nos ignoraron y, junto con el ogro, se dirigieron hacia la Bruja del Mar. Pero antes de que la alcanzaran, ella terminó el hechizo. Agua cubrió el suelo bajo las criaturas y rápidamente se infiltró, formando un charco de barro que enterró el ogro casi hasta las rodillas y los duendes hasta el pecho, inmovilizándolos.

Susana y yo nos levantamos y nos preparamos para volver junto a la Bruja del Mar. Fue entonces que nos dimos cuenta que una de las Brujas de la Noche se dirigía hacia ella. Afortunadamente, mi aliada aún tuvo tiempo de lanzar un hechizo. De inmediato, un chorro de agua salió disparado de sus manos contra la criatura atacante. Sin embargo, ésta siguió adelante, cortando el agua casi sin desacelerar. Justo antes de llegar a la Bruja del Mar, enormes garras, de más de 30 centímetros de largo, crecieron de sus manos.

Susana y yo aún intentamos pasar alrededor del charco de lodo y de las criaturas atrapadas en él, y ayudar a mi aliada, pero no llegamos a tiempo. Al acertar un golpe brutal, la Bruja de la Noche lastimó la cabeza de la Bruja del Mar, con sus garras cortando carne, hueso y, fatalmente, llegando al cerebro debajo.

Aterrorizados con aquella sanguinolenta visión, Susana y yo paramos, convencidos de que seríamos las próximas víctimas. Sin embargo, la criatura se alejó y voló hacia otra bruja sin prestarnos atención.

Aproveché esa pausa para mirar a mi alrededor y ver cómo iba la lucha.

El brujo de mi tierra natal estaba postrado en el suelo, muerto, así como algunas de las brujas de Montalegre, de Porto y muchas otras que yo no conocía. Mientras tanto, otras habían logrado invocar a algunos diablillos y, junto con ellos, luchaban con alguno que otro éxito contra los soldados enemigos. Sin embargo, cada vez que una Bruja de la Noche atacaba a los enemigos en el suelo, nada podía detenerla y evitar muertes.

Afortunadamente, tres de las Brujas de la Noche estaban ocupadas en el aire, enfrentándose a los fuegos fatuos. Éstos les lanzaban constantemente pequeñas esferas de fuego que, aunque no les parecían causar heridas, claramente les molestaban e impedían de lanzar hechizos.

Poco a poco, la lucha se extendió más allá del claro del Gran Conventículo. Después de un tiempo, diablillos se enfrentaban a trasgos y duendes en pasadizos construidos bajo rocas, y las brujas lanzaban hechizos desde lo alto de puentes de cemento que imitaban formas naturales.

Sin embargo, aunque era la batalla contra las Brujas de la Noche más equilibrada que había visto, sus fuerzas estaban progresivamente ganando terreno.

Susana y yo matamos a las criaturas atrapadas en el barro de la Bruja del Mar con pequeños cuchillos, pero no habíamos ido allí preparados para combatir, y poco más nos atrevíamos a hacer que atacar enemigos heridos y moribundos.

Finalmente, las brujas del Gran Conventículo sufrieron un golpe fatal. Con la situación en tierra controlada a su favor, las Brujas de la Noche se concentraron en las brujas de Briteiros. Superadas en número, éstas no pudieron mantener a sus adversarias ocupadas. Hechizos empezaron a golpearlas desde todas las direcciones. Relámpagos, esferas de energía, bolas de hielo y muchos otros proyectiles mágicos les acertaban. Uno por uno, los fuegos fatuos volvieron a sus formas humanas y cayeron al suelo, muertos antes de alcanzarlo.

Sin el torrente constante de hechizos de las brujas de Briteiros, las Brujas de la Noche pudieron dedicar toda su atención a las brujas que luchaban contra sus soldados. Si éstas últimas ya estaban perdiendo la batalla, su derrota entonces pasó a inevitable.

Susana y yo seguimos ayudando como podíamos, pero de nada sirvió. En pocos minutos, las pocas brujas sobrevivientes huían lo más rápido que podían por donde les era posible, mientras sus diablillos yacían en el suelo, muertos.

Para nuestra sorpresa (y alivio), las Brujas de la Noche no nos prestaron ninguna atención; sus soldados sólo interactuaban con nosotros cuando eran obligados, y sólo para sacarnos del camino. Sin embargo, la razón para ello era un misterio que tendría que quedar para más tarde. No queríamos arriesgar demasiado, así que volvimos juntos al estacionamiento donde dejé el coche.

Tan pronto los sonidos de lucha y persecución quedaron atrás, comenté:

– Otra victoria para las Brujas de la Noche.

– ¿Cuál será su objetivo? – preguntó retóricamente la demonóloga.

No sabía qué decirle, así que no dije nada.

– Estaré atenta a sus actividades. Algo está pasando, y no es nada de bueno – dijo, dirigiéndose a su vieja Ford Transit.

Me subí a mi coche y me dirigí hacia Braga. Durante todo el camino, me regañé por mi incapacidad en ayudar a detener a las Brujas de la Noche o descubrir lo que querían. Sin embargo, una cosa quedó clara esa noche: estaban tratando de evitar involucrarnos a Susana y a mí en su lucha. ¿Por qué? Era otro misterio que resolver. Aunque no sabía cómo iba a lograrlo. No tenía más pistas que seguir, especialmente ahora que había perdido otro aliado.

Capítulo 21 – La Guerra de los Muertos

Después de una noche en claro pensando en lo que iba a hacer ahora acerca de los ataques de las Brujas de la Noche, decidí advertir a los espíritus de los muertos en el Gerês. De hecho, no sabía dónde encontrar a ninguno de sus otros enemigos.

Sabía que los muertos no se reunían en su ciudad hasta después de la medianoche, pero aún así quería llegar temprano. No quería que mi advertencia llegara tarde una vez más. Por eso, aunque tenía mucho trabajo, me tomé la tarde libre sin decirle a mi esposa y me dirigí al Gerês.

Dejé el coche en un espacio de tierra junto a la carretera, sobre la misma aldea en ruinas que en mi visita anterior. Bajé al pueblo y desde allí me dirigí a la única entrada que conocía de la ciudad de los muertos. Esta, a pesar de la promesa hecha por el fantasma llamado de El Presidente en mi última visita, todavía estaba en el mismo lugar.

Pero antes de entrar, llamé a mi esposa para decirle que iba a trabajar hasta tarde. No quería tener otra discusión con ella.

Finalmente, bajé por el agujero en el suelo hasta el túnel que llevaba a la ciudad propiamente dicha. Aún faltaba mucho para la medianoche, así que, como esperaba, no había ningún guardia.

Con la ayuda de la pequeña linterna que siempre tenía conmigo, navegué por los pasadizos hasta llegar al ancho y profundo pozo donde se encontraba la ciudad. Que aún no estuviera ningún espíritu allí, no me sorprendió, pero confieso que fue con un poco de asombro que me di cuenta de que los etéreos edificios que había visto en mi última visita tampoco.

Me senté en una roca, junto a la pared, y esperé.

Mi reloj claramente estaba atrasado, porque unos tres minutos antes de la medianoche, los edificios empezaron a aparecer en los salientes a lo largo de la pared del pozo. Desde casas circulares castreñas hasta torres de apartamentos de varios pisos, había edificios de todo tipo y época.

Lo tomé como una señal de que los espíritus de los muertos estaban dejando sus tumbas y formando las procesiones que cada noche se dirigían hacia allí, así que me levanté.

Los primeros fantasmas llegaron diez minutos después. Como la vez pasada, mi presencia no pasó desapercibida. Todos los que pasaban me miraban fijamente. Sin embargo, ninguno me dirigió la palabra, solo siguieron adelante, flotando hacia sus casas etéreas.

Entonces apareció uno que yo conocía, aquel llamado El Presidente. En cuanto me vio, se acercó y dijo:

– ¿No te dije que no volvieras?

Le expliqué por qué estaba allí y le conté sobre los ataques previos de las Brujas de la Noche. No parecía muy sorprendido.

– Su ataque ya está aquí. Algunos de los nuestros vieron a su ejército viniendo hacia aquí. Solo vinimos por nuestras armas.

Miré de nuevo hacia el pozo y vi que varios fantasmas ya regresaban de sus casas con armas blancas etéreas. Como los edificios, estas venían de todas las épocas históricas de la humanidad. Vi espadas, martillos de guerra y mazas, clavas de madera y hachas con cabeza de piedra, facas de caza e incluso nudilleras.

El Presidente me dejó y fue a buscar sus armas, mientras yo seguí la columna de fantasmas ya armados hacia el exterior. Tuve problemas para subir por la entrada, pero al final llegué al valle que estaba arriba.

La noche ya había llegado, sin embargo, el cielo estaba limpio, y la luna y las estrellas radiaban suficiente luz para que yo pudiera ver lo que me rodeaba. Los fantasmas se alineaban no muy lejos de la entrada, formando bloques similares a los utilizados por los ejércitos de la antigüedad y de la Edad Media.

Al principio, no vi a sus oponentes, pero una línea oscura rápidamente apareció en el horizonte. Poco a poco, se acercó, hasta que pude ver algunos puntos oscuros volando sobre ella, probablemente las Brujas de la Noche.

Tardé media hora en ver claramente a los soldados enemigos. Para mi sorpresa, todos eran de la misma raza de criaturas, una que yo nunca había visto antes. Se apoyaban en cuatro patas, pero había inteligencia en sus ojos. Tenían el cuerpo cubierto de pelo y una larga cola que se agitaba detrás y encima de ellos. Sin embargo, su hocico era la característica que más se destacaba. Largo y cónico, se parecía al de un oso hormiguero, pero era más largo y terminaba en una boca mucho más ancha.

El ejército siguió avanzando, pero las Brujas de la Noche se quedaron atrás. Me preguntaba qué podrían hacer esas criaturas a los fantasmas intangibles a mi lado, especialmente sin la ayuda de los hechizos de sus maestras.

Al final, los dos ejércitos se encontraron cara a cara. Los espíritus se alineaban en bloques bien formados. Sus enemigos, por su parte, se asemejaban menos a un ejército y más a una manada dispuesta a caer sobre sus presas en cuanto sus maestras dieran la orden.

– Busca un refugio – me dijo El Presidente, acercándose.

– Quiero ayudar – protesté.

– Mira a tu alrededor. ¿Crees que un solo hombre hará alguna diferencia? Escóndete. Si nos derrotan, al menos alguien tendrá memoria de lo que pasó.

No discutí con él. De hecho, entre aquellos cientos de fantasmas, mi ayuda difícilmente se haría sentir. Si me mantuviera alejado y sobreviviera, al menos podría seguir luchando contra las Brujas de la Noche (aunque en aquel momento no estaba seguro de cómo).

Me alejé unos cientos de metros de los dos ejércitos y me escondí detrás de uno de los muchos peñones de la región.

Poco después, sin previo aviso, las criaturas cargaron contra los fantasmas. Estos, sin saber exactamente de lo que eran capaces sus enemigos, decidieron esperar. Solo unos pocos exploradores voluntarios avanzaron hacia las criaturas.

Segundos después, las dos fuerzas se encontraron. Fue entonces cuando los nuevos soldados de las Brujas de la Noche revelaron su terrible habilidad. Alrededor de un metro antes de que los fantasmas los tuvieran al alcance de sus armas, ellos abrieron sus bocas. De inmediato, con una fuerza irresistible, los espíritus fueron succionados hacia el estómago de sus oponentes.

Así se explicaban las desapariciones de las que los muertos me habían hablado durante mi primera visita.

La reacción que esa visión provocó en el ejército de los muertos fue inmediatamente visible. Los fantasmas, seres que pensaban que nunca más necesitarían temer a nada, entraron en pánico. Algunos intentaron escapar, mientras otros bajaron los brazos y simplemente esperaron. Incluso El Presidente parecía no saber qué hacer.

Después de solamente algunos segundos, los bloques organizados del ejército de los muertos ya no existían. Cuando las criaturas de las Brujas de la Noche llegaron a la mayor concentración de fantasmas, ya no parecían estar librando una batalla, sino cazando presas impotentes.

Vi a espíritus ser succionados por docenas. Sus estómagos eran aparentemente imposibles de llenar.

Los muertos intentaban huir desesperadamente, algunos de vuelta a sus tumbas, otros de vuelta a la ciudad subterránea, pero ninguno llegó a su objetivo. Las criaturas de las Brujas de la Noche eran demasiado rápidas.

Poco a poco, los fantasmas desaparecieron del campo de batalla. Los pocos que quedaban intentaron desesperadamente enfrentar al enemigo, pero fueron succionados mucho antes de poder usar sus armas.

Finalmente, las Brujas de la Noche se acercaron, sobrevolando su victorioso ejército. De los muertos ya no había ni rastro. Era como si nunca hubieran estado allí.

Me quedé en mi escondite. No sabía lo que las Brujas de la Noche podrían hacerme si me encontraran. Afortunadamente, no permanecieron allí por mucho tiempo. Con una rapidez sorprendente, reorganizaron su ejército y desaparecieron en la misma dirección por la que habían venido.

El valle estaba ahora completamente vacío. No había cuerpos ni sangre. Hasta la hierba parecía casi intacta. Si ese fuera mi primer contacto con el mundo oculto paralelo al nuestro, podría haber pensado que todo aquello se había tratado de un sueño o de una alucinación. Sin embargo, sabía muy bien que no era así. Y las Brujas de la Noche habían ganado otra victoria. Aún no estaba más cerca de descubrir su objetivo que cuando empecé a investigarlas, pero a juzgar por los métodos que usaban, solo podía ser algo nefasto.

Ya no había razón para estar allí, así que volví al auto y me dirigí hacia mi casa. Llegué casi a las cuatro de la mañana. Mi esposa y mi hija ya estaban durmiendo.

Me acosté, pero no pude dormir. Esa victoria había eliminado a los últimos enemigos de las Brujas de la Noche que conocía, o al menos que sabía dónde encontrar. ¿Qué iba a hacer ahora en mi intento de detenerlas y hacerlas responder por las muertes que ya habían causado?

Capítulo 20 – La Batalla de los Islotes

Después de pasar una noche en vela preguntándome quién iba a avisar ahora sobre los ataques de las Brujas de la Noche y de su ejército, decidí ir a hablar con el Rey de los Islotes. En nuestra última y única conversación, me dijo que sus súbditos estaban desapareciendo, lo que, ahora sospecho, fue un intento de las Brujas de la Noche de debilitarlos antes del ataque final. Además, siempre podía decirle a mi esposa que iba a visitar a mis abuelos en Viana do Castelo, sin aumentar aún más sus sospechas.

Al día siguiente de mi descubrimiento de la macabra escena en los túneles debajo de Braga, le dije a mi esposa que iba a cenar a casa de mis abuelos y, después del trabajo, me dirigí a Viana.

En realidad, no mentí, porque de hecho visité a mis abuelos, y mi abuela me obligó a quedarme a cenar. Poco después, sin embargo, dejé su casa y contacté a un viejo amigo para que me prestara su barco una vez más.

Nos encontramos junto al río, en el lugar de siempre, y después de una breve conversación sobre lo que había de nuevo en nuestras vidas (y yo inventar una respuesta a la pregunta “¿por qué necesitas el barco tantas veces por la noche?”), subí al bote y empecé a remar hacia el Camalhão, el más grande de los islotes del río Lima y el lugar donde se situaba el trono del Rey de los Islotes.

Estaba a medio camino cuando, en la poco iluminada y deshabitada orilla norte del río, vi un enorme bulto. Paré. Miré con más atención y me di cuenta que era una criatura humanoide, probablemente uno de los gigantes al servicio de las Brujas de la Noche. Gracias a su prodigioso tamaño, él cruzó el río a vado, el agua poco por encima de sus rodillas, y llegó al Camalhão en meros segundos.

Volví a remar. Tenía que advertir a los habitantes de los islotes. Entonces vi más bultos de diferentes tamaños en la orilla. Los más grandes entraron al agua, tirando de cuerdas atadas en el otro extremo a lo que parecían ser balsas, donde seguían los más pequeños.

Al mismo tiempo, empecé a oír ruidos en el Camalhão. Los habitantes estaban atentos y habían detectado al enemigo en cuanto apareció. El primer gigante fue el blanco de una verdadera lluvia de diminutos proyectiles, mientras los juncos alrededor de sus pies se movían, probablemente agitados por pequeñas criaturas de los islotes atacando cuerpo a cuerpo. Sin embargo, el atacante no caía, y sus compañeros rápidamente llegaron al Camalhão.

La batalla había empezado. Ya no había nadie a quien avisar. Pensé en unirme a los habitantes de los islotes y luchar, pero ¿qué podía hacer? No tenía armas, y aunque las tuviera, no sabría cómo luchar contra aquellos enemigos. Eché el ancla y me quedé solamente mirando.

Aunque no podía ver las diminutas criaturas de los islotes, veía sus proyectiles, los movimientos de los juncos y la reacción del enemigo. Parecían estar luchando bien. Vi a varios de los monstruos más pequeños al servicio de las Brujas de la Noche caer, y al primer gigante en llegar al Camalhão ser obligado a arrodillarse, aunque él siguió luchando.

Sin embargo, a pesar de todo aquello esfuerzo, los invasores seguían avanzando. No podía ver las bajas que provocaban, pero tenía que asumir que eran significativas.

Aunque lenta, su victoria parecía segura, hasta que los juncos a su alrededor comenzaron a moverse. En cuestión de segundos, crecieron y se enrollaron formando cuerdas y redes que detuvieron a los invasores.

Poco después, una forma con unos cuatro metros de altura apareció en el Camalhão, probablemente salida de uno de los muchos regueros que atravesaban el islote. Armado con una enorme clava, atacó al gigante arrodillado, aplastándole la cabeza. Solo podía tratarse del Rey de los Islotes.

Con el enemigo paralizado y su monarca a su lado, los habitantes de los islotes redoblaron sus esfuerzos, y muchos de los invasores cayeron. Mas seguían llegando venidos de la orilla del río, pero apenas ponían los pies en el Camalhão, eran inmediatamente presos por los juncos. La victoria de los habitantes de los islotes empezaba a parecer no solo una posibilidad, sino casi una certeza.

Entonces algo pasó volando sobre mí. Miré al cielo y vi cinco figuras encapuchadas abatiéndose sobre el Camalhão. El viento traía sus voces hacia mí, cantando los cánticos que invocaban sus hechizos. El primero hizo que los juncos en el área de la batalla y su alrededor se pudrieran y se deshicieran, liberando a los soldados de las Brujas de la Noche, mientras los siguientes hicieron caer un verdadero torrente de bolas de fuego sobre el Rey de los Islotes.

Este usó sus propios hechizos para defenderse, erigiendo barreras invisibles para bloquear los ataques del enemigo. Sin embargo, atacado de varias direcciones, no pudo aguantar mucho tiempo. Algunos minutos más tarde, lo vi caer. Después de eso, las criaturas atacantes rápidamente se extendieron por todo el Camalhão.

Pequeños barcos, cargando grupos de las diminutas criaturas que habitaban allí, comenzaron a dejar el islote, tratando de escapar hacia uno de los otros. Sin embargo, no eran muchos, y difícilmente podrían armar una resistencia si las Brujas de la Noche decidieran conquistar el resto de su reino. A todos los efectos, la batalla había terminado.

Remé de vuelta a la orilla. En algunos puntos de esta, así como en el puente que cruzaba el río y pasaba sobre el Camalhão, vi a algunas personas intentando entender lo que estaba pasando en la isla. Dudo que hubieran entendido exactamente lo que estaban viendo, y aunque lo hicieran, no eran suficientes para revelar ese mundo oculto del nuestro. Aún así, Almeida y el resto de la Organización no quedarían satisfechos.

En el viaje a casa, no podía evitar pensar que las Brujas de la Noche habían logrado otra victoria. Cualquiera que fuera su objetivo, estaban más cerca de alcanzarlo.

Y yo, una vez más, había llegado demasiado tarde para avisar a sus víctimas.