Capítulo 20 – La Batalla de los Islotes

Después de pasar una noche en vela preguntándome quién iba a avisar ahora sobre los ataques de las Brujas de la Noche y de su ejército, decidí ir a hablar con el Rey de los Islotes. En nuestra última y única conversación, me dijo que sus súbditos estaban desapareciendo, lo que, ahora sospecho, fue un intento de las Brujas de la Noche de debilitarlos antes del ataque final. Además, siempre podía decirle a mi esposa que iba a visitar a mis abuelos en Viana do Castelo, sin aumentar aún más sus sospechas.

Al día siguiente de mi descubrimiento de la macabra escena en los túneles debajo de Braga, le dije a mi esposa que iba a cenar a casa de mis abuelos y, después del trabajo, me dirigí a Viana.

En realidad, no mentí, porque de hecho visité a mis abuelos, y mi abuela me obligó a quedarme a cenar. Poco después, sin embargo, dejé su casa y contacté a un viejo amigo para que me prestara su barco una vez más.

Nos encontramos junto al río, en el lugar de siempre, y después de una breve conversación sobre lo que había de nuevo en nuestras vidas (y yo inventar una respuesta a la pregunta “¿por qué necesitas el barco tantas veces por la noche?”), subí al bote y empecé a remar hacia el Camalhão, el más grande de los islotes del río Lima y el lugar donde se situaba el trono del Rey de los Islotes.

Estaba a medio camino cuando, en la poco iluminada y deshabitada orilla norte del río, vi un enorme bulto. Paré. Miré con más atención y me di cuenta que era una criatura humanoide, probablemente uno de los gigantes al servicio de las Brujas de la Noche. Gracias a su prodigioso tamaño, él cruzó el río a vado, el agua poco por encima de sus rodillas, y llegó al Camalhão en meros segundos.

Volví a remar. Tenía que advertir a los habitantes de los islotes. Entonces vi más bultos de diferentes tamaños en la orilla. Los más grandes entraron al agua, tirando de cuerdas atadas en el otro extremo a lo que parecían ser balsas, donde seguían los más pequeños.

Al mismo tiempo, empecé a oír ruidos en el Camalhão. Los habitantes estaban atentos y habían detectado al enemigo en cuanto apareció. El primer gigante fue el blanco de una verdadera lluvia de diminutos proyectiles, mientras los juncos alrededor de sus pies se movían, probablemente agitados por pequeñas criaturas de los islotes atacando cuerpo a cuerpo. Sin embargo, el atacante no caía, y sus compañeros rápidamente llegaron al Camalhão.

La batalla había empezado. Ya no había nadie a quien avisar. Pensé en unirme a los habitantes de los islotes y luchar, pero ¿qué podía hacer? No tenía armas, y aunque las tuviera, no sabría cómo luchar contra aquellos enemigos. Eché el ancla y me quedé solamente mirando.

Aunque no podía ver las diminutas criaturas de los islotes, veía sus proyectiles, los movimientos de los juncos y la reacción del enemigo. Parecían estar luchando bien. Vi a varios de los monstruos más pequeños al servicio de las Brujas de la Noche caer, y al primer gigante en llegar al Camalhão ser obligado a arrodillarse, aunque él siguió luchando.

Sin embargo, a pesar de todo aquello esfuerzo, los invasores seguían avanzando. No podía ver las bajas que provocaban, pero tenía que asumir que eran significativas.

Aunque lenta, su victoria parecía segura, hasta que los juncos a su alrededor comenzaron a moverse. En cuestión de segundos, crecieron y se enrollaron formando cuerdas y redes que detuvieron a los invasores.

Poco después, una forma con unos cuatro metros de altura apareció en el Camalhão, probablemente salida de uno de los muchos regueros que atravesaban el islote. Armado con una enorme clava, atacó al gigante arrodillado, aplastándole la cabeza. Solo podía tratarse del Rey de los Islotes.

Con el enemigo paralizado y su monarca a su lado, los habitantes de los islotes redoblaron sus esfuerzos, y muchos de los invasores cayeron. Mas seguían llegando venidos de la orilla del río, pero apenas ponían los pies en el Camalhão, eran inmediatamente presos por los juncos. La victoria de los habitantes de los islotes empezaba a parecer no solo una posibilidad, sino casi una certeza.

Entonces algo pasó volando sobre mí. Miré al cielo y vi cinco figuras encapuchadas abatiéndose sobre el Camalhão. El viento traía sus voces hacia mí, cantando los cánticos que invocaban sus hechizos. El primero hizo que los juncos en el área de la batalla y su alrededor se pudrieran y se deshicieran, liberando a los soldados de las Brujas de la Noche, mientras los siguientes hicieron caer un verdadero torrente de bolas de fuego sobre el Rey de los Islotes.

Este usó sus propios hechizos para defenderse, erigiendo barreras invisibles para bloquear los ataques del enemigo. Sin embargo, atacado de varias direcciones, no pudo aguantar mucho tiempo. Algunos minutos más tarde, lo vi caer. Después de eso, las criaturas atacantes rápidamente se extendieron por todo el Camalhão.

Pequeños barcos, cargando grupos de las diminutas criaturas que habitaban allí, comenzaron a dejar el islote, tratando de escapar hacia uno de los otros. Sin embargo, no eran muchos, y difícilmente podrían armar una resistencia si las Brujas de la Noche decidieran conquistar el resto de su reino. A todos los efectos, la batalla había terminado.

Remé de vuelta a la orilla. En algunos puntos de esta, así como en el puente que cruzaba el río y pasaba sobre el Camalhão, vi a algunas personas intentando entender lo que estaba pasando en la isla. Dudo que hubieran entendido exactamente lo que estaban viendo, y aunque lo hicieran, no eran suficientes para revelar ese mundo oculto del nuestro. Aún así, Almeida y el resto de la Organización no quedarían satisfechos.

En el viaje a casa, no podía evitar pensar que las Brujas de la Noche habían logrado otra victoria. Cualquiera que fuera su objetivo, estaban más cerca de alcanzarlo.

Y yo, una vez más, había llegado demasiado tarde para avisar a sus víctimas.

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Capítulo 19 – El Primer Ataque

Como pueden imaginar, después de mi encuentro con las Brujas de la Noche en los jardines del Monasterio de Tibães y de ver el ejército que estaban reuniendo, quedé ansioso por discutirlo con alguien. Como no quería que mi familia y amigos fueran expuestos a la existencia de ese mundo paralelo al nuestro y a los peligros que pudieran derivarse de ello, la primera persona que se me ocurrió fue Alice. Después de todo, los de su raza parecían ser uno de los blancos de las Brujas de la Noche.

A pesar de que era una época de mucho trabajo, al día siguiente salí apenas cumplí con mi horario y me dirigí al Bar de las Hadas. Lo que había descubierto me parecía demasiado importante para esperar.

Para mi sorpresa, cuando llegué a la pastelería que servía de enlace entre el mundo en la superficie y el bar subterráneo, descubrí que estaba cerrada. Miré hacia adentro y no había señales de haber abierto ese día, entre otras cosas porque el correo estaba amontonado detrás de la puerta. Intenté llamar a la puerta, pero nadie respondió.

La entrada principal al mundo que existía bajo Braga estaba cerrada. Después de lo que había visto la noche anterior, empecé a preocuparme. Intenté calmarme diciéndome a mí mismo que la pastelería podría estar cerrada por varias razones más mundanas.

Por suerte, yo conocía otra entrada. Así no tenía que torturarme imaginándome lo que habría pasado.

Entré en mi coche, estacionado junto a mi oficina; acto seguido me dirigí al monte del Bom Jesus. Al acercarme a mi destino, empecé a sentirme un poco tembloroso. La otra entrada estaba cerca de la Villa Marta, la casa de los Cerqueira. No sabía hasta qué punto Henrique Cerqueira sabía de mi participación en la fuga de los trasgos que usaba como esclavos en el viñedo de la familia, pero no quería ser visto.

Por suerte, llegué al arbusto que ocultaba la segunda entrada sin encontrar a nadie.

Me adentré en la vegetación y llegué a la pequeña cueva que daba acceso al mundo oculto debajo de Braga. Después de unos pocos metros, donde el pasaje comenzaba a quedar más ancho, esperaba encontrar un guardia como en mi última visita, pero no había nadie allí.

Confieso que me pareció extraño, incluso alarmante, pero seguí adelante, aunque con más cuidado. ¿Habrían ya llegado las Brujas de la Noche y sus fuerzas?

Me dirigí a la estación más cercana del metro que conectaba las diferentes partes de aquella ciudad subterránea. Cuando llegué, una vez más, no vi a nadie. Esperé.

Durante más de media hora, quedé allí, en la plataforma, pero no vi ni rastro de otros pasajeros ni de la criatura que hacía de transporte. Empecé a pensar en caminar hasta el Bar de las Hadas, pero no conocía el camino a través de los túneles peatonales, así que seguí esperando.

Pasados veinte minutos sin ver movimiento, decidí tomar el único camino que conocía, el túnel del tren vivo.

Con la ayuda de la pequeña linterna que siempre tenía conmigo, pues el gran paso no tenía ninguna fuente de luz, me dirigí al noroeste. A medida que avanzaba, me mantuve atento a cualquier ruido, no fuera a pasar el tren y atropellarme.

Durante más de una hora, durante la cual pasé por muchas otras estaciones, no vi ni oí nada importante. Mi temor de que las Brujas de la Noche y su ejército ya habían llegado allí aumentaba, pero no había señales de ello. Parecía que las criaturas que habitaban aquellos túneles simplemente habían desaparecido.

Finalmente, la linterna iluminó algo que bloqueaba el túnel. Me acerqué con cuidado. Poco después, vi su color marrón rojizo, luego me di cuenta de que no era un derrumbe; sin embargo, no fue hasta que llegué al bloqueo que descubrí de qué se trataba: el corpo de la criatura que servía de “tren”. Sus cientos de delgadas piernas estaban dobladas junto al cuerpo, su enorme y casi humana cara se encontraba congelada en una expresión de terror y dolor. A su alrededor yacían pedazos de madera y vidrio rotos, restos de las cabinas que llevaba a la espalda en lugar de carruajes.

Ahora estaba seguro de que algo había pasado, seguramente el ataque de las Brujas de la Noche que yo temía. Había llegado demasiado tarde para avisar a los habitantes de aquellos túneles. Pero tal vez aún podría ayudar. De todos modos, no iba a volver atrás.

La criatura ocupaba toda la anchura del túnel y más de la mitad de la altura, así que tuve que subir por su cuerpo para llegar al otro lado.

Cuando mis pies tocaron el suelo, iluminé la nueva sección del túnel. El escenario era completamente diferente de lo que había visto hasta entonces. Cuerpos de criaturas de diferentes tamaños y formas cubrían el suelo, la mayoría de las cuales pertenecían a razas que yo ya había visto en el Bar de las Hadas. Algunos tenían marcas de quemaduras, mostrando que habían sido muertos por llamas o hechizos, pero la mayoría parecía haber sido abatida por armas contundentes.

Ante ese panorama, consideré dejar los túneles, pero pensé una vez más que tal vez aún podría ayudar a alguien y seguí adelante.

La escena se repitió a lo largo del túnel hasta que llegué a la estación siguiente. Entonces aparecieron los primeros cuerpos de ogros, duendes, ogrons y otras criaturas que yo sabía que estaban al servicio de las Brujas de la Noche, aunque eran mucho menos que los de los habitantes. Parecía que estos últimos habían quedado atrapados en el túnel debido al cuerpo del tren y fueron masacrados.

Aquella era la estación más cercana al Bar de las Hadas, así que dejé la zanja donde el tren había circulado, subí a la plataforma y entré en los túneles peatonales.

En los pasillos, no había muchos cuerpos, pero todas las casas, salas y túneles sin salida tenían el suelo cubierto de habitantes locales muertos.

Finalmente llegué al Bar de las Hadas. La puerta estaba tirada en el suelo, así que lo que encontré dentro no fue una sorpresa. Había cuerpos por todas partes, junto con mesas, sillas y vasos rotos. El balcón había sido destrozado y con él, el conducto que canalizaba el agua que los clientes solían beber. Por lo tanto, ésta ahora goteaba del techo directamente al suelo, empapándolo. El bar no estaba inundado sólo porque el agua se drenaba por un agujero en la base de una de las paredes.

Admirablemente, la puerta que daba acceso a la pastelería arriba y, a través de ella, al mundo en la superficie, estaba cerrada. A pesar de estar atrapados y ante una muerte segura, los clientes del bar no revelaron su existencia al mundo exterior.

Busqué entre los cuerpos por alguien que yo conociera. Dos de las personas que me habían ayudado a liberar a los trasgos del viñedo de los Cerqueira estaban entre las víctimas, pero Alice, mi contacto principal y la persona de aquél mundo que yo conocía mejor, no. Tenía esperanza que ella se hubiera salvado, aunque lo más probable es que estuviera muerta en algún lugar de aquél subterráneo.

Pensé en explorar un poco más y buscar sobrevivientes o hasta las Brujas de la Noche y sus soldados, pero rápidamente abandoné esa idea. Nada de lo que vi indicaba que hubiera sobrevivientes en aquellos túneles, y si los hubiera, estarían escondidos donde un simple visitante como yo nunca los encontraría. Por otro lado, las muertes parecían haber ocurrido algún tiempo antes y no he visto ni oído ninguna señal de que los asesinos aún estuvieran allí.

Recorrí el camino de vuelta al exterior y a mi auto. Sólo esperaba que hubiera sobrevivientes para enterrar a los muertos.

Cuando llegué a casa, tuve una gran discusión con mi esposa. Se me había olvidado avisarle que iba a llegar tarde para cenar y como en los túneles yo no tenía señal en mi móvil, ella no pudo contactarme. Tuve que inventar una excusa, ya que no quería exponerla al extraño mundo que estaba explorando. No quedó muy convencida, pero al menos se calmó.

Después de cenar mi ya fría cena y ayudar a mi hija con los deberes, me fui a la cama. No dormí mucho anoche. No podía dejar de pensar en qué otros lugares las Brujas de la Noche atacarían y lo que yo podría hacer al respecto sin aumentar las sospechas de mi esposa.

Capítulo 18 – La Cabra de Tibães

Algunos dicen que las cosas sólo aparecen cuando no las estamos buscando. Aunque nunca creí mucho en ello, eso no significa que a veces no sea verdad.

Todo comenzó cuando, en una tarde de invierno, leí en un periódico local que una cabra estaba aterrorizando a los habitantes de la comarca de Tibães. El caso era notablemente similar a las historias contadas sobre la cabra de Cabanelas, acontecida en los años treinta, mencionada frecuentemente en libros sobre leyendas del norte de Portugal.

Narraba la noticia de que una cabra negra aparecía al anochecer sobre el cementerio de Tibães y que, maullando como un gato, hacía vuelos rasantes sobre todos los visitantes hasta echarlos de allí.

Curioso con la reaparición de la leyenda, decidí tomar otro descanso en mi búsqueda por las Brujas de la Noche y un día, después del trabajo, me dirigí al cementerio.

Aunque los días se estaban haciendo más largos, aún anochecía temprano, así que cuando llegué allí, el Sol estaba a punto de desaparecer detrás del horizonte.

Cuando entré en el cementerio, me di cuenta de que no era el único que esperaba ver a la cabra. Aparte de dos personas que intentaban apresurarse a poner flores nuevas en una tumba, nadie prestaba atención a los difuntos. De hecho, casi todas las miradas estaban fijas en el cielo, así como celulares y cámaras. Me acerqué a una de las paredes y esperé.

Poco a poco, empezó a oscurecer. Las dos personas que se ocupaban de la tumba dejaron el lugar casi corriendo. Atrás sólo me quedé yo y una veintena de espectadores.

Los minutos pasaron y siguió oscureciendo, hasta que sobre nuestras cabezas, oímos un extraño maullido. En la cima del muro opuesto se encontraba una cabra. Para mi sorpresa tenía un aspecto bastante común: pelaje marrón y negro de diferentes tonos, dos pequeños cuernos en la parte superior de la cabeza y una chiva en la barbilla.

Entonces, volvió a maullar y con un salto, dejó la pared. Pero, en vez de aterrizar en el suelo, empezó a correr en el aire.

Se dispararon flashes por todas partes con los curiosos tratando de documentar aquel extraño fenómeno. Ese fue el momento en que la cabra realizó su primer vuelo rasante. Hombres y mujeres se tiraron al suelo tratando de evitar a la criatura, que volaba por encima de las cruces y lápidas a una velocidad increíble.

Aunque al principio los otros siguieron observando la cabra, ésta realizó un vuelo rasante tras otro, hasta que todos comenzaron a arrastrarse hacia la salida. Yo, sin embargo, me escondí bajo un banco de piedra adosado a la pared de la capilla funeraria y esperé.

Pocos minutos después, sólo yo me encontraba en el cementerio. Mientras tanto, los otros curiosos subían a sus autos y huían. Entonces la cabra se retiró, desapareciendo detrás de la pared norte. En ese momento, salí de mi escondite y la seguí.

Subir la pared no fue fácil, pero apoyándome en la lápida de una tumba cercana (en ese momento no pensé en ello, emocionado como estaba, pero confieso que ahora me parece algo irrespetuoso), logré pasar al otro lado.

El cementerio de Tibães fue construido junto al monasterio medieval de Tibães, uno de los monumentos más conocidos de la Comarca de Braga, por lo que ahora me encontraba en sus extensos jardines.

Cuando toqué el suelo, vi a la cabra volando por encima de los cultivos, así que empecé inmediatamente a seguirla. La persecución no fue fácil, ya que el camino era de tierra batida y mientras tanto la noche había llegado en pleno y no me atrevía a encender la linterna que siempre llevaba conmigo para no delatar mi presencia.

Poco después, la cabra me llevó al bosque que limitaba las tierras del monasterio al sur. Gracias a una de mis visitas anteriores, sabía exactamente a dónde iba: hacia el lago artificial creado en un claro cercano.

Aunque conocía el sendero que llevaba allí, algo me dijo que no lo usara, por lo que decidí acercarme cubierto por la vegetación. Tan pronto como vi el lago, mi cautela se reveló justificada.

Para mi sorpresa, junto a la pared decorada de la que emergía el agua que llenaba el lago, ardía una gran fogata, probablemente más alta que yo. Alrededor de ésta, había cinco figuras encapuchadas, todas iguales a la bruja de la noche que había visto en esa casa abandonada. ¡Por fin había encontrado a las Brujas de la Noche! Y mientras investigaba algo aparentemente sin ninguna relación con ellas.

Era obvio que la cabra era creación suya, probablemente para alejar a la gente de la zona, pero me faltaba entender por qué.

Respiré profundamente una y otra vez. Una vez más, me preparaba para enfrentar a un grupo de brujas. Sin embargo, éstas no eran brujas comunes ni simples candidatas a ser Brujas de la Noche. Éstas eran ellas. Ya habían matado a humanos antes, aunque de manera indirecta. Por otro lado, la idea de que me habían dejado ir ileso después de nuestro último encuentro me reconfortaba.

Iba a salir de mi escondite y bajar al lago cuando oí un ruido detrás de mí. Me refugié inmediatamente entre un arbusto, el cual me ocultaba en todas las direcciones. Segundos después, pasó cerca de mí una criatura enorme, con más de tres metros de altura. A primera vista parecía humana, aunque en la oscuridad, no podía ver su cara. Sus piernas eran como troncos de árboles y su cuerpo extremadamente ancho, pero caminaba con la espalda doblada.

Después de ese avistamiento, empecé a oír ruidos por todas partes. Bultos de todas las formas y tamaños empezaron a aparecer entre la vegetación, algunos mucho más grandes que el ogro original. No sé de dónde salieron, pero todos se dirigían al lago artificial.

Cuando la primera de las criaturas llegó a la orilla, las brujas comenzaron a entonar un cántico y a agitar rítmicamente los brazos por encima de la cabeza.

Durante un minuto, no pasó nada. Entonces, el agua del lago empezó a agitarse. Poco después, subió por encima de la orilla, pero no comenzó a correr hacia afuera. Era como si estuviera siendo contenida por una barrera invisible.

Con cada instante que pasaba el agua se levantaba más y más, hasta que, para mi sorpresa, formó una enorme burbuja a diez metros sobre el lago. Éste estaba ahora vacío y con su lecho expuesto. Las criaturas comenzaron a descender por la superficie llena de barro hasta que desaparecieron bajo el borde.

Durante la siguiente media hora, más y más criaturas emergieron de entre los árboles y entraron en el lago vacío. Mientras tanto, las Brujas de la Noche continuaron su canto, probablemente para mantener el agua flotando en el aire.

Finalmente, cuando la última de las criaturas desapareció, las brujas se detuvieron. Con un estruendo, el agua cayó, llenando de nuevo el lago artificial. En ese momento, el fuego junto a las Brujas de la Noche se apagó y cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo a la oscuridad, ellas habían desaparecido.

Después de eso, me mantuve varios minutos en mi escondite, confuso, intentando entender lo que estaba pasando. Las Brujas de la Noche estaban reuniendo un ejército. Si todas las noches en que la cabra apareció hubiera ocurrido lo mismo que en esa noche, ya tendrían un gran número de soldados. ¿Pero cuál sería su propósito?

¿Fueron los ataques a las casas de las hadas con falsos accidentes automovilísticos (que me llevaron a investigar a las Brujas de la Noche) sólo un intento de debilitar al enemigo antes de la incursión definitiva? ¿Tendría todo aquello alguna relación con las misteriosas desapariciones de fantasmas en la ciudad de los muertos y de los súbditos del Rey de los Islotes?

Finalmente, el frío me llevó a dejar mi escondite y, cruzando otra vez la pared del cementerio, volví al exterior y a mi auto. No había nadie cerca. La cabra tenía cumplido su propósito y había alejado a todos del monasterio y de la zona circundante.

Después de lo que había acabado de ver, volví a casa preocupado, incluso asustado. Las Brujas de la Noche tenían un ejército. Aunque hasta ese momento todas las muertes humanas que habían provocado parecían haber sido daños colaterales, eso ahora podría cambiar. Incluso si no atacaran a humanos, su objetivo principal sería sin duda alguna las criaturas que vivían en ese mundo oculto del nuestro; yo ya había caminado entre ellas y conocido las suficientes como para que eso me afectara emocionalmente.

Esa noche no pude dormir pensando en lo que iba a hacer con todo aquello. Si hubiera algo que pudiera hacer.

Capítulo 17 – Fuegos fatuos

Al igual que la anterior, esta investigación comenzó en un foro en línea que hablaba del avistamiento de extrañas luces, esta vez en la Citania de Briteiros; sin embargo, también estaba asociada con las brujas y el diario que había encontrado, ya que una de sus entradas reunía varias historias de segunda mano que contaban que brujas poderosas habitaban ocultas entre las ruinas. Mi predecesor, tímido como era, nunca intentó confirmar estas historias, pero su existencia y el aparecimiento de las luces parecían más que una coincidencia y yo tenía que investigar.

Una noche, después del trabajo, llamé a mi esposa para decirle que iba a trabajar hasta tarde y, después, me dirigí hacia la citania. No quedaba lejos de mi trabajo, pero parte de la carretera era muy exigua, con muchas curvas con poca visibilidad, por lo que requería una conducción cuidadosa. Como tal, me llevó más de media hora llegar allá.

Aparqué en un pequeño espacio de tierra junto a la carretera, frente a la entrada de la citania. Aunque aún no era de noche, ya había empezado a anochecer, y las ruinas se encontraban cerradas. Decidí aprovechar el poco de luz que quedaba para buscar otra forma de entrar.

Recorrí casi todo el perímetro de las ruinas adyacente a la carretera. Finalmente, un centenar de metros abajo de donde dejé el coche, encontré un espacio entre la red y el suelo lo suficientemente grande como para pasar. Arrastrándome de espaldas en el suelo y empujando la red hacia arriba, logré entrar.

Estaba, ahora, junto a las ruinas de unos baños situados en el punto más bajo de la citania. Incluso con la creciente oscuridad y mi desesperación por descubrir los orígenes de las luces, no pude dejar de admirar la llamada Piedra Formosa de los baños, grabada con motivos celtas.

Empecé a subir una ancestral calle, la misma que los habitantes de la edad del hierro usaban en su día-a-día, flanqueada por una conducta que llevaba agua a los baños. La subida no fue fácil, ya que la acera era irregular y bastante empinada, pero, por fin, llegué a la zona donde se concentraba la mayor parte de las ruinas de casas.

Después de descansar un poco, decidí seguir subiendo hasta la cima de la acrópolis. Siendo el punto más alto de la citania, era el lugar ideal para quedar de vigía y ver las luces que allí fui a buscar.

Subí por otro de los caminos originales. Este serpenteaba por entre las ruinas de los varios complejos familiares, en los cuales casas circulares construidas alrededor de un patio central se encontraban rodeadas por una pared más alta que yo.

Pasé, también, junto a la muralla interior y su puerta norte. A pesar de que, en la oscuridad, no las podía ver, sabía, gracias a mi visita anterior, que había otras dos murallas además de aquella.

Finalmente, llegué a la cima de la acrópolis. Además de dos casas reconstruidas, allí quedaban las ruinas de un gran edificio circular con bancos de piedra en la pared. Según las lecturas que hice antes de mi visita anterior, los arqueólogos pensaban que se trataba de la casa donde los gobernantes o los ancianos se reunían para discutir y resolver los problemas de la población.

Desde allí, podía ver toda la citania, pero no vi ninguna señal de las luces que los rumores mencionaban. Sin embargo, aún era temprano, por lo que me apoyé en una de las casas reconstruidas y esperé. Sólo esperaba que aquella no fuera una de las pocas noches sin ocurrencias de ese mes.

La primera señal de que algo iba a suceder, sin embargo, no fue la aparición de luces, sino de formas que se movían más abajo, en la oscuridad. Estas surgieron de un punto casi opuesto a aquel por donde yo había entrado, por lo que me pregunté cómo habían cruzado la red.

Poco a poco, se acercaron a un pequeño patio situado entre los complejos familiares debajo. Fue entonces que, gracias a la luz de la luna y de las estrellas, me di cuenta de que se trataba de cinco mujeres vestidas de negro. La idea de que podían ser las Brujas de la Noche me pasó por la cabeza, pero pronto la descarté. Estas mujeres no tenían las caras cubiertas ni la envergadura de las criaturas que yo buscaba.

Entonces, las luces que buscaba aparecieron. Surgieron, primero, como pequeñas esferas de llamas verdes en un pequeño bosque junto al exterior del perímetro de la citania. Sin embargo, rápidamente se acercaron, al mismo tiempo que aumentaban de tamaño e intensidad.

Al verlas, las cinco mujeres buscaron inmediatamente refugio entre las ruinas. Esperaron que los fuegos fatuos se acercasen un poco más, y, entonces, comenzaron a recitar extraños y elaborados cantos. Para mi sorpresa, instantes después, un torrente de granizo se abatió sobre las llamas vivientes, a pesar de que el cielo estuviera limpio. En pocos segundos, ellas y el terreno alrededor estaban cubiertos por un montón de hielo.

Hasta el momento, no había visto tal demostración de poder por parte de ninguna bruja, por lo que, por un momentos, me pregunté si aquellas cinco mujeres realmente no eran las Brujas de la Noche.

Las atacantes esperaron un poco para asegurarse que tenían neutralizando su objetivo. El monte de hielo no se movió y, entonces, ellas salieron de sus escondites.

– Lo logramos – dijo una de ellas. – Ahora somos las brujas más poderosas del norte de Portugal.

– Parece que sí – respondió otra, con una sonrisa en los labios.

– ¿Seguras? – preguntó una tercera mirando, desconfiada y amedrentada, hacia la pila de granizo. – Ellas ya han sobrevivido cosas peores.

– Estoy segura – dijo la primera. – Esta vez encontramos su debilidad.

En ese instante, el monte de hielo empezó a temblar. Unos segundos después, con una explosión, los fuegos fatuos emergieron del granizo.

Las invasoras corrieron de vuelta a sus refugios y comenzaron un nuevo cántico. Sin embargo, esta vez, sus oponentes entraron en acción.

Con una rapidez increíble, uno de ellos impactó contra una de las brujas, tirándola varios metros hacia atrás. Otro disparó un extraño relámpago verdoso que bordeó la cobertura y alcanzó a la atacante que estaba detrás. Después, los tres se unieron y comenzaron a moverse rápidamente en un círculo. Una lluvia de pequeñas esferas de llamas verdes cayó, entonces, sobre las tres invasoras aún en combate. Apenas tocaban sus ropas, las incendiaban. Extrañamente, las que fallaron y dieron en el suelo, se apagaron al instante sin siquiera quemar la vegetación.

Las atacantes se tiraron al suelo para apagar las llamas. Cuando se volvieron a levantar, decidieron aceptar la derrota y, después de coger a sus dos amigas inconscientes (o tal vez muertas), huyeron hasta desaparecer en la oscuridad de donde habían surgido.

Los fuegos fatuos permanecieron inmóviles durante unos minutos. Yo me quedé donde estaba, observándolos, esperando que, al irse, me llevasen a algo que indicara su origen. Después de todo, las mujeres que habían enfrentado eran claramente brujas. ¿Será que ellas tienen alguna relación con las Brujas de la Noche?

La verdad pronto se reveló y me cogió completamente de sorpresa.

Las llamas de los fuegos fatuos empezaron a crecer y a cambiar su forma. De repente, desaparecieron por completo, revelando tres personas: dos mujeres y un hombre.

– Espero que este sea el último de estos ataques – dijo el hombre. – Luchar con estas brujas de segunda categoría se está tornando aburrido.

– Es el precio de la fama – respondió una de las mujeres.

– ¿Qué pretenden ellas con esto? – preguntó la otra mujer. – ¿Ocupar nuestro lugar? ¿Creen que si nos derrotan van a ganar nuestro poder?

Claramente, aquellas personas eran brujas poderosas; sin embargo, no tenían el tamaño ni las vestimentas de las Brujas de la Noche, por lo que asumí que no eran ellas; además, estas últimas difícilmente podían ser llamadas famosas, pero tal vez estas tres sabían algo que me pudiera ayudar.

Respiré profundo para reunir coraje antes de, una vez más, hablar con un grupo de brujas.

Me levanté y llamé por ellas. Sin una palabra, se convirtieron de nuevo en fuegos fatuos y volaron hasta la acrópolis, donde me cercaron. Después, volvieron a su forma humana.

– ¿Quién eres tú? – preguntó el hombre. – No me digas que eres algún brujo que también nos quiere enfrentar.

– No, no – respondí de inmediato.

Les conté, entonces, sobre mi búsqueda por las Brujas de la Noche y lo que me había llevado allí.

– Sabes, nosotros también estamos muy interesados en las Brujas de la Noche. Nadie sabe quiénes son, qué quieren o de dónde vinieron. Esto las convierte en un peligro para nosotros.

– ¿Saben dónde puedo encontrarlas?

– Desgraciadamente, no – respondió la otra mujer. – Si lo supiéramos, ya habríamos hablado con ellas. Siempre intentamos convencer a todas las brujas y usuarios de la magia del Norte de unirse a nuestro Gran Conventículo.

– Ven con nosotros – dijo la primera mujer. – Vamos a mostrarte la información que tenemos sobre las Brujas de la Noche. Tal vez, si combinamos nuestros conocimientos, podamos descubrir algo.

– ¿Creen que deberíamos mostrarle nuestro escondite? – preguntó el hombre.

– Él ya ha lidiado con brujas antes. Sabe que, si dice algo a alguien, podemos poner una maldición sobre él y todos los que ama – dijo la primera mujer. – Además, todo el mundo sabe que estamos aquí en la citania y que nuestro escondite no debe quedar lejos.

Ellas me llevaron, entonces, hasta una de las casas castrenses reconstruidas. El hombre sacó una llave del bolsillo, que utilizó para abrir la puerta, y entramos. Dentro estaba oscuro, la única luz era la pálida luminiscencia de la luna y de las estrellas que entraba por la puerta, sin embargo, era suficiente para darme cuenta de que el lugar se encontraba vacío.

Mientras me preguntaba por qué me habían llevado allí, una de las mujeres apartó un poco de la paja que cubría el suelo y levantó una pequeña losa de piedra. Para mi sorpresa, debajo de esta, se encontraba un pequeño teclado retro iluminado. La bruja introdujo un código numérico y el suelo empezó a temblar.

– Retrocede un poco – dijo el hombre, tirándome hacia atrás suavemente por el hombro.

Una parte del suelo bajó y se deslizó hacia un lado, revelando unas escaleras metálicas que bajaban verticalmente hasta un túnel de concreto. La mujer que abrió la trampilla descendió primero, seguida por el hombre. Yo entré en tercero, mientras que la última bruja se quedó atrás para cerrar la trampilla.

El túnel estaba bien iluminado y era corto, desembocando menos de dos metros después en una sala mucho más amplia que la casa reconstruida en la superficie.

Era un lugar extraño. Como el túnel, tenía paredes de cemento, dándole un aspecto de búnker. Mesas de trabajo con ordenadores y tabletas se mezclaban con bancas de trabajo donde reposaban morteros, cuchillos, hoces, botellas y vasijas con varios líquidos de diferentes colores. Manojos de hierbas colgaban del techo, así como patas de gallinas y bolsas tejidas llenas de huesos. En las paredes, se veían recortes de prensa y fotos de personas, algunas de las cuales reconocí como actores de la política nacional e internacional.

Exactamente lo que aquellas brujas hacían allí, no sé decir, pero era obvio que eran más poderosas que las de cualquier otro conventículo que había encontrado antes.

Una de las mujeres me llamó a uno de los ordenadores y comenzó a mostrarme videos donde figuraban las Brujas de la Noche. Confieso que quedé sorprendido, asustado incluso, con todos los lugares donde aquellas brujas tenían ojos. Vi imágenes de las Brujas de la Noche en las montañas del Gerês, en las calles de Porto, sobrevolando el río Lima, hasta en los túneles ocultos debajo de Braga. Incluso, me mostraron un video de mi encuentro con una de las Brujas de la Noche, cuando perseguí a uno de los trolls bajo su mando. Eran imágenes tomadas desde el exterior de la casa abandonada donde encontré la criatura, seguramente por un dron. Por desgracia, la máquina no fue suficientemente rápida para seguir la bruja encapuchada hasta su escondite.

A pesar de que los vídeos mostraban varios sitios donde las Brujas de la Noche habían estado, incluso sumados al conocimiento que había obtenido durante mi búsqueda, no ayudaban a descortinar sus motivos o paradero; de hecho, crearon aún más preguntas.

Sin nada más que hacer allí, me despedí de las brujas. Después de repetir sus amenazas de lo que me pasaría si revelara a alguien su escondite, me dejaron ir.

En el regreso a casa, no pude dejar de pensar que estaba cada vez más confundido. Cuanto más sabía sobre las Brujas de la Noche, menos comprendía. ¿Alguna vez iba a encontrarlas y hacerlas responder por las muertes que habían causado?

Capítulo 16 – Luces en el Cielo

Como parte de la exploración del mundo paralelo al nuestro que el diario que encontré me reveló, suelo seguir los foros y blogs nacionales de paranormal y ufología, no vaya uno de ellos revelar algo que merezca mi atención. Fue una de esas lecturas que dio inicio esta investigación.

En los foros de ufología, había una gran emoción acerca de unas extrañas luces que estaban apareciendo sobre el Monte del Pilar, en las afueras de la Póvoa de Lanhoso. Es claro que, sólo eso, no llegaría para despertar mi curiosidad, pues rumores de luces no identificadas en el cielo eran frecuentes. Lo que realmente hacia este caso especial eran las historias de hombres que cortaban la carretera de acceso a la cima del monte durante estas ocasiones. Pensé luego en la Organización, y, si la Organización estaba presente, era porque algo realmente pasaba.

Dejando de lado la búsqueda por las Brujas de la Noche durante algún tiempo, un sábado por la noche, momento en el que los avistamientos solían ocurrir, me dirigí a la Póvoa de Lanhoso. Esa noche, mi mujer estaba en la casa de su madre, que estaba nuevamente enferma, y mi hija se había ido a pasar el fin de semana con una amiga, por lo que no tuve que inventar una excusa.

Dejé el coche junto a la iglesia construida en la base del Monte del Pilar, al lado de la carretera que llevaba hasta la cima, para investigar el presunto bloqueo. De hecho, apenas pasé la primera curva me encontré con dos coches atravesados en el camino, bloqueando el paso. Detrás de ellos, cinco hombres vigilaban la carretera.

Al contrario de lo que yo había asumido, estos no parecían ser miembros de la Organización. Estaban armados con bates de béisbol y, en vez de trajes o uniformes militares, llevaban ropa casual.

Me acerqué a ellos para intentar entender lo que pasaba. Aún estaba a unos dos metros de los coches, cuando uno de los hombres gritó:

– No puede pasar!

– ¿Por qué? – pregunté, dando dos pasos adelante.

– No necesitas saberlo. Regrésese.

– ¿Con qué autoridad me niega el paso en una carretera pública? – le pregunté, intentando obligarlos a revelar quiénes eran.

– ¿Nos vas a dar problemas? – respondió otro hombre, golpeando el bate de béisbol en una mano.

Sus compañeros, levantaron sus armas.

– Vete antes de que salgas herido.

Así lo hice, pero no iba a dejar tan fácilmente aquella investigación. Conocía bien aquel monte, que ya había visitado varias veces, y sabía que existía un viejo camino medieval que también llevaba a la cima.

Tan pronto como desaparecí del ángulo de visión de los hombres, por detrás de la curva, subí a través de la vegetación hasta el antiguo camino. Como esperaba, este no parecía vigilado.

La subida no era fácil. Las piedras de la calzada, expuestas a los elementos y sin mantenimiento durante siglos, eran irregulares, y la hierba crecía entre ellas. En algunos puntos, la calzada hasta desaparecía por completo. Sin embargo, el último tramo era aún peor.

El Monte del Pilar estaba coronado por una enorme roca, uno de las más grandes de Europa, sobre el que se alzaba el Castillo de Lanhoso y un pequeño santuario. La nueva carretera daba acceso a ella por la ladera oeste, menos empinada. El viejo camino medieval, sin embargo, conducía a la entrada este. Creo que alguna vez una escalera la conectaba con la carretera medieval, sin embargo, ahora, sólo algunos apoyos para las manos y los pies excavados en la roca desnuda ayudaban en la subida.

A pesar de que la exploración urbana me había ayudado a ganar algo de experiencia en escalada, fue con bastante dificultad que llegué a la entrada este. Esta daba acceso a una pequeña terraza cubierta de árboles y con mesas de piedra situada unos metros debajo de la zona principal del santuario. Afortunadamente, no se encontraba nadie allí, por lo que pude parar un poco para recobrar energías después de la subida.

En cuanto me sentí capaz subí, poco a poco, las escaleras que daban hacia el nivel superior y me asomé. Sobre la roca, a medio camino entre la pequeña iglesia y el castillo, estaba un grupo de cerca de veinte personas. Estas se encontraban reunidas alrededor de lo que parecía ser un sacerdote sosteniendo una gran cruz de madera con las dos manos. El hombre recitaba, a plenos pulmones, un canto en latín, ahogando todos los otros sonidos de la noche.

Durante veinte minutos me quedé allí, escuchando y observando, pero nada notable sucedió. Empezaba a pensar que se trataba, simplemente, de una secta cualquiera, sin ninguna relación con las luces en el cielo. Sólo el bloqueo en la carretera y la relación establecida entre éste y las luces en los foros de ufología me mantuvieron allí.

Un cuarto de hora después, me alegré de no haberme ido. El grupo comenzó a emocionarse y a apuntar hacia el cielo. Seguí sus miradas, y vi varios puntos de luz, arriba, muy por encima del monte.

El sacerdote intensificó su canto, y las luces empezaron a acercarse. Poco después, parecían pequeños soles brillando sobre el santuario. Su intensidad era tal que, al principio, casi no podía mirar directamente hacia ellas. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a perder fuerza, hasta que, finalmente, logré ver lo que eran.

Se trataba, tal vez, de las criaturas más extrañas que había visto nunca. Algunas parecían tener forma humana, sin embargo, tenían seis alas blancas similares a las de las palomas, con las dos de arriba cubriendo sus caras, las de abajo cubriendo sus pies y piernas, y sólo usando las del medio para volar. Otras eran vagamente humanoides, sin embargo, tenían cuatro cabezas, una de hombre, una de águila, una de buey, y una de león, y cuatro alas cubiertas de ojos. No obstante lo extraños que eran estos seres, el tercer tipo de criatura aún lo era más. Estaban formados por varias ruedas concéntricas con los aros cubiertos de ojos. Cómo lograban volar, no sé decir.

Cuando era adolescente, tenía un gran interés en la mitología y, aunque angelología cristiana no era una de mis favoritas, me di cuenta de que aquellos seres eran ángeles, en particular, de la primera esfera, los más cercanos a Dios.

Despacio, los seres dieron vueltas sobre los hombres, mientras estos gritaban súplicas.

Pasados unos minutos, los ángeles empezaron a alejarse. Poco a poco, sus luces se fueron haciendo más débiles y distantes, hasta que desaparecieron por completo.

Con sonrisas en los labios, las personas comenzaron a dispersarse y a volver a sus coches. Lo que habían logrado con aquél ritual, no sé decir, pero pude saber que no eran solamente demonios lo que aquél tipo de sectas invocaban.

Me quedé donde estaba, y esperé a que dejaran el santuario. Después, esperé un poco más para que desbloquearan la carretera y sólo entonces empecé a bajar del monte, esta vez por la ruta principal.

Como siempre, muchas preguntas me pasaron por la cabeza en el camino de regreso a casa. ¿Cuál era el objetivo del ritual? ¿Por qué vendrían ángeles de las más altas órdenes a la Tierra? Si los ángeles eran reales, ¿será que Dios también lo era?

Por suerte, mi mente aún estaba enfocada en encontrar las Brujas de la Noche y descubrir sus objetivos, de lo contrario, si hubiera tenido tiempo de pensar en las implicaciones de esa noche, mi mundo podía haber colapsado.

Capítulo 15 – El Brujo

Después de varias investigaciones sin encontrar ninguna pista en cuanto al escondite y las intenciones de las Brujas de la Noche, decidí releer todas las entradas sobre brujas en el diario que me había presentado este mundo paralelo al nuestro. Al final decidí investigar una que ya hacia mucho me suscitaba curiosidad.

Ésta hablaba de un brujo curandero y adivino que atendía a sus clientes en un anexo cerca de su casa, en la parroquia de Perre, en Viana do Castelo. Era una historia que yo conocía desde niño. Durante algunos años, incluso pasé todos los días por su “gabinete” de camino a la escuela. En la altura, ni yo ni mi familia teníamos mucha fe en sus capacidades, pero, después de todo lo que había visto recientemente y de leer esa entrada, pensé que debía reconsiderarlo.

Un fin de semana, le dije a mi mujer que iba a Viana do Castelo visitar a mis abuelos. En realidad sí pasé por su casa, pero me quedé allí poco tiempo, y luego me dirigí a Perre.

Cuando llegué a la casa del brujo, tuve una fuerte sensación de déjà vu. El anexo, del otro lado de la carretera de su casa, estaba igual, así como el campo a su lado.

Aparqué detrás de los otros coches y me dirigí al anexo. Allí había personas reunidas en grupos de familiares o amigos, esperando su turno. Éstos parecían tener orígenes variados, ya que trajes de marca se mezclaban con overoles y ropa de campo. La fama del brujo había llegado a toda clase de gente.

Me uní a ellos y esperé. Poco a poco, los grupos fueron entrando y saliendo. Todos, sin excepción, emergieron del anexo mucho más felices cuando habían entrado.

Por fin, llegó mi turno. De fuera, el edificio parecía un almacén de utensilios agrícolas, sin embargo, así que pasé la puerta, sentí que había viajado en el tiempo al estudio de un místico del renacimiento.

Una de las paredes estaba tapada por una estantería llena de libros, todos ellos con un aspecto bastante antiguo. En la pared opuesta, varios estantes contenían frascos con pociones de una gran diversidad de colores. Las restantes, por su lado, se encontraban casi totalmente cubiertas por tapices con símbolos místicos y extrañas representaciones del cuerpo humano. Alfombras esotéricas, un telescopio de latón y un planetario mecánico completaban la decoración.

De atrás de un escritorio con un montón de libros y extraños instrumentos cuyo nombre desconocía, se sentaba el brujo. Combinando con lo resto de la sala, llevaba ropas largas y una diadema metálica.

– Acércate – dijo él.

Así lo hice. Por su indicación, me senté en la silla enfrente al escritorio.

– Digame, entonces, qué o trae por aquí.

Confieso que me había olvidado de crear una historia para probar el brujo. Felizmente, logo pensé en una historia que podía usar.

– He venido aquí para poner a prueba sus capacidades de adivino, para mi blog sobre lo paranormal. – No era propiamente mentira.

– Si pagar, como todo el mundo, puede probar lo que quiera. ¿Por dónde quiere empezar?

Empezamos por lo básico. Sin demora, él fue capaz de decirme el nombre y la edad de mi hija y de mi mujer. Después, hizo un pequeño resumen de mi vida profesional. Por fin, elaboró una previsión en cuanto al recorrido académico de mi hija, que yo sólo podría confirmar años después.

– Ahora me gustaría ver sus dotes de curandero. – Con una pequeña navaja que tenía conmigo, me hice un pequeño corte en el brazo.

– Ese arañazo no es gran desafío – dijo él, saliendo de detrás del escritorio y acercándose.

Pidiendo autorización, puso una mano sobre mi herida. Después, cerró los ojos y permaneció en silencio durante unos segundos. Cuando me soltó, la herida había desaparecido sin dejar rastro.

Era obvio que aquel hombre era el que decía ser: un brujo. Tal vez supiera algo acerca de las Brujas de la Noche o, quién sabe, tal vez fuese uno de ellos.

– Espero que diga buenas cosas de mí en su… blog.

Él miró hacia mí con una expresión asustada durante un instante. Después, la furia reemplazó al miedo en su rostro y gritó:

– ¡Vete de aquí! ¡Ahora!

Su tono no dejaba espacio a discusión y así lo hice, preguntándome qué habría sucedido. ¿Será que sus poderes le habían permitido ver la naturaleza del blog que yo escribía en la altura? (Los más curiosos pueden encontrarlo en terceirarealidade.wordpress.com (solamente en portugués))

Por supuesto que dejé el anexo, pero no abandoné la investigación. Estaba determinado a averiguar si él me podría dar alguna pista sobre las Brujas de la Noche.

Oculté el coche en una calle cercana y esperé el ocaso. Después, me escondí en las sombras y esperé a que el brujo dejara su consultorio y volviera a casa. Con la cantidad de clientes que tenía en ese día, esto solo ocurrió alrededor de las once de la noche.

En cuanto él entró a su casa, yo corrí hacia el anexo. Usando unas herramientas que llevé conmigo y algo que había aprendido con el grupo de exploración urbana de la ciudad de Braga, abrí la cerradura. Apenas entré, cerré la puerta detrás de mí, encendí las luces y empecé a buscar indicios de una relación entre aquel brujo y las Brujas de la Noche.

Busqué en las librerías, en los cajones del escritorio y detrás de los tapices. Hasta intenté encontrar compartimentos secretos. Sin embargo, pronto me dé cuenta de que no había nada allí. Los libros eran meramente decorativos, sin ninguna relación con lo que el brujo hacía allí. Y no había nada oculto.

Decidido a llegar al fondo de la cuestión, me dirigí a la parte trasera de la casa del brujo y, comprobando que no hubiese nadie cerca, salté el muro hacia el patio trasero.

A primera vista, la única luz provenía de una ventana en la planta superior. Me propuse a buscar una forma de subir y ver hacia al interior. Sin embargo, mientras buscaba, me di cuenta de una tenue luminosidad anaranjada que brillaba detrás de una de las ventanas del sótano.

Me acerqué a ellas con cuidado y miré hacia el interior. Me encontré con una sala casi vacía, a excepción de un círculo lleno de símbolos místicos similares a los encontrados en los libros de ocultismo y un trípode de madera sobre el cual descansaba un libro claramente antiguo. Detrás de éste, el brujo, ahora envergando ropa común en vez de las ropas con que atendía a los clientes, parecía recitar lo que leía, aunque desde el exterior no lo podía escuchar. El sótano debía estar insonorizado.

Estuve observando al hombre hojear y leer el libro por unos quince minutos.

De repente, humo surgió en el centro del círculo dibujado en el piso. Poco a poco fue aumentando, tomando forma y ganando consistencia, hasta que una extraña criatura surgió ante mis ojos. Tenía una forma humanoide, con largos cabellos negros, aunque cuernos se aliñaban en el medio de su cabeza, y tenía orejas largas y puntiagudas, por no hablar de su piel roja viva. En una mano llevaba un cuervo y iba montado en un cocodrilo.

Él y el brujo hablaron durante algunos minutos, pero, una vez más, no logré escuchar nada. Finalmente, la criatura comenzó a dibujar en el aire varios símbolos místicos, en la dirección del hombre. Cuando terminó, volvió a disolverse en una nube de humo negro, que desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Aquél ritual debía ser mediante el cual el brujo obtenía sus poderes, o al menos parte de ellos.

El brujo cerró el libro y se preparó para salir del sótano. Sin embargo, yo quería hablar con él, por lo que decidí llamar su atención y mostrar que conocía su secreto golpeando la ventana.

Él me miró con una mezcla de sorpresa y terror, pero pronto su expresión se tornó una de resignación al darse cuenta de que no había nada que pudiera hacer. A través de gestos, indiqué que quería hablar con él, y él me pidió que esperara.

Menos de cinco minutos después, la puerta de la casa se abrió y el brujo caminó hacia mí.

– Muy bien, sabes mi secreto – dijo él. – ¿Qué vas a hacer acerca de eso?

– ¿Usted es una Bruja de la Noche? ¿O sabe algo sobre ellas?

El hombre me miró realmente confuso.

– ¿No ves que soy un hombre? – protestó, por fin.

Decidí, entonces, contarle todo lo que había descubierto sobre las Brujas de la Noche.

– Yo no sé nada acerca de eso. Yo sólo aprendí a invocar a determinados demonios para darme los poderes que necesito, nada más. No hago mal a nadie. Sólo hago bien. Y ni siquiera sé nada de esas hadas y criaturas extrañas de las que hablas.

El miedo en su mirada mostraba que estaba diciendo la verdad. Además, a pesar de su relación con demonios, parecía realmente estar a ayudar a las personas, a pesar de que estaba ganando dinero con eso.

Le dije que lo dejaría en paz, pero que me mantendría atento a cualquier cosa fuera de lo normal. Él me agradeció y me dejó salir del patio por la puerta.

Una vez más, volví a casa sin descubrir nada sobre las Brujas de la Noche. Mi único consuelo era haber descubierto que la fama de aquel brujo de que yo oía hablar desde niño era justificada.

Capítulo 14 – La Demonóloga

La inspiración para esta investigación surgió de forma bastante inesperada. En una noche de Halloween, mi hija me convenció a mí y a su madre a ir a un evento anual en el Palacio de los Duques, en Guimarães. Allí, una compañía había transformado el palacio en una casa embrujada, llena de monstruos, fantasmas y sustos. Fue el final del espectáculo, sin embargo, lo que más captó mi atención. Se trataba de la puesta en escena de un exorcismo supuestamente hecho a una duquesa que vivía allí.

Cuando llegué a casa, investigué un poco y comprobé que, no sólo aquello se había basado en hechos históricos, sino que también se rumoraba que extraños sucesos continuaron ocurriendo en el palacio, incluso después del exorcismo.

Mis encuentros anteriores con brujas habían revelado una clara relación entre ellas y demonios, así que no pude dejar de investigar, con la esperanza de encontrar por fin a las Brujas de la Noche.

En una noche de semana, en noviembre, le dije a mi mujer que iba a trabajar hasta tarde y me dirigí a Guimarães y al Palacio de los Duques. Evidentemente, el palacio estaba cerrado y no había nadie cerca. Aparqué y empecé a buscar una manera de entrar.

Como era de esperar, además de los guardias en su interior, el lugar se encontraba protegido por un sistema de alarma. Uno de mis compañeros del grupo de exploración de la ciudad de Braga, quien se llamaba a si mismo “el más grande de los exploradores urbanos”, ya que gustaba de visitar no sólo edificios abandonados, pero también algunos en uso y hasta habitados, me había enseñado algunas maneras de evitar las alarmas. Sólo esperaba que mi parco conocimiento fuera suficiente para lograrlo.

Sin embargo, acabé por no tener que usarlo. A la vuelta de la esquina a la parte trasera del palacio, protegidas de las miradas por árboles y vegetación, descubrí que alguien se me había adelantado.

Una mujer, que no debía tener más de treinta años, había desactivado la alarma y se estiraba, ahora, hasta una pequeña ventana casi dos metros por encima del suelo. Al darme cuenta de su dificultad, me acerqué y le dije, con una sonrisa:

– ¿Necesitas ayuda?

Ella me miró con una mezcla de sorpresa y miedo. Era relativamente baja, con poco más de un metro y cincuenta, y magra. Llevaba gafas de metal negras, y tenía el pelo en una cola de caballo.

Durante unos momentos, sus ojos miraron en todas las direcciones. Por fin, al darse cuenta de que yo no era un policía ni un guardia, decidió no huir y preguntó:

– ¿Quién es usted?

– Eso le pregunto yo. ¿Quién es usted? ¿Porque está intentando entrar en un monumento nacional? Deme una razón para no llamar ya a la policía.

– Yo le podría dar una razón, pero después más nunca va a poder dormir tranquilo. Hay más aquí de lo que las personas normales pueden imaginar.

– ¿Cómo demonios?

Ella se quedó mirándome, sorprendida, durante unos instantes. Eso me dijo que ella sabía de lo que yo estaba hablando y que, probablemente, se encontraba allí por la misma razón que yo.

Al cabo de unos instantes, ella preguntó:

– Dígame lo que sabe.

Le dije todo sobre el diario, mis exploraciones anteriores, las Brujas de la Noche y lo que me había llevado allí.

– Un día, me gustaría ver ese diario – respondió ella, cuando terminé. – He oído hablar de estas criaturas a la que llama “Brujas de la Noche”, pero suelo centrarme en demonios, y ellas no los usan, como las otras brujas. Por lo que dice, tal vez me debería empezar a interesar en ellas también. Es mi responsabilidad.

– ¿Su responsabilidad? ¿Por qué?

– Formo parte de una tradición milenaria que protege a las personas de los demonios y sus agentes. Mi maestro y yo éramos los responsables por el norte de Portugal. – Ella miró tristemente hacia el suelo. – Pero él murió y ahora estoy sola.

– ¿No tiene ayuda de la Organización? – le pregunté, porque me pareció que tenían objetivos en común.

– Esa Organización de la que habla, solamente apareció en el siglo pasado. Además, están más interesados en ocultar la verdad que en ayudar a las personas. No tienen nada que ver con nosotros. – Tras una breve pausa, continuó. – Si estamos aquí por la misma razón, tal vez me pudiera ayudar. Ya abrí la ventana y confirmé que he desarmado la alarma correctamente. Ahora tengo que empezar a llevar el equipo hacia adentro, y sola es más complicado.

Acepté de inmediato, y ella me llevó a la frente del monumento y en dirección a la calle cercana. A medio camino, después de unas breves presentaciones, me acordé de preguntar:

– ¿Cómo supiste de este demonio? ¿También viniste acá en Halloween?

– No. Ni siquiera sabía del evento hasta que me habló de él. Tengo un pequeño clúster que utiliza técnicas de minería de datos para encontrar patrones en las noticias y en otras bases de datos a la que tengo acceso que puedan indicar la presencia de demonios. Descubrí que muchos de los que visitaron este palacio estuvieron, después, involucrados en delitos. Es un claro signo de influencia demoníaca.

Seguimos caminando, hasta que ella se detuvo detrás de una Ford Transit blanca del final de los años 90. Ya había visto mejores días, ya que, en varios puntos, la pintura había dado lugar a la herrumbre. La cerradura de la puerta trasera ya no existía y había sido sustituida por un candado.

La demonóloga corrió una de las puertas laterales, revelando un espacio de carga lleno con una extraña mezcla de lo antiguo y de lo moderno. Varios estantes de madera que bordeaban las paredes, que contenían libros claramente ancestrales, artículos religiosos de las más variadas religiones y objetos electrónicos con los componentes expuestos, claramente construidos o mezclados de forma improvisada. En el suelo, estaban colocados algunos objetos más grandes, como una alfombra con un mándala, un enorme menorá y lo que parecía ser uno o varios ordenadores conectados a una batería.

La demonóloga me dio dos altos y delgados parlantes, mientras que ella tomó un monitor y una pequeña tableta que, si mis escasos conocimientos de electrónica no me engañan, había sido construido a partir de un raspberry pi.

Así que volvimos a la parte trasera del palacio, la ayudé a subir por la ventana y entrar. Después, le pasé el resto del equipo y, por fin, entré en el palacio.

Como ya esperaba dado el tamaño y la altura de la ventana, estábamos en el interior de una pequeña habitación. De momento, se encontraba vacía, pero, en el pasado, debió haber sido utilizada como una alacena, pues no había espacio para nada más.

Con cautela, Susana, la demonóloga, puso el oído en la puerta, asegurándose de que no había guardias del otro lado. Una vez satisfecha, la abrió.

La gran sala que encontramos detrás me era familiar. Fue allí que, durante el espectáculo de Halloween, se encontraba la condesa poseída en su cama, y donde un sacerdote había hecho el exorcismo.

Una vez le conté esto, la demonóloga comenzó a inspeccionar cada centímetro de la división, usando la tableta y un instrumento que sacó de una de las bolsas que llevaba a la cintura. Fue un proceso largo, durante el cual me mantuve nerviosamente vigilante para no ser descubiertos. Al terminar, ella agito la cabeza y decidimos continuar.

Gracias a mi última visita, yo sabía que la única otra puerta daba a un patio central, donde seríamos fácilmente vistos por los guardias, por lo que decidimos subir al piso superior.

A través de unas escaleras estrechas con dos tramos, llegamos a un pasillo con algunas puertas del lado derecho y una habitación al fondo. Tras la primera puerta había una habitación llena de armaduras montadas, mientras que los siguientes albergaban exposiciones de otros artículos mediavalescos, como libros, muebles y figuras. La demonóloga inspeccionó cada uno de ellos, pero, una vez más, no encontró nada.

Lo mismo no ocurrió, sin embargo, en la habitación al fondo del pasillo. Apenas entramos, los LED del instrumento electrónico de mi compañera se encendieron.

– Así está mejor – dijo ella.

Nos encontrábamos en un cuarto vacío, con una chimenea empotrada en una de las paredes. Sería, posiblemente, la verdadera habitación de la condesa.

La demonóloga siguió el rastro del demonio hasta una segunda puerta.

Siempre siguiendo las indicaciones del instrumento improvisado, cruzamos habitaciones, corredores, pasillos y hasta un enorme comedor. Por fin, cuando llegamos a la capilla del palacio, Susana dijo, señalando con la barbilla hacia los LED encendidos en la máquina en su mano y un gráfico en la pantalla de su tableta:

– Está aquí. Vamos a instalar los parlantes.

– ¿Los guardias no van a escucharlas cuando las conectemos? – pregunté.

– Seguro que sí, pero no tenemos elección. Tenemos que expulsar a este demonio de aquí.

Posicionamos los parlantes entre los bancos de la capilla, orientados hacia el altar. Debido a una adaptación de la demonóloga, estas eran alimentadas por baterías, por lo que con un pulsar en su tableta una cacofonía de voces y lenguas empezó a sonar.

– Es una mezcla de varias oraciones cristianas, musulmanas, judías e hindúes usadas para expulsar demonios – explicó la demonóloga.

Durante largos momentos allí nos quedamos, esperando que el demonio fuera expulsado antes de que uno de los guardias nos escuchara.

A pesar de mi nerviosismo, no podía dejar de admirar la capilla. El espectáculo de Halloween no la había incluido, por lo que nunca la había visitado. Vigas de madera barnizadas sostenían el techo, y enormes vidrieras cubrían casi la totalidad de la pared detrás del pequeño altar. Sin embargo, lo que más me impresionó fueron los dos estrados laterales, ya que su aspecto marcadamente medieval me hacía viajar en el tiempo.

De repente, estas comenzaron a temblar, así como el altar y los bancos a mi alrededor. Segundos después, del suelo, surgió una criatura casi de mi tamaño, con la piel roja, dos cuernos y una nariz y mentón afilados.

Casi al mismo tiempo, la puerta detrás de nosotros se abrió, dando entrada a un guardia de seguridad con una linterna en la mano. La visión de la criatura, sin embargo, o la combinación de ésta con la cacofonía emitida por los parlantes fueron demasiado para él, y el hombre se desmayó encima de la última fila de bancos.

A diferencia de mí, Susana no prestó ninguna atención al guardia y avanzó en dirección al demonio con la pantalla de la tableta hacia él. De un vistazo, vi varias imágenes pasando en ella: símbolos religiosos variados, fragmentos de textos sagrados, imágenes de santos y dioses. La criatura paró y comenzó a gritar.

Poco a poco, la demonóloga se movió, tratando de poner la tableta entre el demonio y la puerta, al mismo tiempo que sacaba algo de la mochila que llevaba a la espalda. Sin embargo, antes de que lo consiguiera, la criatura emitió un temible rugido y se lanzó sobre los bancos casi hasta la puerta. Instintivamente, intenté impedirle el paso, pero él me tiró al suelo como si yo fuera nada y salió.

– Él es más fuerte de lo que estaba esperando – dijo la demonóloga, ayudándome a levantar. – Vamos.

Corrimos hacia fuera de la capilla y bajamos las escaleras hasta el claustro del palacio y, de allí, seguimos al demonio hasta el exterior. En el camino, pasamos a varios guardias, pero estos, atónitos con la visión del demonio o por nuestra presencia allí, ni siquiera reaccionaron.

Perseguimos la criatura por la colina en cuya cima se alzaba el Castillo de Guimarães. Sin embargo, a medio camino, junto a una pequeña capilla allí construida, Susana me agarró por un brazo.

– Espera. Este demonio es muy fuerte. Normalmente, no pueden escapar de esa manera. Voy a buscar unas cosas para hacer una emboscada y acorralarlo en esta capilla. Lleva mi tableta, va detrás de él y trata de empujarlo hacia aquí.

Antes de que pudiera responder, ella colocó la tableta en mis manos y me volvió las espaldas. En la pantalla, aún pasaban todo tipo de imágenes religiosas.

Respirando profundamente, empecé a correr por el camino de tierra que llevaba a la cima de la colina y a las ruinas del castillo, donde el demonio había entrado.

Al ser la fortaleza más famosa de Portugal, yo ya la había visitado más de una vez, por lo que la conocía bien y podía concentrarme en encontrar a la criatura. La torre del homenaje, la cual había sido restaurada, era el único edificio que aún se encontraba en pie, pero estaba cerrada, por lo que no había muchos sitios en los que el demonio se podía ocultar. A menos, por supuesto, que tuviera algún truco que yo desconociera.

Tratando de sostener mi linterna de bolsillo y la tableta delante de mí al mismo tiempo, empecé a buscar en todos los rincones, desde detrás de los escombros hasta lo que restaba de las chimeneas.

Después de unos momentos, vi una sombra pasar a mi lado. Cuando apunté a luz hacia allí, sin embargo, no encontré nada. Podía haber sido sólo un gato, pero, por alguna razón, presentí que era algo más, por lo que lo perseguí.

Finalmente, cuando llegué a una esquina sin salida, vi al demonio y extendí la tableta en su dirección. Como yo bloqueaba la única ruta de escape, un estrecho pasaje entre la muralla y la torre del homenaje, la criatura, intentó, desesperada, usar las garras para trepar por la muralla. Sin embargo, al ver que no lo lograba, cargó contra mí, gritando con una mezcla de dolor y odio. Una vez más, fui incapaz de detenerlo, y él pasó por mí, tirándome al suelo. Afortunadamente, me recuperé rápido y lo perseguí.

Corriendo lo más rápido que pude, traté de mantenerme cerca de él y, con la tableta, conducirlo a donde Susana lo esperaba. A pesar de que él se desvió una o dos veces del camino más directo, logré llevarlo hasta la pequeña capilla.

Junto a la puerta de esta, se encontraba la demonóloga, que sostenía otra tableta y, entretanto, había construido un paso delimitado con altavoces emitiendo la mezcla de cantos y oraciones y una pantalla enorme que conducía hacia el interior.

Al darme cuenta de su intención, traté de conducir el demonio hacia la trampa. Este intentó escapar, pero, con la ayuda de la demonóloga y de su segunda tableta, conseguí llevarlo para el pasaje y para el interior de la capilla.

Tan pronto la criatura pasó la puerta, Susana la selló con el enorme monitor donde pasaban imágenes similares a las de la tableta. Después, activó las columnas que había en el interior del edificio sagrado. El demonio empezó a gritar. En primer lugar, se tiró contra las paredes, como si quisiera derribarlas, después, se cargó en dirección a la puerta.

Detrás de la pantalla, la demonóloga sacó de la mochila un curioso objeto que parecía ser una pistola de agua, como las usadas por los niños, pero pintada con tinta plateada y cubierta con símbolos sagrados. Así que el ser se quedó a alcance, ella disparó el arma. Varios chorros de líquidos volaron en la dirección del demonio.

Cuando estos le acertaron, el demonio comenzó a gritar aún más violentamente. Susana, sin embargo, continuó disparando. Me di cuenta, entonces, que la criatura comenzaba a derretirse, como si hubiera sido bañada por un ácido. Poco a poco, desapareció, hasta que todo lo que quedaba de ella era un charco rojizo en el suelo, la mayor parte del cual se infiltro en las grietas entre las losas funerarias que cubrían el suelo de la capilla.

– ¿Qué tienes en esa arma? – pregunté a Susana, sorprendido y curioso.

– Agua bendita, aceite ungido, agua de ríos sagrados, agua del pozo de Zamzam, cosas de ese tipo – explicó ella. – Ahora es mejor salirnos de aquí antes de que los guardias del palacio recuperen y vengan detrás de nosotros.

Así lo hicimos. La ayudé a llevar el material a la furgoneta y volví a mi coche, pero no antes de que ella me diera su contacto. Aquella investigación podía no haberme dado nueva información sobre las Brujas de la Noche, pero me había traído un nuevo aliado en mi misión de encontrarlas y detenerlas.