Capítulo 6 – El Gato de Campanhã

Como seguidor de la exploración urbana, soy, también, un conocedor del arte urbano. A lo largo de los años, tuve la oportunidad de conocer a varios artistas, con los que me mantuve en contacto. Un día, durante una conversación por chat con uno de ellos, descubrí algo extraño.

Quien conoce la Estación de Campanhã, en la ciudad del Porto, sabe que esta está rodeada por una enorme infraestructura de cemento. Lo que la mayoría de la gente desconoce es que hay oculta una enorme red de túneles de servicio, parte de la cual yo ya había tenido la oportunidad de explorar.

Como era de esperar, los artistas urbanos consiguieron entrar en algunos de estos túneles y aprovecharon las paredes para practicar su arte.

Fue durante una de estas visitas que mi amigo y algunos de sus compañeros se encontraron con algo muy extraño. En uno de los túneles encontraron un gato. Esto no tendría nada de extraordinario, si no fuera por el hecho de que el animal no se movia desde hace meses y repetía constantemente los mismos movimientos.

Después de todo lo que había visto desde que había encontrado el diario, no podía dejar de ir a investigar. Escogí una hora con mi amigo y tomé el tren de Braga hasta Campanhã.

Cuando llegué, él me llevó directamente al túnel. La puerta metálica se encontraba junto a la línea, a unos trescientos metros de la estación, y estaba abierta, dando fácil acceso al interior. Dentro, las paredes y el techo estaban cubiertos de grafittis de estilo variado. De simples “tags” hasta elaborados murales, se veía allí de todo.

Recorrimos el túnel durante varias decenas de metros hasta que llegamos a una parte donde este se abría hacia la derecha. En esa dirección había un ancho pozo, cuyo propósito nadie parecía conocer.

– Ahí es donde está el gato – me dijo mi amigo.

Apunté la linterna hacia el fondo, unos ocho metros más abajo, y pude ver al animal. Realmente parecía un gato común, gris y blanco. Me quedé mirándolo durante unos minutos. Durante ese tiempo permaneció casi inmóvil, sentado en el suelo, moviéndose sólo de vez en cuando a intervalos que me parecieron regulares para lamer una de sus patas delanteras, siempre la misma.

Detrás del animal encontré una puerta de hierro, pero esta estaba oxidada y no parecía que se hubiera usado desde hace años. De hecho, dudaba de que fuera posible siquiera abrirla, al menos no sin destruirla.

– Desde que lo descubrimos, hace cuatro meses, está ahí siempre haciendo lo mismo – dijo mi amigo. – Un gato normal ya habría muerto de hambre.

Tuve que estar de acuerdo. Aquel gato podía no figurar en el diario que encontré, pero merecía figurar.

– He traído una cuerda – le dije, señalando la mochila en mi espalda. – Podemos tratar de verlo mejor.

– Me parece bien.

En ese momento, otros dos artistas que pintaban junto a nosotros se acercaron y uno de ellos dijo:

– ¿Podemos ir con vosotros? También tenemos curiosidad sobre el gato.

– Como queráis – respondió mi amigo.

Saqué entonces la cuerda de la mochila y la sujeté a una viga de cemento situada casi directamente por encima del pozo. Dejé que cada uno de mis compañeros probara el nudo y, como quedaron satisfechos, empezamos a bajar. El artista que me había llamado allí fue el primero en bajar, seguido por mí y, por último, los dos que nos abordaron.

Durante todo esto, el gato se mantuvo tranquilo, lamiendo sólo la pata un par de veces. No se mostraba sólo indiferente a nuestra presencia, era como si no estuviéramos allí.

Caminamos alrededor de él, mirándolo atentamente, pero, físicamente, nada lo distinguía de un gato común. No fuera por su extraño comportamiento y el hecho de estar en ese pozo nadie le habría prestado atención.

Inspeccioné, también, la puerta oxidada y confirmé que estaba tan encajada que era imposible moverla.

Finalmente, la curiosidad llevó a uno de los artistas que se juntó a nosotros a que intentara tocar el animal. Para nuestra sorpresa, su mano atravesó el gato como si no hubiera nada allí, mientras éste permanecía inmóvil, como si nada estuviera pasando.

Retrocedimos. No sabíamos lo que era aquella criatura o lo que podía hacer. Después de todo lo que había visto antes, yo era el menos sorprendido de los cuatro. Mis acompañantes parecían aterrorizados.

– ¡Es un fantasma! – dijo uno de los hombres que se habían unido a nosotros.

Como yo podía dar fe, era una buena posibilidad. Sin embargo, no dije nada. Ellos ya habían sufrido un gran susto, no había necesidad de agravar la situación.

– ¿Que hacemos ahora? – preguntó mi amigo. – ¿Se lo decimos a alguien?

Antes que respondiésemos, el hombre que había intentado tocar el gato comenzó a gritar desesperadamente.

– ¿Qué te pasa? – preguntó su compañero, pero él siguió gritando. 

Sus gritos eran tan intensos que me hacían doler los oídos. Comenzó, entonces, a correr en círculos alrededor del pozo, como si estuviera tratando de escapar de algo, pero sin saber a dónde ir. Finalmente, intentó subir por la cuerda, pero se cayó al final de un poco más de un metro, quedando sentado en el suelo y apoyado en la pared.

Nos arremolinamos en torno a él para tratar de calmarlo y entender lo que pasaba, pero él no paraba de gritar.

– ¡Mirad! – dijo mi amigo de repente, señalando a la mano del caído.

Parte de esta ya no tenía piel, mostrando los músculos debajo. Ante nuestros ojos, estos desaparecieron, dejando sólo los huesos. Por fin, hasta estos se desvanecieron.

El hombre, finalmente, dejó de gritar.

– ¿Estás bien? – le preguntó el amigo.

Al no obtener respuesta, intentó tocarle, pero contrajo la mano cuando el cuerpo del caído se vació como un globo. Finalmente, desapareció por completo. Lo que quiera que lo hubiera consumido, lo hizo tanto de fuera hacia dentro como de dentro hacia fuera.

Presas del pánico, mis dos acompañantes sobrevivientes treparon la cuerda de vuelta al túnel y corrieron hacia el exterior. Con más calma, los seguí, echando un último vistazo al gato, que continuaba como si nada pasase.

Solo volví a hablar con mi amigo, días después, por webchat. Él aún no estaba totalmente recuperado de lo que había visto, por lo que sólo le di un poco de consuelo y no le conté sobre las cosas igualmente extrañas que había visto antes y las muchas descritas en el diario que yo había encontrado.

Sin embargo, él me contó algo muy interesante. Después de nuestra visita, él intentó visitar de nuevo el túnel, pero descubrió que su entrada había sido sellada con cemento.

¿Quién lo había hecho? ¿Habría sido la organización de la que Alice me había hablado durante mi primera visita al Bar de las Hadas? ¿Y cómo habían descubierto la existencia del gato?

Como siempre, una de mis exploraciones había traído más preguntas para atormentarme. Por desgracia, estas solo aumentaban aún más mi insaciable curiosidad, conduciéndome cada vez más en dirección a conocimiento que ningún ser humano debería tener.

Capítulo 5 – El Culto

Aprovechando que iba a pasar las vacaciones de Navidad con mi mujer e hija en la casa de mis abuelos, en Viana do Castelo, decidí explorar otra de las entradas del diario que había encontrado.

Esta vez, mi curiosidad se fijó en un lugar importante de mi infancia. Desde pequeño había escuchado a mi padre y a mi abuelo contar historias sobre las ruinas del convento de San Francisco. Entre ellas, destacaba un ya antiguo rumor de que el lugar era utilizado para los extraños rituales popularmente conocidos como macumba. Nunca había encontrado ningunas pruebas de ello, ni siquiera alguien que dijera haberlos visto, hasta que, al leer el diario, encontré una entrada que hablaba de un culto que se reunía en el convento.

Como imaginé, la timidez de mi predecesor no le permitió ver todo el ritual, y él sólo asistió a una pequeña parte a través de las rejas de la puerta. 

Usando de nuevo la excusa de que iba a visitar a un viejo amigo, en la noche del primer lunes después de la Navidad, día de la semana en que el diario decía que el culto se reunía, me dirigí hacia el convento. Cuando yo era niño, este se encontraba en el medio del monte y era preciso una larga caminata para llegar allí, por lo que me quedé sorprendido al ver que ahora había urbanizaciones casi hasta la primera puerta.

Me estacioné  en la parte trasera de una de estas nuevas casas, encendí mi linterna y me encaminé hacia el monte. Después de pasar una zona de tierra revirada, sin duda un resquicio de la construcción de la urbanización, llegué a la puerta que, en tiempos, protegía el camino que subía hasta el convento. De ello sólo quedaba parte del portal, ya que una de las columnas había caído o sido derribada. 

Pasé a través de él, me vi rodeado de eucaliptos, acacias y el ocasional pino. El bosque, ahora, tenía allí su inicio.

Comencé, entonces, a subir el camino. La tosca calzada, formada por piedras grandes e irregulares, no era fácil de subir, incluso con la ayuda de la linterna. Tropecé varias veces. Afortunadamente, ya no llovía desde hace algún tiempo, o las lisas piedras estarían increíblemente resbaladizas.

A la mitad de la subida, poco antes de una curva de casi noventa grados, me encontré con un viejo crucero. Este mostraba señales de cenizas y humo. Si estos se debían al culto que yo estaba allí para investigar o a una causa más mundana, no sé decir. 

Finalmente, después de la curva, llegué al tramo final de la subida. Poco después, mi linterna iluminó la puerta del convento propiamente dicho. Un arco apoyando a las estatuas de tres santos la albergaban, y una pared con más de dos metros de altura partía de allí. Para un visitante casual, parecería no haber forma de entrar, ya que un candado cerraba la puerta, pero yo no era un visitante casual.

Al lado de la puerta, había una subida muy empinada, casi vertical, donde alguien había amontonado piedras y excavado escalones. La subí sin gran dificultad y entré en un estrecho sendero que penetraba la vegetación cerrada. Avancé durante algunas decenas de metros, con la pared del convento a mi derecha. Aquí y allá, había pequeñas fallas, pero ninguna lo suficientemente grande como para yo poder pasar.

Finalmente, llegué al lugar que buscaba: una segunda entrada que daba acceso a una escalera que descendía hasta la plaza del convento. En tiempos, allí debía haber existido una puerta, pero este sería anterior a mis primeras visitas.

Entré y, por fin, bajé hasta el convento propiamente dicho. Con la linterna, barrí los edificios de alrededor. Empotrados en la pared que separaba el patio del terreno elevado y del sendero, se encontraban dos pequeñas capillas. No tenían puerta y estaban vacías, a no ser por las trepadoras y el mato, y sus techos de piedra estaban partidos y esburacados. En el lado opuesto, se exigían las ruinas de los edificios principales del convento: la iglesia y las áreas de vivienda y trabajo. 

Sin embargo, no fui hasta allá de inmediato. En primer lugar, me dirigí a la base del crucero en el centro del patio. La cruz ya no se encontraba, pero la base vagamente piramidal formada por cuatro niveles de piedra sí. Según mi predecesor, era en ella que el culto realizaba sus rituales. De hecho, las marcas estaban allí. Había manchas rojas oscuras por todo el lado. Aquí y allí se veían plumas, sin duda pertenecientes a gallinas utilizadas en los sacrificios. 

Con pruebas tan claras de que realmente pasaba algo allí, entré en las ruinas de los edificios en busca de un lugar para ocultarme y esperar por la aparición de los cultistas. Según el diario, ellos sólo aparecían después de la una de la mañana, por lo que todavía tenía bastante tiempo. Aproveché para visitar el lugar y ver lo que había cambiado desde mi anterior visita, más de veinte años antes. 

Lo primero que me saltó a la vista fue que los restos del suelo de madera del piso superior habían podrido completamente. De hecho, los único signos de que alguna vez hubiera un piso superior eran las escaleras que no llevaban a parte alguna y las paredes parcialmente ruídas, pero anormalmente altas para un edificio de planta baja.

Después de visitar la antigua cocina, con su enorme chimenea y fregadero decorado de piedra caliza, me encaminé hacia la iglesia. Esta ya hacia mucho que había perdido su techo, aunque el oxidado candelero, fijado a las paredes por cables metálicos también corroídos, aún se mantenía en su sitio. Del altar nada quedaba, así como de cualquier otro elemento decorativo. Tuve alguna dificultad en cruzar la iglesia hasta la entrada principal. Las losas tumulares que, cuando yo era niño, cubrían el suelo habían sido arrancadas, dejando enormes huecos difíciles de superar.

Cuando llegué al pequeño adro de tierra batida, encontré las losas amontonados en un rincón, algunas enteras, otras partidas, en las cuales aún se podían ver grabados los nombres y las fechas de muerte y nacimiento de los sepultados. 

Pasé, entonces, para el claustro. Como los suelos de madera ya habían desaparecido, este se encontraba totalmente al descubierto. En su centro, el pequeño espacio reservado para el jardín de los monjes estaba ahora lleno de silvedos. Algunas de las columnas que lo delimitaban y que antes sostenían el techo habían caído, si por acción de los elementos o vandalismo, no sé decirlo.

Fue entonces que vi el sitio perfecto para me ocultar: la vieja torre del campanario. Del interior, no había manera de le acceder, ya que la puerta estaba en el segundo piso, junto a un suelo que ya no se encontraba allí. Salí a la parte trasera del convento, donde se encontraban los accesos al monte y a los campos, algunos pequeños edificios de apoyo y, por supuesto, la base de la torre. Después de la circundar, encontré una pequeña entrada secundaria con menos de un metro de altura. Casi me tuve que arrastrar, pero logré entrar. 

Como había pasado con los suelos de madera, las escaleras se habían desintegrado. Afortunadamente, la torre era estrecha, por lo que, presionando la espalda, las piernas y los brazos contra las paredes, conseguí, con mucho esfuerzo, llegar a la cima. Ahora tenía una visión privilegiada de todo el convento, principalmente de la plaza donde el culto supuestamente se reunía, y dudaba que alguien me encontrase allí.

Apagé la linterna. Todavía no era ni siquiera medianoche, pero temía que los cultistas aparecieran más temprano o que vieran mi luz a la distancia.

Ya estaba esperando hacia casi dos horas, cuando comencé a escuchar un cántico viniendo del fondo del camino que me había llevado allí. Poco después, detrás de la curva, apareció una luz anaranjada. Me fijé en ella. Sabía que estaba a punto de ver lo que había ido allí a buscar. 

De detrás de la curva, apareció una fila de personas, todas ellas sosteniendo lámparas. Algunas también traían bolsas de tela, en el interior de las cuales algo se movía.

Confieso que quedé sorprendido y hasta algo desilusionado. Tal vez por influencia del cine y de la televisión, esperaba figuras encapuchadas con largas túnicas negras. Sin embargo, se trataban de personas normales envergando ropa del día a día.

Los cultistas subieron hasta la puerta y, entonces, tomaron el mismo camino que yo había usado para entrar. Pasado poco tiempo, estaban todos en la plaza, alrededor de la base del crucero. No se oía nada, a no ser lo cántico y el cacarear de las gallinas en las bolsas.

De repente, las voces guardaron silencio. Uno de los cultistas, un hombre de pelo largo y despeinado, subió al altar improvisado y comenzó a entonar un cántico nuevo, esta vez a plenos pulmones. Al cabo de algunos minutos, uno de los otros cultistas abrió su bolsa y pasó una gallina al sacerdote. Este, con un cuchillo que sacó de su cinturón, le cortó la garganta al animal y dejó que la sangre se caer sobre las piedras. 

Esto se repitió durante una media hora, hasta que todas las bolsas se encontraron vacías. Después, los cultistas emitieron un grito al unísono. El suelo empezó a temblar. Poco a poco, una falla se abrió en el suelo delante del altar improvisado. Un brillo de color rojo anaranjado salía de ella. Era como si se tratase de un paso hacia el mismo Infierno.

Los cultistas miraron hacia ella, como si hipnotizados, durante algunos momentos, hasta que un gigantesco puño rojo, más grande que una persona, salió de ella. Ante la mirada expectante del culto, la mano se abrió, liberando alrededor de una docena de extraños seres humanoides. Estos eran pequeños, con cerca de medio metro de altura, y estaban cubiertos por un corto pelo negro. Dos pequeños cuernos les coronaban la cabeza, que también presentaba hocicos y dientes afilados. 

Con gran entusiasmo, los cultistas corrieron detrás de estos diablillos, metiéndolos  en las bolsas donde habían traído a las gallinas. Al mismo tiempo, la mano desapareció, volviendo al abismo, y, así que el último diablillo fue capturado, la falla se cerró.

Satisfechos, los cultistas volvieron por el mismo camino por donde habían venido, esta vez en total silencio. Ni los diablillos, en las bolsas, hacían ruido.

Dejé la luz de las lámparas desaparecer detrás de la curva en el camino y esperé una media hora después de eso antes de bajar de mi escondite y volver a mi coche. 

A pesar de ser la primera entrada del diario que yo investigaba en el que participaban humanos, fue probablemente una de las que me dejó con más preguntas. ¿Quiénes eran esos cultistas? ¿Qué iban a hacer con los diablillos? ¿A quién pertenecía la mano que los había traído?

Pensé en ello en el camino de vuelta a casa y hasta perdí el sueño de esa noche. Las posibilidades me ponían los pelos de punta. Sólo obtendría las respuestas mucho después, pero estas superarían todo lo que podía imaginar.

Capítulo 4 – El Rey de los Islotes

Como era tradición por la Navidad, mi mujer, mi hija y yo nos fuimos a pasar una semana de vacaciones en casa de mis abuelos, en Viana do Castelo. Algunas de las entradas en el diario que había encontrado ocurrieron en o cerca de esa ciudad, por lo que aproveché la oportunidad para investigar. 

Una noche, después de cenar, me excusé diciendo que iba a hablar con algunos viejos amigos y me dirigí hasta la orilla del río Lima. La excusa no era una absoluta mentira. Durante la tarde, había llamado a un amigo de infancia para que me prestara un bote, y charlamos durante una hora y media antes de empezar a remar.

Estaba allí para investigar unas sombras, siluetas peculiares y extraños movimientos en los juncos que el autor del diario había visto en los islotes cercanos a la desembocadura del río. Como de costumbre, mi predecesor no había investigado el tema a fondo, ni siquiera había salido de la orilla, pero yo estaba decidido a averiguar lo que había allí.

Como tal, reme hasta el mayor de los islotes, popularmente conocido como Camalhão, que se encontraba a poco más de un centenar de metros del embarcadero donde mi amigo tenía el barco. 

Apenas llegué al islote, desembarqué, anclé el bote junto  a uno de los grandes terrones que había cerca y me adentré por uno reguero. Como la marea estaba baja, sus márgenes, más los largos juncos, estaban por encima de mi cabeza, por lo que no podía ver nada al alrededor. Sin embargo, después de haber pasado una parte de mi infancia en aquellos islotes, sabía que aquel reguero me llevaría al corazón del Camalhão de forma más rápida que a través de los juncos.

Poco después de la primera curva, me encontré con un mal presagio. De una poza en el casi seco reguero, la cabeza cortada de un hombre miraba hacia mí. Estaba hinchada y mostraba signos de putrefacción y de ataques de animales. De hecho, la parte que aún estaba sumergida en el agua, servía de alimento para los camarones del río. 

Tras el susto inicial, llegué a la conclusión de que no debería haber razón para preocuparme. No era inusual encontrar cuerpos y partes de cuerpos en el río, víctimas de naufragios traídos y depositados por la marea alta. Aquella cabeza no debería tener ninguna relación con las siluetas que yo había ido allí a investigar.

Seguí avanzando, tomando una nota mental para más tarde avisar a las autoridades en cuanto a la cabeza.

Había recorrido unas pocas decenas de metros, cuando un diminuto bulto negro saltó sobre el reguero, justo a mi frente. De inmediato, me subí la orilla. Cuando llegué a la cima, no lo vi, pero los movimientos de los juncos lo denunciaban, y pude seguirlo.

Corrí detrás de él durante varios cientos de metros, las puntas de los juncos me atravesaron los pantalones y me lastimaron las piernas.

Finalmente, llegamos a una zona más limpia, cubierta sólo por hierba baja, situada debajo de la llamada Puente Nueva. Fue sólo entonces cuando vi lo que estaba persiguiendo: un pequeño ser humanoide, con poco más de diez centímetros de altura. Este desapareció detrás de un enorme montón de ramas de árbol y envases de plástico, basura ciertamente traída por la corriente y las mareas.

Continué a seguirlo, sin embargo, cuando llegué a los residuos, oí una voz grave y pausada venida de un reguero próximo. 

– ¿Quién eres tú? ¿Que haces en mi reino, y por qué persigues a uno de mis súbditos? 

Yo iba a responder, pero la criatura que había hablado se levantó y me dejó sin palabras. Se trataba de un enorme ser de casi el doble de mi tamaño. No podía ser apodado de gordo, aunque no fuera propiamente delgado, y, bajo la luz de la luna, parecía tener una piel pálida como el marfil. Sobre la cabeza llevaba una corona hecha de juncos entrelazados, lo que, junto con el hecho de haber hablado de sus súbditos, me llevó a la conclusión de que él era el rey de las criaturas cuyas siluetas mi predecesor había visto.

El enorme ser salió del reguero y se acercó al montón de detritos. Me aparté para darle paso, pero no me atreví a tentar huir. Para mi sorpresa, él se sentó sobre la basura, y sólo entonces me di cuenta de que se trataba de un tosco trono.

– Dime lo que estás haciendo aquí – insistió la criatura.

Le conté sobre las siluetas y como habías ido hasta allí para averiguar lo que eran.

– Parece que algunos de mis súbditos tienen que empezar a tener más cuidado – respondió él, en fin. – Sobre todo ahora. 

– Sobre todo ahora, ¿por qué? 

– Mis súbditos comenzaron a desaparecer. No sabemos cómo ni por qué. Lo que me lleva a desconfiar de ti. Cómo es que yo sé que no eres tú el raptor. Yo te vi a perseguir a uno de los nuestros.

Intenté justificar mi curiosidad. Hasta le conté sobre mis idas a la ciudad de los muertos y al bar de las hadas.

Mientras yo hablaba, una extraña criatura emergió de los juncos. Caminaba en cuatro patas, a pesar de que su cuerpo era delgado y se contorsionaba como el de una serpiente, pero tenía un rostro vagamente humano. Se acercó al rey, se levantó de las piernas de atrás y le susurró algo al oído. Después, desapareció otra vez en los juncos.

El rey me dejó terminar mi explicación. 

– Yo creo en ti – dijo, por fin. – Si fueras el responsable por las desapariciones, no habías dejado  a mis centinelas verte.

Señaló con la cabeza hacia el punto por donde la criatura serpentiforme había desaparecido.

Más tranquilo, se me ocurrió que las desapariciones en los islotes tal vez estuvieran relacionados con los de los muertos y le conté al rey lo que había descubierto en el Gerês. 

– Curioso – respondió él. – Ahora necesito que te vayas. Voy a juntar mi pueblo aquí para hablar con él. 

No esperé a que me dijera una segunda vez. Entré en los juncos y me dirigí al barco. Conforme pasaba el Camalhão, vi varias pequeñas sombras en medio del río, en el espacio entre los islotes. Después de mirar más de cerca, me di cuenta de que se trataban de troncos y hasta de pequeñas hojas de árbol cargando varias de las criaturas que yo ahora sabía que vivían allí.

Todavía vi las primeras desembarcando en el Camalhão, pero luego retomé la caminata hasta el barco, temiendo que el Rey de los Islotes me echase. O peor. 

Reme de vuelta a la orilla y, después de devolver el barco, regresé a casa de mis abuelos. Mientras conducía, no podía dejar de pensar en las desapariciones. ¿Habría realmente una relación entre los de los islotes y de los muertos? Aún no sabía lo suficiente acerca de aquel mundo paralelo para responder a estas preguntas, pero iba a seguir investigando. Mi curiosidad nunca me dejaría detenerme.

Capítulo 3 – La Procesión de las Almas

Después de mi descubrimiento del Bar de las Hadas y tener confirmado que el relato en el diario que había encontrado no era sólo ficción, no podía dejar de pensar en ello. Mi mujer, mis amigos, mis compañeros de trabajo, repararon que yo estaba más distraído. Sin embargo, yo había decidido no contar nada a nadie. En ese momento, no estaba seguro de cómo ese conocimiento nos podía afectar y, además, temía que los pudiera poner en peligro. 

Como tal, tuve que esperar algún tiempo hasta que tuviese una oportunidad de ir en otra exploración sin levantar sospechas. Esta surgió cuando mi suegra enfermó y mi mujer, junto con nuestra hija, fue a cuidar de ella.

Después del encuentro con Alice, quise dejar pasar algún tiempo antes de volver al Bar de las Hadas, por lo que decidí explorar otro lugar. Después de releer una vez más algunas de las entradas del diario, decidí viajar hasta el Gerês para visitar una aldea abandonada en la sierra donde, supuestamente, durante la noche, los muertos se levantan del cementerio y salen en procesión por las laderas y valles.

Salí de casa aún de día, sin embargo, cuando entré en el camino que subía la montaña, el Sol ya se había puesto. Aunque en las laderas de Gerês no había muchos árboles, en la oscuridad se hacía difícil encontrar la aldea, incluso con la ayuda de un GPS. Finalmente, decidí parar en un pequeño espacio en el borde de la carretera, junto al punto donde el pueblo supuestamente quedaba.

Salí del coche y empecé a buscar a pie. Con la ayuda de la linterna más potente que tenía, encontré las ruinas que buscaba, situadas un poco por debajo de donde había aparcado. 

Los tejados ya se encontraban raídos, así como muchas paredes y suelos de madera. Por todo el lado, vigas caídas se erguían hacia el cielo nocturno, como costillas de gigantescos animales.

Con la ayuda de mi linterna, busqué la mejor manera de bajar. No había propiamente un carril, pero, entre las rocas y los matorrales de silvas, me las arreglé para encontrar un pasaje. 

Después de varios tropezones y resbalones, evitando, por poco, algunas caídas, llegué a la aldea abandonada. Sus calles de tierra, ya de por sí estrechas y cegadas con rocas, estaban cubiertas de escombros, maleza y hierba, haciendo el avance bastante difícil. El silencio de la noche sólo era interrumpido por el crol de los animales y el ulular de las lechuzas que se refugiaban en las ruinas. 

Finalmente, llegué a lo que quedaba de la iglesia local. La parte superior de la torre del campanario ya había caído, así como el tejado. Sin embargo, la fachada parecía intacta, aunque un nicho vacío en la puerta me hizo sospechar que hubiera existido allí la estatua de un santo, ahora desaparecida. Habría sido, sin duda, robada por alguien para luego revenderla.

Al lado de la iglesia, rodeado por una baja pared de piedras sueltas, encontré el lugar que buscaba: el cementerio. Según el diario, era de allí que los espíritus de los muertos salían en su procesión nocturna.

Lápidas de piedra partidas y gastadas ocupaban el lugar, junto con trozos de madera podrida que, en otros tiempos, habrían sido cruces. 

Me senté del lado de fuera, recostado en el muro, y esperé a la media noche, la hora en la que mi predecesor registró haber comenzado a ver los fantasmas. Estábamos en el fin del Otoño, por lo que el frío ya era intenso en las montañas; en parte agradecí al frío, ya que sin él, el sueño me hubiera vencido.

Cuando la hora, por fin, llegó, no me encontré decepcionado. En el preciso instante en que el reloj de mi teléfono marcó la medianoche, miré hacia las campas. Sobre estas, se comenzaron a formar figuras. Al principio, eran prácticamente invisibles, pero, poco a poco, comenzaron a tomar una forma blanca y translúcida. Se trataban de personas engendrando versiones fantasmales de la ropa, sombreros y pañuelos típicos de aquella región hasta muy recientemente.

Conforme iban tomando sus formas finales, los espíritus salían del cementerio y empezaban a descender la ladera, mientras que, sobre las tumbas, nuevas figuras se formaban. Dejé que todos se juntasen a la procesión, antes de empezar a seguirlos. 

Bajé la ladera por un sendero, pasé a través de un viejo puente de piedra y hasta recorrí una estrada romana. Los fantasmas recorrieron kilómetros de terreno, durante casi dos horas. 

De súbito, al norte, vi una fila blanca que descendía de otra ladera como una gigantesca serpiente albina. No tardé a darme cuenta de que se trataba de otra procesión de almas.

Tres más surgieron poco después, salidas de valles y montañas, y, una a una, se unieron, sin dejar de avanzar hacia el este. Más que una procesión, ahora parecía a una columna militar. 

Entonces, para mi sorpresa, los muertos comenzaron a volver al suelo. Poco a poco, fueron desapareciendo debajo de la tierra, hasta que ninguno se encontraba a la superficie. Yo estaba de nuevo solo, en la oscuridad de las montañas, con mi linterna. 

Me acerqué del lugar donde los fantasmas habían desaparecido y busqué, sin mucha esperanza, por alguna manera de seguirlos. Después de casi media hora, me encontré con un agujero en el suelo, suficientemente grande para yo poder pasar. Apunté la linterna hacia allá. No era particularmente profundo, sólo tenía unos cinco metros, y me pareció ver una cueva que partía de él en dirección al oeste. 

No tenía conmigo equipo de escalada, pero la pared del agujero tenía apoyos suficientes para  conseguir bajar sin grandes dificultades. En pocos minutos, llegué al fondo y confirmé que, realmente, había una cueva. Apunté la linterna hacia su interior y vi que se prolongaba por un centenar de metros, hasta llegar a una curva y cambiar de dirección. 

Cuidadosamente, pues no sabía cómo los muertos iban a reaccionar caso me encontrasen allí, entré en la cueva. Llegué a la curva sin ningún percance, sin embargo, una vez que la doblé, me topé con dos fantasmas. A pesar de mi cuidado, ellos me vieron inmediatamente. Después de todo, sin la luz de la linterna, no podía ver nada, pero esta me delataba claramente. 

Miré hacia atrás, pensando en huir, pero no podía subir a la superficie antes de que me alcanzasen.

Los fantasmas se acercaron lentamente y con cuidado, como si no quisieran asustarme. A pesar de que estaba desconfiado, esperé por ellos. No parecían agresivos.

Uno de ellos sostenía una vela, que extendió en mi dirección cuando llegó junto a mí. Temeroso, la tomé. En el instante en que la agarré, se convirtió en una tíbia humana. Sorprendido, la dejé caer y di algunos pasos atrás. 

Los dos fantasmas comenzaron a reír a carcajadas. 

– Su cara – dijo uno de los espíritus.

Durante unos instantes, me quedé mirándolos, atónito. 

– Disculpa, amigo, pero no pude resistir – me dijo el fantasma que me había dado la vela. 

– ¿Quiénes son ustedes? – pregunté.

– Los espíritus de los muertos, por supuesto. No todos tenemos la suerte de descansar en paz. 

Parecían amistosos, por lo que decidí continuar a hacer preguntas:

– ¿Por qué vienen aquí? ¿Porque no se quedan en vuestros cementerios? 

– Porque, en el fondo de este túnel, se encuentra nuestra ciudad. Nosotros sólo nos quedamos  atrás porque te vimos a seguirnos y decidimos divertirnos un poco – dijo el fantasma de la vela, sonriendo.

– ¡¿Ciudad?! – dije admirado. – ¿Los muertos tienen una ciudad? 

– Por supuesto – respondió el otro fantasma. – Nos vamos a quedar aquí para siempre. Necesitamos un sitio donde alejar el aburrimiento. Anda, te la mostramos, como compensación por el susto.

Los seguí a través del túnel durante unos quinientos metros, pasando por diversas curvas. Por fin, llegamos a una cueva enorme, más grande que cualquier otra que yo había visto antes. 

Estábamos en uno saliente en una de las paredes, pero la cueva descendía varios cientos de metros. El fondo sólo era visible gracias a la pálida luminosidad emitida por los fantasmas.

Había muchos más salientes en las paredes, además de aquel donde me encontraba. En las mayores, se erigían edificios de todos los períodos históricos de Portugal. Asombrado, vi casas circulares castrenses, villas romanas, chabolas medievales, casas de campo, edificios pombalinos e, incluso, un gran condominio de varios pisos, entre otros. Nada unía las protuberancias unas a las otras, ya que los fantasmas flotaban entre ellas. 

Al contrario de lo que había sucedido en el Bar de las Hadas, mi presencia en la Ciudad de los Muertos no pasó desapercibida. Todos los fantasmas que pasaban miraban hacia mí con una mezcla de curiosidad y sorpresa. 

– Ya hace mucho que no venía por aquí alguien vivo – dijo la criatura que me había dado la vela. 

– Nunca he oído hablar de que ya hubiera pasado antes – comentó el otro. 

De repente, desde el fondo de la cueva, surgió otro espíritu, con aire enfadado. 

– ¿Qué es lo que vosotros,  idiotas, hicieron? Traen un vivo aquí, ¿aún con todas estas desapariciones?

– Lo siento, señor Presidente – dijeron los dos fantasmas en unísono, mirando hacia el suelo, como dos niños amonestados. 

– ¿Desapariciones? – pregunté, curioso. 

– Sí, en los últimos meses han desaparecido algunos fantasmas – dijo el espíritu que me había dado la vela. 

– Nunca antes había ocurrido – comentó el otro. – Los muertos siempre aumentaron, nunca disminuyeron. 

– ¡Vosotros no son capaces de estar callados! – gritó el presidente.

Se volvió, entonces, para mí. 

– Y cuanto a ti, sal de aquí mientras puedes. Y ni pienses en volver. Vamos a cambiar la entrada de sitio. 

El tono del presidente no dejaba espacio a discusión, e hice lo que me dijo.

En el camino de regreso al coche y, después, mientras conducía a casa, una pregunta no me salía de la cabeza: ¿cómo podían los muertos desaparecer? Después de mi visita al Bar de las Hadas y de una lectura más atenta del diario que encontré, la existencia de fantasmas, o, incluso, de su increíble ciudad, no me sorprendieron en particular, pero esa pregunta me ponía los pelos de punta. En ese momento, no veía bien por qué, sin embargo, acabaría por descubrirlo.

Capítulo 2 – El Bar de las Hadas

El día después de haber encontrado el diario, las historias que este contenía no me salían de la cabeza.

Después de salir del trabajo, mi curiosidad tomó el volante, como era habitual, y decidí visitar un lugar llamado en el libro de Bar de las Hadas, que no quedaba muy lejos de mi oficina. Según lo que había leído, este se situaba junto al Arco de la Puerta Nueva, en Braga, debajo de una tienda que ya había albergado a varios negocios y que ahora era una pastelería.

A primera vista, era similar a todos los otros negocios de su tipo, con una pequeña terraza en la calle, una vitrina llena de pasteles y otros dulces y un balcón con una máquina de café y otra parafernalia que se encontraba en cualquier snack bar.

Entré, me senté en una de las mesas, entre otros tres clientes, y pedí un café y un pastel. Quería ganar tiempo para estudiar el lugar más detenidamente y ver si había un fondo de verdad en lo que tenía leído en el diario. De hecho, la puerta que supuestamente daba acceso al Bar de las Hadas estaba en el sitio esperado, pero podía haber sido sólo una coincidencia o simplemente se inspiraron en ella.

Durante el tiempo que estuve allí sentado, no pasó nada de extraordinario. Me pareció, en todo, una pastelería normal. Por fin, impaciente, pagué y me dirigí al baño, que quedaba junto a la puerta misteriosa. Sin embargo, al pasar junto a esta, hice caso omiso a la señal roja que decía “Acceso Restringido” y la abrí. Del otro lado, encontré una escalera que descendía hasta perderse en la oscuridad.

No entré de inmediato. Estaba esperando a que alguien me llamara la atención, que me dijera que no podía estar allí. Sin embargo, nadie lo hizo, y empecé a bajar.

Unos diez escalones después, la puerta se cerró detrás de mí, dejándome a oscuras. No había planeado aquello, por lo que no tenía conmigo mi fiel linterna. Tuve que recurrir a la del móvil.

Bajé durante lo que me parecieron largos minutos. Finalmente, llegué al fondo, donde encontré una segunda puerta. Esta en poco difería de la primera. Hasta tenía una señal roja que decía “Acceso Restringido”. Una vez más, hice caso omiso y abrí la puerta. Ese instante fue el más importante de toda mi vida. En aquel momento no lo sabía, pero mi mundo, mi universo, nunca más sería el mismo, ya que fue entonces que me di cuenta que todo lo que estaba en el cuaderno que había encontrado era verdad. 

Del otro lado de la puerta, había un bar, como había leído. La decoración era moderna, con sillas y mesas de metal y vidrio y paredes blancas, lisas y limpias. Sin embargo, era allí donde terminaban las similitudes con los bares de la superficie.

Su clientela estaba formada por extraños seres, algunos de los cuales ni en mis sueños más surreales me los había imaginado.

Muchos eran humanoides, aunque los más bajos ni me llegaban a las rodillas y los más altos tenían el doble de mi estatura, con tonos de piel que variaban del blanco más puro hasta el negro más oscuro, pasando por el gris y el morado. Garras y cuernos también eran comunes. 

Luego, había otros que eran casi imposibles de describir. Masas de tentáculos con un pequeño cuerpo esférico entre ellos; mezclas de diversos animales; cuerpos largos con múltiples patas.

En grupos, los clientes hablaban y consumían el contenido de tazas en forma de lágrima, que consistía exclusivamente en un líquido claro como el agua.

El nombre Bar de las Hadas debía haber sido creado por el autor del diario, ya que la mayoría de esas criaturas no se adaptaba a la imagen popular de las hadas (aunque había allí algunos seres humanoides diminutos con alas de insecto).

Por lo que había leído, mi predecesor no se había quedado mucho tiempo en el bar ni había intentado hablar con los clientes. Mi curiosidad, sin embargo, era más fuerte que la suya. 

Aprensivo, pasé a través del bar hasta el balcón. Como el resto de los muebles, este estaba hecho de metal y vidrio, sin embargo, detrás de él, no había estantes con filas de botellas, como estaba acostumbrado a ver. De hecho, toda la bebida parecía tener un solo origen: del techo, brotaba un hilo de agua que caía en una conducta de piedra, sobre el balcón, que la llevaba hasta cerca del empleado.

Me senté en un taburete y miré de nuevo alrededor. Nadie parecía haber reparado en mí, o, por lo menos, no me dieron importancia.

El empleado poso un vaso delante de mí, lleno de la extraña agua. No dijo nada, ni siquiera me preguntó lo que quería; tampoco había muchas opciones

A pesar de que era una criatura intimidante, con pequeños cuernos coronándole la cabeza e incisivos que no le cabían totalmente en la boca, intenté iniciar una conversación:

– ¿Esto suele estar siempre tan lleno?

No me respondió. Simplemente me volvió la espalda y se fue a servir a otro cliente.

– Miguel no es muy hablador – dijo una voz femenina a mi lado. 

Miré hacia allá y vi a una mujer muy pálida, con el pelo blanco y varios anillos de plata en las orejas y en la cara. Tenía un cuello largo, con el doble o el triple del tamaño del de un humano, decorado con un torque de oro. Sus ojos eran grandes y felinos, pero tenía una nariz pequeña y discreta. 

– ¿Miguel? – pregunté. – ¿Así es como se llama? 

– ¿Qué esperabas? – respondió ella. – ¿Gorash o otro de esos nombres ridículos que dais a los de nuestras razas en vuestras historias?

Confieso que no sabía qué responder. Me sentí hasta un poco de avergonzado. Afortunadamente, ella cambió de tema.

– No se ven muchos de tu raza por aquí.

– No lo sabía. Es la primera vez que vengo acá. 

Ella posó una mano en mi antebrazo. 

– Sabes, siempre sentí curiosidad por tu raza.

– Y yo tengo curiosidad en las vuestras. 

– Puedo responder a cualquier pregunta que tengas – ella me ronroneó al oído.

Sus intenciones eran claras, sin embargo, no podía dejar escapar la oportunidad de empezar a entender aquel mundo que acabara de descubrir.

– Me llamo Alice.

Le dije mi nombre. 

– Es curioso que nadie haya extrañado mi presencia, si no aparecen muchos de mi raza por aquí.

Ella sonrió.

– No aparecen muchos, pero aparecen algunos. Por lo menos, nosotros vemos más de vosotros, que vosotros de nosotros.

– ¿Por qué? ¿Cuál es la razón para que vosotros se oculten de nosotros? ¿Porque no viven abiertamente con nosotros? 

– Para ser honesta, no tengo ni idea. Creo que es una cosa cultural. Siempre nos hemos mantenido alejados de los humanos. Y vuestra Organización también no ayuda.

– ¿Organización?

– Sí. Siempre que uno de nosotros aparece en vuestro mundo, por accidente o no, o siempre que un ser humano que nos conoce intenta revelar nuestra existencia, la Organización aparece para ocultar y encubrir todo. Juro que, a veces, parece que tienen más miedo que los humanos descubran nuestra existencia que nosotros.

Fue una revelación interesante. Había una organización que se dedicaba a evitar que el público en general tomara conocimiento de aquel mundo que yo acabara de descubrir. Sin embargo, su existencia revelaba que había muchas más intersecciones entre los dos mundos y  humanos que conocían estas criaturas de las que yo pensaba .

– ¿No bebes? – me preguntó ella, apuntando al vaso de la extraña agua frente a mí. 

Con la conversación, me había olvidado por completo de mi bebida. Con cuidado, bebí un sorbo. No me pareció especialmente buena. Tenía el mismo gusto del agua. Temiendo que me estuviera escapando algo, bebí el resto del vaso, pero el sabor seguía siendo el mismo, y no sentí ningún efecto adicional.

Alice notó mi decepción.

– Creo que tienes que ser uno de nosotros para sentir el efecto del agua. Viene de una fuente muy antigua, con propiedades especiales. Un sólo trago nos pone más tranquilos y desinhibidos. Es por eso que me puedes encontrar aquí todos los días. Si lo que quisieras.

Una vez más, me tocó en el brazo.

– ¿Y si vamos a un sitio más privado aclarar mis curiosidades sobre tu raza? No vivo muy lejos.

Confieso que me sentí tentado, pero no por las razones más obvias. Quería saber más acerca de aquellos seres y de la sociedad en que vivían. Además, durante la conversación, había reparado en varias otras puertas similares aquella por donde había entrado, y cada una parecía dar acceso a un túnel. Debía ser en ellos que aquellas criaturas vivían, y el explorador urbano en mí quería desesperadamente investigarlos.

Sin embargo, tenía de pensar que era un hombre casado y con una hija. Era mejor no ponerme en el camino de la tentación. Además, ya había descubierto tanto en aquel día, que no sabía si podía aguantar más emociones. Dejar mis sentimientos en cuanto a aquel mundo reposar y después volver me pareció mejor idea. Después de todo, el simple hecho de estar allí rodeado de seres que no deberían existir era suficiente para hacerme cuestionar todo lo que creía y sabía sobre el Mundo y la vida.

Para sorpresa de Alice, me disculpé que se estaba haciendo tarde y que tenía a mi mujer esperando. Al principio, insistió para que fuera con ella, pero acabó por dejarme ir. Volví a la pastelería a la superficie y a las calles de Braga. 

No fui a casa inmediatamente. Estaba demasiado entusiasmado con lo que acababa de descubrir. Durante más de una hora, vagué por la ciudad pensando en aquel nuevo mundo, en todas las cuestiones que su existencia levantaba y en futuras exploraciones a otros sitios mencionados en el diario. Ahora, lamento no haberme controlado, no haber simplemente olvidado lo que había visto y seguido con mi vida normal.l

Capítulo 1 – El Libro

La historia de cómo conocí a las Brujas de la Noche es larga y turbulenta. Contarla de forma que todos entiendan implica explicar este mundo paralelo al nuestro, que la mayor parte de la gente no sabe que existe. Como tal, voy a empezar por lo que, para mí, fue el inicio: el evento que me dio a conocer este mundo.

Desde joven que tengo interés por la exploración urbana. A los trece años, me incorporé al grupo de Braga y, durante los años que siguieron, exploré las ruinas de solares, fábricas, monasterios y muchos otros edificios interesantes. Sin embargo, sólo cuando ya estaba cerca de mis treinta años, es que me atreví a hacer una exploración sólo.

Fue a una casa en la parroquia de Palmeira, en las afueras de Braga. Yo la había descubierto durante una de las muchas visitas al Palacio de la Dueña Chica que el grupo organizaba. A pesar que la casa me llamó la atención, más nadie mostró interés en la explorar. Era una casa pequeña, sólo con planta baja, y con nada que la distinga de las que la rodeaban. Pero algo en ella me llamaba. Tal vez porque me recordaba a la casa de mi bisabuela, o porque era antigua y sabía que podía contener testimonios de la vida de antaño, que no se encuentran en ninguna casa moderna.

Así, en una tarde de domingo lloviznosa, cuando mi mujer había ido a visitar a sus padres con nuestra hija, conducí hasta la vieja casa. Tomando cuidado para que los vecinos no me vieran, entré por una ventana cuyos vidrios y persianas habían sido vandalizados.

Del otro lado, encontré lo que era de esperar: una sala llena de vidrios rotos, jeringas y muebles destruidos. Todo lo que tuviera algún valor, ya había sido saqueado hace mucho. Aún así, no me rendí. Con cuidado, temiendo encontrar a alguna persona no recomendable, comencé a explorar la casa.

Entré en el pasillo, que daba acceso a dos divisiones más. Pasando por encima de los restos rotos de puertas, entré en la habitación, donde el escenario no era mejor que en la sala. En la ventana, agitados por el viento, bailaban los trapos que habían quedado de unas cortinas de ganchillo. Montones de ropa cubrían casi todo el suelo, de vestidos negros a sombreros de fieltro, claramente sacados del armario putrefacto y descartados por no tener ningún valor. Curiosamente, y a pesar del interés que los historiadores suelen tener en tales piezas, una cama de hierro, cuya pintura blanca ya había sido casi completamente reemplazada por roya, aún se encontraba en la división, pero boca abajo y arrojada a un rincón. El colchón había sido retirado y puesto en el suelo, apoyado en la pared. Estaba cubierto de manchas rojas, amarillas y blancas; sentí un escalofrío al pensar en todo lo que podía haber allí sucedido.

Me dirigí, entonces, a la división que quedaba: la cocina. El suelo estaba cubierto de vajilla rota, y los armarios, abiertos y vacíos. Todo lo demás, se lo habían llevado.

Desanimado, me preparé para volver a casa. Allí no había nada de interés. Los otros del grupo de exploradores urbanos tenían razón.

Iba a dejar la cocina, cuando un brillo metálico llamó mi atención hacia la pequeña despensa. Allí, por entre los estantes partidos y restos nauseabundos de comida podrida, encontré una puerta. El brillo pertenecía a una primitiva de cerradura de gatillo. La abrí inmediatamente. Del otro lado, encontré una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad. Como era mi costumbre cuando exploraba una estructura, me había llevado una linterna. La luz reveló un sótano en el fondo de las escaleras que, al parecer, no había sido visitado por los vándalos. Tal vez la falta de luz natural los mantuvo alejados.

Peldaño a peldaño, ya que no sabía lo que me esperaba y no tenía certezas en cuanto a la robustez de las escaleras, bajé. En el fondo, me encontré con una verdadera cápsula del tiempo del Portugal de mediados del siglo pasado.

En una esquina, vi a una antigua máquina de coser manual, aún con el pedal y la correa que transmitía el movimiento hasta la aguja. En una mesa justo al lado, descansaba una plancha a carbón. Casi podía ver el humo saliendo de su pequeña chimenea.

En el otro lado del sótano, junto a un sofá de tela podrido, encontré un armario que contenía un radio de válvulas, su carcasa amarillenta testamento de su antigüedad.

Encima de todas las superficies, había testimonios de tiempos pasados: lámparas de petróleo, losas de pizarra, frascos de tinta, etc. Sin embargo, mi mirada recayó principalmente en un cofre de madera agusanada, posado en el suelo al lado de las escaleras. Curioso, lo abrí. No estaba cerrado. Dentro, encontré álbumes con fotografías, algunas de más de cien años. Era triste ver esas fotos de grupos animados, de parejas bailando, de fiestas y pensar que la mayoría de esas personas, si no todas, ya habían partido.

En medio de los álbumes, sin embargo, encontré un pequeño cuaderno. Lo abrí y descubrí que se trataba de un diario. Normalmente, nunca retiro nada de los lugares que exploro, ni creo que algún explorador urbano lo debería hacer, pero tener en las manos el relato de una vida de los tiempos de antaño era demasiado tentador, y mi curiosidad ganó la batalla, como siempre.

Salí de la casa con el libro en el bolsillo. Quería leerlo justo allí en el coche, pero la hora de la cena se acercaba.

Cuando llegué a casa, dejé el libro y me fui a preparar la comida con el resto de mi familia. A pesar de sentirme curioso acerca de su contenido, cené con calma y ayudé a mi hija con los trabajos de casa.

Entonces, me senté al escritorio y empecé a leer. Las historias en el diario eran, de hecho, interesantes, hasta fantásticas, pero de una manera que no había esperado. Mencionaban lugares ocultos en las ciudades, montañas y hasta en el fondo del mar, y encuentros con hadas, vampiros, brujas, duendes y otros seres mitológicos e imaginarios.

¿Sería aquello una obra de ficción, o los desvaríos de un loco? En ese momento, no podía considerar otra opción. Sin embargo, también no podía dejar de leer, porque muchas de las historias se situaban en, o cerca, de sitios que conocía.

Cuando por fin me fui a la cama, ya eran casi las dos de la mañana, y sólo me acosté porque tenía que trabajar al día siguiente. Aún así, con mucho esfuerzo conseguí alejar el libro de mi mente el tiempo suficiente para dormir.