Capítulo 22 – El Gran Conventículo

En los días después de la derrota de los fantasmas del Gerês por las Brujas de la Noche, todo el mundo me decía que me encontraban distraído y cansado. Yo estaba de acuerdo con ellos. Desde esa noche, casi no lograba dormir, y estaba constantemente pensando en lo que podía hacer respecto a las Brujas de la Noche. Contacté a todas las personas que me pasaron por la mente con la esperanza que alguien pudiera decirme qué hacer ahora, pero no tuve suerte.

La Bruja del Mar – que había conocido en Esposende – me llamó por fin, unos días después, para hablarme de un Gran Conventículo que iba a ocurrir en la noche del Sábado siguiente, y que había sido convocado para discutir las Brujas de la Noche. Inmediatamente decidí que estaría allí porque lo que sabía y había visto podría ser útil.

Así que le dije a mi esposa que iba con el grupo de exploración urbana a visitar una fábrica en ruinas en Guimarães. No era totalmente mentira, porque el Gran Conventículo iba a ser, de hecho, en Guimarães, pero en lo alto del Monte de la Penha, cerca del santuario católico allí construido.

Cuando llegó el momento, me subí al auto y me dirigí hacia Guimarães. Por la autopista, tardé 20 minutos en llegar a la ciudad. Subir a la cima de la colina, sin embargo, tomó un poco más de tiempo.

Finalmente llegué a la zona del santuario. Era invierno, así que a esa hora de la noche, las tiendas, los cafés e incluso el hotel estaban cerrados. Estacioné en el aparcamiento principal, que estaba completamente vacío, y salí del auto para buscar el lugar del conventículo.

Entonces recordé por qué me encantaba aquél lugar desde mi primera visita. Era como un parque de diversiones para adultos.

Una muralla falsa separaba el aparcamiento de la ladera. A la derecha de ella, un pequeño descenso llevaba a unas tabernas típicas construidas más abajo, mientras a la izquierda se erigía un montón de rocas sobre el que había sido construida una pequeña capilla. Sin embargo, la verdadera atracción estaba debajo de ella. Pasadizos creados por la superposición de las rocas llevaban a cuevas y nichos subterráneos que habían sido aprovechados para construir capillas y tabernas. Era un lugar que parecía salido de una historia de fantasía.

El conventículo, sin embargo, no iba a ocurrir en esa dirección, sino en la opuesta. Crucé la carretera, pasé por el relativamente reciente santuario y entré en la red de senderos que se dirigían al sur. Parte de ellos pasaba por túneles y pequeñas cuevas entre y bajo rocas, hasta que finalmente emergieron en un espacioso claro.

En el centro de éste ardía una enorme hoguera, en torno a la cual se reunían varios grupos de personas, en su mayoría mujeres. Entre ellas, pude reconocer a algunas como las brujas que había encontrado en Montalegre y en Porto; además, para mi sorpresa, las que habían atacado la Citania de Briteiros e incluso el brujo y curandero de mi tierra natal. Las líderes del Gran Conventículo, las brujas que conocí primero como fuegos fatuos, estaban – como era de esperar – en el centro, junto a la hoguera.

Busqué a la Bruja del Mar, mi aliada que me había llamado allí, y la encontré sola, junto al borde del claro.

Cuando me acerqué, ella dijo:

– ¡Viniste!

– Claro. Los enemigos de las Brujas de la Noche están cayendo como moscas. Tenía que venir a averiguar si alguien puede combatirlas.

– Las Brujas de Briteiros parecen tener alguna idea – dijo ella, apuntando hacia las líderes del conventículo. – Sólo tenemos que esperar hasta que estemos todas aquí.

Sin nada más que decir,, esperamos, en silencio. Pero éste no duró mucho. Una mano venida de atrás me agarró el hombro.

– ¿Tú también estás aquí? – dijo una voz.

Me di la vuelta y encontré a Susana, la demonóloga del norte de Portugal. La joven sostenía una de sus tabletas caseras.

Le presenté a la Bruja del Mar y le expliqué por qué estaba allí.

– Y tú, ¿qué haces aquí? – le pregunté.

– Me gusta mantenerme informada sobre brujas. Ellas suelen invocar demonios. Además, este Gran Conventículo es sobre las Brujas de la Noche y por lo que he oído, necesito empezar a vigilarlas. Algunos sospechan que son demonios disfrazados.

Aunque la hipótesis no me convenció, la verdad es que en ese momento era tan válida como cualquier otra. La naturaleza de las Brujas de la Noche seguía siendo un misterio.

No tuvimos tiempo de decir nada más, ya que las Brujas de Briteiros pidieron la atención de todos.

Así que todos nos juntamos a su alrededor, una de las Brujas de Briteiros dijo:

– Gracias por venir. Me gusta saber que las Brujas de la Noche no nos preocupan sólo a nosotras.

Otra de las Brujas de Briteiros, el hombre, continuó:

– No sé si todas lo saben, pero las Brujas de la Noche han atacado a varias comunidades de criaturas mágicas. No sabemos quién será el siguiente. Podrá ser cualquiera de nosotras.

– Tenemos que juntarnos y hacer algo acerca de las Brujas de la Noche – dijo la Bruja de Briteiros que aún no había hablado. – Son una amenaza para todas.

A pesar de que había un montón de brujas allí con razones para no gustar e incluso odiar a las Brujas de la Noche, tuve la sensación de que aquel gran conventículo había sido convocado porque las Brujas de Briteiros se sentían amenazadas.

– ¿Qué sugieres que hagamos? – preguntó una bruja que yo no conocía.

– Primero, tenemos que reunir nuestras habilidades de adivinación para encontrarlas – dijo la primera Bruja de Briteiros.

Sabía dónde podían empezar a buscar, pero dudé en decírselo. Me costaba confiar en aquellas brujas. Tal vez porque crecí en un país católico, tenía miedo de aquellos que lidiaban con magia y demonios. Por otro lado, las Brujas de la Noche y sus monstruos ya habían matado personas. Tenían un ejército a su servicio. Además me habían hecho parcialmente responsable de algunas de las muertes que causaron al usar los trasgos que yo había liberado del viñedo de los Cerqueira para hacer su trabajo sucio. Teniendo todo en cuenta, no podía dejar de pensar que las brujas de aquel conventículo eran un mal menor.

Avancé hacia la hoguera y me preparé para anunciar lo que sabía.

De repente, el suelo empezó a temblar. Poco después, oí árboles rompiéndose y el trueno de enormes pasos. Las brujas empezaron a mirar alrededor, pero yo no. Ya había pasado por aquello antes, en Tibães. Sabía lo que se acercaba.

De los árboles alrededor del claro emergió una gran variedad de criaturas: gigantes, ogros, trasgos, duendes, entre otras cuyo nombre no conocía. En el momento siguiente, figuras encapuchadas y con largas vestiduras negras aparecieron en el cielo, por encima de nuestras cabezas. Las Brujas de la Noche habían llegado.

Completamente rodeadas, las brujas del gran conventículo se prepararon para luchar. Las Brujas de Briteiros tomaron su forma de fuegos fatuos y tomaron vuelo, mientras que las restantes iniciaron sus diferentes métodos de lanzar hechizos.

Yo, la demonóloga y la Bruja del Mar estábamos muy cerca de la línea de los árboles, así que los monstruos estaban casi encima de nosotros. Nos dimos la vuelta para enfrentarlos. Susana se quedó mirándolos, como si estuviera preguntándose si tendría algún arma efectiva contra esas criaturas; mientras tanto, la Bruja del Mar imitó a sus compañeras y empezó a lanzar un hechizo. Por mi parte, tomé un ramo caído y me preparé para defenderme. Esta vez iba a enfrentar a los soldados de las Brujas de la Noche.

Un ogro y varios trasgos se dirigieron hacia nosotros. Esperé hasta que el primero quedara al alcance de mi arma improvisada y le di un golpe. Éste, sin embargo, agarró la otra punta de la rama y me la arrancó de la mano. Aterrorizado, me preparé para ser aplastado por el enorme mazo que llevaba la criatura. Ésta, sin embargo, me tiró al suelo con una mano y siguió adelante. Luego le hizo lo mismo a la demonóloga.

Los duendes, que venían justo detrás, nos ignoraron y, junto con el ogro, se dirigieron hacia la Bruja del Mar. Pero antes de que la alcanzaran, ella terminó el hechizo. Agua cubrió el suelo bajo las criaturas y rápidamente se infiltró, formando un charco de barro que enterró el ogro casi hasta las rodillas y los duendes hasta el pecho, inmovilizándolos.

Susana y yo nos levantamos y nos preparamos para volver junto a la Bruja del Mar. Fue entonces que nos dimos cuenta que una de las Brujas de la Noche se dirigía hacia ella. Afortunadamente, mi aliada aún tuvo tiempo de lanzar un hechizo. De inmediato, un chorro de agua salió disparado de sus manos contra la criatura atacante. Sin embargo, ésta siguió adelante, cortando el agua casi sin desacelerar. Justo antes de llegar a la Bruja del Mar, enormes garras, de más de 30 centímetros de largo, crecieron de sus manos.

Susana y yo aún intentamos pasar alrededor del charco de lodo y de las criaturas atrapadas en él, y ayudar a mi aliada, pero no llegamos a tiempo. Al acertar un golpe brutal, la Bruja de la Noche lastimó la cabeza de la Bruja del Mar, con sus garras cortando carne, hueso y, fatalmente, llegando al cerebro debajo.

Aterrorizados con aquella sanguinolenta visión, Susana y yo paramos, convencidos de que seríamos las próximas víctimas. Sin embargo, la criatura se alejó y voló hacia otra bruja sin prestarnos atención.

Aproveché esa pausa para mirar a mi alrededor y ver cómo iba la lucha.

El brujo de mi tierra natal estaba postrado en el suelo, muerto, así como algunas de las brujas de Montalegre, de Porto y muchas otras que yo no conocía. Mientras tanto, otras habían logrado invocar a algunos diablillos y, junto con ellos, luchaban con alguno que otro éxito contra los soldados enemigos. Sin embargo, cada vez que una Bruja de la Noche atacaba a los enemigos en el suelo, nada podía detenerla y evitar muertes.

Afortunadamente, tres de las Brujas de la Noche estaban ocupadas en el aire, enfrentándose a los fuegos fatuos. Éstos les lanzaban constantemente pequeñas esferas de fuego que, aunque no les parecían causar heridas, claramente les molestaban e impedían de lanzar hechizos.

Poco a poco, la lucha se extendió más allá del claro del Gran Conventículo. Después de un tiempo, diablillos se enfrentaban a trasgos y duendes en pasadizos construidos bajo rocas, y las brujas lanzaban hechizos desde lo alto de puentes de cemento que imitaban formas naturales.

Sin embargo, aunque era la batalla contra las Brujas de la Noche más equilibrada que había visto, sus fuerzas estaban progresivamente ganando terreno.

Susana y yo matamos a las criaturas atrapadas en el barro de la Bruja del Mar con pequeños cuchillos, pero no habíamos ido allí preparados para combatir, y poco más nos atrevíamos a hacer que atacar enemigos heridos y moribundos.

Finalmente, las brujas del Gran Conventículo sufrieron un golpe fatal. Con la situación en tierra controlada a su favor, las Brujas de la Noche se concentraron en las brujas de Briteiros. Superadas en número, éstas no pudieron mantener a sus adversarias ocupadas. Hechizos empezaron a golpearlas desde todas las direcciones. Relámpagos, esferas de energía, bolas de hielo y muchos otros proyectiles mágicos les acertaban. Uno por uno, los fuegos fatuos volvieron a sus formas humanas y cayeron al suelo, muertos antes de alcanzarlo.

Sin el torrente constante de hechizos de las brujas de Briteiros, las Brujas de la Noche pudieron dedicar toda su atención a las brujas que luchaban contra sus soldados. Si éstas últimas ya estaban perdiendo la batalla, su derrota entonces pasó a inevitable.

Susana y yo seguimos ayudando como podíamos, pero de nada sirvió. En pocos minutos, las pocas brujas sobrevivientes huían lo más rápido que podían por donde les era posible, mientras sus diablillos yacían en el suelo, muertos.

Para nuestra sorpresa (y alivio), las Brujas de la Noche no nos prestaron ninguna atención; sus soldados sólo interactuaban con nosotros cuando eran obligados, y sólo para sacarnos del camino. Sin embargo, la razón para ello era un misterio que tendría que quedar para más tarde. No queríamos arriesgar demasiado, así que volvimos juntos al estacionamiento donde dejé el coche.

Tan pronto los sonidos de lucha y persecución quedaron atrás, comenté:

– Otra victoria para las Brujas de la Noche.

– ¿Cuál será su objetivo? – preguntó retóricamente la demonóloga.

No sabía qué decirle, así que no dije nada.

– Estaré atenta a sus actividades. Algo está pasando, y no es nada de bueno – dijo, dirigiéndose a su vieja Ford Transit.

Me subí a mi coche y me dirigí hacia Braga. Durante todo el camino, me regañé por mi incapacidad en ayudar a detener a las Brujas de la Noche o descubrir lo que querían. Sin embargo, una cosa quedó clara esa noche: estaban tratando de evitar involucrarnos a Susana y a mí en su lucha. ¿Por qué? Era otro misterio que resolver. Aunque no sabía cómo iba a lograrlo. No tenía más pistas que seguir, especialmente ahora que había perdido otro aliado.

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Capítulo 21 – La Guerra de los Muertos

Después de una noche en claro pensando en lo que iba a hacer ahora acerca de los ataques de las Brujas de la Noche, decidí advertir a los espíritus de los muertos en el Gerês. De hecho, no sabía dónde encontrar a ninguno de sus otros enemigos.

Sabía que los muertos no se reunían en su ciudad hasta después de la medianoche, pero aún así quería llegar temprano. No quería que mi advertencia llegara tarde una vez más. Por eso, aunque tenía mucho trabajo, me tomé la tarde libre sin decirle a mi esposa y me dirigí al Gerês.

Dejé el coche en un espacio de tierra junto a la carretera, sobre la misma aldea en ruinas que en mi visita anterior. Bajé al pueblo y desde allí me dirigí a la única entrada que conocía de la ciudad de los muertos. Esta, a pesar de la promesa hecha por el fantasma llamado de El Presidente en mi última visita, todavía estaba en el mismo lugar.

Pero antes de entrar, llamé a mi esposa para decirle que iba a trabajar hasta tarde. No quería tener otra discusión con ella.

Finalmente, bajé por el agujero en el suelo hasta el túnel que llevaba a la ciudad propiamente dicha. Aún faltaba mucho para la medianoche, así que, como esperaba, no había ningún guardia.

Con la ayuda de la pequeña linterna que siempre tenía conmigo, navegué por los pasadizos hasta llegar al ancho y profundo pozo donde se encontraba la ciudad. Que aún no estuviera ningún espíritu allí, no me sorprendió, pero confieso que fue con un poco de asombro que me di cuenta de que los etéreos edificios que había visto en mi última visita tampoco.

Me senté en una roca, junto a la pared, y esperé.

Mi reloj claramente estaba atrasado, porque unos tres minutos antes de la medianoche, los edificios empezaron a aparecer en los salientes a lo largo de la pared del pozo. Desde casas circulares castreñas hasta torres de apartamentos de varios pisos, había edificios de todo tipo y época.

Lo tomé como una señal de que los espíritus de los muertos estaban dejando sus tumbas y formando las procesiones que cada noche se dirigían hacia allí, así que me levanté.

Los primeros fantasmas llegaron diez minutos después. Como la vez pasada, mi presencia no pasó desapercibida. Todos los que pasaban me miraban fijamente. Sin embargo, ninguno me dirigió la palabra, solo siguieron adelante, flotando hacia sus casas etéreas.

Entonces apareció uno que yo conocía, aquel llamado El Presidente. En cuanto me vio, se acercó y dijo:

– ¿No te dije que no volvieras?

Le expliqué por qué estaba allí y le conté sobre los ataques previos de las Brujas de la Noche. No parecía muy sorprendido.

– Su ataque ya está aquí. Algunos de los nuestros vieron a su ejército viniendo hacia aquí. Solo vinimos por nuestras armas.

Miré de nuevo hacia el pozo y vi que varios fantasmas ya regresaban de sus casas con armas blancas etéreas. Como los edificios, estas venían de todas las épocas históricas de la humanidad. Vi espadas, martillos de guerra y mazas, clavas de madera y hachas con cabeza de piedra, facas de caza e incluso nudilleras.

El Presidente me dejó y fue a buscar sus armas, mientras yo seguí la columna de fantasmas ya armados hacia el exterior. Tuve problemas para subir por la entrada, pero al final llegué al valle que estaba arriba.

La noche ya había llegado, sin embargo, el cielo estaba limpio, y la luna y las estrellas radiaban suficiente luz para que yo pudiera ver lo que me rodeaba. Los fantasmas se alineaban no muy lejos de la entrada, formando bloques similares a los utilizados por los ejércitos de la antigüedad y de la Edad Media.

Al principio, no vi a sus oponentes, pero una línea oscura rápidamente apareció en el horizonte. Poco a poco, se acercó, hasta que pude ver algunos puntos oscuros volando sobre ella, probablemente las Brujas de la Noche.

Tardé media hora en ver claramente a los soldados enemigos. Para mi sorpresa, todos eran de la misma raza de criaturas, una que yo nunca había visto antes. Se apoyaban en cuatro patas, pero había inteligencia en sus ojos. Tenían el cuerpo cubierto de pelo y una larga cola que se agitaba detrás y encima de ellos. Sin embargo, su hocico era la característica que más se destacaba. Largo y cónico, se parecía al de un oso hormiguero, pero era más largo y terminaba en una boca mucho más ancha.

El ejército siguió avanzando, pero las Brujas de la Noche se quedaron atrás. Me preguntaba qué podrían hacer esas criaturas a los fantasmas intangibles a mi lado, especialmente sin la ayuda de los hechizos de sus maestras.

Al final, los dos ejércitos se encontraron cara a cara. Los espíritus se alineaban en bloques bien formados. Sus enemigos, por su parte, se asemejaban menos a un ejército y más a una manada dispuesta a caer sobre sus presas en cuanto sus maestras dieran la orden.

– Busca un refugio – me dijo El Presidente, acercándose.

– Quiero ayudar – protesté.

– Mira a tu alrededor. ¿Crees que un solo hombre hará alguna diferencia? Escóndete. Si nos derrotan, al menos alguien tendrá memoria de lo que pasó.

No discutí con él. De hecho, entre aquellos cientos de fantasmas, mi ayuda difícilmente se haría sentir. Si me mantuviera alejado y sobreviviera, al menos podría seguir luchando contra las Brujas de la Noche (aunque en aquel momento no estaba seguro de cómo).

Me alejé unos cientos de metros de los dos ejércitos y me escondí detrás de uno de los muchos peñones de la región.

Poco después, sin previo aviso, las criaturas cargaron contra los fantasmas. Estos, sin saber exactamente de lo que eran capaces sus enemigos, decidieron esperar. Solo unos pocos exploradores voluntarios avanzaron hacia las criaturas.

Segundos después, las dos fuerzas se encontraron. Fue entonces cuando los nuevos soldados de las Brujas de la Noche revelaron su terrible habilidad. Alrededor de un metro antes de que los fantasmas los tuvieran al alcance de sus armas, ellos abrieron sus bocas. De inmediato, con una fuerza irresistible, los espíritus fueron succionados hacia el estómago de sus oponentes.

Así se explicaban las desapariciones de las que los muertos me habían hablado durante mi primera visita.

La reacción que esa visión provocó en el ejército de los muertos fue inmediatamente visible. Los fantasmas, seres que pensaban que nunca más necesitarían temer a nada, entraron en pánico. Algunos intentaron escapar, mientras otros bajaron los brazos y simplemente esperaron. Incluso El Presidente parecía no saber qué hacer.

Después de solamente algunos segundos, los bloques organizados del ejército de los muertos ya no existían. Cuando las criaturas de las Brujas de la Noche llegaron a la mayor concentración de fantasmas, ya no parecían estar librando una batalla, sino cazando presas impotentes.

Vi a espíritus ser succionados por docenas. Sus estómagos eran aparentemente imposibles de llenar.

Los muertos intentaban huir desesperadamente, algunos de vuelta a sus tumbas, otros de vuelta a la ciudad subterránea, pero ninguno llegó a su objetivo. Las criaturas de las Brujas de la Noche eran demasiado rápidas.

Poco a poco, los fantasmas desaparecieron del campo de batalla. Los pocos que quedaban intentaron desesperadamente enfrentar al enemigo, pero fueron succionados mucho antes de poder usar sus armas.

Finalmente, las Brujas de la Noche se acercaron, sobrevolando su victorioso ejército. De los muertos ya no había ni rastro. Era como si nunca hubieran estado allí.

Me quedé en mi escondite. No sabía lo que las Brujas de la Noche podrían hacerme si me encontraran. Afortunadamente, no permanecieron allí por mucho tiempo. Con una rapidez sorprendente, reorganizaron su ejército y desaparecieron en la misma dirección por la que habían venido.

El valle estaba ahora completamente vacío. No había cuerpos ni sangre. Hasta la hierba parecía casi intacta. Si ese fuera mi primer contacto con el mundo oculto paralelo al nuestro, podría haber pensado que todo aquello se había tratado de un sueño o de una alucinación. Sin embargo, sabía muy bien que no era así. Y las Brujas de la Noche habían ganado otra victoria. Aún no estaba más cerca de descubrir su objetivo que cuando empecé a investigarlas, pero a juzgar por los métodos que usaban, solo podía ser algo nefasto.

Ya no había razón para estar allí, así que volví al auto y me dirigí hacia mi casa. Llegué casi a las cuatro de la mañana. Mi esposa y mi hija ya estaban durmiendo.

Me acosté, pero no pude dormir. Esa victoria había eliminado a los últimos enemigos de las Brujas de la Noche que conocía, o al menos que sabía dónde encontrar. ¿Qué iba a hacer ahora en mi intento de detenerlas y hacerlas responder por las muertes que ya habían causado?

Capítulo 20 – La Batalla de los Islotes

Después de pasar una noche en vela preguntándome quién iba a avisar ahora sobre los ataques de las Brujas de la Noche y de su ejército, decidí ir a hablar con el Rey de los Islotes. En nuestra última y única conversación, me dijo que sus súbditos estaban desapareciendo, lo que, ahora sospecho, fue un intento de las Brujas de la Noche de debilitarlos antes del ataque final. Además, siempre podía decirle a mi esposa que iba a visitar a mis abuelos en Viana do Castelo, sin aumentar aún más sus sospechas.

Al día siguiente de mi descubrimiento de la macabra escena en los túneles debajo de Braga, le dije a mi esposa que iba a cenar a casa de mis abuelos y, después del trabajo, me dirigí a Viana.

En realidad, no mentí, porque de hecho visité a mis abuelos, y mi abuela me obligó a quedarme a cenar. Poco después, sin embargo, dejé su casa y contacté a un viejo amigo para que me prestara su barco una vez más.

Nos encontramos junto al río, en el lugar de siempre, y después de una breve conversación sobre lo que había de nuevo en nuestras vidas (y yo inventar una respuesta a la pregunta “¿por qué necesitas el barco tantas veces por la noche?”), subí al bote y empecé a remar hacia el Camalhão, el más grande de los islotes del río Lima y el lugar donde se situaba el trono del Rey de los Islotes.

Estaba a medio camino cuando, en la poco iluminada y deshabitada orilla norte del río, vi un enorme bulto. Paré. Miré con más atención y me di cuenta que era una criatura humanoide, probablemente uno de los gigantes al servicio de las Brujas de la Noche. Gracias a su prodigioso tamaño, él cruzó el río a vado, el agua poco por encima de sus rodillas, y llegó al Camalhão en meros segundos.

Volví a remar. Tenía que advertir a los habitantes de los islotes. Entonces vi más bultos de diferentes tamaños en la orilla. Los más grandes entraron al agua, tirando de cuerdas atadas en el otro extremo a lo que parecían ser balsas, donde seguían los más pequeños.

Al mismo tiempo, empecé a oír ruidos en el Camalhão. Los habitantes estaban atentos y habían detectado al enemigo en cuanto apareció. El primer gigante fue el blanco de una verdadera lluvia de diminutos proyectiles, mientras los juncos alrededor de sus pies se movían, probablemente agitados por pequeñas criaturas de los islotes atacando cuerpo a cuerpo. Sin embargo, el atacante no caía, y sus compañeros rápidamente llegaron al Camalhão.

La batalla había empezado. Ya no había nadie a quien avisar. Pensé en unirme a los habitantes de los islotes y luchar, pero ¿qué podía hacer? No tenía armas, y aunque las tuviera, no sabría cómo luchar contra aquellos enemigos. Eché el ancla y me quedé solamente mirando.

Aunque no podía ver las diminutas criaturas de los islotes, veía sus proyectiles, los movimientos de los juncos y la reacción del enemigo. Parecían estar luchando bien. Vi a varios de los monstruos más pequeños al servicio de las Brujas de la Noche caer, y al primer gigante en llegar al Camalhão ser obligado a arrodillarse, aunque él siguió luchando.

Sin embargo, a pesar de todo aquello esfuerzo, los invasores seguían avanzando. No podía ver las bajas que provocaban, pero tenía que asumir que eran significativas.

Aunque lenta, su victoria parecía segura, hasta que los juncos a su alrededor comenzaron a moverse. En cuestión de segundos, crecieron y se enrollaron formando cuerdas y redes que detuvieron a los invasores.

Poco después, una forma con unos cuatro metros de altura apareció en el Camalhão, probablemente salida de uno de los muchos regueros que atravesaban el islote. Armado con una enorme clava, atacó al gigante arrodillado, aplastándole la cabeza. Solo podía tratarse del Rey de los Islotes.

Con el enemigo paralizado y su monarca a su lado, los habitantes de los islotes redoblaron sus esfuerzos, y muchos de los invasores cayeron. Mas seguían llegando venidos de la orilla del río, pero apenas ponían los pies en el Camalhão, eran inmediatamente presos por los juncos. La victoria de los habitantes de los islotes empezaba a parecer no solo una posibilidad, sino casi una certeza.

Entonces algo pasó volando sobre mí. Miré al cielo y vi cinco figuras encapuchadas abatiéndose sobre el Camalhão. El viento traía sus voces hacia mí, cantando los cánticos que invocaban sus hechizos. El primero hizo que los juncos en el área de la batalla y su alrededor se pudrieran y se deshicieran, liberando a los soldados de las Brujas de la Noche, mientras los siguientes hicieron caer un verdadero torrente de bolas de fuego sobre el Rey de los Islotes.

Este usó sus propios hechizos para defenderse, erigiendo barreras invisibles para bloquear los ataques del enemigo. Sin embargo, atacado de varias direcciones, no pudo aguantar mucho tiempo. Algunos minutos más tarde, lo vi caer. Después de eso, las criaturas atacantes rápidamente se extendieron por todo el Camalhão.

Pequeños barcos, cargando grupos de las diminutas criaturas que habitaban allí, comenzaron a dejar el islote, tratando de escapar hacia uno de los otros. Sin embargo, no eran muchos, y difícilmente podrían armar una resistencia si las Brujas de la Noche decidieran conquistar el resto de su reino. A todos los efectos, la batalla había terminado.

Remé de vuelta a la orilla. En algunos puntos de esta, así como en el puente que cruzaba el río y pasaba sobre el Camalhão, vi a algunas personas intentando entender lo que estaba pasando en la isla. Dudo que hubieran entendido exactamente lo que estaban viendo, y aunque lo hicieran, no eran suficientes para revelar ese mundo oculto del nuestro. Aún así, Almeida y el resto de la Organización no quedarían satisfechos.

En el viaje a casa, no podía evitar pensar que las Brujas de la Noche habían logrado otra victoria. Cualquiera que fuera su objetivo, estaban más cerca de alcanzarlo.

Y yo, una vez más, había llegado demasiado tarde para avisar a sus víctimas.

Capítulo 19 – El Primer Ataque

Como pueden imaginar, después de mi encuentro con las Brujas de la Noche en los jardines del Monasterio de Tibães y de ver el ejército que estaban reuniendo, quedé ansioso por discutirlo con alguien. Como no quería que mi familia y amigos fueran expuestos a la existencia de ese mundo paralelo al nuestro y a los peligros que pudieran derivarse de ello, la primera persona que se me ocurrió fue Alice. Después de todo, los de su raza parecían ser uno de los blancos de las Brujas de la Noche.

A pesar de que era una época de mucho trabajo, al día siguiente salí apenas cumplí con mi horario y me dirigí al Bar de las Hadas. Lo que había descubierto me parecía demasiado importante para esperar.

Para mi sorpresa, cuando llegué a la pastelería que servía de enlace entre el mundo en la superficie y el bar subterráneo, descubrí que estaba cerrada. Miré hacia adentro y no había señales de haber abierto ese día, entre otras cosas porque el correo estaba amontonado detrás de la puerta. Intenté llamar a la puerta, pero nadie respondió.

La entrada principal al mundo que existía bajo Braga estaba cerrada. Después de lo que había visto la noche anterior, empecé a preocuparme. Intenté calmarme diciéndome a mí mismo que la pastelería podría estar cerrada por varias razones más mundanas.

Por suerte, yo conocía otra entrada. Así no tenía que torturarme imaginándome lo que habría pasado.

Entré en mi coche, estacionado junto a mi oficina; acto seguido me dirigí al monte del Bom Jesus. Al acercarme a mi destino, empecé a sentirme un poco tembloroso. La otra entrada estaba cerca de la Villa Marta, la casa de los Cerqueira. No sabía hasta qué punto Henrique Cerqueira sabía de mi participación en la fuga de los trasgos que usaba como esclavos en el viñedo de la familia, pero no quería ser visto.

Por suerte, llegué al arbusto que ocultaba la segunda entrada sin encontrar a nadie.

Me adentré en la vegetación y llegué a la pequeña cueva que daba acceso al mundo oculto debajo de Braga. Después de unos pocos metros, donde el pasaje comenzaba a quedar más ancho, esperaba encontrar un guardia como en mi última visita, pero no había nadie allí.

Confieso que me pareció extraño, incluso alarmante, pero seguí adelante, aunque con más cuidado. ¿Habrían ya llegado las Brujas de la Noche y sus fuerzas?

Me dirigí a la estación más cercana del metro que conectaba las diferentes partes de aquella ciudad subterránea. Cuando llegué, una vez más, no vi a nadie. Esperé.

Durante más de media hora, quedé allí, en la plataforma, pero no vi ni rastro de otros pasajeros ni de la criatura que hacía de transporte. Empecé a pensar en caminar hasta el Bar de las Hadas, pero no conocía el camino a través de los túneles peatonales, así que seguí esperando.

Pasados veinte minutos sin ver movimiento, decidí tomar el único camino que conocía, el túnel del tren vivo.

Con la ayuda de la pequeña linterna que siempre tenía conmigo, pues el gran paso no tenía ninguna fuente de luz, me dirigí al noroeste. A medida que avanzaba, me mantuve atento a cualquier ruido, no fuera a pasar el tren y atropellarme.

Durante más de una hora, durante la cual pasé por muchas otras estaciones, no vi ni oí nada importante. Mi temor de que las Brujas de la Noche y su ejército ya habían llegado allí aumentaba, pero no había señales de ello. Parecía que las criaturas que habitaban aquellos túneles simplemente habían desaparecido.

Finalmente, la linterna iluminó algo que bloqueaba el túnel. Me acerqué con cuidado. Poco después, vi su color marrón rojizo, luego me di cuenta de que no era un derrumbe; sin embargo, no fue hasta que llegué al bloqueo que descubrí de qué se trataba: el corpo de la criatura que servía de “tren”. Sus cientos de delgadas piernas estaban dobladas junto al cuerpo, su enorme y casi humana cara se encontraba congelada en una expresión de terror y dolor. A su alrededor yacían pedazos de madera y vidrio rotos, restos de las cabinas que llevaba a la espalda en lugar de carruajes.

Ahora estaba seguro de que algo había pasado, seguramente el ataque de las Brujas de la Noche que yo temía. Había llegado demasiado tarde para avisar a los habitantes de aquellos túneles. Pero tal vez aún podría ayudar. De todos modos, no iba a volver atrás.

La criatura ocupaba toda la anchura del túnel y más de la mitad de la altura, así que tuve que subir por su cuerpo para llegar al otro lado.

Cuando mis pies tocaron el suelo, iluminé la nueva sección del túnel. El escenario era completamente diferente de lo que había visto hasta entonces. Cuerpos de criaturas de diferentes tamaños y formas cubrían el suelo, la mayoría de las cuales pertenecían a razas que yo ya había visto en el Bar de las Hadas. Algunos tenían marcas de quemaduras, mostrando que habían sido muertos por llamas o hechizos, pero la mayoría parecía haber sido abatida por armas contundentes.

Ante ese panorama, consideré dejar los túneles, pero pensé una vez más que tal vez aún podría ayudar a alguien y seguí adelante.

La escena se repitió a lo largo del túnel hasta que llegué a la estación siguiente. Entonces aparecieron los primeros cuerpos de ogros, duendes, ogrons y otras criaturas que yo sabía que estaban al servicio de las Brujas de la Noche, aunque eran mucho menos que los de los habitantes. Parecía que estos últimos habían quedado atrapados en el túnel debido al cuerpo del tren y fueron masacrados.

Aquella era la estación más cercana al Bar de las Hadas, así que dejé la zanja donde el tren había circulado, subí a la plataforma y entré en los túneles peatonales.

En los pasillos, no había muchos cuerpos, pero todas las casas, salas y túneles sin salida tenían el suelo cubierto de habitantes locales muertos.

Finalmente llegué al Bar de las Hadas. La puerta estaba tirada en el suelo, así que lo que encontré dentro no fue una sorpresa. Había cuerpos por todas partes, junto con mesas, sillas y vasos rotos. El balcón había sido destrozado y con él, el conducto que canalizaba el agua que los clientes solían beber. Por lo tanto, ésta ahora goteaba del techo directamente al suelo, empapándolo. El bar no estaba inundado sólo porque el agua se drenaba por un agujero en la base de una de las paredes.

Admirablemente, la puerta que daba acceso a la pastelería arriba y, a través de ella, al mundo en la superficie, estaba cerrada. A pesar de estar atrapados y ante una muerte segura, los clientes del bar no revelaron su existencia al mundo exterior.

Busqué entre los cuerpos por alguien que yo conociera. Dos de las personas que me habían ayudado a liberar a los trasgos del viñedo de los Cerqueira estaban entre las víctimas, pero Alice, mi contacto principal y la persona de aquél mundo que yo conocía mejor, no. Tenía esperanza que ella se hubiera salvado, aunque lo más probable es que estuviera muerta en algún lugar de aquél subterráneo.

Pensé en explorar un poco más y buscar sobrevivientes o hasta las Brujas de la Noche y sus soldados, pero rápidamente abandoné esa idea. Nada de lo que vi indicaba que hubiera sobrevivientes en aquellos túneles, y si los hubiera, estarían escondidos donde un simple visitante como yo nunca los encontraría. Por otro lado, las muertes parecían haber ocurrido algún tiempo antes y no he visto ni oído ninguna señal de que los asesinos aún estuvieran allí.

Recorrí el camino de vuelta al exterior y a mi auto. Sólo esperaba que hubiera sobrevivientes para enterrar a los muertos.

Cuando llegué a casa, tuve una gran discusión con mi esposa. Se me había olvidado avisarle que iba a llegar tarde para cenar y como en los túneles yo no tenía señal en mi móvil, ella no pudo contactarme. Tuve que inventar una excusa, ya que no quería exponerla al extraño mundo que estaba explorando. No quedó muy convencida, pero al menos se calmó.

Después de cenar mi ya fría cena y ayudar a mi hija con los deberes, me fui a la cama. No dormí mucho anoche. No podía dejar de pensar en qué otros lugares las Brujas de la Noche atacarían y lo que yo podría hacer al respecto sin aumentar las sospechas de mi esposa.

Capítulo 18 – La Cabra de Tibães

Algunos dicen que las cosas sólo aparecen cuando no las estamos buscando. Aunque nunca creí mucho en ello, eso no significa que a veces no sea verdad.

Todo comenzó cuando, en una tarde de invierno, leí en un periódico local que una cabra estaba aterrorizando a los habitantes de la comarca de Tibães. El caso era notablemente similar a las historias contadas sobre la cabra de Cabanelas, acontecida en los años treinta, mencionada frecuentemente en libros sobre leyendas del norte de Portugal.

Narraba la noticia de que una cabra negra aparecía al anochecer sobre el cementerio de Tibães y que, maullando como un gato, hacía vuelos rasantes sobre todos los visitantes hasta echarlos de allí.

Curioso con la reaparición de la leyenda, decidí tomar otro descanso en mi búsqueda por las Brujas de la Noche y un día, después del trabajo, me dirigí al cementerio.

Aunque los días se estaban haciendo más largos, aún anochecía temprano, así que cuando llegué allí, el Sol estaba a punto de desaparecer detrás del horizonte.

Cuando entré en el cementerio, me di cuenta de que no era el único que esperaba ver a la cabra. Aparte de dos personas que intentaban apresurarse a poner flores nuevas en una tumba, nadie prestaba atención a los difuntos. De hecho, casi todas las miradas estaban fijas en el cielo, así como celulares y cámaras. Me acerqué a una de las paredes y esperé.

Poco a poco, empezó a oscurecer. Las dos personas que se ocupaban de la tumba dejaron el lugar casi corriendo. Atrás sólo me quedé yo y una veintena de espectadores.

Los minutos pasaron y siguió oscureciendo, hasta que sobre nuestras cabezas, oímos un extraño maullido. En la cima del muro opuesto se encontraba una cabra. Para mi sorpresa tenía un aspecto bastante común: pelaje marrón y negro de diferentes tonos, dos pequeños cuernos en la parte superior de la cabeza y una chiva en la barbilla.

Entonces, volvió a maullar y con un salto, dejó la pared. Pero, en vez de aterrizar en el suelo, empezó a correr en el aire.

Se dispararon flashes por todas partes con los curiosos tratando de documentar aquel extraño fenómeno. Ese fue el momento en que la cabra realizó su primer vuelo rasante. Hombres y mujeres se tiraron al suelo tratando de evitar a la criatura, que volaba por encima de las cruces y lápidas a una velocidad increíble.

Aunque al principio los otros siguieron observando la cabra, ésta realizó un vuelo rasante tras otro, hasta que todos comenzaron a arrastrarse hacia la salida. Yo, sin embargo, me escondí bajo un banco de piedra adosado a la pared de la capilla funeraria y esperé.

Pocos minutos después, sólo yo me encontraba en el cementerio. Mientras tanto, los otros curiosos subían a sus autos y huían. Entonces la cabra se retiró, desapareciendo detrás de la pared norte. En ese momento, salí de mi escondite y la seguí.

Subir la pared no fue fácil, pero apoyándome en la lápida de una tumba cercana (en ese momento no pensé en ello, emocionado como estaba, pero confieso que ahora me parece algo irrespetuoso), logré pasar al otro lado.

El cementerio de Tibães fue construido junto al monasterio medieval de Tibães, uno de los monumentos más conocidos de la Comarca de Braga, por lo que ahora me encontraba en sus extensos jardines.

Cuando toqué el suelo, vi a la cabra volando por encima de los cultivos, así que empecé inmediatamente a seguirla. La persecución no fue fácil, ya que el camino era de tierra batida y mientras tanto la noche había llegado en pleno y no me atrevía a encender la linterna que siempre llevaba conmigo para no delatar mi presencia.

Poco después, la cabra me llevó al bosque que limitaba las tierras del monasterio al sur. Gracias a una de mis visitas anteriores, sabía exactamente a dónde iba: hacia el lago artificial creado en un claro cercano.

Aunque conocía el sendero que llevaba allí, algo me dijo que no lo usara, por lo que decidí acercarme cubierto por la vegetación. Tan pronto como vi el lago, mi cautela se reveló justificada.

Para mi sorpresa, junto a la pared decorada de la que emergía el agua que llenaba el lago, ardía una gran fogata, probablemente más alta que yo. Alrededor de ésta, había cinco figuras encapuchadas, todas iguales a la bruja de la noche que había visto en esa casa abandonada. ¡Por fin había encontrado a las Brujas de la Noche! Y mientras investigaba algo aparentemente sin ninguna relación con ellas.

Era obvio que la cabra era creación suya, probablemente para alejar a la gente de la zona, pero me faltaba entender por qué.

Respiré profundamente una y otra vez. Una vez más, me preparaba para enfrentar a un grupo de brujas. Sin embargo, éstas no eran brujas comunes ni simples candidatas a ser Brujas de la Noche. Éstas eran ellas. Ya habían matado a humanos antes, aunque de manera indirecta. Por otro lado, la idea de que me habían dejado ir ileso después de nuestro último encuentro me reconfortaba.

Iba a salir de mi escondite y bajar al lago cuando oí un ruido detrás de mí. Me refugié inmediatamente entre un arbusto, el cual me ocultaba en todas las direcciones. Segundos después, pasó cerca de mí una criatura enorme, con más de tres metros de altura. A primera vista parecía humana, aunque en la oscuridad, no podía ver su cara. Sus piernas eran como troncos de árboles y su cuerpo extremadamente ancho, pero caminaba con la espalda doblada.

Después de ese avistamiento, empecé a oír ruidos por todas partes. Bultos de todas las formas y tamaños empezaron a aparecer entre la vegetación, algunos mucho más grandes que el ogro original. No sé de dónde salieron, pero todos se dirigían al lago artificial.

Cuando la primera de las criaturas llegó a la orilla, las brujas comenzaron a entonar un cántico y a agitar rítmicamente los brazos por encima de la cabeza.

Durante un minuto, no pasó nada. Entonces, el agua del lago empezó a agitarse. Poco después, subió por encima de la orilla, pero no comenzó a correr hacia afuera. Era como si estuviera siendo contenida por una barrera invisible.

Con cada instante que pasaba el agua se levantaba más y más, hasta que, para mi sorpresa, formó una enorme burbuja a diez metros sobre el lago. Éste estaba ahora vacío y con su lecho expuesto. Las criaturas comenzaron a descender por la superficie llena de barro hasta que desaparecieron bajo el borde.

Durante la siguiente media hora, más y más criaturas emergieron de entre los árboles y entraron en el lago vacío. Mientras tanto, las Brujas de la Noche continuaron su canto, probablemente para mantener el agua flotando en el aire.

Finalmente, cuando la última de las criaturas desapareció, las brujas se detuvieron. Con un estruendo, el agua cayó, llenando de nuevo el lago artificial. En ese momento, el fuego junto a las Brujas de la Noche se apagó y cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo a la oscuridad, ellas habían desaparecido.

Después de eso, me mantuve varios minutos en mi escondite, confuso, intentando entender lo que estaba pasando. Las Brujas de la Noche estaban reuniendo un ejército. Si todas las noches en que la cabra apareció hubiera ocurrido lo mismo que en esa noche, ya tendrían un gran número de soldados. ¿Pero cuál sería su propósito?

¿Fueron los ataques a las casas de las hadas con falsos accidentes automovilísticos (que me llevaron a investigar a las Brujas de la Noche) sólo un intento de debilitar al enemigo antes de la incursión definitiva? ¿Tendría todo aquello alguna relación con las misteriosas desapariciones de fantasmas en la ciudad de los muertos y de los súbditos del Rey de los Islotes?

Finalmente, el frío me llevó a dejar mi escondite y, cruzando otra vez la pared del cementerio, volví al exterior y a mi auto. No había nadie cerca. La cabra tenía cumplido su propósito y había alejado a todos del monasterio y de la zona circundante.

Después de lo que había acabado de ver, volví a casa preocupado, incluso asustado. Las Brujas de la Noche tenían un ejército. Aunque hasta ese momento todas las muertes humanas que habían provocado parecían haber sido daños colaterales, eso ahora podría cambiar. Incluso si no atacaran a humanos, su objetivo principal sería sin duda alguna las criaturas que vivían en ese mundo oculto del nuestro; yo ya había caminado entre ellas y conocido las suficientes como para que eso me afectara emocionalmente.

Esa noche no pude dormir pensando en lo que iba a hacer con todo aquello. Si hubiera algo que pudiera hacer.

Capítulo 17 – Fuegos fatuos

Al igual que la anterior, esta investigación comenzó en un foro en línea que hablaba del avistamiento de extrañas luces, esta vez en la Citania de Briteiros; sin embargo, también estaba asociada con las brujas y el diario que había encontrado, ya que una de sus entradas reunía varias historias de segunda mano que contaban que brujas poderosas habitaban ocultas entre las ruinas. Mi predecesor, tímido como era, nunca intentó confirmar estas historias, pero su existencia y el aparecimiento de las luces parecían más que una coincidencia y yo tenía que investigar.

Una noche, después del trabajo, llamé a mi esposa para decirle que iba a trabajar hasta tarde y, después, me dirigí hacia la citania. No quedaba lejos de mi trabajo, pero parte de la carretera era muy exigua, con muchas curvas con poca visibilidad, por lo que requería una conducción cuidadosa. Como tal, me llevó más de media hora llegar allá.

Aparqué en un pequeño espacio de tierra junto a la carretera, frente a la entrada de la citania. Aunque aún no era de noche, ya había empezado a anochecer, y las ruinas se encontraban cerradas. Decidí aprovechar el poco de luz que quedaba para buscar otra forma de entrar.

Recorrí casi todo el perímetro de las ruinas adyacente a la carretera. Finalmente, un centenar de metros abajo de donde dejé el coche, encontré un espacio entre la red y el suelo lo suficientemente grande como para pasar. Arrastrándome de espaldas en el suelo y empujando la red hacia arriba, logré entrar.

Estaba, ahora, junto a las ruinas de unos baños situados en el punto más bajo de la citania. Incluso con la creciente oscuridad y mi desesperación por descubrir los orígenes de las luces, no pude dejar de admirar la llamada Piedra Formosa de los baños, grabada con motivos celtas.

Empecé a subir una ancestral calle, la misma que los habitantes de la edad del hierro usaban en su día-a-día, flanqueada por una conducta que llevaba agua a los baños. La subida no fue fácil, ya que la acera era irregular y bastante empinada, pero, por fin, llegué a la zona donde se concentraba la mayor parte de las ruinas de casas.

Después de descansar un poco, decidí seguir subiendo hasta la cima de la acrópolis. Siendo el punto más alto de la citania, era el lugar ideal para quedar de vigía y ver las luces que allí fui a buscar.

Subí por otro de los caminos originales. Este serpenteaba por entre las ruinas de los varios complejos familiares, en los cuales casas circulares construidas alrededor de un patio central se encontraban rodeadas por una pared más alta que yo.

Pasé, también, junto a la muralla interior y su puerta norte. A pesar de que, en la oscuridad, no las podía ver, sabía, gracias a mi visita anterior, que había otras dos murallas además de aquella.

Finalmente, llegué a la cima de la acrópolis. Además de dos casas reconstruidas, allí quedaban las ruinas de un gran edificio circular con bancos de piedra en la pared. Según las lecturas que hice antes de mi visita anterior, los arqueólogos pensaban que se trataba de la casa donde los gobernantes o los ancianos se reunían para discutir y resolver los problemas de la población.

Desde allí, podía ver toda la citania, pero no vi ninguna señal de las luces que los rumores mencionaban. Sin embargo, aún era temprano, por lo que me apoyé en una de las casas reconstruidas y esperé. Sólo esperaba que aquella no fuera una de las pocas noches sin ocurrencias de ese mes.

La primera señal de que algo iba a suceder, sin embargo, no fue la aparición de luces, sino de formas que se movían más abajo, en la oscuridad. Estas surgieron de un punto casi opuesto a aquel por donde yo había entrado, por lo que me pregunté cómo habían cruzado la red.

Poco a poco, se acercaron a un pequeño patio situado entre los complejos familiares debajo. Fue entonces que, gracias a la luz de la luna y de las estrellas, me di cuenta de que se trataba de cinco mujeres vestidas de negro. La idea de que podían ser las Brujas de la Noche me pasó por la cabeza, pero pronto la descarté. Estas mujeres no tenían las caras cubiertas ni la envergadura de las criaturas que yo buscaba.

Entonces, las luces que buscaba aparecieron. Surgieron, primero, como pequeñas esferas de llamas verdes en un pequeño bosque junto al exterior del perímetro de la citania. Sin embargo, rápidamente se acercaron, al mismo tiempo que aumentaban de tamaño e intensidad.

Al verlas, las cinco mujeres buscaron inmediatamente refugio entre las ruinas. Esperaron que los fuegos fatuos se acercasen un poco más, y, entonces, comenzaron a recitar extraños y elaborados cantos. Para mi sorpresa, instantes después, un torrente de granizo se abatió sobre las llamas vivientes, a pesar de que el cielo estuviera limpio. En pocos segundos, ellas y el terreno alrededor estaban cubiertos por un montón de hielo.

Hasta el momento, no había visto tal demostración de poder por parte de ninguna bruja, por lo que, por un momentos, me pregunté si aquellas cinco mujeres realmente no eran las Brujas de la Noche.

Las atacantes esperaron un poco para asegurarse que tenían neutralizando su objetivo. El monte de hielo no se movió y, entonces, ellas salieron de sus escondites.

– Lo logramos – dijo una de ellas. – Ahora somos las brujas más poderosas del norte de Portugal.

– Parece que sí – respondió otra, con una sonrisa en los labios.

– ¿Seguras? – preguntó una tercera mirando, desconfiada y amedrentada, hacia la pila de granizo. – Ellas ya han sobrevivido cosas peores.

– Estoy segura – dijo la primera. – Esta vez encontramos su debilidad.

En ese instante, el monte de hielo empezó a temblar. Unos segundos después, con una explosión, los fuegos fatuos emergieron del granizo.

Las invasoras corrieron de vuelta a sus refugios y comenzaron un nuevo cántico. Sin embargo, esta vez, sus oponentes entraron en acción.

Con una rapidez increíble, uno de ellos impactó contra una de las brujas, tirándola varios metros hacia atrás. Otro disparó un extraño relámpago verdoso que bordeó la cobertura y alcanzó a la atacante que estaba detrás. Después, los tres se unieron y comenzaron a moverse rápidamente en un círculo. Una lluvia de pequeñas esferas de llamas verdes cayó, entonces, sobre las tres invasoras aún en combate. Apenas tocaban sus ropas, las incendiaban. Extrañamente, las que fallaron y dieron en el suelo, se apagaron al instante sin siquiera quemar la vegetación.

Las atacantes se tiraron al suelo para apagar las llamas. Cuando se volvieron a levantar, decidieron aceptar la derrota y, después de coger a sus dos amigas inconscientes (o tal vez muertas), huyeron hasta desaparecer en la oscuridad de donde habían surgido.

Los fuegos fatuos permanecieron inmóviles durante unos minutos. Yo me quedé donde estaba, observándolos, esperando que, al irse, me llevasen a algo que indicara su origen. Después de todo, las mujeres que habían enfrentado eran claramente brujas. ¿Será que ellas tienen alguna relación con las Brujas de la Noche?

La verdad pronto se reveló y me cogió completamente de sorpresa.

Las llamas de los fuegos fatuos empezaron a crecer y a cambiar su forma. De repente, desaparecieron por completo, revelando tres personas: dos mujeres y un hombre.

– Espero que este sea el último de estos ataques – dijo el hombre. – Luchar con estas brujas de segunda categoría se está tornando aburrido.

– Es el precio de la fama – respondió una de las mujeres.

– ¿Qué pretenden ellas con esto? – preguntó la otra mujer. – ¿Ocupar nuestro lugar? ¿Creen que si nos derrotan van a ganar nuestro poder?

Claramente, aquellas personas eran brujas poderosas; sin embargo, no tenían el tamaño ni las vestimentas de las Brujas de la Noche, por lo que asumí que no eran ellas; además, estas últimas difícilmente podían ser llamadas famosas, pero tal vez estas tres sabían algo que me pudiera ayudar.

Respiré profundo para reunir coraje antes de, una vez más, hablar con un grupo de brujas.

Me levanté y llamé por ellas. Sin una palabra, se convirtieron de nuevo en fuegos fatuos y volaron hasta la acrópolis, donde me cercaron. Después, volvieron a su forma humana.

– ¿Quién eres tú? – preguntó el hombre. – No me digas que eres algún brujo que también nos quiere enfrentar.

– No, no – respondí de inmediato.

Les conté, entonces, sobre mi búsqueda por las Brujas de la Noche y lo que me había llevado allí.

– Sabes, nosotros también estamos muy interesados en las Brujas de la Noche. Nadie sabe quiénes son, qué quieren o de dónde vinieron. Esto las convierte en un peligro para nosotros.

– ¿Saben dónde puedo encontrarlas?

– Desgraciadamente, no – respondió la otra mujer. – Si lo supiéramos, ya habríamos hablado con ellas. Siempre intentamos convencer a todas las brujas y usuarios de la magia del Norte de unirse a nuestro Gran Conventículo.

– Ven con nosotros – dijo la primera mujer. – Vamos a mostrarte la información que tenemos sobre las Brujas de la Noche. Tal vez, si combinamos nuestros conocimientos, podamos descubrir algo.

– ¿Creen que deberíamos mostrarle nuestro escondite? – preguntó el hombre.

– Él ya ha lidiado con brujas antes. Sabe que, si dice algo a alguien, podemos poner una maldición sobre él y todos los que ama – dijo la primera mujer. – Además, todo el mundo sabe que estamos aquí en la citania y que nuestro escondite no debe quedar lejos.

Ellas me llevaron, entonces, hasta una de las casas castrenses reconstruidas. El hombre sacó una llave del bolsillo, que utilizó para abrir la puerta, y entramos. Dentro estaba oscuro, la única luz era la pálida luminiscencia de la luna y de las estrellas que entraba por la puerta, sin embargo, era suficiente para darme cuenta de que el lugar se encontraba vacío.

Mientras me preguntaba por qué me habían llevado allí, una de las mujeres apartó un poco de la paja que cubría el suelo y levantó una pequeña losa de piedra. Para mi sorpresa, debajo de esta, se encontraba un pequeño teclado retro iluminado. La bruja introdujo un código numérico y el suelo empezó a temblar.

– Retrocede un poco – dijo el hombre, tirándome hacia atrás suavemente por el hombro.

Una parte del suelo bajó y se deslizó hacia un lado, revelando unas escaleras metálicas que bajaban verticalmente hasta un túnel de concreto. La mujer que abrió la trampilla descendió primero, seguida por el hombre. Yo entré en tercero, mientras que la última bruja se quedó atrás para cerrar la trampilla.

El túnel estaba bien iluminado y era corto, desembocando menos de dos metros después en una sala mucho más amplia que la casa reconstruida en la superficie.

Era un lugar extraño. Como el túnel, tenía paredes de cemento, dándole un aspecto de búnker. Mesas de trabajo con ordenadores y tabletas se mezclaban con bancas de trabajo donde reposaban morteros, cuchillos, hoces, botellas y vasijas con varios líquidos de diferentes colores. Manojos de hierbas colgaban del techo, así como patas de gallinas y bolsas tejidas llenas de huesos. En las paredes, se veían recortes de prensa y fotos de personas, algunas de las cuales reconocí como actores de la política nacional e internacional.

Exactamente lo que aquellas brujas hacían allí, no sé decir, pero era obvio que eran más poderosas que las de cualquier otro conventículo que había encontrado antes.

Una de las mujeres me llamó a uno de los ordenadores y comenzó a mostrarme videos donde figuraban las Brujas de la Noche. Confieso que quedé sorprendido, asustado incluso, con todos los lugares donde aquellas brujas tenían ojos. Vi imágenes de las Brujas de la Noche en las montañas del Gerês, en las calles de Porto, sobrevolando el río Lima, hasta en los túneles ocultos debajo de Braga. Incluso, me mostraron un video de mi encuentro con una de las Brujas de la Noche, cuando perseguí a uno de los trolls bajo su mando. Eran imágenes tomadas desde el exterior de la casa abandonada donde encontré la criatura, seguramente por un dron. Por desgracia, la máquina no fue suficientemente rápida para seguir la bruja encapuchada hasta su escondite.

A pesar de que los vídeos mostraban varios sitios donde las Brujas de la Noche habían estado, incluso sumados al conocimiento que había obtenido durante mi búsqueda, no ayudaban a descortinar sus motivos o paradero; de hecho, crearon aún más preguntas.

Sin nada más que hacer allí, me despedí de las brujas. Después de repetir sus amenazas de lo que me pasaría si revelara a alguien su escondite, me dejaron ir.

En el regreso a casa, no pude dejar de pensar que estaba cada vez más confundido. Cuanto más sabía sobre las Brujas de la Noche, menos comprendía. ¿Alguna vez iba a encontrarlas y hacerlas responder por las muertes que habían causado?

Capítulo 16 – Luces en el Cielo

Como parte de la exploración del mundo paralelo al nuestro que el diario que encontré me reveló, suelo seguir los foros y blogs nacionales de paranormal y ufología, no vaya uno de ellos revelar algo que merezca mi atención. Fue una de esas lecturas que dio inicio esta investigación.

En los foros de ufología, había una gran emoción acerca de unas extrañas luces que estaban apareciendo sobre el Monte del Pilar, en las afueras de la Póvoa de Lanhoso. Es claro que, sólo eso, no llegaría para despertar mi curiosidad, pues rumores de luces no identificadas en el cielo eran frecuentes. Lo que realmente hacia este caso especial eran las historias de hombres que cortaban la carretera de acceso a la cima del monte durante estas ocasiones. Pensé luego en la Organización, y, si la Organización estaba presente, era porque algo realmente pasaba.

Dejando de lado la búsqueda por las Brujas de la Noche durante algún tiempo, un sábado por la noche, momento en el que los avistamientos solían ocurrir, me dirigí a la Póvoa de Lanhoso. Esa noche, mi mujer estaba en la casa de su madre, que estaba nuevamente enferma, y mi hija se había ido a pasar el fin de semana con una amiga, por lo que no tuve que inventar una excusa.

Dejé el coche junto a la iglesia construida en la base del Monte del Pilar, al lado de la carretera que llevaba hasta la cima, para investigar el presunto bloqueo. De hecho, apenas pasé la primera curva me encontré con dos coches atravesados en el camino, bloqueando el paso. Detrás de ellos, cinco hombres vigilaban la carretera.

Al contrario de lo que yo había asumido, estos no parecían ser miembros de la Organización. Estaban armados con bates de béisbol y, en vez de trajes o uniformes militares, llevaban ropa casual.

Me acerqué a ellos para intentar entender lo que pasaba. Aún estaba a unos dos metros de los coches, cuando uno de los hombres gritó:

– No puede pasar!

– ¿Por qué? – pregunté, dando dos pasos adelante.

– No necesitas saberlo. Regrésese.

– ¿Con qué autoridad me niega el paso en una carretera pública? – le pregunté, intentando obligarlos a revelar quiénes eran.

– ¿Nos vas a dar problemas? – respondió otro hombre, golpeando el bate de béisbol en una mano.

Sus compañeros, levantaron sus armas.

– Vete antes de que salgas herido.

Así lo hice, pero no iba a dejar tan fácilmente aquella investigación. Conocía bien aquel monte, que ya había visitado varias veces, y sabía que existía un viejo camino medieval que también llevaba a la cima.

Tan pronto como desaparecí del ángulo de visión de los hombres, por detrás de la curva, subí a través de la vegetación hasta el antiguo camino. Como esperaba, este no parecía vigilado.

La subida no era fácil. Las piedras de la calzada, expuestas a los elementos y sin mantenimiento durante siglos, eran irregulares, y la hierba crecía entre ellas. En algunos puntos, la calzada hasta desaparecía por completo. Sin embargo, el último tramo era aún peor.

El Monte del Pilar estaba coronado por una enorme roca, uno de las más grandes de Europa, sobre el que se alzaba el Castillo de Lanhoso y un pequeño santuario. La nueva carretera daba acceso a ella por la ladera oeste, menos empinada. El viejo camino medieval, sin embargo, conducía a la entrada este. Creo que alguna vez una escalera la conectaba con la carretera medieval, sin embargo, ahora, sólo algunos apoyos para las manos y los pies excavados en la roca desnuda ayudaban en la subida.

A pesar de que la exploración urbana me había ayudado a ganar algo de experiencia en escalada, fue con bastante dificultad que llegué a la entrada este. Esta daba acceso a una pequeña terraza cubierta de árboles y con mesas de piedra situada unos metros debajo de la zona principal del santuario. Afortunadamente, no se encontraba nadie allí, por lo que pude parar un poco para recobrar energías después de la subida.

En cuanto me sentí capaz subí, poco a poco, las escaleras que daban hacia el nivel superior y me asomé. Sobre la roca, a medio camino entre la pequeña iglesia y el castillo, estaba un grupo de cerca de veinte personas. Estas se encontraban reunidas alrededor de lo que parecía ser un sacerdote sosteniendo una gran cruz de madera con las dos manos. El hombre recitaba, a plenos pulmones, un canto en latín, ahogando todos los otros sonidos de la noche.

Durante veinte minutos me quedé allí, escuchando y observando, pero nada notable sucedió. Empezaba a pensar que se trataba, simplemente, de una secta cualquiera, sin ninguna relación con las luces en el cielo. Sólo el bloqueo en la carretera y la relación establecida entre éste y las luces en los foros de ufología me mantuvieron allí.

Un cuarto de hora después, me alegré de no haberme ido. El grupo comenzó a emocionarse y a apuntar hacia el cielo. Seguí sus miradas, y vi varios puntos de luz, arriba, muy por encima del monte.

El sacerdote intensificó su canto, y las luces empezaron a acercarse. Poco después, parecían pequeños soles brillando sobre el santuario. Su intensidad era tal que, al principio, casi no podía mirar directamente hacia ellas. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a perder fuerza, hasta que, finalmente, logré ver lo que eran.

Se trataba, tal vez, de las criaturas más extrañas que había visto nunca. Algunas parecían tener forma humana, sin embargo, tenían seis alas blancas similares a las de las palomas, con las dos de arriba cubriendo sus caras, las de abajo cubriendo sus pies y piernas, y sólo usando las del medio para volar. Otras eran vagamente humanoides, sin embargo, tenían cuatro cabezas, una de hombre, una de águila, una de buey, y una de león, y cuatro alas cubiertas de ojos. No obstante lo extraños que eran estos seres, el tercer tipo de criatura aún lo era más. Estaban formados por varias ruedas concéntricas con los aros cubiertos de ojos. Cómo lograban volar, no sé decir.

Cuando era adolescente, tenía un gran interés en la mitología y, aunque angelología cristiana no era una de mis favoritas, me di cuenta de que aquellos seres eran ángeles, en particular, de la primera esfera, los más cercanos a Dios.

Despacio, los seres dieron vueltas sobre los hombres, mientras estos gritaban súplicas.

Pasados unos minutos, los ángeles empezaron a alejarse. Poco a poco, sus luces se fueron haciendo más débiles y distantes, hasta que desaparecieron por completo.

Con sonrisas en los labios, las personas comenzaron a dispersarse y a volver a sus coches. Lo que habían logrado con aquél ritual, no sé decir, pero pude saber que no eran solamente demonios lo que aquél tipo de sectas invocaban.

Me quedé donde estaba, y esperé a que dejaran el santuario. Después, esperé un poco más para que desbloquearan la carretera y sólo entonces empecé a bajar del monte, esta vez por la ruta principal.

Como siempre, muchas preguntas me pasaron por la cabeza en el camino de regreso a casa. ¿Cuál era el objetivo del ritual? ¿Por qué vendrían ángeles de las más altas órdenes a la Tierra? Si los ángeles eran reales, ¿será que Dios también lo era?

Por suerte, mi mente aún estaba enfocada en encontrar las Brujas de la Noche y descubrir sus objetivos, de lo contrario, si hubiera tenido tiempo de pensar en las implicaciones de esa noche, mi mundo podía haber colapsado.