Capítulo 13 – Las Brujas del Mar

Después de todo lo que había descubierto gracias a mi visita a la Taberna de los Encantados, deseaba más que nunca encontrar las Brujas de la Noche. Así que, justo el fin de semana siguiente, decidí revisar otra de las entradas del diario que parecía estar relacionada con brujas.

En la tarde del sábado, en cuanto mi mujer y mi hija fueron a una librería a la presentación de un libro, me dirigí a Barcelos.

La entrada del diario describía varias desapariciones en una localidad de los alrededores de aquella ciudad y de un ojo marino en el Río Neiva, junto a una roca conocida como el “Penedo de la Moira”. Supuestamente, en ciertas noches, mujeres salidas de debajo de las aguas arrastraban a cualquier hombre que encontrasen hacia el ojo marino, y nunca más era visto. Después de todo lo que había presenciado, no tenía dificultades en creer en moiras, sin embargo, como estas no eran contempladas en ninguna otra parte del diario, asumí que se trataban de brujas.

Llegué al lugar al principio de la tarde. Había varias lagunas pequeñas, donde la gente solía nadar durante el Verano, sin embargo, siendo un frío día de Invierno, no se encontraba nadie allí. Busqué inmediatamente por aquella que tenía el supuesto ojo marino. Investigue todos los roquedos de la zona, buscando el “Penedo de la Moira”, que mostraría la laguna correcta. Me llevó algún tiempo, pero acabé por encontrar uno en cuya parte superior había una cueva llena de agua, la supuesta “Huella de la Moira”. Este se encontraba parcialmente dentro de una de las lagunas, lo que indicaba claramente que aquella era la que yo buscaba.

Años antes, durante unas vacaciones en Grecia, había tomado un curso de buceo para poder visitar unas ruinas submarinas. Hasta había comprado el equipo completo, esperando usarlo después para investigar otros locales similares (lo que, por desgracia, nunca sucedió). Ese día lo llevé conmigo y, junto al coche, me lo puse.

Cuidadosamente, entré en la laguna y, cuando el agua me llegó a la cintura, me tiré. El agua era cristalina, por lo que, incluso en las partes más profundas, podía ver el fondo claramente. Este estaba formado por guijarros y algo de arena. Por desgracia, después de una larga búsqueda, no encontré ninguna señal del ojo marino. Toda la laguna parecía tener un fondo bien definido. Sin embargo, una pequeña depresión en el punto más profundo me llamó la atención. No me parecía bien, pues no había una corriente fuerte el suficiente para causarla, y, a casi cuatro metros debajo de la superficie, era dudoso que pudiera haber sido creada por los bañistas.

Me acerqué. Aparté algunos guijarros y, agitando la mano sobre ella, limpié la arena. Cuando se posó, reveló una de las cosas más extrañas que había visto. Debajo de la depresión, sólo había oscuridad, una oscuridad que ni la luz de mi linterna de buceo lograba penetrar. Sólo podía ser el ojo marino.

Lentamente, penetré esa oscuridad con mi mano. Para mi sorpresa, la dejé de ver, pero podía moverla allí abajo. Pasado unos momentos, me di cuenta de que se trataba de un túnel.

De repente, empecé a sentir el agua a mi alrededor moverse, al principio lentamente, pero acelerando rápidamente. Me di cuenta, entonces, de que se trataba de un torbellino centrado en el punto oscuro que acababa de descubrir. Instintivamente, traté de luchar contra él, sin embargo, al ver que este era más fuerte que yo, me deje llevar. Después de todo, estaba allí para averiguar lo que había del otro lado.

Confieso que no fue una de mis decisiones más inteligentes. Poco después de entrar en el túnel, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en un lugar oscuro, pero fuera del agua. Me dolía todo el cuerpo, y no necesitaba ver para saber que tenía varias heridas. Afortunadamente, no parecía tener nada roto.

Barrí el suelo con las manos en busca de mi linterna de buceo, sin embargo, cuando la encontré, me di cuenta de que esta estaba completamente destruida. Por suerte, la pequeña que anda siempre conmigo y que había guardado en el bolsillo de mis pantalones cortos, debajo del traje de buceo, todavía funcionaba.

Así que la encendí, confirmé mis sospechas. Mi traje estaba rasgado en algunos puntos, y yo sangraba de varios cortes. Después, dirigí la luz hacia la oscuridad a mi alrededor. Lo primero que descubrí fue un pequeño charco circular a mi lado, sin duda la salida del ojo marino. Después, vi las paredes. Hechas de enormes bloques de granito, se levantaban detrás y enfrente de mí, hasta desaparecer en la oscuridad. Eran tan altas, que mi pequeña linterna no podía iluminar el techo.

Sin más nada que pudiera hacer, me puse de pie y comencé a explorar el lugar. Había avanzado sólo unos pocos pasos, cuando encontré lo que más temía, pero ya esperaba: un esqueleto humano. Sin duda pertenecía a alguien como yo, que había llegado allí a través del ojo marino, pero no había podido salir.

Respiré profundo para intentar calmarme y me obligué a seguir adelante. Más y más esqueletos aparecieron, algunos envueltos en ropa y usando joyas tan antiguas que debían estar allí desde la edad media o la época castrense. Intenté animarme con la idea de que tal vez pudiera encontrar algo que mis antecesores no pudieron. Después de todo, entre los montones de huesos y andrajos no había una sola linterna.

Aquí y allí, me encontré con estatuas y bajos relieves grabados en las paredes representando el que sólo podía describir como demonios. Tenían cuernos y hocicos afilados, dientes puntiagudos, aletas y algunos hasta alas. Sus representaciones variaban mucho en tamaño, pero si esta era su escala real o solamente libertad artística, no tenía manera de saber.

Por fin, vi una tenue luz a lo lejos. Me acerqué con cuidado pues no sabía qué esperar, pero unos metros más adelante, me di cuenta de que se trataba del fin de la larga estructura donde me encontraba.

Por momentos, me sentí aliviado, pensando que había encontrado la salida. Sin embargo, pronto descubrí que no era así. La estructura se encontraba de hecho abierta en esa dirección, pero en vez de una salida allí se erigía el propio océano.

Me acerqué y descubrí que una barrera invisible, sin duda de origen mágico, impedía las aguas del Atlántico de entrar. Y a mí de salir. No que hiciera diferencia. Mismo que yo consiguiera superar la barrera, difícilmente llegaría a la superficie vivo. Desde allí podía verla, y se encontraba unos cien metros más arriba. Además, la probabilidad de ser encontrado en el océano cuando nadie me estaba buscando era mínima.

Desesperado, golpeé la barrera invisible con los puños y, después, me dejé deslizar hasta el suelo. Durante largos minutos, así quedé, resignado a morir. Después, me acordé de mi familia y decidí ir ver lo que había en el otro extremo del edificio. No tenía muchas esperanzas, pero podía haber allí una salida.

Estaba a punto de levantarme, cuando oí un golpe en la barrera invisible. Levanté la mirada y vi a una mujer joven, de unos veinte años. Esta no llevaba equipo de buceo, sólo unos pantalones vaqueros y una blusa que no parecían afectar a su flotabilidad.

Retrocedí dos pasos, sin saber qué esperar. Luego, la mujer cruzó la barrera mágica y descendió hacia el interior del edificio. Para mi sorpresa, sus ropas parecían completamente secas.

– No tenga miedo – dijo ella. – He venido a sacarlo de aquí.

– ¿Quién es usted? ¿Es una de las Brujas de la Noche?

Su rostro se retorció en sufrimiento al escuchar aquel nombre.

– No – ella respondió por fin.

– ¿Pero las conoce? ¿Sabe dónde las puedo encontrar?

– No sé dónde encontrarlas, pero las conozco, sí. Por desgracia.

La tristeza en su voz me dejó con curiosidad, pero no tuve coraje de preguntarle nada. Ella, sin embargo, se dio cuenta y continuó:

– Mi ma
dre y las otras Brujas del Mar murieron por causa de ellas. Ellas vinieron a hablar con nosotras para les ayudar a destruir una comunidad de criaturas marinas, a lo largo de Castelo do Neiva, nos prometiendo objetos mágicos y otras recompensas. Pero, una vez que hicimos lo que nos pidieron, nos atacaron. Yo sólo sobreviví porque mi madre insistió en que me quedara atrás. Las otras están todas muertas.

Con mi curiosidad satisfecha, mis pensamientos se volvieron nuevamente hacia el lugar donde me encontraba, hacia como iba a salir de allí y, principalmente, hacia las osamentas que había encontrado. Aquella mujer podía no ser una Bruja de la Noche, pero todo indicaba que sus intenciones no eran benévolas.

– ¿Qué sitio es este? – pregunté.

– Un viejo templo construido por mis antepasadas, no se sabe bien cuando. Durante siglos, se ha usado un ojo marino e ilusiones para traer sacrificios humanos hasta aquí. Se creía que estos ayudaban a llamar la atención del Diablo y sus demonios y facilitaba el lanzamiento de hechizos y maldiciones. Mi abuela acabo con eso. Las desapariciones comenzaron a atraer demasiada atención. Ahora, dígame, ¿cuál es su interés en las Brujas de la Noche?

Le dije todo sobre mi búsqueda y los “accidentes” que le dieron origen.

– Si las quiere parar, puede contar con mi ayuda. Venga, voy a sacarlo de aquí.

Me acerqué a ella. Ella me agarró y me tiró, a través de la barrera invisible, hacia el océano. Después de un momento de pánico, me di cuenta de que podía respirar bajo el agua.

A través de un método de propulsión más allá de mi entendimiento, probablemente de origen mágico, rápidamente llegamos a una playa. Así que levanté la mirada, vi las torres de Ofir. Estábamos en Esposende.

– Continúe buscando las Brujas de la Noche. Si necesita ayuda, llámeme por teléfono. – La bruja me dijo su número de teléfono móvil, que repetí en mi mente hasta memorizarlo.

Después, ella se volvió hacia el mar y luego desapareció bajo las olas.

Había encontrado otra bruja enemiga de las Brujas de la Noche. Sin embargo, en aquel momento, tenía cosas más urgentes en que pensar. Estaba solo a más de quince kilómetros de mi coche. ¿Cómo iba a explicar la situación a mi mujer sin revelar el peligroso y aterrador mundo paralelo al nuestro que yo había descubierto? ¿Y mis heridas?

En todo esto pensaba mientras dejaba atrás la playa y me acercaba a la ciudad.

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Capítulo 12 – La Taberna de los Encantados

Mis primeros intentos de encontrar las Brujas de la Noche habían sido infructuosos. Aún habían otras anotaciones en el diario que todavía podía explorar, pero, durante una hora de almuerzo, recordé otro lugar donde podría encontrar más información.

La primera vez que me encontré con Henrique Cerqueira, él me comentó acerca de otro lugar donde se reunían las extrañas criaturas que habitaban debajo de nuestros pies en Braga. Su ubicación fue probablemente la única cosa buena que obtuve de haber conocido a ese hombre.

Así, unos días más tarde después del trabajo, me dirigí a la tienda china, una de las más grandes de la ciudad, bajo la cual se encontraba el local. Aparqué el coche en el estacionamiento subterráneo y, de inmediato, empecé a buscar la rejilla de drenaje que me llevaría a los túneles de abajo.

La encontré escondida detrás de una columna, como Henrique me había indicado. De hecho, no había forma de equivocarse. Era la única a través de la cual un hombre adulto podía pasar, por lo menos si no fuera muy gordo.

Yo había ido preparado con una pata de cabra y, con ella, retiré la pesada reja de hierro con relativa facilidad. Después, bajé hacia el interior del túnel de drenaje.

Arrastrándome, empecé a bajar por el estrecho e inclinado paso. Al principio, estaba cubierto con cemento, pero este rápidamente dio lugar a tierra y barro. Afortunadamente, me puse ropa informal antes de salir del trabajo.

El túnel mantenía la misma dirección en toda su extensión y no tenía ninguna bifurcación, por lo que, con la ayuda de mi linterna, no fue difícil llegar al otro extremo.

Cuando salí del pasadizo, me encontré en un nuevo túnel, mucho más grande que el anterior. Debía tener unos dos metros y medio de altura y otros tantos de ancho, por lo que podía caminar fácilmente a través de él. A diferencia de los pasillos alrededor del Bar de las Hadas, el suelo, el techo y las paredes eran de tierra, barro y piedra, con vigas de madera aquí y allá para reforzar los puntos más críticos.

Apunté mi linterna hacia las dos direcciones que el túnel seguía, pero no pude ver ninguno de los extremos. Siguiendo las indicaciones de Henrique Cerqueira, avancé hacia el este.

Durante casi diez minutos, no vi más que paredes y oscuridad, hasta que, por fin, avisté la puerta que buscaba. Esta era tosca, hecha de troncos de árboles unidos con clavos y cuerdas que la sujetaban a una viga haciendo el papel de bisagras.

Cuidadosamente, la empujé lo suficiente como para pasar. Lo que encontré del otro lado no podía ser más diferente del Bar de las Hadas.

Al igual que el túnel detrás de mí, éste se trataba de un espacio abierto en el subsuelo con refuerzos aquí y allí. El mobiliario era tan tosco como la puerta, y lo mismo se podía decir de la clientela. Criaturas deformes, sucias y con expresiones poco inteligentes bebían de jarras de barro no muy limpias. La mayor parte era más grande y musculosa que yo, aunque unas criaturas de piel verde apenas me llegaban a la cintura. Nunca había visto a ninguna de aquellas razas en el Bar de las Hadas. Henrique había llamado a aquel lugar Taberna de los Encantados, pero ahora era obvio que se trataba de un apodo jocoso, pues no había allí ningún encanto.

Al contrario de lo que había sucedido en mis visitas al Bar de las Hadas, mi entrada no ha pasó desapercibida. Todos los ojos se posaron en mí. ¿Es que no estaban acostumbrados a humanos, o a extraños en general?

Tratando de mostrar confianza, avancé hasta el balcón

– ¿Qué quieres? – preguntó el tabernero, una enorme criatura de piel marrón con la cara deformada.

– ¿Qué tiene?

Él señaló hacia estantes desvencijados en la pared detrás de él, donde se encontraban varias botellas sucias con contenidos de color extraño. Elegí el que me pareció menos desagradable, y la criatura me lo sirvió en un jarro.

Después beber el asqueroso brebaje con un encogimiento de hombros pasé al asunto que me había llevado allí:

– ¿Alguien aquí ha oído hablar de las Brujas de la Noche?¿O sabe algo acerca de los trasgos que están provocando accidentes de coche?

Nunca he aprendido a ser sutil.

Apenas terminé la frase, una de las pequeñas criaturas verdes dejó la taberna por otra puerta distinta a aquella por donde yo tenía entrado.

– Tío – dijo un cliente sentado en una mesa detrás de mí – si fuera tú, me iría de aquí.

Me volví hacia él. Todos los ojos seguían posados en mí, pero ahora había odio en ellos.

– ¿No me escuchaste? – insistió la criatura, levantándose.

Era enorme, con más de dos metros de altura y el doble de mi ancho, y tenía cuatro musculosos brazos. Me levantó como si yo fuera nada y me tiró de vuelta al túnel por donde yo había entrado.

– ¡Sal de aquí! – gritó él.

No tuve coraje de hacer nada más. Empecé a alejarme. Poco después, oí la otra puerta de la taberna abrirse. Miré sobre mi hombro y vi a la criatura verde volviendo acompañada por otras mucho más grandes y musculosas. Empecé a correr en caso de que intentaran perseguirme.

Sólo me calmé cuando volví al estacionamiento. Dudaba de que me fueran a seguir hasta la superficie. Aún así, entré en mi coche rápidamente y arranqué en dirección a mi casa.

Ya tenía avanzado un par de cientos de metros, y dejado mi temor atrás, cuando una figura enorme apareció frente a mí en el medio de la carretera. Se trataba de la criatura que me había expulsado de la taberna. Tenía una mano extendida delante de él, pidiendo me que me detuviera.

Confieso que mi primer instinto fue atropellarlo, pero no fui capaz de hacerlo. Frené y me detuve a medio metro de él. Él se acercó y golpeó el vidrio del lado del conductor. Con cautela, lo abrí.

– Tío – dijo la criatura – disculpa aquello en la taberna, pero si no te hubiera sacado de allí no ibas a durar mucho.

Mi sorpresa fue tal que quedé con la boca abierta.

– Para el coche ahí y vamos a hablar. Creo que te puedo ayudar con tus preguntas.

Curioso, pero con cuidado, así lo hice. Fuimos al jardín de un edificio cercano y nos sentamos en un banco donde él podía quedarse escondido en la mitad oscura y yo en la iluminada, donde me sentía más seguro.

– Pues muy bien, ¿por dónde empiezo?

Después de unos instantes de silencio, continuó:

– Es así, los trasgos no están matando tu gentea propósito. A las Brujas de la Noche, que son quien los están dominando, no les importan los humanos para nada. Los accidentes son sólo una manera de destruir sus objetivos sin levantar grandes sospechas.

Después de mis conversaciones con Alice, yo ya había llegado a esa conclusión.

– ¿Quiénes son estas Brujas de la Noche?¿Que quieren?

– Tío, eso ya yo no lo sé. Y mira que yo y el resto de la gente en la taberna trabajamos para ellas. Sólo las vi una vez, pero con las capuchas, y creo que son cinco. Ellas están atacando hadas y a otros de esas razas, al mismo tiempo que reclutan un ejército. Yo soy parte de él. Como lo van a usar y por qué, no tengo ni idea.

Me sentí alarmado al oír que las Brujas de la Noche estaban a reuniendo un ejército. ¿Como pretenderían usarlo?

– ¿Sabes donde las puedo encontrar? – le pregunté, sin gran esperanza en la respuesta.

– Tío, no lo sé. Solo las vi una vez y fue en la Plaza.

No le pregunté donde se encontraba esa Plaza, ya que era obvio que formaba parte de los túneles cerca de la Taberna de los Encantados.

– Ahora me tengo que ir – dijo él, levantándose. – Ya te dije todo lo que sé.

– ¡Espere! – le pedí. – ¿Porque me está ayudando?

– Tío, no creo que sea justo que los tuyos sufran sin razón. Creo que, al menos, merecías una explicación.

Dicho esto, la criatura entró en la oscuridad del atardecer invernal y, poco después, desapareció detrás de un edificio.

Volví al coche y regresé a casa. Durante el recorrido, la conversación no me salió de la cabeza. Las Brujas de la Noche estaban tratando de debilitar a sus enemigos y preparándose para una guerra. Me pregunté si las desapariciones de los súbditos del Rey de los Islotes y de la ciudad de los muertos en Gerês, no tendrían alguna relación. Sin embargo, lo que más me aterró fue no conseguir descubrir su objetivo final. Sería algo grande, eso era claro, pero era un misterio incluso para sus soldados.

Las posibilidades no me dejaron dormir ni esa ni las noches siguientes. Pero lo que descubriría al final superaba todo lo que había imaginado.

Capítulo 11 – Brujas Urbanas

Cuando busqué en el diario por entradas sobre brujas, una en particular me llamó la atención. Cuando pensamos en brujas, por lo menos en Portugal, nos vienen a la cabeza imágenes de mujeres alrededor de una hoguera en un campo abandonado o en un bosque distante, o curanderos y adivinos populares que atienden los clientes en sus casas. Esta entrada, sin embargo, hablaba de un grupo de brujas del Porto que se reunían en un salón de té en el corazón de esta, la cual es la segunda mayor ciudad del país.

No es, pues, extraño que, después de la entrada más obvia, la de Montalegre, yo haya decidido investigar esta.

Un día que estaba solo en aquella ciudad por motivos de trabajo, aproveché un intervalo de tiempo grande entre mis reuniones de la mañana y de la tarde para visitar el mencionado salón de té.

Con la ayuda del GPS de mi teléfono, encontré su ubicación. Surgió, entonces, un problema. La entrada en el diario tenía varios años, y el salón de té ya no existía. En su lugar, había ahora un pequeño centro comercial.

Aparqué en un parque cercano y entré. Tal vez pudiera encontrar alguna pista que me indicara cuál era el nuevo punto de encuentro de las brujas.

Apenas pasé la puerta, me di cuenta de que aquel no era un centro comercial común. En lugar de tiendas de ropa, bisutería, tecnología y artículos deportivos, como en la mayoría de establecimientos del género, en este había tiendas de esoterismo, maquillaje natural, comida ecológica y artículos culturales.

Recorrí los pasillos y subí las escaleras hasta el segundo piso. Fue entonces que encontré lo que buscaba: un salón de té con el mismo nombre de aquel donde las brujas se reunían. Deben haber reabierto en el centro comercial después de este haber sustituido el salón original.

Entré y me senté en una mesa. La decoración era muy moderna: sillas blancas ovaladas, sofás de piel, mesas de un solo pie. Hasta los pedidos eran hechos a través de Tablet PCs embebidas en columnas o a través de cualquier Smartphone gracias a los códigos QR impresos en las cajas de madera de las servilletas.

Pedí un té y un sándwich de queso fundido, que consumí relajadamente, mientras observaba a los clientes que entraban y salían. Sus edades parecían variar entre los veinte y los cincuenta y, a juzgar por la ropa, eran todas personas de alguna riqueza. En su mayoría eran mujeres, aunque no por mucho.

Durante la media hora que estuve allí sentado, me di cuenta de algo que, si no supiera lo que estaba buscando, no hubiera visto. Solas o en pares, siete mujeres en los treinta, todas ellas de tacones altos, bien vestidas y maquilladas y con el cabello meticulosamente cuidado, entraron, y sin dudar, se dirigieron inmediatamente hacia el piso de arriba.

Afortunadamente, la señal para el WC apuntaba hacia allí, por lo que tenía la excusa perfecta para subir y confirmar mis sospechas.

Subí las escaleras de hierro y madera. En la parte superior, me encontré con una sala en todo similar a la de abajo. De las siete mujeres, sin embargo, no había ni señal.

Cuidadosamente, tratando de no llamar demasiado a la atención, pues no sabía si estaba siendo filmado, intenté descubrir a dónde podían haber ido. En el pasillo que llevaba a las casas de baño, me encontré con una tercera puerta con la común señal diciendo “Acceso Restringido”. Era el único lugar donde las posibles brujas se podían haber ocultado.

En silencio, puse el oído en la puerta, pero no oí nada. Lentamente, abrí la puerta un poco y me asomé hacia el interior. Así que un poco de luz disipó la oscuridad, vi unas escaleras que llevaban hasta otra puerta, más arriba. Cerré la primera detrás de mí y encendí mi linterna. Teniendo cuidado para no hacer ruido, empecé a subir.

Algunos escalones después, oí un cántico. Cuanto más subía, más este se intensificaba. Así que puse el oído en la segunda puerta, me di cuenta de que venía de detrás de ella. Era allí que las brujas se reunían, no había duda.

El cántico duró unos quince minutos más. Después de unos momentos de silencio, una voz lejana y aguda preguntó:

– ¿Qué quieren de mí?

Debía tratarse de algún espíritu o criatura invocada por el ritual.

– Tú ves más que cualquiera de nosotras. Te llamamos para responder a nuestras preguntas – dijo una voz femenina, sin duda perteneciente a una de las brujas.

Una a una, las mujeres pusieron sus preguntas. Confieso que me sentí desilusionado. Con todos los misterios sobre la historia y el universo que podían tratar de deslindar, sus preguntas fueron de lo más básico posible. ¿Con quién es que fulana iba a engañar a su marido? ¿Dónde el otro fue a buscar el dinero para comprar un Mercedes nuevo? ¿Cómo fulano había logrado conquistar su actual mujer cuando era tan feo?

¡Chismes! Personas como aquellas no podían ser las Brujas de la Noche. Me estaba preparando para irme, cuando oí la voz aguda y distante decir:

– ¿Quieren saber quién está detrás de la puerta?

Di media vuelta para huir, pero solo había bajado tres escalones cuando la puerta se abrió detrás de mí y algo me empujó. Caí por las escaleras y me estrellé contra la puerta inferior.

Aturdido y dolorido, varias manos me cogieron y arrastraron hacia arriba.

Después de unos minutos de recuperación, los mareos y la niebla delante de mis ojos se disiparon. Estaba, ahora, en un pequeño cuarto sin ventanas, iluminado por más de una docena de velas. Había allí una extraña mezcla entre lo antiguo y lo moderno. Tablet PCs, en la pantalla de los cuales se podían ver páginas con textos escritos en caracteres extraños, reposaban sobre una alfombra gasta y llena de marcas de quemado. En su centro, ardía un pequeño brasero, cuyas llamas se movían con el soplo del aire acondicionado. Sillas modernas, iguales a las usadas en el salón de té, se mezclaban con muebles que parecían salidos de anticuarios y contenían una infinidad de instrumentos ancestrales.

Sentadas en la alfombra, las siete mujeres me rodeaban. Todas ellas ahora llevaban al cuello amuletos enormes con un aire antiguo y gastado, contrastando marcadamente con sus vestidos modernos y tacones altos.

– ¿Quién eres tú? – me preguntó una de las brujas. – ¿Y porque nos estabas escuchando?

– Estoy buscando las Brujas de la Noche. ¿Las conocen?

– Y ¿quiénes son esas? – preguntó la bruja. – ¿Algunas provincianas que andan por ahí de noche montadas en escobas?

Sus compañeras se rieron.

– No nos mezclamos con esa gente – añadió una tercera bruja. – Sólo si necesario.

– Ahora, tenemos que decidir qué hacer contigo.

– Lo dejamos ir – dijo la primera bruja que habló.

– ¿Y si lo cuenta a alguien? – preguntó la mujer que planteara la cuestión.

– Mira su ropa – le respondió su compañera. – ¿Crees que alguien va a poner la palabra de un nadie como él por encima de la nuestra? Daría más problemas deshacernos de él.

– Tienes razón – dijo otra bruja. – Vete de aquí. ¡Pero no vuelvas!

Así lo hice. Aquellas no eran claramente las Brujas de la Noche, por lo que no tenían ningún interés para mí.

Fui al baño de un café cerca del centro comercial para limpiar mi traje y mis heridas de la caída y me dirigí a mi reunión de la tarde. Al contrario de lo que había ocurrido en mis exploraciones anteriores, esta no suscitó ningún pensamiento o pregunta. Aquellas brujas eran inútiles para descifrar el misterio que yo perseguía.

Capítulo 10 – Las Brujas de Montalegre

Como era de esperarse, una de las primeras referencias sobre brujas en el diario que había encontrado estaba asociada a la localidad portuguesa más conocida por éstas: Montalegre. De hecho, todos los viernes trece, el pueblo organiza un evento llamado “Noche de las Brujas” para celebrar esa misma tradición.

En una tarde lluviosa de sábado, en que ni mi mujer ni mi hija quisieron salir de casa, fui hasta allá. No había autopistas que llevasen hasta Montalegre, por lo que tuve que usar estradas locales. Durante gran parte del camino, la estrada era amplia y bien cuidada, pero algunas decenas de kilómetros antes de llegar a la villa, se tornó estrecha y llena de curvas. La recorrí despacio y con mucha atención, subiendo y bajando colinas cubiertas de pinos y eucaliptos.

Finalmente, después de una última subida, me encontré con Montalegre. Construida sobre una colina que se erguía sobre una extensa meseta vacía y débilmente arbolada, era una visión impresionante, especialmente en un día gris como aquel. En su punto más alto, entre una mezcla de edificios antiguos y nuevos, se erguía el castillo medieval, su masiva torre de homenaje pareciendo capaz de resistir al propio Apocalipsis.

Según el diario, las brujas de la región sólo se encontraban después de anochecer. Estábamos casi en invierno, por lo que no tenía que esperar mucho, y decidí hacerlo en un café local.

Aproveché la oportunidad para buscar más información sobre el lugar donde el diario decía que las brujas se reunían y direcciones más precisas. El empleado me explicó cómo llegar allí y cómo sería el camino sin hacer preguntas o plantear cualquier dificultad. Sin embargo, un cliente sentado en una mesa cercana, un hombre ya de cierta edad con un sombrero y un bastón colocados en la silla a su lado oyó la conversación y dijo:

– ¡No vaya allí! Es el lugar donde las brujas se reúnen de noche. Si saben que alguien estuvo en su lugar de encuentro, le lanzan un hechizo. Si están de buen humor, sólo le dan una cagalera, si no, le dan una enfermedad que lo debilita y lo mata. Así fue como murió un vecino mío. Le dio curiosidad y…

La advertencia de aquel señor no me disuadió de ir en busca de las brujas. Por el contrario, sólo me confirmó que estaba en el camino cierto.

Pagué y volví a mi coche. Me dirigí, entonces, hacia el este de la villa, entrando en la carretera que atravesaba aquel lado de la meseta. Allí, en aquel día gris, no era difícil ver por qué la región había ganado su reputación de sobrenatural. Una ciénaga flanqueaba la carretera. Aquí y allá, crecía un árbol y, de vez en cuando se veía una laguna, pero contenía sobre todo piedras y maleza, entre las cuales se erguían pequeñas elevaciones. Según el diario, el punto de encuentro de las brujas se escondía detrás de una de éstas.

Aparqué junto al inicio de un sendero que, según el empleado de la cafetería, me llevaría hasta allí, y empecé a seguirlo. Casi de inmediato, estuve feliz de haber llevado mis mejores botas de montaña. El camino era irregular, lleno de piedras y barro. Con cualquier otro calzado habría quedado con los pies empapados y doloridos.

Me tomó poco más de una hora llegar a la pequeña elevación que buscaba. Detrás de ella, encontré un pequeño arbolado, con media docena de árboles y algunos matorrales. En el espacio vagamente circular entre ellas, encontré las cenizas de una reciente hoguera. No había duda de que estaba en el sitio correcto.

El sol ya se encontraba detrás del horizonte, por lo que no debía faltar mucho para que las brujas llegasen para el encuentro de esa noche. Me escondí detrás de un matorral espeso, situado en el lado del claro opuesto al del sendero, y esperé.

Pasó otra hora hasta que empecé a oír alguien llegando. La noche ya había caído en pleno, y el cielo estaba nublado, por lo que allí, lejos de cualquier iluminación pública, poco más lograba ver que negro. Oí la persona entrar en el claro venida del sendero, y, poco después, el sonido de troncos de madera a ser arrojados al suelo. De repente, una pequeña llama se encendió y, instantes después, una hoguera ardía vivamente. Junto a ésta, ahora podía ver a una mujer ya de cierta edad. Estaba toda vestida de negro, incluyendo un pañuelo que le cubría la cabeza.

Durante unos minutos, se quedó allí de pie, esperando. A continuación, una segunda mujer, más joven, pero envergando ropa similar, surgió venida del sendero. Apenas tuvieron tiempo de intercambiar saludos cuando una tercera y una cuarta se unieron a ellas. Los dos últimos elementos del grupo tardaron un poco más, pero cuando llegaron, las seis formaron un círculo alrededor de la hoguera. Entonces, se quitaron la ropa, y pude verlas bien por primera vez.

La más joven tendría poco más de veinte años, mientras que la más vieja hace mucho habría pasado de los ochenta. Al contrario de lo que cuentan algunas leyendas, no vi ninguna marca fuera de lo normal en sus cuerpos.

Desnudas, empezaron a danzar alrededor de la hoguera, cantando algo en una lengua que no reconocí.

Su danza duró una media hora, sus cuerpos retorciéndose de forma caótica, pero, al mismo tiempo, bella y casi hipnotizante. Hasta las brujas más viejas mostraban una agilidad y flexibilidad extraordinarias, hasta sobrenaturales.

Cuando terminaron, se postraron, orientadas hacia la hoguera. De repente, de entre las llamas, saltó una pequeña criatura de piel roja viva. Tenía orejas puntiagudas, entre las cuales crecían dos pequeños cuernos, y un hocico agudo, lleno de dientes como agujas. Pequeñas alas, claramente incapaces de soportar su cuerpo en un vuelo constante, le salían de la espalda.

A ella le siguieron, en una rápida sucesión, otras cinco. Inmediatamente, todas ellas se unieron a las brujas y retomaron la danza. No podía imaginarme cuál era el propósito de ese ritual.

Había una evidente similitud entre aquellos seres y los evocados por el culto que yo encontrara en el convento de San Francisco, en Viana do Castelo. Sin embargo, en aquel momento no me di cuenta de eso. Estaba demasiado preocupado en averiguar si aquellas eran o no las Brujas de la Noche. Si me hubiese dado cuenta, tal vez algunas muertes que ocurrieron más tarde podrían haber sido evitadas.

De repente, una de las criaturas salió del círculo de danza y empezó a olfatear el aire. Pasados unos segundos, se volvió hacia sus compañeros y dijo:

– No estamos solos.

Un escalofrío subió mi espina dorsal. Claramente estaba hablando de mí.

Las brujas y los restantes diablillos interrumpieron su danza y canto. Yo me preparé para escapar, pero era demasiado tarde.

– ¡Sal de ahí! – dijo el primer diablillo con una voz estridente, en la dirección del matorral detrás del cual me había escondido. – Y ni pienses en huir. Mis hermanos y yo vemos bien en la oscuridad y somos más rápidos de lo que parecemos. Sin duda te alcanzaremos. Y no te va a gustar lo que vamos a hacer después.

La criatura emitió una risa cruel.

Con una mezcla de miedo y curiosidad, salí de detrás del matorral, y me acerqué a la hoguera.

– Es peligroso andar por aquí después del anochecer – dijo una de las brujas, una de las más jóvenes, con una sonrisa socarrona. – Y más aún mirar nuestros rituales.

– ¿Ustedes son las Brujas de la Noche? – le pregunté, yendo directo al grano.

Después de todo, qué más podía decir.

Al escuchar el nombre, los diablillos roznaron y las brujas escupieron a la hoguera.

– No nos confundas con esas zorras – dijo una de las brujas más viejas.

– Nosotras somos devotas del Cornudo, el Diablo, Belcebú. Es el que nos da nuestros poderes – explicó una bruja de la mediana edad. – Las Brujas de la Noche salieron de repente de la nada y nadie sabe de dónde viene su poder o a quién sirven. Pero no son como nosotras.

– ¡Zorras! – gritó la bruja más vieja. – Aparecen de la nada y se creen mejor que nosotras. No van a los Grandes Conventículos, no respetan a nuestro maestro, ni siquiera nos reconocen como hermanas.

– ¿Cuál es tu interés en ellas? – preguntó uno de los diablillos.

A pesar de ya estar acostumbrado a hablar con criaturas extrañas, dudé durante un segundo. Había algo inquietante en aquellos seres. Sin embargo, al final les conté la historia de las muertes, de los trasgos y del bulto negro en la casa abandonada.

Durante algunos momentos, nadie dijo nada. Creo que no sabían bien cómo reaccionar.

Por fin, el diablillo que me interrogó dijo:

– Vete de aquí. Y sólo te dejamos ir porque quieres interferir en los planes de las Brujas de la Noche. Pero no vuelvas.

Sin decir nada más, así lo hice. Ya en el sendero de vuelta al coche, oí a las brujas y los diablillos a retomar su canto.

Durante gran parte del camino, al contrario de lo que era habitual, no pude pensar en lo que acababa de descubrir. Las carreteras estrechas y llenas de curvas requerían toda mi atención en el oscuro. Sin embargo, cuando llegué a carreteras mejores, mi mente comenzó a divagar.

Aquellas no eran las Brujas de la Noche, eso estaba claro, pero el desprecio que mostraron por ellas, y el hecho de que las consideraban como una otra ceita fue un descubrimiento importante. Por desgracia, eso no respondía al misterio de quién eran las Brujas de la Noche, lo que pretendían y dónde encontrarlas. Sólo lo adensaba.

Cuando llegué a Braga ya era casi hora de la cena. Llamé a mi mujer y a mi hija a preguntar si querían comidas de Burger King. Quería compensarlas por mi ausencia.

Capítulo 9 – Trasgos Citadinos

Una vez más, una noticia en un periódico local despertó mi curiosidad. Esta reportaba una serie de extraños accidentes de auto en la ciudad de Braga. Todos ellos habían ocurrido cerca del lugar donde los coches estaban estacionados durante la noche y mostraban señales de sabotaje, generalmente frenos cortados. Ya había más de una docena de muertes. Según la noticia, la policía creía que los responsables eran uno o varios vándalos, pero aún no había encontrado ninguna pista, indicio o testigo que le ayudara a identificarlos.

En otros tiempos, estaría inmediatamente de acuerdo pero, después de todo lo que había visto en los meses anteriores, me pregunté si la causa no sería otra, algo asociado al otro mundo que yo había descubierto. Por lo tanto, una noche en que salí tarde del trabajo, decidí hacer una ronda por la ciudad.

Caminando, recorrí todas las calles en las que los coches solían permanecer estacionados durante la noche, atento a cualquier movimiento debajo de ellos. Durante la primera hora, no vi más que uno que otro animal callejero. Sin embargo, cerca de la media noche, vi a un extraño bulto negro debajo de un Ford Fiesta. Si no hubiera visto criaturas extrañas antes, podía haber pensado que se trataba de un gato, pero había algo en la forma de aquella sombra que no parecía animal.

Me acerqué. Lentamente, me agaché y, encendiendo rápidamente la linterna, me asomé debajo del coche. Lo que encontré, realmente no fue un gato, sino un trasgo, como los que había ayudado a liberar de la casa de los Cerqueira. Estaba, claramente, intentando romper parte de las tuberías y cableado en la parte de abajo del coche.

Alarmado, intentó huir. Lo agarré por un brazo. Si lograra capturarlo, tal vez podría encontrar a alguien que supiera comunicarse con él y descubrir por qué estaba haciendo eso. Sin embargo, el trasgo me mordió la mano, obligándome a soltarlo. Aún así, corrí detrás de él pero, usando sus cuatro extremidades, era mucho más rápido que yo. Lo perdí, por fin, cuando subió la pared del terreno adyacente a una de las torres medievales de la ciudad. Además de ser demasiado alta para yo subir, se trataba de una propiedad privada habitada, que yo no me atrevía a invadir.

El encuentro, sin embargo, no fue infructuoso. Cuando agarré el brazo de la criatura, me di cuenta de que éste tenía una marca en forma de círculo con una C invertida grabada en la piel. Decidí, entonces, ir al Bar de las Hadas a buscar a Alice con la esperanza de que ella supiera de qué se trataba y eso me diera alguna pista sobre el origen y objetivos del trasgo.

Como esperaba, y como en casi todas mis visitas al Bar de las Hadas, encontré a Alice sentada en el balcón. Me senté a su lado. Después de nuestra aventura en la casa de los Cerqueira, ella ya no parecía tan resentida con nuestro primer encuentro, por lo que no tuve dificultad en iniciar la conversación. Después de los saludos iniciales, le hablé de los accidentes, las muertes, de mi vigilia y de mi encuentro con el trasgo.

– He oído hablar de esos accidentes – dijo ella. – Casi todos los coches se estrellaron en sitios habitados por algunas de nuestras razas más pequeñas. El que derribó la pared del Palacio de los Biscainhos destruyó toda una comunidad de hadas que hicieron su casa en el interior hueco. Marta, el hada que nos acompañó a la quinta de los Cerqueira, perdió a toda su familia. Que haya sido un trasgo la causa de los accidentes puede ser una revelación importante.

Me quedé en silencio durante un instante, intentando comprender lo que acababa de oír. Las muertes podrían haber sido solamente daños colaterales de alguien tratando de disimular atentados contra las hadas como accidentes. Sin embargo, esto no redujo mi deseo de encontrar al responsable, sino al contrario.

Luego le conté a Alice sobre la marca que vi en el brazo del trasgo. Ella me miró con una expresión grave.

– Yo ya he visto esa marca antes – dijo ella. – En los trasgos que liberamos de la quinta de los Cerqueira.

En ese momento, me quedé pálido. Una, tal vez más, de las criaturas a cuya liberación yo había ayudado, podría ser responsable por más de una decena de muertes. Era difícil no sentir que su sangre estaba en mis manos.

– ¿Segura? – pregunté, buscando por dónde escapar a la culpa.

Ella sólo asintió con la cabeza, en silencio.

Me levanté de inmediato y volví a las calles de la ciudad, más decidido que nunca a descubrir la razón de todas esas muertes.

Me dirigí a la calle donde encontré el trasgo. Con suerte, le había interrumpido antes de él terminar su sabotaje y volvería para terminar el trabajo.

Esperé, inmóvil, bajo la sombra de un árbol, con la esperanza de que la oscuridad me escondiera. Estuve allí casi una hora antes de que el trasgo volviera, salido de una callejuela cercana. Asumí que era el mismo, ya que se dirigió a lo mismo coche. Esta vez, no interrumpí su trabajo. Quería que terminara para seguirlo y ver a dónde iría después. Allí había algo más, tenía de haberlo, e iba a averiguar lo que era o la culpa sería mía… Más tarde dejaría en el parabrisas un mensaje de advertencia al conductor del coche.

La criatura no estuvo ni cinco minutos debajo del vehículo. Corrió hacia la callejuela de donde salió y, esta vez, pude ir detrás de él. Me aseguré de no perderlo como la última vez; afortunadamente, la persecución no fue larga. Lo vi subir por la pared trasera de una casa abandonada en las Carvalheiras – una plaza situada en el otro extremo de la callejuela – y desaparecer en la oscuridad detrás de las rejas que delimitaban el jardín, construido sobre el garaje. Conocía bien aquella casa: ya la había visitado con el grupo de exploración urbana, y sabía cómo entrar. No tenía la agilidad ni las garras del trasgo, sin embargo, subiendo a una caja de electricidad, logré llegar a un espacio entre las rejas lo suficientemente ancho para poder pasar.

Como es habitual en casas abandonadas hace mucho tiempo, ésta había sido víctima del vandalismo. La puerta trasera había sido derribada. Entré. Cogí mi linterna, pero no me atrevía a encenderla. No quería asustar a quien allí estuviera, al menos no antes de darme cuenta de lo que pasaba. Aún así, la luz de la luna, de las estrellas y hasta de la iluminación pública que entraba por las ventanas partidas iluminaba el interior lo suficiente como para ver lo que me circundaba.

El suelo del vestíbulo estaba lleno de hojas, probablemente traídas por el viento a través de la puerta. Afortunadamente, también estaba cubierto de polvo, en el que se veían claramente varias pequeñas huellas, que asumí eran del trasgo. Las seguí hasta la escalera que llevaba al piso superior, haciendo caso omiso de dos puertas abiertas que, por el poco y polvoriento mobiliario que aún contenían, eran un cuarto de estar y un comedor.

Las escaleras de madera chirriantes me llevaron hasta el pasillo del piso superior, donde se alineaban varias puertas abiertas o derribadas. La luz que salía de estas era suficiente para ver lo que me rodeaba. Como en el piso de abajo, el pasillo estaba cubierto de polvo, y en éste continuaban las huellas de trasgo. Las seguí hasta una de las habitaciones.

Apenas llegué a la puerta, vi pequeños bultos, sin duda trasgos, correr y desaparecer por la puerta que llevaba al balcón. Ésta, sin embargo, encuadraba una forma mayor, tal vez incluso más alta que yo. No parecía particularmente preocupada por mi presencia, pues no movió un solo músculo cuando entré en la habitación.

Una capucha y una capa le cubrían todo el cuerpo, y con la escasa iluminación, me era imposible ver lo que se encontraba debajo.

– ¿Quién es usted? – pregunté. – ¿Qué pretende?

Aquel bulto solo podía ser quien controlaba los trasgos, por lo que era momento de yo obtener algunas respuestas sobre los accidentes y las muertes.

– Vete de aquí – dijo la criatura con una voz femenina y ronca. – Esto no tiene nada que ver contigo ni con los de tu raza. Olvida todo lo que has visto.

– Pero… – empecé yo, pero ella me volvió la espalda y avanzó hacia el balcón.

Corrí detrás de ella, dispuesto a luchar si fuera preciso, para obtener respuestas. Sin embargo, apenas llegó al exterior, ella comenzó a flotar. La sorpresa me hizo dudar un momento, el tiempo suficiente para la criatura se elevara en el cielo nocturno, muy por encima de la casa. La vi, entonces, a volar en dirección al oeste, desapareciendo poco después detrás de los edificios que ocultaban el horizonte.

Frustrado, salí de la casa y volví al Bar de las Hadas. Tal vez Alice supiese quién o qué era aquel ser encapuchado.

Ella seguía allí, sentada al balcón en el mismo taburete. Me senté a su lado y, antes de ella tener tiempo de decir algo, le dije lo que acababa de descubrir. Cuando le hablé de la figura encapuchada y de cómo ésta levantó vuelo, una expresión aterrorizada apareció en su cara.

– Las Brujas de la Noche – susurró, como si tuviera miedo de decir el nombre en voz alta.

– ¿Quiénes son las Brujas de la Noche? – le pregunté, sorprendido con su reacción.

– La leyenda de las Brujas de la Noche es muy antigua. Se dice que son criaturas misteriosas que atacan a algunas de nuestras razas. Como es normal en estas cosas, hay varias historias de avistamientos, si bien que últimamente he oído más. Nunca les di mucha importancia. Pero, ahora, con lo que me dijiste…

Seguimos conversando sobre las Brujas de la Noche durante un rato más. Por desgracia, las historias que ella conocía no eran muy útiles. A menudo, se contradecían unas a las otras. Pero esa es la naturaleza de las leyendas.

Dejé el Bar de las Hadas decidido a encontrar y hacer lo que pudiera para detener a las Brujas de la Noche. Cuando llegué a casa, mi mujer ya se había quedado dormida. La había llamado para decirle que iba a trabajar hasta tarde. Yo no me acosté de inmediato. Me senté en mi escritorio con el diario que había encontrado, buscando por todas las referencias sobre brujas. Mis próximas expediciones iban a centrarse en ellas.

Capítulo 8 – La Organización

Después de mi descubrimiento del diario, había prácticamente abandonado la exploración urbana. Sin embargo, una noticia en un periódico del Miño despertó, de nuevo, este mi interés.

Un buque con destino al puerto de Viana do Castelo se había hundido en la desembocadura del río Lima. Curiosamente, éste se hundió de proa, quedando la popa y la mitad de atrás fuera del agua en posición casi vertical. La evidente oportunidad para la exploración no me pasó desapercibida. 

Justo el fin de semana siguiente, fui hasta Viana. Para mi alivio, esta vez no tuve que mentir ni ocultarle la verdad a mi mujer. Ella estaba muy consciente de mi interés por la exploración urbana. No me gustaba engañarla, y de seguro, ella ya comenzaba a sospechar de algo.

Me encontré con un viejo amigo que me prestó un barco (el mismo que yo había usado para explorar el Camalhão y encontrar el Rey de los Islotes) y, cuando oscureció, remé hasta el barco naufragado.

Se me ocurrió entonces, que podía haber invitado al resto del grupo de exploración urbana de Braga. Ya estaba tan acostumbrado a hacer las expediciones basadas en el diario solo que, esta vez, ni me acordé de ellos. Tanto mejor, con lo que estaba a punto de descubrir. 

Ya cerca del buque, con la ayuda de mi linterna, busqué un sitio por donde entrar. No tardé en encontrar un ojo de buey situado justo por encima de la línea de agua. Me acerqué y, con el mango de la linterna, partí el cristal. Tuve alguna dificultad en pasar por la exigua entrada, pero acabé lográndolo. 

Mal puse los pies en el suelo metálico, apunté la linterna a mi alrededor. Estaba en una cabina. Lo primero que me saltó a la vista fue que ésta no tenía muebles. Sin embargo, ese no era el elemento más extraño de aquella división. Para mi sorpresa, la puerta se encontraba en posición simétrica a mí. Como el barco se había hundido de proa, yo debía de estar sobre una de las paredes. Por lo tanto, era como si aquella cabina estuviera preparada para inclinarse noventa grados.

Me acerqué a la puerta y, con cautela, abrí una rendija. Del otro lado solo encontré oscuridad, por lo que abrí la puerta un poco más y apunté la linterna hacia el exterior. Vi, entonces, un pasillo donde se alineaban varias otras puertas. Salí y empecé a abrirlas. Detrás de cada una, encontré solamente cabinas vacías que poco diferían de aquella por donde yo había entrado.

Finalmente, después de una curva en el pasillo, vi un brillo a la distancia. Me acerqué y encontré una puerta hermética entreabierta. Detrás de ella, provenía la luz. La abrí, esperando revelar otro corredor, pero lo que encontré fue algo que nunca había imaginado. 

Frente a mí, estaba ahora un enorme espacio abierto que debía ocupar gran parte de la mitad sumergida del buque. Unas escaleras metálicas llevaban hasta una red de plataformas y pasajes y, por fin, hacia el suelo. Éste estaba formado por tierra fangosa que, a esa profundidad, sólo podía ser el lecho del río. Sobre él y en las plataformas, los hombres, las grúas y las palas mixtas, abrían un enorme agujero.

Después de ver gigantescas bisagras y pistones hidráulicos soldados al interior del casco, me di cuenta de que el barco estaba no sólo preparado para girar noventa grados; también se podía abrir la proa para explorar el fondo. Inmediatamente, me pregunté que estarían buscando, pero un golpe en la cabeza me hizo perder los sentidos y me impidió ir luego en busca de la respuesta. 

Cuando recobré los sentidos, me encontré en una de las cabinas pequeñas y vacías de los niveles superiores. Ésta, sin embargo, no tenía ojos de buey, y la poca iluminación provenía solamente de una luz que entraba por debajo de la puerta. Busqué en mis bolsillos, pero todo lo que tenía  en ellos (teléfono móvil, linterna, navaja, cartera, llaves) había desaparecido.

No sé cuánto tiempo estuve allí hasta que escuché la puerta siendo desbloqueada. Ésta se abrió poco después, revelando cuatro hombres. Tres de ellos vestían uniformes grises oscuros, incluyendo botas y boinas, y llevaban rifles de asalto. Eran claramente militares, pero no tenían ninguna insignia que su país o servicio.

El cuarto hombre, sin embargo, vestía traje y corbata negros y una camisa blanca. Tenía el pelo corto y bien peinado, con algún gel, y no sería mucho más viejo que yo, probablemente en el inicio de los cuarenta. De hecho, parecía uno de los hombres de negocios con los que me cruzo a diario en la empresa.

Haciendo señal a los soldados para que permaneciesen en el corredor, el hombre entró en la cabina y se acercó a mí.

– Mi nombre es Almeida y soy el encargado de esta investigación – dijo, extendiendo la mano. 

Por mero hábito, le apreté la mano. Él puso entonces, las manos en los bolsillos de los pantalones.

– Yo soy… – empecé a decir. 

– Yo sé quién eres – me interrumpió Almeida. – ¿Sabes?, tu blog no nos pasó desapercibido.

Esa afirmación me cogió de sorpresa. De hecho, yo tenía un blog donde escribía sobre mis exploraciones, pero era poco leído (pueden encontrarlo en http://www.terceirarealidade.wordpress.com; pero, como verán a continuación, no es una fuente muy fiable). Sin embargo, nunca nadie me había identificado como el autor.

– No hay necesidad de estar tan sorprendido. Sus actividades son de gran interés para nosotros.

– ¿Por qué? – fue la única cosa que recordé decir.

– Los blogs pueden ser una buena herramienta para desacreditar los acontecimientos que son nuestra responsabilidad ocultar. Cuantos más locos escriban sobre estos temas, menos el público cree en ellos. 

No necesitaba escuchar nada más para darme cuenta de quienes eran aquellos hombres. Se trataba, sin duda, de la organización de la que Alice me había comentado, que se encargaba de ocultar el mundo que existe paralelo al nuestro. 

– Por cierto, tengo una propuesta para usted – continuó Almeida. – Si estuvier de acuerdo en añadir artículos y cambiar los escritos por usted según nuestras instrucciones, estoy dispuesto a mostrarle lo que hemos encontrado aquí. Si no, recuerde que podemos hacer desaparecer su blog y dificultar mucho su vida y la de su familia. 

Viendo a los soldados detrás de él y pensando en todos los recursos usados en la excavación del lecho del río, por no hablar del buque en sí, no dudaba de que él fuera capaz de cumplir su amenaza. Además, yo escribía el blog más para pasar el tiempo que para ser leído, por lo que la veracidad de lo que allí estaba escrito no era de gran importancia para mí. Acepté la propuesta de Almeida sin mayor duda. 

– ¡Excelente! – respondió él. – Venga conmigo. Estamos cerca de encontrar lo que hemos venido a buscar aquí. 

Él me llevó de vuelta a los pasillos y, a través de ellos, hasta la enorme cámara donde transcurría la excavación. Desde una plataforma, observamos los trabajos. A nuestro lado, una pantalla mostraba lo que sólo podía ser una imagen del subsuelo obtenida por algún tipo de sensor. En ésta, se veía claramente una gran mancha blanca que sólo podía ser lo que aquellos hombres buscaban. Almeida no me dijo de qué se trataba, y yo no le pregunté. Después de todo, a juzgar por la imagen, lo iba a descubrir en breve. 

Minutos después, algo surgió. Por entre el barro oscuro, se veía, ahora, un punto blanco. Las máquinas se detuvieron, siendo la excavación retomada por hombres con palas. 

Poco a poco, el misterioso objeto fue revelado. A cada segundo que pasaba, parecía ser de mayor tamaño. A la distancia a la que me encontraba era difícil estar seguro, pero la materia blanca que lo formaba parecía tener una textura extraña, semejante a la de la piel. De hecho, siempre que uno de los trabajadores le tocaba, ésta mostraba una cierta elasticidad.

Cuando, al cabo de más de una hora, el objeto quedó totalmente al descubierto, no sabía distinguir muy bien lo que estaba mirando. Por un lado, parecía un animal del tamaño de un cachalote, con la piel cubierta por una sustancia viscosa de origen claramente orgánica. Por otro, tenía una forma triangular con los bordes redondeados, tan regular que no parecía de origen natural. 

Los hombres de Almeida pacientemente excavaron por debajo del objeto y pasaron correas, que supuse eran de kevlar, de un lado al otro. Después, sostuvieron los dos extremos al gancho de una grúa. Ésta, lenta y cuidadosamente, comenzó a levantar el objeto, teniendo como destino una plataforma no muy lejos de aquella donde nos encontrábamos. Cuando pasó junto a nosotros, su “piel” empezó a moverse, primero ligeramente, y después, violentamente. Parecía que algo estaba intentando salir del interior. Los soldados le apuntaron sus armas.

– No disparen – ordenó Almeida. 

Nuestra sospecha se confirmó segundos después, cuando una mano terminada por garras rompió la superficie. Antes de que alguien lograra reaccionar, del interior del objeto salió una criatura negra vagamente humanoide. Era más grande que un hombre, de unos dos metros de altura, y tenía brazos tan largos que tocarían en el suelo si ella se levantase sobre él. Nos miró con ojos amarillos y después saltó en nuestra dirección.

– ¡Disparen! – gritó Almeida.

Las balas zumbaron en dirección a la criatura, pasando desconcertantemente cerca de nosotros, pero ninguna parecía herirle. Impulsado por sus poderosas piernas, llegó a nuestra plataforma, me empujó y me tiró al suelo. Tengo de confesar que estar allí a los pies de aquella criatura fue uno de los momentos más terribles de mi vida, al menos, hasta entonces. Aquellas garras y colmillos podían despedazarme en un instante. Afortunadamente, la criatura no se quedó y corrió escaleras arriba.

– ¡Detrás de él! – ordenó Almeida. – No lo dejen salir del buque.

Los soldados así lo hicieron. Almeida siguió inmediatamente detrás. Cuando logré levantarme y recuperarme, ellos ya habían desaparecido detrás de la puerta estanca que llevaba a los niveles superiores. Corrí detrás de ellos. Siguiendo los ruidos de las botas en las pasarelas de hierro, recorrí los pasillos y subí las escaleras hasta llegar al exterior. Los encontré en lo que sólo puedo llamar la cubierta que se encontraba en la parte de atrás del puente del buque. Estaban asomados sobre la borda, apuntando sus armas hacia el agua. Me uní a ellos.

– Él saltó al río – me dijo Almeida.

Junto con ellos, empecé a buscar a la criatura entre las aguas. Ella se apareció, momentos después, en las escaleras altas de cemento que sostenían la orilla del río. Con la biblioteca de Viana justo encima, los hombres de la Organización no se atrevieron a disparar, y la criatura desapareció en el interior de una de las callejuelas de la ciudad.

– Vamos a tener que perseguirlo por la ciudad – dijo Almeida, más para sí mismo que para los que lo rodeaban. – Pongan el barco en el agua.

Después, se volvió hacia mí:

– ¿Conoce a Viana?

– Crecí aquí – respondí.

– Entonces, va a tener que venir con nosotros.

Los soldados volvieron al interior del buque por la misma puerta por donde yo salí. Poco después, vi a la pared moviéndose. Una sección entera se deslizó hacia un lado, revelando una bodega con varios botes. Los soldados levantaron uno en peso y lo llevaron hasta la borda. Al presionar de un botón, ésta se inclinó y rodó, formando una rampa a través de la cual el barco fue llevado hasta el agua.

Después de abordar, fue una cuestión de poco más de un minuto llegar a la orilla. Desembarcamos aproximadamente en el mismo punto donde la criatura había subido a tierra y la seguimos hacia el interior de la callejuela.

Como esperaba, ella ya no se encontraba allá. Los soldados apuntaron las linternas para los otros tres callejones que terminaban allí, pero no vieron ninguna señal de nuestro objetivo. Ellos parecían bastante experimentados en situaciones como aquellas, pues, sin esperar por una orden de Almeida, comenzaron la búsqueda de pistas que indicasen para dónde la criatura podía haber ido. No tardarían en encontrar unas marcas en el estuco medio caído de una casa cercana. Se trataban de agujeros enormes, en espacios más o menos regulares.

– Subió a los tejados – dijo Almeida.

Miramos todos hacia arriba, pero es claro que la criatura ya no estaba allí. Sin embargo, ahora sabíamos qué señales buscar. En una callejuela adyacente, encontramos fragmentos de tejas que parecían estar allí hacia poco tiempo. En otra, paralela a la segunda, encontramos lo mismo. En una transversal a ésta, una pared mostraba marcas en su parte superior. Siguiendo estas pistas, acabamos por ver un bulto que se movía entre los tejados de la ciudad. Cuando estábamos pasando delante de la Iglesia Matriz, él saltó por encima de nosotros, aterrizando dentro de la torre del campanario. Sin embargo, no se quedó allí mucho tiempo, pues rápidamente saltó hacia el techo de la iglesia y pasó para el edificio de atrás.
Almeida y sus hombres comenzaron a bajar la calle, sin duda en busca de un pasaje a través del cual pudieran seguir en la misma dirección de la criatura, pero yo los llamé:

– Por aquí.

Tomando una callejuela escondida al lado de la iglesia, logramos seguir paralelamente a la criatura. Cuando salimos en una calle mayor, estábamos al frente de ella.

Finalmente, llegamos a la plaza situada al lado del antiguo mercado, en el centro de la cual se encontraba la Capilla de las Almas. En un intento por prepararnos para todos los posibles movimientos de la criatura, avanzamos hasta medio camino entre el final de la calle y la capilla. De allí, podíamos seguirla rápidamente, fuera a donde fuera. Por suerte, ella saltó directamente hacia el tejado de la capilla. Con rapidez y precisión militar, los soldados de la Organización rodearon el edificio antes de que ella tuviese tiempo de pasar al siguiente.

– Mátenlo – ordenó Almeida, cuando el ser comenzó a ganar balance para un nuevo salto.

Las automáticas abrieron fuego. A pesar de que me interesaban las armas, no tenía ni idea de qué modelo eran aquelllas. No hacían casi ningún ruido en el momento de disparar. De cualquier manera, tampoco es que viviese mucha gente en aquella parte de la ciudad para escucharlas.

Al ser herida por las primeras balas, la criatura interrumpió el salto e intentó encontrar refugio, pero los soldados cubrían todos los ángulos de aquel tejado. Balas y más balas se alojaron en su cuerpo, hasta que, finalmente, ella cayó del tejado. Aún así, aquello no había terminado. El ser se levantó y, con un gruñido, avanzó en la dirección de uno de los soldados. Almeida sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta y se unió a sus hombres, rodeando la criatura. Ante el fuego cruzado, ésta no resistió y, por fin, se cayó, quedando inmóvil en el suelo.

Con un movimiento casi mecánico, sin vacilar y ni siquiera pensar, uno de los soldados sacó un plástico negro de su mochila, se aproximó al cuerpo y lo cubrió.

– Puede ir – me dijo Almeida, guardando la pistola y metiendo las manos en los bolsillos de los pantalones. – Nosotros ahora vamos a proceder a la limpieza. Nos pondremos en contacto con usted para decirle lo que queremos que cambie en su blog.

Como es obvio, yo tenía muchas preguntas. ¿Qué era esa criatura? ¿Qué estaba haciendo en el fondo del río? ¿Qué era aquella cosa dentro de la cual se encontraba? ¿Por quién fue creada la Organización? ¿A quién respondía? ¿Quién la financiaba? Sin embargo, no me parecía que Almeida fuese a responder a nada, por lo que salí del local y me fui a recuperar el barco de mi amigo.

Una vez más, en el camino de vuelta a casa, mi mente estaba perdida en las posibles explicaciones para lo que había visto. Llegué a casa casi sin percatarme de ello, y sólo cuando la puerta del garaje empezó a abrir fue que me di cuenta de que había estado fuera mucho más tiempo de que lo esperado. ¿Qué excusa le iba a dar a mi mujer?

Capítulo 7 – Los Cerqueira

Un día, después del trabajo, unos meses después de mi primera visita al Bar de las Hadas, decidí volver allí. Debido al trabajo y a compromisos familiares, ya hacia algún tiempo que no tenía la oportunidad de investigar una de las entradas del diario, pero mi curiosidad comenzaba a ser insoportable. El Bar de las Hadas estaba cerca de la oficina donde trabajaba, por lo que era el lugar ideal para una visita rápida. Quién sabe, tal vez encontrase allí a alguien que pudiera responder a algunas de mis preguntas, o hasta tuviera la oportunidad de visitar los túneles ocultos debajo de Braga.

Como antes, entré en el bar a través de las escaleras situadas detrás de una puerta en el fondo de una pastelería junto al Arco de la Puerta Nueva. Cuando llegué allí, me encontré con una escena similar a la de mi primera visita. Sólo había una diferencia significativa. Sentado al balcón, se encontraba un hombre. Alice había dicho que era raro que alguien de mi raza apareciese por allí, por lo que me acerqué despacio, observando atentamente para asegurarme de que no era sólo una criatura similar a un humano. Cuando tuve la certeza de que no estaba equivocado, me senté a su lado.

Él parecía tan sorprendido como yo al ver allí otro ser humano. Se llamaba Henrique Cerqueira y, aunque tenía conocimiento de ese otro mundo hacía más tiempo que yo, no parecía saber mucho más sobre él. Aun así, intercambiamos conocimientos mientras bebíamos un vaso de esa agua que era la única bebida que existía en aquel bar. Él no solía salir de Braga, por lo que desconocía todo lo que yo había encontrado fuera de la ciudad, pero me habló de otro sitio parecido al Bar de las Hadas en el otro lado de la ciudad, aunque me advirtió de que no era tan bien frecuentado. No había mención de ese lugar en el cuaderno que yo había encontrado, por lo que tomé una nota mental para visitarlo después.

Nuestra conversación se vio interrumpida al cabo de poco más de una hora por una llamada telefónica de mi mujer. Tuve, entonces, que irme a casa, pero no antes que Henrique me diese su número de teléfono móvil y me invitara a ir un día a almorzar a su casa. Tal vez por haber finalmente encontrado a alguien con quien podía hablar de aquel mundo que la mayoría de la gente desconoce y en el que probablemente se negaría a creer, me quedé expectante en cuanto a esta visita. 

Por desgracia, sólo pude aceptar la invitación casi tres semanas después, cuando mi mujer tuvo que salir del país por trabajo y mi hija fue a pasar unos días a casa de una amiga.

Me dirigí hasta la antigua parroquia de Dadim, donde se encontraba la casa de Henrique. Esta no fue difícil de encontrar. Siguiendo por el camino que él me había indicado, encontré inmediatamente una casa aislada, un poco por encima de la base de una colina cubierta por un bosque. Al frente de ella, se extendía un valle que nunca hubiera imaginado que existía, pues se encontraba en una depresión que no era visible desde la carretera. Una pared de granito lo delimitaba, junto con la casa, lo que indicaba que todo aquello pertenecía a los Cerqueira.

Me dirigí hasta la entrada y toqué el timbre. Una voz preguntó a través del intercomunicador quién era y, cuando respondí, la puerta se abrió.

Incluso en coche, aún me llevó unos cinco minutos recorrer el camino de tierra que serpenteaba entre bancales cubiertos de viñedos.

Después de una última curva, llegué a la casa. De cerca, era verdaderamente impresionante. Sólo tenía un piso, a excepción de la torre en el lado derecho, que se alzaba un piso más, aunque el ático también aparentaba ser amplio. Toda la parte delantera de la casa estaba ocupada por un enorme porche, cuyo techo se apoyaba en varias columnas de hierro fundido. Detrás de él, ventanas, también de hierro fundido y decoradas con diversas formas, ocupaban casi toda la pared.

Detuve el coche frente a la escalera que subía hasta la puerta principal, donde me esperaba Henrique y el resto de la familia Cerqueira.

– Bienvenido a la Vila Marta – dijo Henrique con una sonrisa, cuando subí las escaleras.

Después, me presentó a su familia. Entre niños y adultos, estaban allí unas veinte personas.

De la entrada pasamos al vestíbulo, donde dejé el abrigo, y de allí al comedor. En él se encontraba una gran mesa, con diez sillas de cada lado. Como invitado, me dieron un lugar en el topo de la mesa, frente a Henrique. A nuestra derecha, en la cabeza de la mesa, se sentó la madre de Henrique, la matriarca de la familia, mientras que los otros se sentaron en los restantes lugares, a la izquierda.

Pasado poco tiempo, una anciana sirvienta, más vieja que cualquiera de los comensales, comenzó a traer bandejas de la cocina. La conversación se inició con las habituales trivialidades sobre empleo, familia y hasta el clima. Después se dirigió, finalmente, hacia el mundo paralelo al nuestro, del que toda la familia tenía conocimiento. 

– ¿Cómo encontró el Bar de las Hadas y todos los otros sitios que Henrique me dijo que visitó? – acabó por preguntar a la matriarca.

Le conté la historia acerca de cómo había encontrado el cuaderno que me había llevado a aquellos descubrimientos.

– En nuestro caso, es una herencia de familia – explicó Henrique. – Nadie sabe a ciencia cierta desde hace cuántas generaciones tenemos ese conocimiento. 

La conversación pasó, entonces, a ser sobre extrañas criaturas y lugares ocultos de la vista de la mayoría de los hombres. Todos aportaron algo y hasta pude conocer cosas que no figuraban en el diario.

El almuerzo se extendió casi hasta las cuatro de la tarde, hora en la que los comensales se comenzaron a levantar. Henrique me llevó hasta la sala de estar, donde nos sentamos a beber un whisky más viejo que yo. A través de las amplias ventanas, se veían los viñedos en frente de la casa.

Entre bebidas, Henrique me contó como aquellas viñas eran el origen de la riqueza de su familia desde tiempos inmemoriales.

Fue entonces que me di cuenta de algo peculiar.

– ¿Dónde están los trabajadores? – le pregunté, echando la falta de movimiento en los campos. – De seguro que necesitan mucha mano de obra para mantener un viñedo tan grande.

– Aquí, el trabajo se hace de noche – explicó él. 

– ¿De noche? – pregunté, confundido. 

– Ven – me pidió, levantándose de su sillón.

Henrique me llevó hacia el pasillo y a través de él, hasta la planta baja de la torre. Allí, apartó una estantería llena de libros, revelando un estrecho túnel que contenía una escalera que descendía, en curva, hasta desaparecer de mi vista. Conducido por mi anfitrión, bajé hasta su fondo, donde nos encontramos con una puerta de madera e hierro que ya debía tener décadas, si no siglos. A pesar de su edad, Henrique la abrió sin ninguna dificultad, dando acceso a un enorme sótano que debía ocupar toda el área de la casa. 

Cruzamos los estrechos pasillos creados entre bolsas de fertilizante, pipas de vino, botellas vacías y llenas y utensilios agrícolas hasta llegar al lado del sótano opuesto a aquel por donde entramos. Allí, encontramos una pared interrumpida por una gran puerta. Fue hasta ella que Henrique me llevó.

Cuando me asomé entre las rejas, me quedé sin saber qué decir. Al otro lado, se encontraba un pequeño cuarto de la cual emanaba un olor penetrante. En el medio del suelo, casi a oscuras, se amontonaban decenas de pequeñas criaturas, que no tendrían más de un metro de altura. Su piel era de color gris azulado, y pelo negro, largo y enmarañado les descendía por la espalda. Garras terminaban sus manos y pies. 

– No se encuentra mano de obra más barata en ningún lado – dijo Henrique, claramente orgulloso. – Un cubo de carne cocida todas las noches y están listos para trabajar. 

No sabía cómo responder. Aquellas criaturas no eran humanas, bien lo sé, ni conocía su nivel de inteligencia, pero, de cualquier forma, todo aquello me parecía errado. 

Enrique se dio cuenta de mis pensamientos y me llevó de nuevo a la sala, para terminar nuestras bebidas. Aún me quedé allí durante casi una hora. Poco hablamos. Por fin, me disculpé porque estaba haciendo tarde y deje la quinta. 

De camino a casa, no podía ignorar mi decepción. Había encontrado a alguien con quien podía hablar de aquel mundo oculto, pero él usaba ese mundo en provecho propio.

Esa noche dormí mal, pues no podía expulsar la imagen de las criaturas atrapadas en aquél sótano de mi cabeza. Incluso en el día siguiente, durante el trabajo, no conseguía olvidarme de ello. Como tal, y a pesar de estar sobrecargado de trabajo, después de la hora de expediente me fui al Bar de las Hadas. Tenía la esperanza de encontrar a Alice para contarle lo que había visto.

Abrí la puerta que daba acceso al bar con cuidado. No me quería encontrar con Henrique Cerqueira. Afortunadamente, no había ni señal de él. Por otro lado, Alice estaba sentada en el balcón casi en el mismo sitio donde la vi por primera vez. Me acerqué a ella y me senté en el banco a su lado. 

– Hola – le dije.

– Hola – respondió ella con sarcasmo.

Claramente no se había olvidado de mi salida repentina de la última vez.

Empecé a contarle lo que había visto en la casa de los Cerqueira. Aunque, al principio, ella no se mostró muy interesada, pronto logré captar su atención. 

– Por lo que me dices, ellos usan trasgos para trabajar en los campos. No son las criaturas más inteligentes, ni las más agradables, pero no merecen ser tratados así. Vuelve por la noche. Voy a ver si encuentro a alguien para que nos ayude. 

Asentí con la cabeza. Después de la cena, le dije a mi mujer e hija que tenía que ir a la oficina a trabajar para poder salir sin levantar muchas sospechas. De hecho, no era propiamente una mentira. Yo debería haber ido a trabajar esa noche, pero no podía dejar que los Cerqueira siguieran abusando de esas pobres criaturas.

Cuando volví al Bar de las Hadas, este estaba casi vacío. Además de uno u otro cliente solitario, solo allí se encontraba un grupo de cinco criaturas, del cual Alice formaba parte. Ella me llamó y me pidió que dijera a los otros lo que había visto. 

Mientras contaba, una vez más, qué había visto en la casa de los Cerqueira, observé a mis nuevos compañeros. Uno de ellos, un hombre, debía de ser de la misma raza de Alice, ya que tenía el mismo pelo blanco, cuello largo y ojos felinos que ella. Otro era pequeño, apenas llegándome a la cintura, y tenía piel amarilla y naranja. En contraste, a su lado, se encontraba una mujer muy alta y esbelta, de piel azul y ojos grandes, con varios trazos negros en la cara que no logré discernir si eran naturales o tatuajes. Por fin, en una mesa cercana, se sentaba en una diminuta criatura que se parecía mucho a la imagen popular de un hada. En la espalda, le crecían alas similares a las de una libélula, y pequeñas escamas multicolores le cubrían la parte de atrás del cuello y de los brazos.

Cuando terminé mi historia, todos rápidamente se mostraron de acuerdo en ayudar a liberar a los trasgos. A continuación, Alice nos llevó hacia una de las puertas que llevaban a los túneles, donde los de sus razas habitaban. Desde que había descubierto el bar, los quería visitar. Sólo me hubiera gustado que las circunstancias hubieran sido otras. 

La puerta, después de un corto paso, llevaba a un túnel largo y alto con el suelo calcetado, paredes de granito y techo abovedado. Llamas azules, que parecían no emitir ningún calor, ardían en nichos en las paredes e iluminaban tanto o más que luces eléctricas. Una miríada de puertas despuntaba en ambas paredes. 

Durante nuestro recorrido, pasamos  varias curvas y cruces. Cuanto más avanzamos, mayores se tornaban los túneles y más grande era la multitud que andaba en ellos. En la superficie, sólo durante el verano se veía a tanta gente. Y nunca con aquella diversidad. Perdí la cuenta al número de razas diferentes con los que me crucé.

Finalmente, bajamos por una escalera hasta una enorme cámara rectangular. Esta era atravesada en su centro por una zanja que se unía, en ambos extremos, a túneles más grandes que cualquiera por el que habíamos pasado.

Junto con otras criaturas, esperamos en aquella plataforma. Unos diez minutos después, una luz apareció en el fondo de uno de los túneles. Poco después, de este salió una gigantesca criatura, tan alta como la zanja, y larga lo suficiente para ocupar todo el largo de la cámara. Se parecía vagamente a una escolopendra, con un cuerpo de color rojo amarronado y una miríada de patas delgadas. Sin embargo, no tenía antenas, y su rostro poseía rasgos humanos. Sobre su espalda, transportaba seis vagones de madera. 

Usando una tabla, subimos a uno de esos vagones y nos instalamos en un de los bancos de madera e hierro. Poco después, nos pusimos en marcha, entrando en el otro túnel alto que desembocaba en la cámara. Después de todo, Braga tenía un Metro. Los habitantes de la superficie, sin embargo, no lo conocían.

Desembarcamos unos quince minutos después en una cámara muy similar a aquella donde entramos. Subimos las escaleras y volvimos al sistema de túneles. Este era mucho más pequeño que aquel junto al Bar de las Hadas, con muchas menos puertas y bifurcaciones. Por fin, llegamos a una puerta de metal guardada por una criatura alta y musculosa, que nos dejó salir. Estábamos, ahora, en una estrecha cueva natural, la cual solo pude recorrer caminando de lado. Instantes después, más adelante, surgió una luz plateada. Después de pasar un bosquecillo, que disfrazaba la entrada, llegamos al exterior.

Fue con sorpresa que, bajo la luz de la luna, me di cuenta de que estábamos en el valle de los Cerqueira, junto a la frontera entre este y el monte, no muy lejos de una de las paredes de la quinta. ¿Sería por allí que Henrique accedía al mundo escondido debajo de Braga? 

Sin perder tiempo, la pequeña hada voló sobre el muro. Regresó unos cinco minutos después.

– Los trasgos ya están trabajando – dijo. – Y no están solos. Los Cerqueira tienen ogrons como capataces.

– ¿Cuántos? – preguntó Alice. 

– No estoy segura, pero no muchos. 

– Entonces, vamos.

– Espera – le dije. – ¿Cuál es el plan?

– Entrar allí y empatar los capataces mientras los trasgos huyen – respondió Alice, sin parar. – Venid.

El muro que circundaba la Vila Marta y sus campos era de granito y tenía más de dos metros de altura. Si fuéramos todos humanos, habríamos tenido alguna dificultad en subir. Por suerte, uno de mis compañeros tenía garras retráctiles, por lo que llegó a la cima con relativa facilidad. Después, nos ayudó a pasar hacia el otro lado.

No había iluminación en aquellos bancales, y era una de las últimas noches de cuarto menguante, por lo que estaba muy oscuro. No podía ver nada más allá de siluetas difusas entre los viñedos y los postes que los soportaban.

– No veo nada – dije a mis compañeros. 

– Nos vemos – dijeron el hada y la criatura que nos había ayudado a entrar casi al unísono. 

– Vamos – dijo Alice.

Conmigo siguiendo a los otros ciegamente, subimos hasta el primer bancal. Entonces nos ocultamos detrás de un muro circular, que debía pertenecer a un pozo, y nos quedamos a mirar atentamente hacia arriba. En el bancal siguiente, pudimos ver varias siluetas por entre los viñedos, la mayoría pequeñas, pero una de ellas excepcionalmente grande, probablemente el capataz. 

Alice posó una mano en mi brazo. 

– Tú no ves en la oscuridad, por eso vas a ayudarme con aquel capataz. Los otros se encargarán de los bancales más arriba.

Agazapados, subimos la rampa de tierra que llevaba al bancal siguiente. Entonces, Alice y yo nos separamos de los otros. Intentamos acercarnos sin ser vistos, utilizando los postes como escondites, sin embargo, la visión nocturna del capataz también debía ser mejor que la mía, pues de inmediato emitió un temible rugido y avanzó hacia nosotros.

Alice me agarró por un brazo y, juntos, nos lanzamos contra él. Al principio, el ser resistió a nuestro ataque, pero acabamos por tirarlo al suelo. Mientras manteníamos el capataz atrapado con nuestro peso, Alice gritó, en la dirección de los trasgos:

– ¡Huyan! ¡Lárguense de aquí!

Las criaturas dudaron por un momento, pero pronto se dieron a la fuga, descendiendo la pared que soportaba el bancal como si fueran gatos.

El ogron seguía luchando y gritando. Alice le dio un puñetazo y, cuando esto no funcionó, otro y otro e incluso otro. La criatura seguía moviéndose, por lo que no había perdido la conciencia, pero ya no se resistía.

– Creo que ya nos podemos ir – dijo Alice. 

Cuando llegamos a la rampa por donde habíamos subido, vimos las siluetas de nuestros compañeros correr procedentes de los bancales arriba, acompañados por pequeñas formas que sólo podían ser trasgos. Detrás de ellos, oí la voz de Henrique y de pasos pesados. Habíamos sido descubiertos y estaban por llegar refuerzos.

Corrimos de vuelta al muro. Los trasgos, en su ansia de libertad, nos sobrepasaban, y llegaron al exterior antes de que nosotros empezáramos siquiera a subir.

Después de dejar el terreno de los Cerqueira, no vimos ni oímos ningún otro signo de persecución. Aun así, sólo paramos de correr cuando entramos en los túneles que llevaban al tren viviente. No sabíamos hacia donde habían huido los trasgos, ni si habíamos conseguido liberar a todos. Tampoco valía la pena pensar en ello. Después de aquella noche, los Cerqueira iban a estar de alerta. Nunca más íbamos a salvar a nadie de su quinta.