Capítulo 9 – Trasgos Citadinos

Una vez más, una noticia en un periódico local despertó mi curiosidad. Esta reportaba una serie de extraños accidentes de auto en la ciudad de Braga. Todos ellos habían ocurrido cerca del lugar donde los coches estaban estacionados durante la noche y mostraban señales de sabotaje, generalmente frenos cortados. Ya había más de una docena de muertes. Según la noticia, la policía creía que los responsables eran uno o varios vándalos, pero aún no había encontrado ninguna pista, indicio o testigo que le ayudara a identificarlos.

En otros tiempos, estaría inmediatamente de acuerdo pero, después de todo lo que había visto en los meses anteriores, me pregunté si la causa no sería otra, algo asociado al otro mundo que yo había descubierto. Por lo tanto, una noche en que salí tarde del trabajo, decidí hacer una ronda por la ciudad.

Caminando, recorrí todas las calles en las que los coches solían permanecer estacionados durante la noche, atento a cualquier movimiento debajo de ellos. Durante la primera hora, no vi más que uno que otro animal callejero. Sin embargo, cerca de la media noche, vi a un extraño bulto negro debajo de un Ford Fiesta. Si no hubiera visto criaturas extrañas antes, podía haber pensado que se trataba de un gato, pero había algo en la forma de aquella sombra que no parecía animal.

Me acerqué. Lentamente, me agaché y, encendiendo rápidamente la linterna, me asomé debajo del coche. Lo que encontré, realmente no fue un gato, sino un trasgo, como los que había ayudado a liberar de la casa de los Cerqueira. Estaba, claramente, intentando romper parte de las tuberías y cableado en la parte de abajo del coche.

Alarmado, intentó huir. Lo agarré por un brazo. Si lograra capturarlo, tal vez podría encontrar a alguien que supiera comunicarse con él y descubrir por qué estaba haciendo eso. Sin embargo, el trasgo me mordió la mano, obligándome a soltarlo. Aún así, corrí detrás de él pero, usando sus cuatro extremidades, era mucho más rápido que yo. Lo perdí, por fin, cuando subió la pared del terreno adyacente a una de las torres medievales de la ciudad. Además de ser demasiado alta para yo subir, se trataba de una propiedad privada habitada, que yo no me atrevía a invadir.

El encuentro, sin embargo, no fue infructuoso. Cuando agarré el brazo de la criatura, me di cuenta de que éste tenía una marca en forma de círculo con una C invertida grabada en la piel. Decidí, entonces, ir al Bar de las Hadas a buscar a Alice con la esperanza de que ella supiera de qué se trataba y eso me diera alguna pista sobre el origen y objetivos del trasgo.

Como esperaba, y como en casi todas mis visitas al Bar de las Hadas, encontré a Alice sentada en el balcón. Me senté a su lado. Después de nuestra aventura en la casa de los Cerqueira, ella ya no parecía tan resentida con nuestro primer encuentro, por lo que no tuve dificultad en iniciar la conversación. Después de los saludos iniciales, le hablé de los accidentes, las muertes, de mi vigilia y de mi encuentro con el trasgo.

– He oído hablar de esos accidentes – dijo ella. – Casi todos los coches se estrellaron en sitios habitados por algunas de nuestras razas más pequeñas. El que derribó la pared del Palacio de los Biscainhos destruyó toda una comunidad de hadas que hicieron su casa en el interior hueco. Marta, el hada que nos acompañó a la quinta de los Cerqueira, perdió a toda su familia. Que haya sido un trasgo la causa de los accidentes puede ser una revelación importante.

Me quedé en silencio durante un instante, intentando comprender lo que acababa de oír. Las muertes podrían haber sido solamente daños colaterales de alguien tratando de disimular atentados contra las hadas como accidentes. Sin embargo, esto no redujo mi deseo de encontrar al responsable, sino al contrario.

Luego le conté a Alice sobre la marca que vi en el brazo del trasgo. Ella me miró con una expresión grave.

– Yo ya he visto esa marca antes – dijo ella. – En los trasgos que liberamos de la quinta de los Cerqueira.

En ese momento, me quedé pálido. Una, tal vez más, de las criaturas a cuya liberación yo había ayudado, podría ser responsable por más de una decena de muertes. Era difícil no sentir que su sangre estaba en mis manos.

– ¿Segura? – pregunté, buscando por dónde escapar a la culpa.

Ella sólo asintió con la cabeza, en silencio.

Me levanté de inmediato y volví a las calles de la ciudad, más decidido que nunca a descubrir la razón de todas esas muertes.

Me dirigí a la calle donde encontré el trasgo. Con suerte, le había interrumpido antes de él terminar su sabotaje y volvería para terminar el trabajo.

Esperé, inmóvil, bajo la sombra de un árbol, con la esperanza de que la oscuridad me escondiera. Estuve allí casi una hora antes de que el trasgo volviera, salido de una callejuela cercana. Asumí que era el mismo, ya que se dirigió a lo mismo coche. Esta vez, no interrumpí su trabajo. Quería que terminara para seguirlo y ver a dónde iría después. Allí había algo más, tenía de haberlo, e iba a averiguar lo que era o la culpa sería mía… Más tarde dejaría en el parabrisas un mensaje de advertencia al conductor del coche.

La criatura no estuvo ni cinco minutos debajo del vehículo. Corrió hacia la callejuela de donde salió y, esta vez, pude ir detrás de él. Me aseguré de no perderlo como la última vez; afortunadamente, la persecución no fue larga. Lo vi subir por la pared trasera de una casa abandonada en las Carvalheiras – una plaza situada en el otro extremo de la callejuela – y desaparecer en la oscuridad detrás de las rejas que delimitaban el jardín, construido sobre el garaje. Conocía bien aquella casa: ya la había visitado con el grupo de exploración urbana, y sabía cómo entrar. No tenía la agilidad ni las garras del trasgo, sin embargo, subiendo a una caja de electricidad, logré llegar a un espacio entre las rejas lo suficientemente ancho para poder pasar.

Como es habitual en casas abandonadas hace mucho tiempo, ésta había sido víctima del vandalismo. La puerta trasera había sido derribada. Entré. Cogí mi linterna, pero no me atrevía a encenderla. No quería asustar a quien allí estuviera, al menos no antes de darme cuenta de lo que pasaba. Aún así, la luz de la luna, de las estrellas y hasta de la iluminación pública que entraba por las ventanas partidas iluminaba el interior lo suficiente como para ver lo que me circundaba.

El suelo del vestíbulo estaba lleno de hojas, probablemente traídas por el viento a través de la puerta. Afortunadamente, también estaba cubierto de polvo, en el que se veían claramente varias pequeñas huellas, que asumí eran del trasgo. Las seguí hasta la escalera que llevaba al piso superior, haciendo caso omiso de dos puertas abiertas que, por el poco y polvoriento mobiliario que aún contenían, eran un cuarto de estar y un comedor.

Las escaleras de madera chirriantes me llevaron hasta el pasillo del piso superior, donde se alineaban varias puertas abiertas o derribadas. La luz que salía de estas era suficiente para ver lo que me rodeaba. Como en el piso de abajo, el pasillo estaba cubierto de polvo, y en éste continuaban las huellas de trasgo. Las seguí hasta una de las habitaciones.

Apenas llegué a la puerta, vi pequeños bultos, sin duda trasgos, correr y desaparecer por la puerta que llevaba al balcón. Ésta, sin embargo, encuadraba una forma mayor, tal vez incluso más alta que yo. No parecía particularmente preocupada por mi presencia, pues no movió un solo músculo cuando entré en la habitación.

Una capucha y una capa le cubrían todo el cuerpo, y con la escasa iluminación, me era imposible ver lo que se encontraba debajo.

– ¿Quién es usted? – pregunté. – ¿Qué pretende?

Aquel bulto solo podía ser quien controlaba los trasgos, por lo que era momento de yo obtener algunas respuestas sobre los accidentes y las muertes.

– Vete de aquí – dijo la criatura con una voz femenina y ronca. – Esto no tiene nada que ver contigo ni con los de tu raza. Olvida todo lo que has visto.

– Pero… – empecé yo, pero ella me volvió la espalda y avanzó hacia el balcón.

Corrí detrás de ella, dispuesto a luchar si fuera preciso, para obtener respuestas. Sin embargo, apenas llegó al exterior, ella comenzó a flotar. La sorpresa me hizo dudar un momento, el tiempo suficiente para la criatura se elevara en el cielo nocturno, muy por encima de la casa. La vi, entonces, a volar en dirección al oeste, desapareciendo poco después detrás de los edificios que ocultaban el horizonte.

Frustrado, salí de la casa y volví al Bar de las Hadas. Tal vez Alice supiese quién o qué era aquel ser encapuchado.

Ella seguía allí, sentada al balcón en el mismo taburete. Me senté a su lado y, antes de ella tener tiempo de decir algo, le dije lo que acababa de descubrir. Cuando le hablé de la figura encapuchada y de cómo ésta levantó vuelo, una expresión aterrorizada apareció en su cara.

– Las Brujas de la Noche – susurró, como si tuviera miedo de decir el nombre en voz alta.

– ¿Quiénes son las Brujas de la Noche? – le pregunté, sorprendido con su reacción.

– La leyenda de las Brujas de la Noche es muy antigua. Se dice que son criaturas misteriosas que atacan a algunas de nuestras razas. Como es normal en estas cosas, hay varias historias de avistamientos, si bien que últimamente he oído más. Nunca les di mucha importancia. Pero, ahora, con lo que me dijiste…

Seguimos conversando sobre las Brujas de la Noche durante un rato más. Por desgracia, las historias que ella conocía no eran muy útiles. A menudo, se contradecían unas a las otras. Pero esa es la naturaleza de las leyendas.

Dejé el Bar de las Hadas decidido a encontrar y hacer lo que pudiera para detener a las Brujas de la Noche. Cuando llegué a casa, mi mujer ya se había quedado dormida. La había llamado para decirle que iba a trabajar hasta tarde. Yo no me acosté de inmediato. Me senté en mi escritorio con el diario que había encontrado, buscando por todas las referencias sobre brujas. Mis próximas expediciones iban a centrarse en ellas.

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Capítulo 8 – La Organización

Después de mi descubrimiento del diario, había prácticamente abandonado la exploración urbana. Sin embargo, una noticia en un periódico del Miño despertó, de nuevo, este mi interés.

Un buque con destino al puerto de Viana do Castelo se había hundido en la desembocadura del río Lima. Curiosamente, éste se hundió de proa, quedando la popa y la mitad de atrás fuera del agua en posición casi vertical. La evidente oportunidad para la exploración no me pasó desapercibida. 

Justo el fin de semana siguiente, fui hasta Viana. Para mi alivio, esta vez no tuve que mentir ni ocultarle la verdad a mi mujer. Ella estaba muy consciente de mi interés por la exploración urbana. No me gustaba engañarla, y de seguro, ella ya comenzaba a sospechar de algo.

Me encontré con un viejo amigo que me prestó un barco (el mismo que yo había usado para explorar el Camalhão y encontrar el Rey de los Islotes) y, cuando oscureció, remé hasta el barco naufragado.

Se me ocurrió entonces, que podía haber invitado al resto del grupo de exploración urbana de Braga. Ya estaba tan acostumbrado a hacer las expediciones basadas en el diario solo que, esta vez, ni me acordé de ellos. Tanto mejor, con lo que estaba a punto de descubrir. 

Ya cerca del buque, con la ayuda de mi linterna, busqué un sitio por donde entrar. No tardé en encontrar un ojo de buey situado justo por encima de la línea de agua. Me acerqué y, con el mango de la linterna, partí el cristal. Tuve alguna dificultad en pasar por la exigua entrada, pero acabé lográndolo. 

Mal puse los pies en el suelo metálico, apunté la linterna a mi alrededor. Estaba en una cabina. Lo primero que me saltó a la vista fue que ésta no tenía muebles. Sin embargo, ese no era el elemento más extraño de aquella división. Para mi sorpresa, la puerta se encontraba en posición simétrica a mí. Como el barco se había hundido de proa, yo debía de estar sobre una de las paredes. Por lo tanto, era como si aquella cabina estuviera preparada para inclinarse noventa grados.

Me acerqué a la puerta y, con cautela, abrí una rendija. Del otro lado solo encontré oscuridad, por lo que abrí la puerta un poco más y apunté la linterna hacia el exterior. Vi, entonces, un pasillo donde se alineaban varias otras puertas. Salí y empecé a abrirlas. Detrás de cada una, encontré solamente cabinas vacías que poco diferían de aquella por donde yo había entrado.

Finalmente, después de una curva en el pasillo, vi un brillo a la distancia. Me acerqué y encontré una puerta hermética entreabierta. Detrás de ella, provenía la luz. La abrí, esperando revelar otro corredor, pero lo que encontré fue algo que nunca había imaginado. 

Frente a mí, estaba ahora un enorme espacio abierto que debía ocupar gran parte de la mitad sumergida del buque. Unas escaleras metálicas llevaban hasta una red de plataformas y pasajes y, por fin, hacia el suelo. Éste estaba formado por tierra fangosa que, a esa profundidad, sólo podía ser el lecho del río. Sobre él y en las plataformas, los hombres, las grúas y las palas mixtas, abrían un enorme agujero.

Después de ver gigantescas bisagras y pistones hidráulicos soldados al interior del casco, me di cuenta de que el barco estaba no sólo preparado para girar noventa grados; también se podía abrir la proa para explorar el fondo. Inmediatamente, me pregunté que estarían buscando, pero un golpe en la cabeza me hizo perder los sentidos y me impidió ir luego en busca de la respuesta. 

Cuando recobré los sentidos, me encontré en una de las cabinas pequeñas y vacías de los niveles superiores. Ésta, sin embargo, no tenía ojos de buey, y la poca iluminación provenía solamente de una luz que entraba por debajo de la puerta. Busqué en mis bolsillos, pero todo lo que tenía  en ellos (teléfono móvil, linterna, navaja, cartera, llaves) había desaparecido.

No sé cuánto tiempo estuve allí hasta que escuché la puerta siendo desbloqueada. Ésta se abrió poco después, revelando cuatro hombres. Tres de ellos vestían uniformes grises oscuros, incluyendo botas y boinas, y llevaban rifles de asalto. Eran claramente militares, pero no tenían ninguna insignia que su país o servicio.

El cuarto hombre, sin embargo, vestía traje y corbata negros y una camisa blanca. Tenía el pelo corto y bien peinado, con algún gel, y no sería mucho más viejo que yo, probablemente en el inicio de los cuarenta. De hecho, parecía uno de los hombres de negocios con los que me cruzo a diario en la empresa.

Haciendo señal a los soldados para que permaneciesen en el corredor, el hombre entró en la cabina y se acercó a mí.

– Mi nombre es Almeida y soy el encargado de esta investigación – dijo, extendiendo la mano. 

Por mero hábito, le apreté la mano. Él puso entonces, las manos en los bolsillos de los pantalones.

– Yo soy… – empecé a decir. 

– Yo sé quién eres – me interrumpió Almeida. – ¿Sabes?, tu blog no nos pasó desapercibido.

Esa afirmación me cogió de sorpresa. De hecho, yo tenía un blog donde escribía sobre mis exploraciones, pero era poco leído (pueden encontrarlo en http://www.terceirarealidade.wordpress.com; pero, como verán a continuación, no es una fuente muy fiable). Sin embargo, nunca nadie me había identificado como el autor.

– No hay necesidad de estar tan sorprendido. Sus actividades son de gran interés para nosotros.

– ¿Por qué? – fue la única cosa que recordé decir.

– Los blogs pueden ser una buena herramienta para desacreditar los acontecimientos que son nuestra responsabilidad ocultar. Cuantos más locos escriban sobre estos temas, menos el público cree en ellos. 

No necesitaba escuchar nada más para darme cuenta de quienes eran aquellos hombres. Se trataba, sin duda, de la organización de la que Alice me había comentado, que se encargaba de ocultar el mundo que existe paralelo al nuestro. 

– Por cierto, tengo una propuesta para usted – continuó Almeida. – Si estuvier de acuerdo en añadir artículos y cambiar los escritos por usted según nuestras instrucciones, estoy dispuesto a mostrarle lo que hemos encontrado aquí. Si no, recuerde que podemos hacer desaparecer su blog y dificultar mucho su vida y la de su familia. 

Viendo a los soldados detrás de él y pensando en todos los recursos usados en la excavación del lecho del río, por no hablar del buque en sí, no dudaba de que él fuera capaz de cumplir su amenaza. Además, yo escribía el blog más para pasar el tiempo que para ser leído, por lo que la veracidad de lo que allí estaba escrito no era de gran importancia para mí. Acepté la propuesta de Almeida sin mayor duda. 

– ¡Excelente! – respondió él. – Venga conmigo. Estamos cerca de encontrar lo que hemos venido a buscar aquí. 

Él me llevó de vuelta a los pasillos y, a través de ellos, hasta la enorme cámara donde transcurría la excavación. Desde una plataforma, observamos los trabajos. A nuestro lado, una pantalla mostraba lo que sólo podía ser una imagen del subsuelo obtenida por algún tipo de sensor. En ésta, se veía claramente una gran mancha blanca que sólo podía ser lo que aquellos hombres buscaban. Almeida no me dijo de qué se trataba, y yo no le pregunté. Después de todo, a juzgar por la imagen, lo iba a descubrir en breve. 

Minutos después, algo surgió. Por entre el barro oscuro, se veía, ahora, un punto blanco. Las máquinas se detuvieron, siendo la excavación retomada por hombres con palas. 

Poco a poco, el misterioso objeto fue revelado. A cada segundo que pasaba, parecía ser de mayor tamaño. A la distancia a la que me encontraba era difícil estar seguro, pero la materia blanca que lo formaba parecía tener una textura extraña, semejante a la de la piel. De hecho, siempre que uno de los trabajadores le tocaba, ésta mostraba una cierta elasticidad.

Cuando, al cabo de más de una hora, el objeto quedó totalmente al descubierto, no sabía distinguir muy bien lo que estaba mirando. Por un lado, parecía un animal del tamaño de un cachalote, con la piel cubierta por una sustancia viscosa de origen claramente orgánica. Por otro, tenía una forma triangular con los bordes redondeados, tan regular que no parecía de origen natural. 

Los hombres de Almeida pacientemente excavaron por debajo del objeto y pasaron correas, que supuse eran de kevlar, de un lado al otro. Después, sostuvieron los dos extremos al gancho de una grúa. Ésta, lenta y cuidadosamente, comenzó a levantar el objeto, teniendo como destino una plataforma no muy lejos de aquella donde nos encontrábamos. Cuando pasó junto a nosotros, su “piel” empezó a moverse, primero ligeramente, y después, violentamente. Parecía que algo estaba intentando salir del interior. Los soldados le apuntaron sus armas.

– No disparen – ordenó Almeida. 

Nuestra sospecha se confirmó segundos después, cuando una mano terminada por garras rompió la superficie. Antes de que alguien lograra reaccionar, del interior del objeto salió una criatura negra vagamente humanoide. Era más grande que un hombre, de unos dos metros de altura, y tenía brazos tan largos que tocarían en el suelo si ella se levantase sobre él. Nos miró con ojos amarillos y después saltó en nuestra dirección.

– ¡Disparen! – gritó Almeida.

Las balas zumbaron en dirección a la criatura, pasando desconcertantemente cerca de nosotros, pero ninguna parecía herirle. Impulsado por sus poderosas piernas, llegó a nuestra plataforma, me empujó y me tiró al suelo. Tengo de confesar que estar allí a los pies de aquella criatura fue uno de los momentos más terribles de mi vida, al menos, hasta entonces. Aquellas garras y colmillos podían despedazarme en un instante. Afortunadamente, la criatura no se quedó y corrió escaleras arriba.

– ¡Detrás de él! – ordenó Almeida. – No lo dejen salir del buque.

Los soldados así lo hicieron. Almeida siguió inmediatamente detrás. Cuando logré levantarme y recuperarme, ellos ya habían desaparecido detrás de la puerta estanca que llevaba a los niveles superiores. Corrí detrás de ellos. Siguiendo los ruidos de las botas en las pasarelas de hierro, recorrí los pasillos y subí las escaleras hasta llegar al exterior. Los encontré en lo que sólo puedo llamar la cubierta que se encontraba en la parte de atrás del puente del buque. Estaban asomados sobre la borda, apuntando sus armas hacia el agua. Me uní a ellos.

– Él saltó al río – me dijo Almeida.

Junto con ellos, empecé a buscar a la criatura entre las aguas. Ella se apareció, momentos después, en las escaleras altas de cemento que sostenían la orilla del río. Con la biblioteca de Viana justo encima, los hombres de la Organización no se atrevieron a disparar, y la criatura desapareció en el interior de una de las callejuelas de la ciudad.

– Vamos a tener que perseguirlo por la ciudad – dijo Almeida, más para sí mismo que para los que lo rodeaban. – Pongan el barco en el agua.

Después, se volvió hacia mí:

– ¿Conoce a Viana?

– Crecí aquí – respondí.

– Entonces, va a tener que venir con nosotros.

Los soldados volvieron al interior del buque por la misma puerta por donde yo salí. Poco después, vi a la pared moviéndose. Una sección entera se deslizó hacia un lado, revelando una bodega con varios botes. Los soldados levantaron uno en peso y lo llevaron hasta la borda. Al presionar de un botón, ésta se inclinó y rodó, formando una rampa a través de la cual el barco fue llevado hasta el agua.

Después de abordar, fue una cuestión de poco más de un minuto llegar a la orilla. Desembarcamos aproximadamente en el mismo punto donde la criatura había subido a tierra y la seguimos hacia el interior de la callejuela.

Como esperaba, ella ya no se encontraba allá. Los soldados apuntaron las linternas para los otros tres callejones que terminaban allí, pero no vieron ninguna señal de nuestro objetivo. Ellos parecían bastante experimentados en situaciones como aquellas, pues, sin esperar por una orden de Almeida, comenzaron la búsqueda de pistas que indicasen para dónde la criatura podía haber ido. No tardarían en encontrar unas marcas en el estuco medio caído de una casa cercana. Se trataban de agujeros enormes, en espacios más o menos regulares.

– Subió a los tejados – dijo Almeida.

Miramos todos hacia arriba, pero es claro que la criatura ya no estaba allí. Sin embargo, ahora sabíamos qué señales buscar. En una callejuela adyacente, encontramos fragmentos de tejas que parecían estar allí hacia poco tiempo. En otra, paralela a la segunda, encontramos lo mismo. En una transversal a ésta, una pared mostraba marcas en su parte superior. Siguiendo estas pistas, acabamos por ver un bulto que se movía entre los tejados de la ciudad. Cuando estábamos pasando delante de la Iglesia Matriz, él saltó por encima de nosotros, aterrizando dentro de la torre del campanario. Sin embargo, no se quedó allí mucho tiempo, pues rápidamente saltó hacia el techo de la iglesia y pasó para el edificio de atrás.
Almeida y sus hombres comenzaron a bajar la calle, sin duda en busca de un pasaje a través del cual pudieran seguir en la misma dirección de la criatura, pero yo los llamé:

– Por aquí.

Tomando una callejuela escondida al lado de la iglesia, logramos seguir paralelamente a la criatura. Cuando salimos en una calle mayor, estábamos al frente de ella.

Finalmente, llegamos a la plaza situada al lado del antiguo mercado, en el centro de la cual se encontraba la Capilla de las Almas. En un intento por prepararnos para todos los posibles movimientos de la criatura, avanzamos hasta medio camino entre el final de la calle y la capilla. De allí, podíamos seguirla rápidamente, fuera a donde fuera. Por suerte, ella saltó directamente hacia el tejado de la capilla. Con rapidez y precisión militar, los soldados de la Organización rodearon el edificio antes de que ella tuviese tiempo de pasar al siguiente.

– Mátenlo – ordenó Almeida, cuando el ser comenzó a ganar balance para un nuevo salto.

Las automáticas abrieron fuego. A pesar de que me interesaban las armas, no tenía ni idea de qué modelo eran aquelllas. No hacían casi ningún ruido en el momento de disparar. De cualquier manera, tampoco es que viviese mucha gente en aquella parte de la ciudad para escucharlas.

Al ser herida por las primeras balas, la criatura interrumpió el salto e intentó encontrar refugio, pero los soldados cubrían todos los ángulos de aquel tejado. Balas y más balas se alojaron en su cuerpo, hasta que, finalmente, ella cayó del tejado. Aún así, aquello no había terminado. El ser se levantó y, con un gruñido, avanzó en la dirección de uno de los soldados. Almeida sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta y se unió a sus hombres, rodeando la criatura. Ante el fuego cruzado, ésta no resistió y, por fin, se cayó, quedando inmóvil en el suelo.

Con un movimiento casi mecánico, sin vacilar y ni siquiera pensar, uno de los soldados sacó un plástico negro de su mochila, se aproximó al cuerpo y lo cubrió.

– Puede ir – me dijo Almeida, guardando la pistola y metiendo las manos en los bolsillos de los pantalones. – Nosotros ahora vamos a proceder a la limpieza. Nos pondremos en contacto con usted para decirle lo que queremos que cambie en su blog.

Como es obvio, yo tenía muchas preguntas. ¿Qué era esa criatura? ¿Qué estaba haciendo en el fondo del río? ¿Qué era aquella cosa dentro de la cual se encontraba? ¿Por quién fue creada la Organización? ¿A quién respondía? ¿Quién la financiaba? Sin embargo, no me parecía que Almeida fuese a responder a nada, por lo que salí del local y me fui a recuperar el barco de mi amigo.

Una vez más, en el camino de vuelta a casa, mi mente estaba perdida en las posibles explicaciones para lo que había visto. Llegué a casa casi sin percatarme de ello, y sólo cuando la puerta del garaje empezó a abrir fue que me di cuenta de que había estado fuera mucho más tiempo de que lo esperado. ¿Qué excusa le iba a dar a mi mujer?

Capítulo 7 – Los Cerqueira

Un día, después del trabajo, unos meses después de mi primera visita al Bar de las Hadas, decidí volver allí. Debido al trabajo y a compromisos familiares, ya hacia algún tiempo que no tenía la oportunidad de investigar una de las entradas del diario, pero mi curiosidad comenzaba a ser insoportable. El Bar de las Hadas estaba cerca de la oficina donde trabajaba, por lo que era el lugar ideal para una visita rápida. Quién sabe, tal vez encontrase allí a alguien que pudiera responder a algunas de mis preguntas, o hasta tuviera la oportunidad de visitar los túneles ocultos debajo de Braga.

Como antes, entré en el bar a través de las escaleras situadas detrás de una puerta en el fondo de una pastelería junto al Arco de la Puerta Nueva. Cuando llegué allí, me encontré con una escena similar a la de mi primera visita. Sólo había una diferencia significativa. Sentado al balcón, se encontraba un hombre. Alice había dicho que era raro que alguien de mi raza apareciese por allí, por lo que me acerqué despacio, observando atentamente para asegurarme de que no era sólo una criatura similar a un humano. Cuando tuve la certeza de que no estaba equivocado, me senté a su lado.

Él parecía tan sorprendido como yo al ver allí otro ser humano. Se llamaba Henrique Cerqueira y, aunque tenía conocimiento de ese otro mundo hacía más tiempo que yo, no parecía saber mucho más sobre él. Aun así, intercambiamos conocimientos mientras bebíamos un vaso de esa agua que era la única bebida que existía en aquel bar. Él no solía salir de Braga, por lo que desconocía todo lo que yo había encontrado fuera de la ciudad, pero me habló de otro sitio parecido al Bar de las Hadas en el otro lado de la ciudad, aunque me advirtió de que no era tan bien frecuentado. No había mención de ese lugar en el cuaderno que yo había encontrado, por lo que tomé una nota mental para visitarlo después.

Nuestra conversación se vio interrumpida al cabo de poco más de una hora por una llamada telefónica de mi mujer. Tuve, entonces, que irme a casa, pero no antes que Henrique me diese su número de teléfono móvil y me invitara a ir un día a almorzar a su casa. Tal vez por haber finalmente encontrado a alguien con quien podía hablar de aquel mundo que la mayoría de la gente desconoce y en el que probablemente se negaría a creer, me quedé expectante en cuanto a esta visita. 

Por desgracia, sólo pude aceptar la invitación casi tres semanas después, cuando mi mujer tuvo que salir del país por trabajo y mi hija fue a pasar unos días a casa de una amiga.

Me dirigí hasta la antigua parroquia de Dadim, donde se encontraba la casa de Henrique. Esta no fue difícil de encontrar. Siguiendo por el camino que él me había indicado, encontré inmediatamente una casa aislada, un poco por encima de la base de una colina cubierta por un bosque. Al frente de ella, se extendía un valle que nunca hubiera imaginado que existía, pues se encontraba en una depresión que no era visible desde la carretera. Una pared de granito lo delimitaba, junto con la casa, lo que indicaba que todo aquello pertenecía a los Cerqueira.

Me dirigí hasta la entrada y toqué el timbre. Una voz preguntó a través del intercomunicador quién era y, cuando respondí, la puerta se abrió.

Incluso en coche, aún me llevó unos cinco minutos recorrer el camino de tierra que serpenteaba entre bancales cubiertos de viñedos.

Después de una última curva, llegué a la casa. De cerca, era verdaderamente impresionante. Sólo tenía un piso, a excepción de la torre en el lado derecho, que se alzaba un piso más, aunque el ático también aparentaba ser amplio. Toda la parte delantera de la casa estaba ocupada por un enorme porche, cuyo techo se apoyaba en varias columnas de hierro fundido. Detrás de él, ventanas, también de hierro fundido y decoradas con diversas formas, ocupaban casi toda la pared.

Detuve el coche frente a la escalera que subía hasta la puerta principal, donde me esperaba Henrique y el resto de la familia Cerqueira.

– Bienvenido a la Vila Marta – dijo Henrique con una sonrisa, cuando subí las escaleras.

Después, me presentó a su familia. Entre niños y adultos, estaban allí unas veinte personas.

De la entrada pasamos al vestíbulo, donde dejé el abrigo, y de allí al comedor. En él se encontraba una gran mesa, con diez sillas de cada lado. Como invitado, me dieron un lugar en el topo de la mesa, frente a Henrique. A nuestra derecha, en la cabeza de la mesa, se sentó la madre de Henrique, la matriarca de la familia, mientras que los otros se sentaron en los restantes lugares, a la izquierda.

Pasado poco tiempo, una anciana sirvienta, más vieja que cualquiera de los comensales, comenzó a traer bandejas de la cocina. La conversación se inició con las habituales trivialidades sobre empleo, familia y hasta el clima. Después se dirigió, finalmente, hacia el mundo paralelo al nuestro, del que toda la familia tenía conocimiento. 

– ¿Cómo encontró el Bar de las Hadas y todos los otros sitios que Henrique me dijo que visitó? – acabó por preguntar a la matriarca.

Le conté la historia acerca de cómo había encontrado el cuaderno que me había llevado a aquellos descubrimientos.

– En nuestro caso, es una herencia de familia – explicó Henrique. – Nadie sabe a ciencia cierta desde hace cuántas generaciones tenemos ese conocimiento. 

La conversación pasó, entonces, a ser sobre extrañas criaturas y lugares ocultos de la vista de la mayoría de los hombres. Todos aportaron algo y hasta pude conocer cosas que no figuraban en el diario.

El almuerzo se extendió casi hasta las cuatro de la tarde, hora en la que los comensales se comenzaron a levantar. Henrique me llevó hasta la sala de estar, donde nos sentamos a beber un whisky más viejo que yo. A través de las amplias ventanas, se veían los viñedos en frente de la casa.

Entre bebidas, Henrique me contó como aquellas viñas eran el origen de la riqueza de su familia desde tiempos inmemoriales.

Fue entonces que me di cuenta de algo peculiar.

– ¿Dónde están los trabajadores? – le pregunté, echando la falta de movimiento en los campos. – De seguro que necesitan mucha mano de obra para mantener un viñedo tan grande.

– Aquí, el trabajo se hace de noche – explicó él. 

– ¿De noche? – pregunté, confundido. 

– Ven – me pidió, levantándose de su sillón.

Henrique me llevó hacia el pasillo y a través de él, hasta la planta baja de la torre. Allí, apartó una estantería llena de libros, revelando un estrecho túnel que contenía una escalera que descendía, en curva, hasta desaparecer de mi vista. Conducido por mi anfitrión, bajé hasta su fondo, donde nos encontramos con una puerta de madera e hierro que ya debía tener décadas, si no siglos. A pesar de su edad, Henrique la abrió sin ninguna dificultad, dando acceso a un enorme sótano que debía ocupar toda el área de la casa. 

Cruzamos los estrechos pasillos creados entre bolsas de fertilizante, pipas de vino, botellas vacías y llenas y utensilios agrícolas hasta llegar al lado del sótano opuesto a aquel por donde entramos. Allí, encontramos una pared interrumpida por una gran puerta. Fue hasta ella que Henrique me llevó.

Cuando me asomé entre las rejas, me quedé sin saber qué decir. Al otro lado, se encontraba un pequeño cuarto de la cual emanaba un olor penetrante. En el medio del suelo, casi a oscuras, se amontonaban decenas de pequeñas criaturas, que no tendrían más de un metro de altura. Su piel era de color gris azulado, y pelo negro, largo y enmarañado les descendía por la espalda. Garras terminaban sus manos y pies. 

– No se encuentra mano de obra más barata en ningún lado – dijo Henrique, claramente orgulloso. – Un cubo de carne cocida todas las noches y están listos para trabajar. 

No sabía cómo responder. Aquellas criaturas no eran humanas, bien lo sé, ni conocía su nivel de inteligencia, pero, de cualquier forma, todo aquello me parecía errado. 

Enrique se dio cuenta de mis pensamientos y me llevó de nuevo a la sala, para terminar nuestras bebidas. Aún me quedé allí durante casi una hora. Poco hablamos. Por fin, me disculpé porque estaba haciendo tarde y deje la quinta. 

De camino a casa, no podía ignorar mi decepción. Había encontrado a alguien con quien podía hablar de aquel mundo oculto, pero él usaba ese mundo en provecho propio.

Esa noche dormí mal, pues no podía expulsar la imagen de las criaturas atrapadas en aquél sótano de mi cabeza. Incluso en el día siguiente, durante el trabajo, no conseguía olvidarme de ello. Como tal, y a pesar de estar sobrecargado de trabajo, después de la hora de expediente me fui al Bar de las Hadas. Tenía la esperanza de encontrar a Alice para contarle lo que había visto.

Abrí la puerta que daba acceso al bar con cuidado. No me quería encontrar con Henrique Cerqueira. Afortunadamente, no había ni señal de él. Por otro lado, Alice estaba sentada en el balcón casi en el mismo sitio donde la vi por primera vez. Me acerqué a ella y me senté en el banco a su lado. 

– Hola – le dije.

– Hola – respondió ella con sarcasmo.

Claramente no se había olvidado de mi salida repentina de la última vez.

Empecé a contarle lo que había visto en la casa de los Cerqueira. Aunque, al principio, ella no se mostró muy interesada, pronto logré captar su atención. 

– Por lo que me dices, ellos usan trasgos para trabajar en los campos. No son las criaturas más inteligentes, ni las más agradables, pero no merecen ser tratados así. Vuelve por la noche. Voy a ver si encuentro a alguien para que nos ayude. 

Asentí con la cabeza. Después de la cena, le dije a mi mujer e hija que tenía que ir a la oficina a trabajar para poder salir sin levantar muchas sospechas. De hecho, no era propiamente una mentira. Yo debería haber ido a trabajar esa noche, pero no podía dejar que los Cerqueira siguieran abusando de esas pobres criaturas.

Cuando volví al Bar de las Hadas, este estaba casi vacío. Además de uno u otro cliente solitario, solo allí se encontraba un grupo de cinco criaturas, del cual Alice formaba parte. Ella me llamó y me pidió que dijera a los otros lo que había visto. 

Mientras contaba, una vez más, qué había visto en la casa de los Cerqueira, observé a mis nuevos compañeros. Uno de ellos, un hombre, debía de ser de la misma raza de Alice, ya que tenía el mismo pelo blanco, cuello largo y ojos felinos que ella. Otro era pequeño, apenas llegándome a la cintura, y tenía piel amarilla y naranja. En contraste, a su lado, se encontraba una mujer muy alta y esbelta, de piel azul y ojos grandes, con varios trazos negros en la cara que no logré discernir si eran naturales o tatuajes. Por fin, en una mesa cercana, se sentaba en una diminuta criatura que se parecía mucho a la imagen popular de un hada. En la espalda, le crecían alas similares a las de una libélula, y pequeñas escamas multicolores le cubrían la parte de atrás del cuello y de los brazos.

Cuando terminé mi historia, todos rápidamente se mostraron de acuerdo en ayudar a liberar a los trasgos. A continuación, Alice nos llevó hacia una de las puertas que llevaban a los túneles, donde los de sus razas habitaban. Desde que había descubierto el bar, los quería visitar. Sólo me hubiera gustado que las circunstancias hubieran sido otras. 

La puerta, después de un corto paso, llevaba a un túnel largo y alto con el suelo calcetado, paredes de granito y techo abovedado. Llamas azules, que parecían no emitir ningún calor, ardían en nichos en las paredes e iluminaban tanto o más que luces eléctricas. Una miríada de puertas despuntaba en ambas paredes. 

Durante nuestro recorrido, pasamos  varias curvas y cruces. Cuanto más avanzamos, mayores se tornaban los túneles y más grande era la multitud que andaba en ellos. En la superficie, sólo durante el verano se veía a tanta gente. Y nunca con aquella diversidad. Perdí la cuenta al número de razas diferentes con los que me crucé.

Finalmente, bajamos por una escalera hasta una enorme cámara rectangular. Esta era atravesada en su centro por una zanja que se unía, en ambos extremos, a túneles más grandes que cualquiera por el que habíamos pasado.

Junto con otras criaturas, esperamos en aquella plataforma. Unos diez minutos después, una luz apareció en el fondo de uno de los túneles. Poco después, de este salió una gigantesca criatura, tan alta como la zanja, y larga lo suficiente para ocupar todo el largo de la cámara. Se parecía vagamente a una escolopendra, con un cuerpo de color rojo amarronado y una miríada de patas delgadas. Sin embargo, no tenía antenas, y su rostro poseía rasgos humanos. Sobre su espalda, transportaba seis vagones de madera. 

Usando una tabla, subimos a uno de esos vagones y nos instalamos en un de los bancos de madera e hierro. Poco después, nos pusimos en marcha, entrando en el otro túnel alto que desembocaba en la cámara. Después de todo, Braga tenía un Metro. Los habitantes de la superficie, sin embargo, no lo conocían.

Desembarcamos unos quince minutos después en una cámara muy similar a aquella donde entramos. Subimos las escaleras y volvimos al sistema de túneles. Este era mucho más pequeño que aquel junto al Bar de las Hadas, con muchas menos puertas y bifurcaciones. Por fin, llegamos a una puerta de metal guardada por una criatura alta y musculosa, que nos dejó salir. Estábamos, ahora, en una estrecha cueva natural, la cual solo pude recorrer caminando de lado. Instantes después, más adelante, surgió una luz plateada. Después de pasar un bosquecillo, que disfrazaba la entrada, llegamos al exterior.

Fue con sorpresa que, bajo la luz de la luna, me di cuenta de que estábamos en el valle de los Cerqueira, junto a la frontera entre este y el monte, no muy lejos de una de las paredes de la quinta. ¿Sería por allí que Henrique accedía al mundo escondido debajo de Braga? 

Sin perder tiempo, la pequeña hada voló sobre el muro. Regresó unos cinco minutos después.

– Los trasgos ya están trabajando – dijo. – Y no están solos. Los Cerqueira tienen ogrons como capataces.

– ¿Cuántos? – preguntó Alice. 

– No estoy segura, pero no muchos. 

– Entonces, vamos.

– Espera – le dije. – ¿Cuál es el plan?

– Entrar allí y empatar los capataces mientras los trasgos huyen – respondió Alice, sin parar. – Venid.

El muro que circundaba la Vila Marta y sus campos era de granito y tenía más de dos metros de altura. Si fuéramos todos humanos, habríamos tenido alguna dificultad en subir. Por suerte, uno de mis compañeros tenía garras retráctiles, por lo que llegó a la cima con relativa facilidad. Después, nos ayudó a pasar hacia el otro lado.

No había iluminación en aquellos bancales, y era una de las últimas noches de cuarto menguante, por lo que estaba muy oscuro. No podía ver nada más allá de siluetas difusas entre los viñedos y los postes que los soportaban.

– No veo nada – dije a mis compañeros. 

– Nos vemos – dijeron el hada y la criatura que nos había ayudado a entrar casi al unísono. 

– Vamos – dijo Alice.

Conmigo siguiendo a los otros ciegamente, subimos hasta el primer bancal. Entonces nos ocultamos detrás de un muro circular, que debía pertenecer a un pozo, y nos quedamos a mirar atentamente hacia arriba. En el bancal siguiente, pudimos ver varias siluetas por entre los viñedos, la mayoría pequeñas, pero una de ellas excepcionalmente grande, probablemente el capataz. 

Alice posó una mano en mi brazo. 

– Tú no ves en la oscuridad, por eso vas a ayudarme con aquel capataz. Los otros se encargarán de los bancales más arriba.

Agazapados, subimos la rampa de tierra que llevaba al bancal siguiente. Entonces, Alice y yo nos separamos de los otros. Intentamos acercarnos sin ser vistos, utilizando los postes como escondites, sin embargo, la visión nocturna del capataz también debía ser mejor que la mía, pues de inmediato emitió un temible rugido y avanzó hacia nosotros.

Alice me agarró por un brazo y, juntos, nos lanzamos contra él. Al principio, el ser resistió a nuestro ataque, pero acabamos por tirarlo al suelo. Mientras manteníamos el capataz atrapado con nuestro peso, Alice gritó, en la dirección de los trasgos:

– ¡Huyan! ¡Lárguense de aquí!

Las criaturas dudaron por un momento, pero pronto se dieron a la fuga, descendiendo la pared que soportaba el bancal como si fueran gatos.

El ogron seguía luchando y gritando. Alice le dio un puñetazo y, cuando esto no funcionó, otro y otro e incluso otro. La criatura seguía moviéndose, por lo que no había perdido la conciencia, pero ya no se resistía.

– Creo que ya nos podemos ir – dijo Alice. 

Cuando llegamos a la rampa por donde habíamos subido, vimos las siluetas de nuestros compañeros correr procedentes de los bancales arriba, acompañados por pequeñas formas que sólo podían ser trasgos. Detrás de ellos, oí la voz de Henrique y de pasos pesados. Habíamos sido descubiertos y estaban por llegar refuerzos.

Corrimos de vuelta al muro. Los trasgos, en su ansia de libertad, nos sobrepasaban, y llegaron al exterior antes de que nosotros empezáramos siquiera a subir.

Después de dejar el terreno de los Cerqueira, no vimos ni oímos ningún otro signo de persecución. Aun así, sólo paramos de correr cuando entramos en los túneles que llevaban al tren viviente. No sabíamos hacia donde habían huido los trasgos, ni si habíamos conseguido liberar a todos. Tampoco valía la pena pensar en ello. Después de aquella noche, los Cerqueira iban a estar de alerta. Nunca más íbamos a salvar a nadie de su quinta.

Capítulo 6 – El Gato de Campanhã

Como seguidor de la exploración urbana, soy, también, un conocedor del arte urbano. A lo largo de los años, tuve la oportunidad de conocer a varios artistas, con los que me mantuve en contacto. Un día, durante una conversación por chat con uno de ellos, descubrí algo extraño.

Quien conoce la Estación de Campanhã, en la ciudad del Porto, sabe que esta está rodeada por una enorme infraestructura de cemento. Lo que la mayoría de la gente desconoce es que hay oculta una enorme red de túneles de servicio, parte de la cual yo ya había tenido la oportunidad de explorar.

Como era de esperar, los artistas urbanos consiguieron entrar en algunos de estos túneles y aprovecharon las paredes para practicar su arte.

Fue durante una de estas visitas que mi amigo y algunos de sus compañeros se encontraron con algo muy extraño. En uno de los túneles encontraron un gato. Esto no tendría nada de extraordinario, si no fuera por el hecho de que el animal no se movia desde hace meses y repetía constantemente los mismos movimientos.

Después de todo lo que había visto desde que había encontrado el diario, no podía dejar de ir a investigar. Escogí una hora con mi amigo y tomé el tren de Braga hasta Campanhã.

Cuando llegué, él me llevó directamente al túnel. La puerta metálica se encontraba junto a la línea, a unos trescientos metros de la estación, y estaba abierta, dando fácil acceso al interior. Dentro, las paredes y el techo estaban cubiertos de grafittis de estilo variado. De simples “tags” hasta elaborados murales, se veía allí de todo.

Recorrimos el túnel durante varias decenas de metros hasta que llegamos a una parte donde este se abría hacia la derecha. En esa dirección había un ancho pozo, cuyo propósito nadie parecía conocer.

– Ahí es donde está el gato – me dijo mi amigo.

Apunté la linterna hacia el fondo, unos ocho metros más abajo, y pude ver al animal. Realmente parecía un gato común, gris y blanco. Me quedé mirándolo durante unos minutos. Durante ese tiempo permaneció casi inmóvil, sentado en el suelo, moviéndose sólo de vez en cuando a intervalos que me parecieron regulares para lamer una de sus patas delanteras, siempre la misma.

Detrás del animal encontré una puerta de hierro, pero esta estaba oxidada y no parecía que se hubiera usado desde hace años. De hecho, dudaba de que fuera posible siquiera abrirla, al menos no sin destruirla.

– Desde que lo descubrimos, hace cuatro meses, está ahí siempre haciendo lo mismo – dijo mi amigo. – Un gato normal ya habría muerto de hambre.

Tuve que estar de acuerdo. Aquel gato podía no figurar en el diario que encontré, pero merecía figurar.

– He traído una cuerda – le dije, señalando la mochila en mi espalda. – Podemos tratar de verlo mejor.

– Me parece bien.

En ese momento, otros dos artistas que pintaban junto a nosotros se acercaron y uno de ellos dijo:

– ¿Podemos ir con vosotros? También tenemos curiosidad sobre el gato.

– Como queráis – respondió mi amigo.

Saqué entonces la cuerda de la mochila y la sujeté a una viga de cemento situada casi directamente por encima del pozo. Dejé que cada uno de mis compañeros probara el nudo y, como quedaron satisfechos, empezamos a bajar. El artista que me había llamado allí fue el primero en bajar, seguido por mí y, por último, los dos que nos abordaron.

Durante todo esto, el gato se mantuvo tranquilo, lamiendo sólo la pata un par de veces. No se mostraba sólo indiferente a nuestra presencia, era como si no estuviéramos allí.

Caminamos alrededor de él, mirándolo atentamente, pero, físicamente, nada lo distinguía de un gato común. No fuera por su extraño comportamiento y el hecho de estar en ese pozo nadie le habría prestado atención.

Inspeccioné, también, la puerta oxidada y confirmé que estaba tan encajada que era imposible moverla.

Finalmente, la curiosidad llevó a uno de los artistas que se juntó a nosotros a que intentara tocar el animal. Para nuestra sorpresa, su mano atravesó el gato como si no hubiera nada allí, mientras éste permanecía inmóvil, como si nada estuviera pasando.

Retrocedimos. No sabíamos lo que era aquella criatura o lo que podía hacer. Después de todo lo que había visto antes, yo era el menos sorprendido de los cuatro. Mis acompañantes parecían aterrorizados.

– ¡Es un fantasma! – dijo uno de los hombres que se habían unido a nosotros.

Como yo podía dar fe, era una buena posibilidad. Sin embargo, no dije nada. Ellos ya habían sufrido un gran susto, no había necesidad de agravar la situación.

– ¿Que hacemos ahora? – preguntó mi amigo. – ¿Se lo decimos a alguien?

Antes que respondiésemos, el hombre que había intentado tocar el gato comenzó a gritar desesperadamente.

– ¿Qué te pasa? – preguntó su compañero, pero él siguió gritando. 

Sus gritos eran tan intensos que me hacían doler los oídos. Comenzó, entonces, a correr en círculos alrededor del pozo, como si estuviera tratando de escapar de algo, pero sin saber a dónde ir. Finalmente, intentó subir por la cuerda, pero se cayó al final de un poco más de un metro, quedando sentado en el suelo y apoyado en la pared.

Nos arremolinamos en torno a él para tratar de calmarlo y entender lo que pasaba, pero él no paraba de gritar.

– ¡Mirad! – dijo mi amigo de repente, señalando a la mano del caído.

Parte de esta ya no tenía piel, mostrando los músculos debajo. Ante nuestros ojos, estos desaparecieron, dejando sólo los huesos. Por fin, hasta estos se desvanecieron.

El hombre, finalmente, dejó de gritar.

– ¿Estás bien? – le preguntó el amigo.

Al no obtener respuesta, intentó tocarle, pero contrajo la mano cuando el cuerpo del caído se vació como un globo. Finalmente, desapareció por completo. Lo que quiera que lo hubiera consumido, lo hizo tanto de fuera hacia dentro como de dentro hacia fuera.

Presas del pánico, mis dos acompañantes sobrevivientes treparon la cuerda de vuelta al túnel y corrieron hacia el exterior. Con más calma, los seguí, echando un último vistazo al gato, que continuaba como si nada pasase.

Solo volví a hablar con mi amigo, días después, por webchat. Él aún no estaba totalmente recuperado de lo que había visto, por lo que sólo le di un poco de consuelo y no le conté sobre las cosas igualmente extrañas que había visto antes y las muchas descritas en el diario que yo había encontrado.

Sin embargo, él me contó algo muy interesante. Después de nuestra visita, él intentó visitar de nuevo el túnel, pero descubrió que su entrada había sido sellada con cemento.

¿Quién lo había hecho? ¿Habría sido la organización de la que Alice me había hablado durante mi primera visita al Bar de las Hadas? ¿Y cómo habían descubierto la existencia del gato?

Como siempre, una de mis exploraciones había traído más preguntas para atormentarme. Por desgracia, estas solo aumentaban aún más mi insaciable curiosidad, conduciéndome cada vez más en dirección a conocimiento que ningún ser humano debería tener.

Capítulo 5 – El Culto

Aprovechando que iba a pasar las vacaciones de Navidad con mi mujer e hija en la casa de mis abuelos, en Viana do Castelo, decidí explorar otra de las entradas del diario que había encontrado.

Esta vez, mi curiosidad se fijó en un lugar importante de mi infancia. Desde pequeño había escuchado a mi padre y a mi abuelo contar historias sobre las ruinas del convento de San Francisco. Entre ellas, destacaba un ya antiguo rumor de que el lugar era utilizado para los extraños rituales popularmente conocidos como macumba. Nunca había encontrado ningunas pruebas de ello, ni siquiera alguien que dijera haberlos visto, hasta que, al leer el diario, encontré una entrada que hablaba de un culto que se reunía en el convento.

Como imaginé, la timidez de mi predecesor no le permitió ver todo el ritual, y él sólo asistió a una pequeña parte a través de las rejas de la puerta. 

Usando de nuevo la excusa de que iba a visitar a un viejo amigo, en la noche del primer lunes después de la Navidad, día de la semana en que el diario decía que el culto se reunía, me dirigí hacia el convento. Cuando yo era niño, este se encontraba en el medio del monte y era preciso una larga caminata para llegar allí, por lo que me quedé sorprendido al ver que ahora había urbanizaciones casi hasta la primera puerta.

Me estacioné  en la parte trasera de una de estas nuevas casas, encendí mi linterna y me encaminé hacia el monte. Después de pasar una zona de tierra revirada, sin duda un resquicio de la construcción de la urbanización, llegué a la puerta que, en tiempos, protegía el camino que subía hasta el convento. De ello sólo quedaba parte del portal, ya que una de las columnas había caído o sido derribada. 

Pasé a través de él, me vi rodeado de eucaliptos, acacias y el ocasional pino. El bosque, ahora, tenía allí su inicio.

Comencé, entonces, a subir el camino. La tosca calzada, formada por piedras grandes e irregulares, no era fácil de subir, incluso con la ayuda de la linterna. Tropecé varias veces. Afortunadamente, ya no llovía desde hace algún tiempo, o las lisas piedras estarían increíblemente resbaladizas.

A la mitad de la subida, poco antes de una curva de casi noventa grados, me encontré con un viejo crucero. Este mostraba señales de cenizas y humo. Si estos se debían al culto que yo estaba allí para investigar o a una causa más mundana, no sé decir. 

Finalmente, después de la curva, llegué al tramo final de la subida. Poco después, mi linterna iluminó la puerta del convento propiamente dicho. Un arco apoyando a las estatuas de tres santos la albergaban, y una pared con más de dos metros de altura partía de allí. Para un visitante casual, parecería no haber forma de entrar, ya que un candado cerraba la puerta, pero yo no era un visitante casual.

Al lado de la puerta, había una subida muy empinada, casi vertical, donde alguien había amontonado piedras y excavado escalones. La subí sin gran dificultad y entré en un estrecho sendero que penetraba la vegetación cerrada. Avancé durante algunas decenas de metros, con la pared del convento a mi derecha. Aquí y allá, había pequeñas fallas, pero ninguna lo suficientemente grande como para yo poder pasar.

Finalmente, llegué al lugar que buscaba: una segunda entrada que daba acceso a una escalera que descendía hasta la plaza del convento. En tiempos, allí debía haber existido una puerta, pero este sería anterior a mis primeras visitas.

Entré y, por fin, bajé hasta el convento propiamente dicho. Con la linterna, barrí los edificios de alrededor. Empotrados en la pared que separaba el patio del terreno elevado y del sendero, se encontraban dos pequeñas capillas. No tenían puerta y estaban vacías, a no ser por las trepadoras y el mato, y sus techos de piedra estaban partidos y esburacados. En el lado opuesto, se exigían las ruinas de los edificios principales del convento: la iglesia y las áreas de vivienda y trabajo. 

Sin embargo, no fui hasta allá de inmediato. En primer lugar, me dirigí a la base del crucero en el centro del patio. La cruz ya no se encontraba, pero la base vagamente piramidal formada por cuatro niveles de piedra sí. Según mi predecesor, era en ella que el culto realizaba sus rituales. De hecho, las marcas estaban allí. Había manchas rojas oscuras por todo el lado. Aquí y allí se veían plumas, sin duda pertenecientes a gallinas utilizadas en los sacrificios. 

Con pruebas tan claras de que realmente pasaba algo allí, entré en las ruinas de los edificios en busca de un lugar para ocultarme y esperar por la aparición de los cultistas. Según el diario, ellos sólo aparecían después de la una de la mañana, por lo que todavía tenía bastante tiempo. Aproveché para visitar el lugar y ver lo que había cambiado desde mi anterior visita, más de veinte años antes. 

Lo primero que me saltó a la vista fue que los restos del suelo de madera del piso superior habían podrido completamente. De hecho, los único signos de que alguna vez hubiera un piso superior eran las escaleras que no llevaban a parte alguna y las paredes parcialmente ruídas, pero anormalmente altas para un edificio de planta baja.

Después de visitar la antigua cocina, con su enorme chimenea y fregadero decorado de piedra caliza, me encaminé hacia la iglesia. Esta ya hacia mucho que había perdido su techo, aunque el oxidado candelero, fijado a las paredes por cables metálicos también corroídos, aún se mantenía en su sitio. Del altar nada quedaba, así como de cualquier otro elemento decorativo. Tuve alguna dificultad en cruzar la iglesia hasta la entrada principal. Las losas tumulares que, cuando yo era niño, cubrían el suelo habían sido arrancadas, dejando enormes huecos difíciles de superar.

Cuando llegué al pequeño adro de tierra batida, encontré las losas amontonados en un rincón, algunas enteras, otras partidas, en las cuales aún se podían ver grabados los nombres y las fechas de muerte y nacimiento de los sepultados. 

Pasé, entonces, para el claustro. Como los suelos de madera ya habían desaparecido, este se encontraba totalmente al descubierto. En su centro, el pequeño espacio reservado para el jardín de los monjes estaba ahora lleno de silvedos. Algunas de las columnas que lo delimitaban y que antes sostenían el techo habían caído, si por acción de los elementos o vandalismo, no sé decirlo.

Fue entonces que vi el sitio perfecto para me ocultar: la vieja torre del campanario. Del interior, no había manera de le acceder, ya que la puerta estaba en el segundo piso, junto a un suelo que ya no se encontraba allí. Salí a la parte trasera del convento, donde se encontraban los accesos al monte y a los campos, algunos pequeños edificios de apoyo y, por supuesto, la base de la torre. Después de la circundar, encontré una pequeña entrada secundaria con menos de un metro de altura. Casi me tuve que arrastrar, pero logré entrar. 

Como había pasado con los suelos de madera, las escaleras se habían desintegrado. Afortunadamente, la torre era estrecha, por lo que, presionando la espalda, las piernas y los brazos contra las paredes, conseguí, con mucho esfuerzo, llegar a la cima. Ahora tenía una visión privilegiada de todo el convento, principalmente de la plaza donde el culto supuestamente se reunía, y dudaba que alguien me encontrase allí.

Apagé la linterna. Todavía no era ni siquiera medianoche, pero temía que los cultistas aparecieran más temprano o que vieran mi luz a la distancia.

Ya estaba esperando hacia casi dos horas, cuando comencé a escuchar un cántico viniendo del fondo del camino que me había llevado allí. Poco después, detrás de la curva, apareció una luz anaranjada. Me fijé en ella. Sabía que estaba a punto de ver lo que había ido allí a buscar. 

De detrás de la curva, apareció una fila de personas, todas ellas sosteniendo lámparas. Algunas también traían bolsas de tela, en el interior de las cuales algo se movía.

Confieso que quedé sorprendido y hasta algo desilusionado. Tal vez por influencia del cine y de la televisión, esperaba figuras encapuchadas con largas túnicas negras. Sin embargo, se trataban de personas normales envergando ropa del día a día.

Los cultistas subieron hasta la puerta y, entonces, tomaron el mismo camino que yo había usado para entrar. Pasado poco tiempo, estaban todos en la plaza, alrededor de la base del crucero. No se oía nada, a no ser lo cántico y el cacarear de las gallinas en las bolsas.

De repente, las voces guardaron silencio. Uno de los cultistas, un hombre de pelo largo y despeinado, subió al altar improvisado y comenzó a entonar un cántico nuevo, esta vez a plenos pulmones. Al cabo de algunos minutos, uno de los otros cultistas abrió su bolsa y pasó una gallina al sacerdote. Este, con un cuchillo que sacó de su cinturón, le cortó la garganta al animal y dejó que la sangre se caer sobre las piedras. 

Esto se repitió durante una media hora, hasta que todas las bolsas se encontraron vacías. Después, los cultistas emitieron un grito al unísono. El suelo empezó a temblar. Poco a poco, una falla se abrió en el suelo delante del altar improvisado. Un brillo de color rojo anaranjado salía de ella. Era como si se tratase de un paso hacia el mismo Infierno.

Los cultistas miraron hacia ella, como si hipnotizados, durante algunos momentos, hasta que un gigantesco puño rojo, más grande que una persona, salió de ella. Ante la mirada expectante del culto, la mano se abrió, liberando alrededor de una docena de extraños seres humanoides. Estos eran pequeños, con cerca de medio metro de altura, y estaban cubiertos por un corto pelo negro. Dos pequeños cuernos les coronaban la cabeza, que también presentaba hocicos y dientes afilados. 

Con gran entusiasmo, los cultistas corrieron detrás de estos diablillos, metiéndolos  en las bolsas donde habían traído a las gallinas. Al mismo tiempo, la mano desapareció, volviendo al abismo, y, así que el último diablillo fue capturado, la falla se cerró.

Satisfechos, los cultistas volvieron por el mismo camino por donde habían venido, esta vez en total silencio. Ni los diablillos, en las bolsas, hacían ruido.

Dejé la luz de las lámparas desaparecer detrás de la curva en el camino y esperé una media hora después de eso antes de bajar de mi escondite y volver a mi coche. 

A pesar de ser la primera entrada del diario que yo investigaba en el que participaban humanos, fue probablemente una de las que me dejó con más preguntas. ¿Quiénes eran esos cultistas? ¿Qué iban a hacer con los diablillos? ¿A quién pertenecía la mano que los había traído?

Pensé en ello en el camino de vuelta a casa y hasta perdí el sueño de esa noche. Las posibilidades me ponían los pelos de punta. Sólo obtendría las respuestas mucho después, pero estas superarían todo lo que podía imaginar.

Capítulo 4 – El Rey de los Islotes

Como era tradición por la Navidad, mi mujer, mi hija y yo nos fuimos a pasar una semana de vacaciones en casa de mis abuelos, en Viana do Castelo. Algunas de las entradas en el diario que había encontrado ocurrieron en o cerca de esa ciudad, por lo que aproveché la oportunidad para investigar. 

Una noche, después de cenar, me excusé diciendo que iba a hablar con algunos viejos amigos y me dirigí hasta la orilla del río Lima. La excusa no era una absoluta mentira. Durante la tarde, había llamado a un amigo de infancia para que me prestara un bote, y charlamos durante una hora y media antes de empezar a remar.

Estaba allí para investigar unas sombras, siluetas peculiares y extraños movimientos en los juncos que el autor del diario había visto en los islotes cercanos a la desembocadura del río. Como de costumbre, mi predecesor no había investigado el tema a fondo, ni siquiera había salido de la orilla, pero yo estaba decidido a averiguar lo que había allí.

Como tal, reme hasta el mayor de los islotes, popularmente conocido como Camalhão, que se encontraba a poco más de un centenar de metros del embarcadero donde mi amigo tenía el barco. 

Apenas llegué al islote, desembarqué, anclé el bote junto  a uno de los grandes terrones que había cerca y me adentré por uno reguero. Como la marea estaba baja, sus márgenes, más los largos juncos, estaban por encima de mi cabeza, por lo que no podía ver nada al alrededor. Sin embargo, después de haber pasado una parte de mi infancia en aquellos islotes, sabía que aquel reguero me llevaría al corazón del Camalhão de forma más rápida que a través de los juncos.

Poco después de la primera curva, me encontré con un mal presagio. De una poza en el casi seco reguero, la cabeza cortada de un hombre miraba hacia mí. Estaba hinchada y mostraba signos de putrefacción y de ataques de animales. De hecho, la parte que aún estaba sumergida en el agua, servía de alimento para los camarones del río. 

Tras el susto inicial, llegué a la conclusión de que no debería haber razón para preocuparme. No era inusual encontrar cuerpos y partes de cuerpos en el río, víctimas de naufragios traídos y depositados por la marea alta. Aquella cabeza no debería tener ninguna relación con las siluetas que yo había ido allí a investigar.

Seguí avanzando, tomando una nota mental para más tarde avisar a las autoridades en cuanto a la cabeza.

Había recorrido unas pocas decenas de metros, cuando un diminuto bulto negro saltó sobre el reguero, justo a mi frente. De inmediato, me subí la orilla. Cuando llegué a la cima, no lo vi, pero los movimientos de los juncos lo denunciaban, y pude seguirlo.

Corrí detrás de él durante varios cientos de metros, las puntas de los juncos me atravesaron los pantalones y me lastimaron las piernas.

Finalmente, llegamos a una zona más limpia, cubierta sólo por hierba baja, situada debajo de la llamada Puente Nueva. Fue sólo entonces cuando vi lo que estaba persiguiendo: un pequeño ser humanoide, con poco más de diez centímetros de altura. Este desapareció detrás de un enorme montón de ramas de árbol y envases de plástico, basura ciertamente traída por la corriente y las mareas.

Continué a seguirlo, sin embargo, cuando llegué a los residuos, oí una voz grave y pausada venida de un reguero próximo. 

– ¿Quién eres tú? ¿Que haces en mi reino, y por qué persigues a uno de mis súbditos? 

Yo iba a responder, pero la criatura que había hablado se levantó y me dejó sin palabras. Se trataba de un enorme ser de casi el doble de mi tamaño. No podía ser apodado de gordo, aunque no fuera propiamente delgado, y, bajo la luz de la luna, parecía tener una piel pálida como el marfil. Sobre la cabeza llevaba una corona hecha de juncos entrelazados, lo que, junto con el hecho de haber hablado de sus súbditos, me llevó a la conclusión de que él era el rey de las criaturas cuyas siluetas mi predecesor había visto.

El enorme ser salió del reguero y se acercó al montón de detritos. Me aparté para darle paso, pero no me atreví a tentar huir. Para mi sorpresa, él se sentó sobre la basura, y sólo entonces me di cuenta de que se trataba de un tosco trono.

– Dime lo que estás haciendo aquí – insistió la criatura.

Le conté sobre las siluetas y como habías ido hasta allí para averiguar lo que eran.

– Parece que algunos de mis súbditos tienen que empezar a tener más cuidado – respondió él, en fin. – Sobre todo ahora. 

– Sobre todo ahora, ¿por qué? 

– Mis súbditos comenzaron a desaparecer. No sabemos cómo ni por qué. Lo que me lleva a desconfiar de ti. Cómo es que yo sé que no eres tú el raptor. Yo te vi a perseguir a uno de los nuestros.

Intenté justificar mi curiosidad. Hasta le conté sobre mis idas a la ciudad de los muertos y al bar de las hadas.

Mientras yo hablaba, una extraña criatura emergió de los juncos. Caminaba en cuatro patas, a pesar de que su cuerpo era delgado y se contorsionaba como el de una serpiente, pero tenía un rostro vagamente humano. Se acercó al rey, se levantó de las piernas de atrás y le susurró algo al oído. Después, desapareció otra vez en los juncos.

El rey me dejó terminar mi explicación. 

– Yo creo en ti – dijo, por fin. – Si fueras el responsable por las desapariciones, no habías dejado  a mis centinelas verte.

Señaló con la cabeza hacia el punto por donde la criatura serpentiforme había desaparecido.

Más tranquilo, se me ocurrió que las desapariciones en los islotes tal vez estuvieran relacionados con los de los muertos y le conté al rey lo que había descubierto en el Gerês. 

– Curioso – respondió él. – Ahora necesito que te vayas. Voy a juntar mi pueblo aquí para hablar con él. 

No esperé a que me dijera una segunda vez. Entré en los juncos y me dirigí al barco. Conforme pasaba el Camalhão, vi varias pequeñas sombras en medio del río, en el espacio entre los islotes. Después de mirar más de cerca, me di cuenta de que se trataban de troncos y hasta de pequeñas hojas de árbol cargando varias de las criaturas que yo ahora sabía que vivían allí.

Todavía vi las primeras desembarcando en el Camalhão, pero luego retomé la caminata hasta el barco, temiendo que el Rey de los Islotes me echase. O peor. 

Reme de vuelta a la orilla y, después de devolver el barco, regresé a casa de mis abuelos. Mientras conducía, no podía dejar de pensar en las desapariciones. ¿Habría realmente una relación entre los de los islotes y de los muertos? Aún no sabía lo suficiente acerca de aquel mundo paralelo para responder a estas preguntas, pero iba a seguir investigando. Mi curiosidad nunca me dejaría detenerme.

Capítulo 3 – La Procesión de las Almas

Después de mi descubrimiento del Bar de las Hadas y tener confirmado que el relato en el diario que había encontrado no era sólo ficción, no podía dejar de pensar en ello. Mi mujer, mis amigos, mis compañeros de trabajo, repararon que yo estaba más distraído. Sin embargo, yo había decidido no contar nada a nadie. En ese momento, no estaba seguro de cómo ese conocimiento nos podía afectar y, además, temía que los pudiera poner en peligro. 

Como tal, tuve que esperar algún tiempo hasta que tuviese una oportunidad de ir en otra exploración sin levantar sospechas. Esta surgió cuando mi suegra enfermó y mi mujer, junto con nuestra hija, fue a cuidar de ella.

Después del encuentro con Alice, quise dejar pasar algún tiempo antes de volver al Bar de las Hadas, por lo que decidí explorar otro lugar. Después de releer una vez más algunas de las entradas del diario, decidí viajar hasta el Gerês para visitar una aldea abandonada en la sierra donde, supuestamente, durante la noche, los muertos se levantan del cementerio y salen en procesión por las laderas y valles.

Salí de casa aún de día, sin embargo, cuando entré en el camino que subía la montaña, el Sol ya se había puesto. Aunque en las laderas de Gerês no había muchos árboles, en la oscuridad se hacía difícil encontrar la aldea, incluso con la ayuda de un GPS. Finalmente, decidí parar en un pequeño espacio en el borde de la carretera, junto al punto donde el pueblo supuestamente quedaba.

Salí del coche y empecé a buscar a pie. Con la ayuda de la linterna más potente que tenía, encontré las ruinas que buscaba, situadas un poco por debajo de donde había aparcado. 

Los tejados ya se encontraban raídos, así como muchas paredes y suelos de madera. Por todo el lado, vigas caídas se erguían hacia el cielo nocturno, como costillas de gigantescos animales.

Con la ayuda de mi linterna, busqué la mejor manera de bajar. No había propiamente un carril, pero, entre las rocas y los matorrales de silvas, me las arreglé para encontrar un pasaje. 

Después de varios tropezones y resbalones, evitando, por poco, algunas caídas, llegué a la aldea abandonada. Sus calles de tierra, ya de por sí estrechas y cegadas con rocas, estaban cubiertas de escombros, maleza y hierba, haciendo el avance bastante difícil. El silencio de la noche sólo era interrumpido por el crol de los animales y el ulular de las lechuzas que se refugiaban en las ruinas. 

Finalmente, llegué a lo que quedaba de la iglesia local. La parte superior de la torre del campanario ya había caído, así como el tejado. Sin embargo, la fachada parecía intacta, aunque un nicho vacío en la puerta me hizo sospechar que hubiera existido allí la estatua de un santo, ahora desaparecida. Habría sido, sin duda, robada por alguien para luego revenderla.

Al lado de la iglesia, rodeado por una baja pared de piedras sueltas, encontré el lugar que buscaba: el cementerio. Según el diario, era de allí que los espíritus de los muertos salían en su procesión nocturna.

Lápidas de piedra partidas y gastadas ocupaban el lugar, junto con trozos de madera podrida que, en otros tiempos, habrían sido cruces. 

Me senté del lado de fuera, recostado en el muro, y esperé a la media noche, la hora en la que mi predecesor registró haber comenzado a ver los fantasmas. Estábamos en el fin del Otoño, por lo que el frío ya era intenso en las montañas; en parte agradecí al frío, ya que sin él, el sueño me hubiera vencido.

Cuando la hora, por fin, llegó, no me encontré decepcionado. En el preciso instante en que el reloj de mi teléfono marcó la medianoche, miré hacia las campas. Sobre estas, se comenzaron a formar figuras. Al principio, eran prácticamente invisibles, pero, poco a poco, comenzaron a tomar una forma blanca y translúcida. Se trataban de personas engendrando versiones fantasmales de la ropa, sombreros y pañuelos típicos de aquella región hasta muy recientemente.

Conforme iban tomando sus formas finales, los espíritus salían del cementerio y empezaban a descender la ladera, mientras que, sobre las tumbas, nuevas figuras se formaban. Dejé que todos se juntasen a la procesión, antes de empezar a seguirlos. 

Bajé la ladera por un sendero, pasé a través de un viejo puente de piedra y hasta recorrí una estrada romana. Los fantasmas recorrieron kilómetros de terreno, durante casi dos horas. 

De súbito, al norte, vi una fila blanca que descendía de otra ladera como una gigantesca serpiente albina. No tardé a darme cuenta de que se trataba de otra procesión de almas.

Tres más surgieron poco después, salidas de valles y montañas, y, una a una, se unieron, sin dejar de avanzar hacia el este. Más que una procesión, ahora parecía a una columna militar. 

Entonces, para mi sorpresa, los muertos comenzaron a volver al suelo. Poco a poco, fueron desapareciendo debajo de la tierra, hasta que ninguno se encontraba a la superficie. Yo estaba de nuevo solo, en la oscuridad de las montañas, con mi linterna. 

Me acerqué del lugar donde los fantasmas habían desaparecido y busqué, sin mucha esperanza, por alguna manera de seguirlos. Después de casi media hora, me encontré con un agujero en el suelo, suficientemente grande para yo poder pasar. Apunté la linterna hacia allá. No era particularmente profundo, sólo tenía unos cinco metros, y me pareció ver una cueva que partía de él en dirección al oeste. 

No tenía conmigo equipo de escalada, pero la pared del agujero tenía apoyos suficientes para  conseguir bajar sin grandes dificultades. En pocos minutos, llegué al fondo y confirmé que, realmente, había una cueva. Apunté la linterna hacia su interior y vi que se prolongaba por un centenar de metros, hasta llegar a una curva y cambiar de dirección. 

Cuidadosamente, pues no sabía cómo los muertos iban a reaccionar caso me encontrasen allí, entré en la cueva. Llegué a la curva sin ningún percance, sin embargo, una vez que la doblé, me topé con dos fantasmas. A pesar de mi cuidado, ellos me vieron inmediatamente. Después de todo, sin la luz de la linterna, no podía ver nada, pero esta me delataba claramente. 

Miré hacia atrás, pensando en huir, pero no podía subir a la superficie antes de que me alcanzasen.

Los fantasmas se acercaron lentamente y con cuidado, como si no quisieran asustarme. A pesar de que estaba desconfiado, esperé por ellos. No parecían agresivos.

Uno de ellos sostenía una vela, que extendió en mi dirección cuando llegó junto a mí. Temeroso, la tomé. En el instante en que la agarré, se convirtió en una tíbia humana. Sorprendido, la dejé caer y di algunos pasos atrás. 

Los dos fantasmas comenzaron a reír a carcajadas. 

– Su cara – dijo uno de los espíritus.

Durante unos instantes, me quedé mirándolos, atónito. 

– Disculpa, amigo, pero no pude resistir – me dijo el fantasma que me había dado la vela. 

– ¿Quiénes son ustedes? – pregunté.

– Los espíritus de los muertos, por supuesto. No todos tenemos la suerte de descansar en paz. 

Parecían amistosos, por lo que decidí continuar a hacer preguntas:

– ¿Por qué vienen aquí? ¿Porque no se quedan en vuestros cementerios? 

– Porque, en el fondo de este túnel, se encuentra nuestra ciudad. Nosotros sólo nos quedamos  atrás porque te vimos a seguirnos y decidimos divertirnos un poco – dijo el fantasma de la vela, sonriendo.

– ¡¿Ciudad?! – dije admirado. – ¿Los muertos tienen una ciudad? 

– Por supuesto – respondió el otro fantasma. – Nos vamos a quedar aquí para siempre. Necesitamos un sitio donde alejar el aburrimiento. Anda, te la mostramos, como compensación por el susto.

Los seguí a través del túnel durante unos quinientos metros, pasando por diversas curvas. Por fin, llegamos a una cueva enorme, más grande que cualquier otra que yo había visto antes. 

Estábamos en uno saliente en una de las paredes, pero la cueva descendía varios cientos de metros. El fondo sólo era visible gracias a la pálida luminosidad emitida por los fantasmas.

Había muchos más salientes en las paredes, además de aquel donde me encontraba. En las mayores, se erigían edificios de todos los períodos históricos de Portugal. Asombrado, vi casas circulares castrenses, villas romanas, chabolas medievales, casas de campo, edificios pombalinos e, incluso, un gran condominio de varios pisos, entre otros. Nada unía las protuberancias unas a las otras, ya que los fantasmas flotaban entre ellas. 

Al contrario de lo que había sucedido en el Bar de las Hadas, mi presencia en la Ciudad de los Muertos no pasó desapercibida. Todos los fantasmas que pasaban miraban hacia mí con una mezcla de curiosidad y sorpresa. 

– Ya hace mucho que no venía por aquí alguien vivo – dijo la criatura que me había dado la vela. 

– Nunca he oído hablar de que ya hubiera pasado antes – comentó el otro. 

De repente, desde el fondo de la cueva, surgió otro espíritu, con aire enfadado. 

– ¿Qué es lo que vosotros,  idiotas, hicieron? Traen un vivo aquí, ¿aún con todas estas desapariciones?

– Lo siento, señor Presidente – dijeron los dos fantasmas en unísono, mirando hacia el suelo, como dos niños amonestados. 

– ¿Desapariciones? – pregunté, curioso. 

– Sí, en los últimos meses han desaparecido algunos fantasmas – dijo el espíritu que me había dado la vela. 

– Nunca antes había ocurrido – comentó el otro. – Los muertos siempre aumentaron, nunca disminuyeron. 

– ¡Vosotros no son capaces de estar callados! – gritó el presidente.

Se volvió, entonces, para mí. 

– Y cuanto a ti, sal de aquí mientras puedes. Y ni pienses en volver. Vamos a cambiar la entrada de sitio. 

El tono del presidente no dejaba espacio a discusión, e hice lo que me dijo.

En el camino de regreso al coche y, después, mientras conducía a casa, una pregunta no me salía de la cabeza: ¿cómo podían los muertos desaparecer? Después de mi visita al Bar de las Hadas y de una lectura más atenta del diario que encontré, la existencia de fantasmas, o, incluso, de su increíble ciudad, no me sorprendieron en particular, pero esa pregunta me ponía los pelos de punta. En ese momento, no veía bien por qué, sin embargo, acabaría por descubrirlo.