Capítulo 8 – La Organización

Después de mi descubrimiento del diario, había prácticamente abandonado la exploración urbana. Sin embargo, una noticia en un periódico del Miño despertó, de nuevo, este mi interés.

Un buque con destino al puerto de Viana do Castelo se había hundido en la desembocadura del río Lima. Curiosamente, éste se hundió de proa, quedando la popa y la mitad de atrás fuera del agua en posición casi vertical. La evidente oportunidad para la exploración no me pasó desapercibida. 

Justo el fin de semana siguiente, fui hasta Viana. Para mi alivio, esta vez no tuve que mentir ni ocultarle la verdad a mi mujer. Ella estaba muy consciente de mi interés por la exploración urbana. No me gustaba engañarla, y de seguro, ella ya comenzaba a sospechar de algo.

Me encontré con un viejo amigo que me prestó un barco (el mismo que yo había usado para explorar el Camalhão y encontrar el Rey de los Islotes) y, cuando oscureció, remé hasta el barco naufragado.

Se me ocurrió entonces, que podía haber invitado al resto del grupo de exploración urbana de Braga. Ya estaba tan acostumbrado a hacer las expediciones basadas en el diario solo que, esta vez, ni me acordé de ellos. Tanto mejor, con lo que estaba a punto de descubrir. 

Ya cerca del buque, con la ayuda de mi linterna, busqué un sitio por donde entrar. No tardé en encontrar un ojo de buey situado justo por encima de la línea de agua. Me acerqué y, con el mango de la linterna, partí el cristal. Tuve alguna dificultad en pasar por la exigua entrada, pero acabé lográndolo. 

Mal puse los pies en el suelo metálico, apunté la linterna a mi alrededor. Estaba en una cabina. Lo primero que me saltó a la vista fue que ésta no tenía muebles. Sin embargo, ese no era el elemento más extraño de aquella división. Para mi sorpresa, la puerta se encontraba en posición simétrica a mí. Como el barco se había hundido de proa, yo debía de estar sobre una de las paredes. Por lo tanto, era como si aquella cabina estuviera preparada para inclinarse noventa grados.

Me acerqué a la puerta y, con cautela, abrí una rendija. Del otro lado solo encontré oscuridad, por lo que abrí la puerta un poco más y apunté la linterna hacia el exterior. Vi, entonces, un pasillo donde se alineaban varias otras puertas. Salí y empecé a abrirlas. Detrás de cada una, encontré solamente cabinas vacías que poco diferían de aquella por donde yo había entrado.

Finalmente, después de una curva en el pasillo, vi un brillo a la distancia. Me acerqué y encontré una puerta hermética entreabierta. Detrás de ella, provenía la luz. La abrí, esperando revelar otro corredor, pero lo que encontré fue algo que nunca había imaginado. 

Frente a mí, estaba ahora un enorme espacio abierto que debía ocupar gran parte de la mitad sumergida del buque. Unas escaleras metálicas llevaban hasta una red de plataformas y pasajes y, por fin, hacia el suelo. Éste estaba formado por tierra fangosa que, a esa profundidad, sólo podía ser el lecho del río. Sobre él y en las plataformas, los hombres, las grúas y las palas mixtas, abrían un enorme agujero.

Después de ver gigantescas bisagras y pistones hidráulicos soldados al interior del casco, me di cuenta de que el barco estaba no sólo preparado para girar noventa grados; también se podía abrir la proa para explorar el fondo. Inmediatamente, me pregunté que estarían buscando, pero un golpe en la cabeza me hizo perder los sentidos y me impidió ir luego en busca de la respuesta. 

Cuando recobré los sentidos, me encontré en una de las cabinas pequeñas y vacías de los niveles superiores. Ésta, sin embargo, no tenía ojos de buey, y la poca iluminación provenía solamente de una luz que entraba por debajo de la puerta. Busqué en mis bolsillos, pero todo lo que tenía  en ellos (teléfono móvil, linterna, navaja, cartera, llaves) había desaparecido.

No sé cuánto tiempo estuve allí hasta que escuché la puerta siendo desbloqueada. Ésta se abrió poco después, revelando cuatro hombres. Tres de ellos vestían uniformes grises oscuros, incluyendo botas y boinas, y llevaban rifles de asalto. Eran claramente militares, pero no tenían ninguna insignia que su país o servicio.

El cuarto hombre, sin embargo, vestía traje y corbata negros y una camisa blanca. Tenía el pelo corto y bien peinado, con algún gel, y no sería mucho más viejo que yo, probablemente en el inicio de los cuarenta. De hecho, parecía uno de los hombres de negocios con los que me cruzo a diario en la empresa.

Haciendo señal a los soldados para que permaneciesen en el corredor, el hombre entró en la cabina y se acercó a mí.

– Mi nombre es Almeida y soy el encargado de esta investigación – dijo, extendiendo la mano. 

Por mero hábito, le apreté la mano. Él puso entonces, las manos en los bolsillos de los pantalones.

– Yo soy… – empecé a decir. 

– Yo sé quién eres – me interrumpió Almeida. – ¿Sabes?, tu blog no nos pasó desapercibido.

Esa afirmación me cogió de sorpresa. De hecho, yo tenía un blog donde escribía sobre mis exploraciones, pero era poco leído (pueden encontrarlo en http://www.terceirarealidade.wordpress.com; pero, como verán a continuación, no es una fuente muy fiable). Sin embargo, nunca nadie me había identificado como el autor.

– No hay necesidad de estar tan sorprendido. Sus actividades son de gran interés para nosotros.

– ¿Por qué? – fue la única cosa que recordé decir.

– Los blogs pueden ser una buena herramienta para desacreditar los acontecimientos que son nuestra responsabilidad ocultar. Cuantos más locos escriban sobre estos temas, menos el público cree en ellos. 

No necesitaba escuchar nada más para darme cuenta de quienes eran aquellos hombres. Se trataba, sin duda, de la organización de la que Alice me había comentado, que se encargaba de ocultar el mundo que existe paralelo al nuestro. 

– Por cierto, tengo una propuesta para usted – continuó Almeida. – Si estuvier de acuerdo en añadir artículos y cambiar los escritos por usted según nuestras instrucciones, estoy dispuesto a mostrarle lo que hemos encontrado aquí. Si no, recuerde que podemos hacer desaparecer su blog y dificultar mucho su vida y la de su familia. 

Viendo a los soldados detrás de él y pensando en todos los recursos usados en la excavación del lecho del río, por no hablar del buque en sí, no dudaba de que él fuera capaz de cumplir su amenaza. Además, yo escribía el blog más para pasar el tiempo que para ser leído, por lo que la veracidad de lo que allí estaba escrito no era de gran importancia para mí. Acepté la propuesta de Almeida sin mayor duda. 

– ¡Excelente! – respondió él. – Venga conmigo. Estamos cerca de encontrar lo que hemos venido a buscar aquí. 

Él me llevó de vuelta a los pasillos y, a través de ellos, hasta la enorme cámara donde transcurría la excavación. Desde una plataforma, observamos los trabajos. A nuestro lado, una pantalla mostraba lo que sólo podía ser una imagen del subsuelo obtenida por algún tipo de sensor. En ésta, se veía claramente una gran mancha blanca que sólo podía ser lo que aquellos hombres buscaban. Almeida no me dijo de qué se trataba, y yo no le pregunté. Después de todo, a juzgar por la imagen, lo iba a descubrir en breve. 

Minutos después, algo surgió. Por entre el barro oscuro, se veía, ahora, un punto blanco. Las máquinas se detuvieron, siendo la excavación retomada por hombres con palas. 

Poco a poco, el misterioso objeto fue revelado. A cada segundo que pasaba, parecía ser de mayor tamaño. A la distancia a la que me encontraba era difícil estar seguro, pero la materia blanca que lo formaba parecía tener una textura extraña, semejante a la de la piel. De hecho, siempre que uno de los trabajadores le tocaba, ésta mostraba una cierta elasticidad.

Cuando, al cabo de más de una hora, el objeto quedó totalmente al descubierto, no sabía distinguir muy bien lo que estaba mirando. Por un lado, parecía un animal del tamaño de un cachalote, con la piel cubierta por una sustancia viscosa de origen claramente orgánica. Por otro, tenía una forma triangular con los bordes redondeados, tan regular que no parecía de origen natural. 

Los hombres de Almeida pacientemente excavaron por debajo del objeto y pasaron correas, que supuse eran de kevlar, de un lado al otro. Después, sostuvieron los dos extremos al gancho de una grúa. Ésta, lenta y cuidadosamente, comenzó a levantar el objeto, teniendo como destino una plataforma no muy lejos de aquella donde nos encontrábamos. Cuando pasó junto a nosotros, su “piel” empezó a moverse, primero ligeramente, y después, violentamente. Parecía que algo estaba intentando salir del interior. Los soldados le apuntaron sus armas.

– No disparen – ordenó Almeida. 

Nuestra sospecha se confirmó segundos después, cuando una mano terminada por garras rompió la superficie. Antes de que alguien lograra reaccionar, del interior del objeto salió una criatura negra vagamente humanoide. Era más grande que un hombre, de unos dos metros de altura, y tenía brazos tan largos que tocarían en el suelo si ella se levantase sobre él. Nos miró con ojos amarillos y después saltó en nuestra dirección.

– ¡Disparen! – gritó Almeida.

Las balas zumbaron en dirección a la criatura, pasando desconcertantemente cerca de nosotros, pero ninguna parecía herirle. Impulsado por sus poderosas piernas, llegó a nuestra plataforma, me empujó y me tiró al suelo. Tengo de confesar que estar allí a los pies de aquella criatura fue uno de los momentos más terribles de mi vida, al menos, hasta entonces. Aquellas garras y colmillos podían despedazarme en un instante. Afortunadamente, la criatura no se quedó y corrió escaleras arriba.

– ¡Detrás de él! – ordenó Almeida. – No lo dejen salir del buque.

Los soldados así lo hicieron. Almeida siguió inmediatamente detrás. Cuando logré levantarme y recuperarme, ellos ya habían desaparecido detrás de la puerta estanca que llevaba a los niveles superiores. Corrí detrás de ellos. Siguiendo los ruidos de las botas en las pasarelas de hierro, recorrí los pasillos y subí las escaleras hasta llegar al exterior. Los encontré en lo que sólo puedo llamar la cubierta que se encontraba en la parte de atrás del puente del buque. Estaban asomados sobre la borda, apuntando sus armas hacia el agua. Me uní a ellos.

– Él saltó al río – me dijo Almeida.

Junto con ellos, empecé a buscar a la criatura entre las aguas. Ella se apareció, momentos después, en las escaleras altas de cemento que sostenían la orilla del río. Con la biblioteca de Viana justo encima, los hombres de la Organización no se atrevieron a disparar, y la criatura desapareció en el interior de una de las callejuelas de la ciudad.

– Vamos a tener que perseguirlo por la ciudad – dijo Almeida, más para sí mismo que para los que lo rodeaban. – Pongan el barco en el agua.

Después, se volvió hacia mí:

– ¿Conoce a Viana?

– Crecí aquí – respondí.

– Entonces, va a tener que venir con nosotros.

Los soldados volvieron al interior del buque por la misma puerta por donde yo salí. Poco después, vi a la pared moviéndose. Una sección entera se deslizó hacia un lado, revelando una bodega con varios botes. Los soldados levantaron uno en peso y lo llevaron hasta la borda. Al presionar de un botón, ésta se inclinó y rodó, formando una rampa a través de la cual el barco fue llevado hasta el agua.

Después de abordar, fue una cuestión de poco más de un minuto llegar a la orilla. Desembarcamos aproximadamente en el mismo punto donde la criatura había subido a tierra y la seguimos hacia el interior de la callejuela.

Como esperaba, ella ya no se encontraba allá. Los soldados apuntaron las linternas para los otros tres callejones que terminaban allí, pero no vieron ninguna señal de nuestro objetivo. Ellos parecían bastante experimentados en situaciones como aquellas, pues, sin esperar por una orden de Almeida, comenzaron la búsqueda de pistas que indicasen para dónde la criatura podía haber ido. No tardarían en encontrar unas marcas en el estuco medio caído de una casa cercana. Se trataban de agujeros enormes, en espacios más o menos regulares.

– Subió a los tejados – dijo Almeida.

Miramos todos hacia arriba, pero es claro que la criatura ya no estaba allí. Sin embargo, ahora sabíamos qué señales buscar. En una callejuela adyacente, encontramos fragmentos de tejas que parecían estar allí hacia poco tiempo. En otra, paralela a la segunda, encontramos lo mismo. En una transversal a ésta, una pared mostraba marcas en su parte superior. Siguiendo estas pistas, acabamos por ver un bulto que se movía entre los tejados de la ciudad. Cuando estábamos pasando delante de la Iglesia Matriz, él saltó por encima de nosotros, aterrizando dentro de la torre del campanario. Sin embargo, no se quedó allí mucho tiempo, pues rápidamente saltó hacia el techo de la iglesia y pasó para el edificio de atrás.
Almeida y sus hombres comenzaron a bajar la calle, sin duda en busca de un pasaje a través del cual pudieran seguir en la misma dirección de la criatura, pero yo los llamé:

– Por aquí.

Tomando una callejuela escondida al lado de la iglesia, logramos seguir paralelamente a la criatura. Cuando salimos en una calle mayor, estábamos al frente de ella.

Finalmente, llegamos a la plaza situada al lado del antiguo mercado, en el centro de la cual se encontraba la Capilla de las Almas. En un intento por prepararnos para todos los posibles movimientos de la criatura, avanzamos hasta medio camino entre el final de la calle y la capilla. De allí, podíamos seguirla rápidamente, fuera a donde fuera. Por suerte, ella saltó directamente hacia el tejado de la capilla. Con rapidez y precisión militar, los soldados de la Organización rodearon el edificio antes de que ella tuviese tiempo de pasar al siguiente.

– Mátenlo – ordenó Almeida, cuando el ser comenzó a ganar balance para un nuevo salto.

Las automáticas abrieron fuego. A pesar de que me interesaban las armas, no tenía ni idea de qué modelo eran aquelllas. No hacían casi ningún ruido en el momento de disparar. De cualquier manera, tampoco es que viviese mucha gente en aquella parte de la ciudad para escucharlas.

Al ser herida por las primeras balas, la criatura interrumpió el salto e intentó encontrar refugio, pero los soldados cubrían todos los ángulos de aquel tejado. Balas y más balas se alojaron en su cuerpo, hasta que, finalmente, ella cayó del tejado. Aún así, aquello no había terminado. El ser se levantó y, con un gruñido, avanzó en la dirección de uno de los soldados. Almeida sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta y se unió a sus hombres, rodeando la criatura. Ante el fuego cruzado, ésta no resistió y, por fin, se cayó, quedando inmóvil en el suelo.

Con un movimiento casi mecánico, sin vacilar y ni siquiera pensar, uno de los soldados sacó un plástico negro de su mochila, se aproximó al cuerpo y lo cubrió.

– Puede ir – me dijo Almeida, guardando la pistola y metiendo las manos en los bolsillos de los pantalones. – Nosotros ahora vamos a proceder a la limpieza. Nos pondremos en contacto con usted para decirle lo que queremos que cambie en su blog.

Como es obvio, yo tenía muchas preguntas. ¿Qué era esa criatura? ¿Qué estaba haciendo en el fondo del río? ¿Qué era aquella cosa dentro de la cual se encontraba? ¿Por quién fue creada la Organización? ¿A quién respondía? ¿Quién la financiaba? Sin embargo, no me parecía que Almeida fuese a responder a nada, por lo que salí del local y me fui a recuperar el barco de mi amigo.

Una vez más, en el camino de vuelta a casa, mi mente estaba perdida en las posibles explicaciones para lo que había visto. Llegué a casa casi sin percatarme de ello, y sólo cuando la puerta del garaje empezó a abrir fue que me di cuenta de que había estado fuera mucho más tiempo de que lo esperado. ¿Qué excusa le iba a dar a mi mujer?

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