Capítulo 13 – Las Brujas del Mar

Después de todo lo que había descubierto gracias a mi visita a la Taberna de los Encantados, deseaba más que nunca encontrar las Brujas de la Noche. Así que, justo el fin de semana siguiente, decidí revisar otra de las entradas del diario que parecía estar relacionada con brujas.

En la tarde del sábado, en cuanto mi mujer y mi hija fueron a una librería a la presentación de un libro, me dirigí a Barcelos.

La entrada del diario describía varias desapariciones en una localidad de los alrededores de aquella ciudad y de un ojo marino en el Río Neiva, junto a una roca conocida como el “Penedo de la Moira”. Supuestamente, en ciertas noches, mujeres salidas de debajo de las aguas arrastraban a cualquier hombre que encontrasen hacia el ojo marino, y nunca más era visto. Después de todo lo que había presenciado, no tenía dificultades en creer en moiras, sin embargo, como estas no eran contempladas en ninguna otra parte del diario, asumí que se trataban de brujas.

Llegué al lugar al principio de la tarde. Había varias lagunas pequeñas, donde la gente solía nadar durante el Verano, sin embargo, siendo un frío día de Invierno, no se encontraba nadie allí. Busqué inmediatamente por aquella que tenía el supuesto ojo marino. Investigue todos los roquedos de la zona, buscando el “Penedo de la Moira”, que mostraría la laguna correcta. Me llevó algún tiempo, pero acabé por encontrar uno en cuya parte superior había una cueva llena de agua, la supuesta “Huella de la Moira”. Este se encontraba parcialmente dentro de una de las lagunas, lo que indicaba claramente que aquella era la que yo buscaba.

Años antes, durante unas vacaciones en Grecia, había tomado un curso de buceo para poder visitar unas ruinas submarinas. Hasta había comprado el equipo completo, esperando usarlo después para investigar otros locales similares (lo que, por desgracia, nunca sucedió). Ese día lo llevé conmigo y, junto al coche, me lo puse.

Cuidadosamente, entré en la laguna y, cuando el agua me llegó a la cintura, me tiré. El agua era cristalina, por lo que, incluso en las partes más profundas, podía ver el fondo claramente. Este estaba formado por guijarros y algo de arena. Por desgracia, después de una larga búsqueda, no encontré ninguna señal del ojo marino. Toda la laguna parecía tener un fondo bien definido. Sin embargo, una pequeña depresión en el punto más profundo me llamó la atención. No me parecía bien, pues no había una corriente fuerte el suficiente para causarla, y, a casi cuatro metros debajo de la superficie, era dudoso que pudiera haber sido creada por los bañistas.

Me acerqué. Aparté algunos guijarros y, agitando la mano sobre ella, limpié la arena. Cuando se posó, reveló una de las cosas más extrañas que había visto. Debajo de la depresión, sólo había oscuridad, una oscuridad que ni la luz de mi linterna de buceo lograba penetrar. Sólo podía ser el ojo marino.

Lentamente, penetré esa oscuridad con mi mano. Para mi sorpresa, la dejé de ver, pero podía moverla allí abajo. Pasado unos momentos, me di cuenta de que se trataba de un túnel.

De repente, empecé a sentir el agua a mi alrededor moverse, al principio lentamente, pero acelerando rápidamente. Me di cuenta, entonces, de que se trataba de un torbellino centrado en el punto oscuro que acababa de descubrir. Instintivamente, traté de luchar contra él, sin embargo, al ver que este era más fuerte que yo, me deje llevar. Después de todo, estaba allí para averiguar lo que había del otro lado.

Confieso que no fue una de mis decisiones más inteligentes. Poco después de entrar en el túnel, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en un lugar oscuro, pero fuera del agua. Me dolía todo el cuerpo, y no necesitaba ver para saber que tenía varias heridas. Afortunadamente, no parecía tener nada roto.

Barrí el suelo con las manos en busca de mi linterna de buceo, sin embargo, cuando la encontré, me di cuenta de que esta estaba completamente destruida. Por suerte, la pequeña que anda siempre conmigo y que había guardado en el bolsillo de mis pantalones cortos, debajo del traje de buceo, todavía funcionaba.

Así que la encendí, confirmé mis sospechas. Mi traje estaba rasgado en algunos puntos, y yo sangraba de varios cortes. Después, dirigí la luz hacia la oscuridad a mi alrededor. Lo primero que descubrí fue un pequeño charco circular a mi lado, sin duda la salida del ojo marino. Después, vi las paredes. Hechas de enormes bloques de granito, se levantaban detrás y enfrente de mí, hasta desaparecer en la oscuridad. Eran tan altas, que mi pequeña linterna no podía iluminar el techo.

Sin más nada que pudiera hacer, me puse de pie y comencé a explorar el lugar. Había avanzado sólo unos pocos pasos, cuando encontré lo que más temía, pero ya esperaba: un esqueleto humano. Sin duda pertenecía a alguien como yo, que había llegado allí a través del ojo marino, pero no había podido salir.

Respiré profundo para intentar calmarme y me obligué a seguir adelante. Más y más esqueletos aparecieron, algunos envueltos en ropa y usando joyas tan antiguas que debían estar allí desde la edad media o la época castrense. Intenté animarme con la idea de que tal vez pudiera encontrar algo que mis antecesores no pudieron. Después de todo, entre los montones de huesos y andrajos no había una sola linterna.

Aquí y allí, me encontré con estatuas y bajos relieves grabados en las paredes representando el que sólo podía describir como demonios. Tenían cuernos y hocicos afilados, dientes puntiagudos, aletas y algunos hasta alas. Sus representaciones variaban mucho en tamaño, pero si esta era su escala real o solamente libertad artística, no tenía manera de saber.

Por fin, vi una tenue luz a lo lejos. Me acerqué con cuidado pues no sabía qué esperar, pero unos metros más adelante, me di cuenta de que se trataba del fin de la larga estructura donde me encontraba.

Por momentos, me sentí aliviado, pensando que había encontrado la salida. Sin embargo, pronto descubrí que no era así. La estructura se encontraba de hecho abierta en esa dirección, pero en vez de una salida allí se erigía el propio océano.

Me acerqué y descubrí que una barrera invisible, sin duda de origen mágico, impedía las aguas del Atlántico de entrar. Y a mí de salir. No que hiciera diferencia. Mismo que yo consiguiera superar la barrera, difícilmente llegaría a la superficie vivo. Desde allí podía verla, y se encontraba unos cien metros más arriba. Además, la probabilidad de ser encontrado en el océano cuando nadie me estaba buscando era mínima.

Desesperado, golpeé la barrera invisible con los puños y, después, me dejé deslizar hasta el suelo. Durante largos minutos, así quedé, resignado a morir. Después, me acordé de mi familia y decidí ir ver lo que había en el otro extremo del edificio. No tenía muchas esperanzas, pero podía haber allí una salida.

Estaba a punto de levantarme, cuando oí un golpe en la barrera invisible. Levanté la mirada y vi a una mujer joven, de unos veinte años. Esta no llevaba equipo de buceo, sólo unos pantalones vaqueros y una blusa que no parecían afectar a su flotabilidad.

Retrocedí dos pasos, sin saber qué esperar. Luego, la mujer cruzó la barrera mágica y descendió hacia el interior del edificio. Para mi sorpresa, sus ropas parecían completamente secas.

– No tenga miedo – dijo ella. – He venido a sacarlo de aquí.

– ¿Quién es usted? ¿Es una de las Brujas de la Noche?

Su rostro se retorció en sufrimiento al escuchar aquel nombre.

– No – ella respondió por fin.

– ¿Pero las conoce? ¿Sabe dónde las puedo encontrar?

– No sé dónde encontrarlas, pero las conozco, sí. Por desgracia.

La tristeza en su voz me dejó con curiosidad, pero no tuve coraje de preguntarle nada. Ella, sin embargo, se dio cuenta y continuó:

– Mi ma
dre y las otras Brujas del Mar murieron por causa de ellas. Ellas vinieron a hablar con nosotras para les ayudar a destruir una comunidad de criaturas marinas, a lo largo de Castelo do Neiva, nos prometiendo objetos mágicos y otras recompensas. Pero, una vez que hicimos lo que nos pidieron, nos atacaron. Yo sólo sobreviví porque mi madre insistió en que me quedara atrás. Las otras están todas muertas.

Con mi curiosidad satisfecha, mis pensamientos se volvieron nuevamente hacia el lugar donde me encontraba, hacia como iba a salir de allí y, principalmente, hacia las osamentas que había encontrado. Aquella mujer podía no ser una Bruja de la Noche, pero todo indicaba que sus intenciones no eran benévolas.

– ¿Qué sitio es este? – pregunté.

– Un viejo templo construido por mis antepasadas, no se sabe bien cuando. Durante siglos, se ha usado un ojo marino e ilusiones para traer sacrificios humanos hasta aquí. Se creía que estos ayudaban a llamar la atención del Diablo y sus demonios y facilitaba el lanzamiento de hechizos y maldiciones. Mi abuela acabo con eso. Las desapariciones comenzaron a atraer demasiada atención. Ahora, dígame, ¿cuál es su interés en las Brujas de la Noche?

Le dije todo sobre mi búsqueda y los “accidentes” que le dieron origen.

– Si las quiere parar, puede contar con mi ayuda. Venga, voy a sacarlo de aquí.

Me acerqué a ella. Ella me agarró y me tiró, a través de la barrera invisible, hacia el océano. Después de un momento de pánico, me di cuenta de que podía respirar bajo el agua.

A través de un método de propulsión más allá de mi entendimiento, probablemente de origen mágico, rápidamente llegamos a una playa. Así que levanté la mirada, vi las torres de Ofir. Estábamos en Esposende.

– Continúe buscando las Brujas de la Noche. Si necesita ayuda, llámeme por teléfono. – La bruja me dijo su número de teléfono móvil, que repetí en mi mente hasta memorizarlo.

Después, ella se volvió hacia el mar y luego desapareció bajo las olas.

Había encontrado otra bruja enemiga de las Brujas de la Noche. Sin embargo, en aquel momento, tenía cosas más urgentes en que pensar. Estaba solo a más de quince kilómetros de mi coche. ¿Cómo iba a explicar la situación a mi mujer sin revelar el peligroso y aterrador mundo paralelo al nuestro que yo había descubierto? ¿Y mis heridas?

En todo esto pensaba mientras dejaba atrás la playa y me acercaba a la ciudad.

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