Capítulo 18 – La Cabra de Tibães

Algunos dicen que las cosas sólo aparecen cuando no las estamos buscando. Aunque nunca creí mucho en ello, eso no significa que a veces no sea verdad.

Todo comenzó cuando, en una tarde de invierno, leí en un periódico local que una cabra estaba aterrorizando a los habitantes de la comarca de Tibães. El caso era notablemente similar a las historias contadas sobre la cabra de Cabanelas, acontecida en los años treinta, mencionada frecuentemente en libros sobre leyendas del norte de Portugal.

Narraba la noticia de que una cabra negra aparecía al anochecer sobre el cementerio de Tibães y que, maullando como un gato, hacía vuelos rasantes sobre todos los visitantes hasta echarlos de allí.

Curioso con la reaparición de la leyenda, decidí tomar otro descanso en mi búsqueda por las Brujas de la Noche y un día, después del trabajo, me dirigí al cementerio.

Aunque los días se estaban haciendo más largos, aún anochecía temprano, así que cuando llegué allí, el Sol estaba a punto de desaparecer detrás del horizonte.

Cuando entré en el cementerio, me di cuenta de que no era el único que esperaba ver a la cabra. Aparte de dos personas que intentaban apresurarse a poner flores nuevas en una tumba, nadie prestaba atención a los difuntos. De hecho, casi todas las miradas estaban fijas en el cielo, así como celulares y cámaras. Me acerqué a una de las paredes y esperé.

Poco a poco, empezó a oscurecer. Las dos personas que se ocupaban de la tumba dejaron el lugar casi corriendo. Atrás sólo me quedé yo y una veintena de espectadores.

Los minutos pasaron y siguió oscureciendo, hasta que sobre nuestras cabezas, oímos un extraño maullido. En la cima del muro opuesto se encontraba una cabra. Para mi sorpresa tenía un aspecto bastante común: pelaje marrón y negro de diferentes tonos, dos pequeños cuernos en la parte superior de la cabeza y una chiva en la barbilla.

Entonces, volvió a maullar y con un salto, dejó la pared. Pero, en vez de aterrizar en el suelo, empezó a correr en el aire.

Se dispararon flashes por todas partes con los curiosos tratando de documentar aquel extraño fenómeno. Ese fue el momento en que la cabra realizó su primer vuelo rasante. Hombres y mujeres se tiraron al suelo tratando de evitar a la criatura, que volaba por encima de las cruces y lápidas a una velocidad increíble.

Aunque al principio los otros siguieron observando la cabra, ésta realizó un vuelo rasante tras otro, hasta que todos comenzaron a arrastrarse hacia la salida. Yo, sin embargo, me escondí bajo un banco de piedra adosado a la pared de la capilla funeraria y esperé.

Pocos minutos después, sólo yo me encontraba en el cementerio. Mientras tanto, los otros curiosos subían a sus autos y huían. Entonces la cabra se retiró, desapareciendo detrás de la pared norte. En ese momento, salí de mi escondite y la seguí.

Subir la pared no fue fácil, pero apoyándome en la lápida de una tumba cercana (en ese momento no pensé en ello, emocionado como estaba, pero confieso que ahora me parece algo irrespetuoso), logré pasar al otro lado.

El cementerio de Tibães fue construido junto al monasterio medieval de Tibães, uno de los monumentos más conocidos de la Comarca de Braga, por lo que ahora me encontraba en sus extensos jardines.

Cuando toqué el suelo, vi a la cabra volando por encima de los cultivos, así que empecé inmediatamente a seguirla. La persecución no fue fácil, ya que el camino era de tierra batida y mientras tanto la noche había llegado en pleno y no me atrevía a encender la linterna que siempre llevaba conmigo para no delatar mi presencia.

Poco después, la cabra me llevó al bosque que limitaba las tierras del monasterio al sur. Gracias a una de mis visitas anteriores, sabía exactamente a dónde iba: hacia el lago artificial creado en un claro cercano.

Aunque conocía el sendero que llevaba allí, algo me dijo que no lo usara, por lo que decidí acercarme cubierto por la vegetación. Tan pronto como vi el lago, mi cautela se reveló justificada.

Para mi sorpresa, junto a la pared decorada de la que emergía el agua que llenaba el lago, ardía una gran fogata, probablemente más alta que yo. Alrededor de ésta, había cinco figuras encapuchadas, todas iguales a la bruja de la noche que había visto en esa casa abandonada. ¡Por fin había encontrado a las Brujas de la Noche! Y mientras investigaba algo aparentemente sin ninguna relación con ellas.

Era obvio que la cabra era creación suya, probablemente para alejar a la gente de la zona, pero me faltaba entender por qué.

Respiré profundamente una y otra vez. Una vez más, me preparaba para enfrentar a un grupo de brujas. Sin embargo, éstas no eran brujas comunes ni simples candidatas a ser Brujas de la Noche. Éstas eran ellas. Ya habían matado a humanos antes, aunque de manera indirecta. Por otro lado, la idea de que me habían dejado ir ileso después de nuestro último encuentro me reconfortaba.

Iba a salir de mi escondite y bajar al lago cuando oí un ruido detrás de mí. Me refugié inmediatamente entre un arbusto, el cual me ocultaba en todas las direcciones. Segundos después, pasó cerca de mí una criatura enorme, con más de tres metros de altura. A primera vista parecía humana, aunque en la oscuridad, no podía ver su cara. Sus piernas eran como troncos de árboles y su cuerpo extremadamente ancho, pero caminaba con la espalda doblada.

Después de ese avistamiento, empecé a oír ruidos por todas partes. Bultos de todas las formas y tamaños empezaron a aparecer entre la vegetación, algunos mucho más grandes que el ogro original. No sé de dónde salieron, pero todos se dirigían al lago artificial.

Cuando la primera de las criaturas llegó a la orilla, las brujas comenzaron a entonar un cántico y a agitar rítmicamente los brazos por encima de la cabeza.

Durante un minuto, no pasó nada. Entonces, el agua del lago empezó a agitarse. Poco después, subió por encima de la orilla, pero no comenzó a correr hacia afuera. Era como si estuviera siendo contenida por una barrera invisible.

Con cada instante que pasaba el agua se levantaba más y más, hasta que, para mi sorpresa, formó una enorme burbuja a diez metros sobre el lago. Éste estaba ahora vacío y con su lecho expuesto. Las criaturas comenzaron a descender por la superficie llena de barro hasta que desaparecieron bajo el borde.

Durante la siguiente media hora, más y más criaturas emergieron de entre los árboles y entraron en el lago vacío. Mientras tanto, las Brujas de la Noche continuaron su canto, probablemente para mantener el agua flotando en el aire.

Finalmente, cuando la última de las criaturas desapareció, las brujas se detuvieron. Con un estruendo, el agua cayó, llenando de nuevo el lago artificial. En ese momento, el fuego junto a las Brujas de la Noche se apagó y cuando mis ojos se acostumbraron de nuevo a la oscuridad, ellas habían desaparecido.

Después de eso, me mantuve varios minutos en mi escondite, confuso, intentando entender lo que estaba pasando. Las Brujas de la Noche estaban reuniendo un ejército. Si todas las noches en que la cabra apareció hubiera ocurrido lo mismo que en esa noche, ya tendrían un gran número de soldados. ¿Pero cuál sería su propósito?

¿Fueron los ataques a las casas de las hadas con falsos accidentes automovilísticos (que me llevaron a investigar a las Brujas de la Noche) sólo un intento de debilitar al enemigo antes de la incursión definitiva? ¿Tendría todo aquello alguna relación con las misteriosas desapariciones de fantasmas en la ciudad de los muertos y de los súbditos del Rey de los Islotes?

Finalmente, el frío me llevó a dejar mi escondite y, cruzando otra vez la pared del cementerio, volví al exterior y a mi auto. No había nadie cerca. La cabra tenía cumplido su propósito y había alejado a todos del monasterio y de la zona circundante.

Después de lo que había acabado de ver, volví a casa preocupado, incluso asustado. Las Brujas de la Noche tenían un ejército. Aunque hasta ese momento todas las muertes humanas que habían provocado parecían haber sido daños colaterales, eso ahora podría cambiar. Incluso si no atacaran a humanos, su objetivo principal sería sin duda alguna las criaturas que vivían en ese mundo oculto del nuestro; yo ya había caminado entre ellas y conocido las suficientes como para que eso me afectara emocionalmente.

Esa noche no pude dormir pensando en lo que iba a hacer con todo aquello. Si hubiera algo que pudiera hacer.

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