Capítulo 20 – La Batalla de los Islotes

Después de pasar una noche en vela preguntándome quién iba a avisar ahora sobre los ataques de las Brujas de la Noche y de su ejército, decidí ir a hablar con el Rey de los Islotes. En nuestra última y única conversación, me dijo que sus súbditos estaban desapareciendo, lo que, ahora sospecho, fue un intento de las Brujas de la Noche de debilitarlos antes del ataque final. Además, siempre podía decirle a mi esposa que iba a visitar a mis abuelos en Viana do Castelo, sin aumentar aún más sus sospechas.

Al día siguiente de mi descubrimiento de la macabra escena en los túneles debajo de Braga, le dije a mi esposa que iba a cenar a casa de mis abuelos y, después del trabajo, me dirigí a Viana.

En realidad, no mentí, porque de hecho visité a mis abuelos, y mi abuela me obligó a quedarme a cenar. Poco después, sin embargo, dejé su casa y contacté a un viejo amigo para que me prestara su barco una vez más.

Nos encontramos junto al río, en el lugar de siempre, y después de una breve conversación sobre lo que había de nuevo en nuestras vidas (y yo inventar una respuesta a la pregunta “¿por qué necesitas el barco tantas veces por la noche?”), subí al bote y empecé a remar hacia el Camalhão, el más grande de los islotes del río Lima y el lugar donde se situaba el trono del Rey de los Islotes.

Estaba a medio camino cuando, en la poco iluminada y deshabitada orilla norte del río, vi un enorme bulto. Paré. Miré con más atención y me di cuenta que era una criatura humanoide, probablemente uno de los gigantes al servicio de las Brujas de la Noche. Gracias a su prodigioso tamaño, él cruzó el río a vado, el agua poco por encima de sus rodillas, y llegó al Camalhão en meros segundos.

Volví a remar. Tenía que advertir a los habitantes de los islotes. Entonces vi más bultos de diferentes tamaños en la orilla. Los más grandes entraron al agua, tirando de cuerdas atadas en el otro extremo a lo que parecían ser balsas, donde seguían los más pequeños.

Al mismo tiempo, empecé a oír ruidos en el Camalhão. Los habitantes estaban atentos y habían detectado al enemigo en cuanto apareció. El primer gigante fue el blanco de una verdadera lluvia de diminutos proyectiles, mientras los juncos alrededor de sus pies se movían, probablemente agitados por pequeñas criaturas de los islotes atacando cuerpo a cuerpo. Sin embargo, el atacante no caía, y sus compañeros rápidamente llegaron al Camalhão.

La batalla había empezado. Ya no había nadie a quien avisar. Pensé en unirme a los habitantes de los islotes y luchar, pero ¿qué podía hacer? No tenía armas, y aunque las tuviera, no sabría cómo luchar contra aquellos enemigos. Eché el ancla y me quedé solamente mirando.

Aunque no podía ver las diminutas criaturas de los islotes, veía sus proyectiles, los movimientos de los juncos y la reacción del enemigo. Parecían estar luchando bien. Vi a varios de los monstruos más pequeños al servicio de las Brujas de la Noche caer, y al primer gigante en llegar al Camalhão ser obligado a arrodillarse, aunque él siguió luchando.

Sin embargo, a pesar de todo aquello esfuerzo, los invasores seguían avanzando. No podía ver las bajas que provocaban, pero tenía que asumir que eran significativas.

Aunque lenta, su victoria parecía segura, hasta que los juncos a su alrededor comenzaron a moverse. En cuestión de segundos, crecieron y se enrollaron formando cuerdas y redes que detuvieron a los invasores.

Poco después, una forma con unos cuatro metros de altura apareció en el Camalhão, probablemente salida de uno de los muchos regueros que atravesaban el islote. Armado con una enorme clava, atacó al gigante arrodillado, aplastándole la cabeza. Solo podía tratarse del Rey de los Islotes.

Con el enemigo paralizado y su monarca a su lado, los habitantes de los islotes redoblaron sus esfuerzos, y muchos de los invasores cayeron. Mas seguían llegando venidos de la orilla del río, pero apenas ponían los pies en el Camalhão, eran inmediatamente presos por los juncos. La victoria de los habitantes de los islotes empezaba a parecer no solo una posibilidad, sino casi una certeza.

Entonces algo pasó volando sobre mí. Miré al cielo y vi cinco figuras encapuchadas abatiéndose sobre el Camalhão. El viento traía sus voces hacia mí, cantando los cánticos que invocaban sus hechizos. El primero hizo que los juncos en el área de la batalla y su alrededor se pudrieran y se deshicieran, liberando a los soldados de las Brujas de la Noche, mientras los siguientes hicieron caer un verdadero torrente de bolas de fuego sobre el Rey de los Islotes.

Este usó sus propios hechizos para defenderse, erigiendo barreras invisibles para bloquear los ataques del enemigo. Sin embargo, atacado de varias direcciones, no pudo aguantar mucho tiempo. Algunos minutos más tarde, lo vi caer. Después de eso, las criaturas atacantes rápidamente se extendieron por todo el Camalhão.

Pequeños barcos, cargando grupos de las diminutas criaturas que habitaban allí, comenzaron a dejar el islote, tratando de escapar hacia uno de los otros. Sin embargo, no eran muchos, y difícilmente podrían armar una resistencia si las Brujas de la Noche decidieran conquistar el resto de su reino. A todos los efectos, la batalla había terminado.

Remé de vuelta a la orilla. En algunos puntos de esta, así como en el puente que cruzaba el río y pasaba sobre el Camalhão, vi a algunas personas intentando entender lo que estaba pasando en la isla. Dudo que hubieran entendido exactamente lo que estaban viendo, y aunque lo hicieran, no eran suficientes para revelar ese mundo oculto del nuestro. Aún así, Almeida y el resto de la Organización no quedarían satisfechos.

En el viaje a casa, no podía evitar pensar que las Brujas de la Noche habían logrado otra victoria. Cualquiera que fuera su objetivo, estaban más cerca de alcanzarlo.

Y yo, una vez más, había llegado demasiado tarde para avisar a sus víctimas.

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