Capítulo 4 – El Rey de los Islotes

Como era tradición por la Navidad, mi mujer, mi hija y yo nos fuimos a pasar una semana de vacaciones en casa de mis abuelos, en Viana do Castelo. Algunas de las entradas en el diario que había encontrado ocurrieron en o cerca de esa ciudad, por lo que aproveché la oportunidad para investigar. 

Una noche, después de cenar, me excusé diciendo que iba a hablar con algunos viejos amigos y me dirigí hasta la orilla del río Lima. La excusa no era una absoluta mentira. Durante la tarde, había llamado a un amigo de infancia para que me prestara un bote, y charlamos durante una hora y media antes de empezar a remar.

Estaba allí para investigar unas sombras, siluetas peculiares y extraños movimientos en los juncos que el autor del diario había visto en los islotes cercanos a la desembocadura del río. Como de costumbre, mi predecesor no había investigado el tema a fondo, ni siquiera había salido de la orilla, pero yo estaba decidido a averiguar lo que había allí.

Como tal, reme hasta el mayor de los islotes, popularmente conocido como Camalhão, que se encontraba a poco más de un centenar de metros del embarcadero donde mi amigo tenía el barco. 

Apenas llegué al islote, desembarqué, anclé el bote junto  a uno de los grandes terrones que había cerca y me adentré por uno reguero. Como la marea estaba baja, sus márgenes, más los largos juncos, estaban por encima de mi cabeza, por lo que no podía ver nada al alrededor. Sin embargo, después de haber pasado una parte de mi infancia en aquellos islotes, sabía que aquel reguero me llevaría al corazón del Camalhão de forma más rápida que a través de los juncos.

Poco después de la primera curva, me encontré con un mal presagio. De una poza en el casi seco reguero, la cabeza cortada de un hombre miraba hacia mí. Estaba hinchada y mostraba signos de putrefacción y de ataques de animales. De hecho, la parte que aún estaba sumergida en el agua, servía de alimento para los camarones del río. 

Tras el susto inicial, llegué a la conclusión de que no debería haber razón para preocuparme. No era inusual encontrar cuerpos y partes de cuerpos en el río, víctimas de naufragios traídos y depositados por la marea alta. Aquella cabeza no debería tener ninguna relación con las siluetas que yo había ido allí a investigar.

Seguí avanzando, tomando una nota mental para más tarde avisar a las autoridades en cuanto a la cabeza.

Había recorrido unas pocas decenas de metros, cuando un diminuto bulto negro saltó sobre el reguero, justo a mi frente. De inmediato, me subí la orilla. Cuando llegué a la cima, no lo vi, pero los movimientos de los juncos lo denunciaban, y pude seguirlo.

Corrí detrás de él durante varios cientos de metros, las puntas de los juncos me atravesaron los pantalones y me lastimaron las piernas.

Finalmente, llegamos a una zona más limpia, cubierta sólo por hierba baja, situada debajo de la llamada Puente Nueva. Fue sólo entonces cuando vi lo que estaba persiguiendo: un pequeño ser humanoide, con poco más de diez centímetros de altura. Este desapareció detrás de un enorme montón de ramas de árbol y envases de plástico, basura ciertamente traída por la corriente y las mareas.

Continué a seguirlo, sin embargo, cuando llegué a los residuos, oí una voz grave y pausada venida de un reguero próximo. 

– ¿Quién eres tú? ¿Que haces en mi reino, y por qué persigues a uno de mis súbditos? 

Yo iba a responder, pero la criatura que había hablado se levantó y me dejó sin palabras. Se trataba de un enorme ser de casi el doble de mi tamaño. No podía ser apodado de gordo, aunque no fuera propiamente delgado, y, bajo la luz de la luna, parecía tener una piel pálida como el marfil. Sobre la cabeza llevaba una corona hecha de juncos entrelazados, lo que, junto con el hecho de haber hablado de sus súbditos, me llevó a la conclusión de que él era el rey de las criaturas cuyas siluetas mi predecesor había visto.

El enorme ser salió del reguero y se acercó al montón de detritos. Me aparté para darle paso, pero no me atreví a tentar huir. Para mi sorpresa, él se sentó sobre la basura, y sólo entonces me di cuenta de que se trataba de un tosco trono.

– Dime lo que estás haciendo aquí – insistió la criatura.

Le conté sobre las siluetas y como habías ido hasta allí para averiguar lo que eran.

– Parece que algunos de mis súbditos tienen que empezar a tener más cuidado – respondió él, en fin. – Sobre todo ahora. 

– Sobre todo ahora, ¿por qué? 

– Mis súbditos comenzaron a desaparecer. No sabemos cómo ni por qué. Lo que me lleva a desconfiar de ti. Cómo es que yo sé que no eres tú el raptor. Yo te vi a perseguir a uno de los nuestros.

Intenté justificar mi curiosidad. Hasta le conté sobre mis idas a la ciudad de los muertos y al bar de las hadas.

Mientras yo hablaba, una extraña criatura emergió de los juncos. Caminaba en cuatro patas, a pesar de que su cuerpo era delgado y se contorsionaba como el de una serpiente, pero tenía un rostro vagamente humano. Se acercó al rey, se levantó de las piernas de atrás y le susurró algo al oído. Después, desapareció otra vez en los juncos.

El rey me dejó terminar mi explicación. 

– Yo creo en ti – dijo, por fin. – Si fueras el responsable por las desapariciones, no habías dejado  a mis centinelas verte.

Señaló con la cabeza hacia el punto por donde la criatura serpentiforme había desaparecido.

Más tranquilo, se me ocurrió que las desapariciones en los islotes tal vez estuvieran relacionados con los de los muertos y le conté al rey lo que había descubierto en el Gerês. 

– Curioso – respondió él. – Ahora necesito que te vayas. Voy a juntar mi pueblo aquí para hablar con él. 

No esperé a que me dijera una segunda vez. Entré en los juncos y me dirigí al barco. Conforme pasaba el Camalhão, vi varias pequeñas sombras en medio del río, en el espacio entre los islotes. Después de mirar más de cerca, me di cuenta de que se trataban de troncos y hasta de pequeñas hojas de árbol cargando varias de las criaturas que yo ahora sabía que vivían allí.

Todavía vi las primeras desembarcando en el Camalhão, pero luego retomé la caminata hasta el barco, temiendo que el Rey de los Islotes me echase. O peor. 

Reme de vuelta a la orilla y, después de devolver el barco, regresé a casa de mis abuelos. Mientras conducía, no podía dejar de pensar en las desapariciones. ¿Habría realmente una relación entre los de los islotes y de los muertos? Aún no sabía lo suficiente acerca de aquel mundo paralelo para responder a estas preguntas, pero iba a seguir investigando. Mi curiosidad nunca me dejaría detenerme.

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